De don Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena.
_Madrid, septiembre._
Feliz mortal: Díceme una linda boca, a quien ni los años ni las penas
han privado de su nativa gracia, que te recreas en los estudios
históricos. Yo voy a contarte sucesos recientes, presenciados por
mí, y que mañana, si hoy mismo no, han de entrar en los dominios de
Clío; que no es bien que yo me muera sin transmitirte conocimientos
que mi vejez ya no puede utilizar. Tú, joven inteligente y lleno de
vida, archivarás este como otros sucesos que te he contado, para que
los perpetúes si quieres, dedicándote a la enseñanza de gentes y a la
extirpación de la ignorancia, el más grande mal que hay sobre la tierra.
Ya sabes que tu amigo Rapella, el siciliano astuto que anduvo
en esos fregados de concertar las dos ramas borbónicas, obrando
mancomunadamente con un francés que responde por Neuillet, y con otros
pájaros que revolotean en la corte trashumante, fue quien me puso en
candelero entre la caterva militar y civil de don Carlos. A él debo
los honores y atenciones que he merecido de don Sebastián; por él he
llegado sano y salvo a Madrid, y esto bastará para que yo le esté muy
agradecido los pocos años que me quedan. Débole asimismo algunas ideas
referentes al embrollo que traía, las cuales, con el auxilio de mi
natural perspicacia, me han servido para descubrir todo este pastelón
que ofrezco a tu paladar de historiador curioso.
Y antes de continuar, doy gracias a Dios por verme libre de la
pejiguera de llamar rey a don Carlos, reales a las tropas, y
generalísimo al señor infante, mi amigo. La justicia oblígame a
declarar que debo también gratitud al titulado rey, por haberme
permitido agregarme a la expedición desde Albarracín hasta Arganda;
algunas atenciones le merecí, pocas y frías, de esas que no llegan
al corazón. Tuvo mi respeto, pero nada que a cariño se pareciese, y
me atrevo a decir que la mayor parte de los que le siguen se hallan
en la propia situación de ánimo. El hombre no sabe ser guerrero ni
político, ni posee el arte de tratar a las personas cuyo concurso
anhela. Distingue a los clérigos de los seglares; pero ni a estos ni a
los otros sabe distinguirlos entre sí. Entiendo que me ha mirado con
benevolencia desdeñosa, no considerándome _buena presa_, es decir,
no creyéndome útil para su partido, por causa de mi decaimiento y
pobreza, que han cuidado de revelarle los aragoneses que me conocen.
En la misma moneda de compasivo respeto le he pagado yo. Declaro en
conciencia, sin asomos de pasión, que la única vez que he tenido el
gusto de escucharle, comiendo en la casa de los Muñoces, en Tarancón,
oí de sus augustos labios soberanas vulgaridades. No tenía yo ideas
muy optimistas de su inteligencia; mas aquel día formé opinión cabal y
definitiva de los puntos que calza esta pobre majestad, y no vacilo en
afirmar que no calentará el trono, si en él llega a sentarse.
Trataré de poner método en mi relato, Fernandito mío, para que te
enteres bien. Lo primero que te digo es que no creas que esta carta
es falsificada, como la que recibiste con la firma de un Miguel de
los Santos Álvarez, y luego resultó escrita por blanca mano; que
no fue mal bromazo el que te dieron. Esta es mía, obra de mi feliz
memoria y de mi cacumen, sin que tenga con aquella otra semejanza que
el ser también escrita para distraerte y aventar tus penas, de las
cuales, ¡ah!, me río yo después de sabido lo que sé. Fernando de mi
corazón, eres el niño mimado de la fortuna, y han sido tus amas de
cría y tus niñeras todas las hadas de los cuentos infantiles. Entras
en el mundo con pie derecho; tú lo tendrás todo: la naturaleza te dotó
generosamente, y las diosas y ninfas de la tierra te abren sus amantes
brazos... Yo te bendigo, yo te auguro un esplendoroso porvenir, porque
tú... Pero dejemos esto, y vuelvo a mi asunto.
Con el pegote de mi asendereada persona, salió la real expedición de
tierra de Teruel, pasando a la de Burgos, donde se nos unió Zaratiegui.
Huyendo de la persecución de Espartero, nos volvimos hacia el este,
corriéndonos hacia Cuenca. No quiero hablarte de las batallas, más
bien encuentros y escaramuzas, que he presenciado. Ellas son de una
monotonía desesperante. No sé si a ti te pasará lo que a mí, que
jamás he podido leer ningún libro que relate exclusivamente batallas
y contradanzas de campeones. Y lo que no me gusta leer, no me agrada
escribirlo. Te ahorro los malos ratos que he pasado yo, contemplando
de cerca la estupidez de estas guerras. Es una demencia sin ningún
brillo, y un pugilato salvaje con mecánica bravura y poco o ningún
arte polémico. Compadezco al que tenga que escribir esta parte de la
historia patria. Me figuro que andando el tiempo, si nos civilizamos,
nadie leerá las páginas que de esto se emborronen, o más bien
determinaremos que se envuelva el aciago periodo en una espesa capa
de silencio, y las generaciones echarán capa sobre capa, hasta erigir
en honor de la guerra civil, de sucesión o como quiera llamársela, el
grandioso monumento del olvido.
Quedamos, pues, en que le escamoteo a la señora Clío las idas y
venidas de estos llamados ejércitos, que más bien son bandas; la
sorpresa de aquí, la derrota de más allá, el inmolar de prisioneros,
las rápidas marchas y contramarchas. Si mal dirigido anda el brazo del
pretendiente, no lo está mejor el de acá. Uno y otro brazo no dan más
que palos de ciego. Francamente, en la campaña contra la expedición
real no he reconocido el militar arranque de mi amigo Baldomero. Es
hombre de rasgos, de momentos, de inspiración; pero se las arregla mal
sobre el mapa. Verdad que la desorganización del gobierno es causa
de que ninguno de nuestros generales tenga en su mano los elementos
precisos para combatir con éxito. Córdova con su talento macho, Oraa
con su pericia, Espartero con su bizarría, no han podido realizar más
que hazañas aisladas: no vemos resultados de conjunto, y ello consiste
en que no hay cabeza que administre y gobierne. Todo se vuelve aquí
intrigas y discursos, miedos grandes de mujeres y ambiciones pequeñas
de hombres. Falta un noble carácter de rey, juicioso, valiente y
honrado. Los liberales no tienen cabeza, y la de los facciosos es una
cabeza de cartón. Te reirás de mi filosofía histórica; pero lo dicho
dicho está, y pruébame tú lo contrario.
Desde la fácil victoria de Villar de los Navarros hasta que se nos unió
Cabrera en Buenache de Alarcón, en mi memoria se marcan principalmente
los días por los _Te Deum_ que cantaban algunos pueblos al ver entrar
al rey, por las misas que este mandaba celebrar, por la continua
matanza de prisioneros. Las fragosidades de Albarracín por la parte
de Teruel y por la de Cuenca nos vieron correr de misa en misa, de
ración en ración, de susto en susto. ¡Qué horribles pueblos! Me resisto
a inscribir en las lápidas de la historia los nombres de Villar del
Humo, Tramacastilla, Calomarde, Salvacañete, Campillo de Altobuey...
No puedo asociar a tales nombres más que la miseria y la barbarie.
La incorporación de Cabrera me fue muy grata, porque en él he visto
siempre un caudillo de verdad, y en aquella ocasión hallé un amigo que
me consideraba más de lo que yo merezco. Verías allí cómo todo se animó
en el ejército real, donde se codeaban los admiradores del tortosino
con los envidiosos de su gloria. Con tal hombre en su mano, otro rey
habría intentado un golpe decisivo: pero aquel buen señor es incapaz
de golpe alguno, como no sean los golpes de pecho. Ni sabe lo que
posee, ni distingue los hombres extraordinarios por su mérito efectivo
de los que lo parecen por su destreza en la lisonja. Les mide por la
adhesión idolátrica que le manifiestan; ha venido haciendo el ídolo de
pueblo en pueblo, fiado en que Madrid le tendría dispuesto el altarito.
En confianza te diré que tuve una conversación a solas con el
_leopardo_, y las medias palabras que pronunció me revelaron su
pensamiento, conforme con el mío, de que con este buen señor no se va
a ninguna parte. Recelaba el fiero cabecilla que la aproximación a
Madrid era un movimiento político antes que militar, y que corríamos
a un desenlace de comedia de figurón. Preguntome si sabía yo algo de
enjuagues proyectados: respondile que no, en lo cual me permití ser
más diplomático que verdadero, pues así me lo exigía mi delicadeza. Lo
que yo sabía, no podía decírselo a Cabrera ni a nadie, y si a ti te
lo cuento ahora es porque el fracaso del laborioso arreglo me libra
del compromiso de la discreción. Si aún conviene guardar el secreto
en las conversaciones frívolas, no pequemos de remilgados frente a la
historia, y la historia eres tú, el hombre del porvenir, ante quien
este viejo del pasado vacía el saco de sus conocimientos.
Los personajes de mi comedia son la reina doña María Cristina; su
hermano el rey de las Dos Sicilias; la infanta doña Luisa Carlota;
Luis Felipe, rey de los franceses; don Carlos V, pretendiente al trono
de España; y por bajo de estas cabezas más o menos coronadas, y no
muy provistas de seso, figuran embajadores y mensajeros con nombres
efectivos o figurados: el príncipe de La Tour Maubourg, emisario del
francés; el barón de Milanges, enviado del de Nápoles, y otros como
tu amigo Rapella, de quien he sabido que anduvo en Francia ostentando
un título de marqués. Figura también entre los actores el banquero
Rothschild, que habla poco, pero con sustancia. Los ministros de la
reina, o no se han enterado, o hacen como que no se enteran; pero hay
algún general y más de cuatro próceres que están en el secreto, aunque
no dan la cara, por lo cual me abstengo de escribir sus nombres, que
no conozco con absoluta certeza. No apunto más que lo que sé, y dejo
dentro del saco las sospechas y presunciones.
_Sale_ Cristina maldiciendo, en férvido monólogo, la llamada revolución
de la Granja, que ha mancillado su real dignidad. He aquí la corona
de España manoseada por cuatro sargentos, y la suprema autoridad
traída y llevada del cuartel a la cámara regia. La reina no se cree
tal reina, sino un juguetillo masónico, y la situación liberal nacida
de aquella rebeldía grotesca, cáusale pavor y repugnancia. Desde su
palacio ve a los liberales enjaretando con infantil candor una nueva
Constitución, que se ve obligada a reconocer y jurar como el mejor de
los entretenimientos posibles. Ha vuelto los ojos a los moderados, que
no calman sus ansias, pues también se hallan dañados de liberalismo, y
ve sombrío y dudoso el porvenir de sus tiernas niñas. Los remedios y
soluciones que le propone su esposo morganático, don Fernando Muñoz, no
tranquilizan su turbado ánimo, pues entre los moderados no se alcanzan
a ver fuerzas y caracteres que repriman la patriotería, acabando al
propio tiempo la lucha civil. Sale la infanta Carlota, mujer de pesquis
y entereza, y afirma que el mal grande, comprensivo de todos los males,
es la guerra, y que mientras no se dispare el último tiro, ya sea con
bala, ya con pólvora seca, no puede esperarse que las cosas de la real
familia vayan por el camino derecho. Retírase Muñoz por el foro, y las
dos hermanas continúan hablando en italiano con familiar viveza, ambas
avispadas, nerviosas. Sostiene Carlota que urge terminar la guerra como
se pueda, sacrificando algo si es menester, no parándose en pelillos,
pues no están los tiempos, ni las cosas de los tiempos, para escrúpulos
y fililíes. Sálvese una parte, si no todo, de lo que se posee, y no se
haga puntillo de honor de los llamados derechos, pues estos, en toda
ocasión histórica, no son tales derechos si no les acompaña y robustece
la fuerza. Donde no hay más que una fuerza limitada, intercadente,
quebradiza, los derechos se debilitan y acaban por ser _torcidos_:
nadie les hace caso. Llegan, por fin, las dos señoras italianas a
la conclusión de que la realidad impone una franca inteligencia con
don Carlos, el cual, a su vez, por no disponer tampoco de toda la
fuerza que ha menester, no ha de llevar a punta de lanza la cuestión
de derechos. Cediendo cada parte un poco de su divinidad legal, se
celebrará un acto de concordia, quedando todos contentos y disfrutando
por igual de sus provechosos puestos en las cabeceras de la mesa
nacional.
_Salen_ en esta parte de la escena multitud de partes de por medio,
italianos y franceses, que llegan de Nápoles o reciben instrucciones
para partir hacia allá. Cambia la escena. Aparece Fernando II, rey de
las Dos Sicilias, trayendo a su lado por confidente a Rapella, y le
dice que ha meditado en el caso gravísimo de la sucesión de España,
sacando en limpio de sus cavilaciones que María Cristina es prisionera
de la revolución y un instrumento de la anarquía española. Desea,
pues, el soberano de Parténope que su querida hermana se aleje del
foco revolucionario, cortando relaciones con la caterva masónica que
ha convertido el suelo ibérico en una morada infernal. Por usurpadora
tiene la llamada _Causa de la angélica Isabel_, y reconoce y declara
como legítimo sucesor de Fernando VII a don Carlos María Isidro, en
quien ve el escudo de la fe y la salvaguardia de los buenos principios
de gobierno. Acuerda, pues, proponer a su hermana doña Cristina que
busque medio de evadirse del cautiverio en que la tienen liberales
y democratistas, trasladándose a un punto donde pueda reconocer
la legitimidad de su egregio cuñado. Corren emisarios con estas
determinaciones hacia el Cuartel Real de Guipúzcoa y hacia Madrid,
los cuales regresan trayendo misivas en que se acepta el plan de
reconocimiento de don Carlos como única majestad católica, a condición
de que las hijas de Fernando VII obtengan la posición más próxima al
trono, y si es posible, en el borde del trono mismo. Se propone un
casamiento, y para la reina madre se piden preeminencias y jerarquía
de soberana exenta, sin que sea parte a menoscabar su dignidad el
casamiento equívoco con don Fernando Muñoz.
De todo esto se trata por embajadas que van y vienen, hasta que
_sale_ Luis Felipe, también echando pestes contra la revolución y el
jacobinismo, pues aunque él debe su trono a un alzamiento popular,
no fue este denigrante y rastrero como nuestra sargentil algarada.
Ha meditado en ello, acariciándose con la gruesa mano su cabezota
en forma de pera, y saca de su magín la clara idea de que el decoro
monárquico exige a la pobrecita reina Cristina burlar, con una bien
dispuesta escapatoria, el cautiverio en que la tienen los masones y
carbonarios disfrazados de hombres de gobierno. Da instrucciones a
su embajador La Tour Maubourg para que no se separe de la reina de
España, induciéndola a emprender con sus niñas el viaje de Madrid a
Santander, donde embarcaría para Francia. No le parece bien al rey
de los franceses que nuestra soberana ponga su realeza en manos de
don Carlos. Opina que las paces deben hacerse en Francia, despacito,
por medio de apoderados de una y otra rama, procurando conciliar los
derechos de todos. En cuanto al proyectado casamiento de Isabel con
el hijo de don Carlos, Luis Felipe no se halla plenamente convencido
de su conveniencia bajo el punto de vista europeo. Quizás fuera más
conforme con el interés general pensar en otros enlaces y combinaciones
matrimoñescas; pero se abstiene por el momento de pronunciarse en tal
sentido, y solo desea que si Cristina rompe con los liberales, sea
tratada por las tropas y agentes de don Carlos con todo el miramiento
que por su rango merece, como viuda de un rey y gobernadora del reino,
_quand même_... Su matrimonio, que considera un grande error político
y una increíble debilidad, no debe ser tenido en cuenta para lo que
se determine respecto a la suerte de España. No se retira Luis Felipe
de la escena sin informarse de la opinión de Metternich sobre los
asuntos españoles, y de paso inquiere si Rothschild está dispuesto a
prestar dinero a don Carlos en caso de que sea reconocido rey efectivo
por la madre de Isabel II. En brevísimas expresiones, apareciendo y
ocultándose rápidamente, dice el señor Rothschild que cuando se vea
claro cómo termina el grave pleito entre la revolución y la monarquía
en España, verá si le conviene o no abrir su caja al rey, reina o
dictador que flote en la riada. Cierto que la cara de la revolución
le asusta a él, _don Dinero_: pero la de Carlos V, que también trae
mueca revolucionaria, y de las más feas, no es muy tranquilizadora.
Sépase quién logra condensar una fuerza eficaz, potente. Ese tendrá el
dinero a espuertas, por la sencilla razón de que las fuerzas efectivas
se juntan naturalmente, por ley de atracción... ¿Sabes, Fernandito
de mi alma, que este hombre es muy práctico y discurre con admirable
sentido? Siempre lo dije: cuanto más rico es un hombre, mejor razona
y sentencia. El sofisma, la falsa dialéctica, la palabrería ociosa,
insustancial, ¿qué son más que el natural producto de la pobreza?
Cuando veas que se pierde en el mundo la razón, no la busques en la
guarida polvorienta del filósofo: búscala en la tienda del guerrero,
dominador de pueblos, o en el palacio del allegador de caudales.
Y perdóname, Fernando amigo, que emplee un estilo que calificarás
de zumbón, y formas de planear comedias, en este histórico relato.
Pesimista quizás, convienes conmigo en que no merece el asunto mejor
empaque y vestidura; quizás compasivo con la ancianidad, le permites
imitar en sus manifestaciones la ligereza de la infancia. De estos dos
criterios estimo por más justo el primero, pues aunque muy entrado
en años, tu amigo don Beltrán no chochea todavía. Como viejo, he
juzgado con tonos de broma la intriga, induciéndome a ello lo cómico
del desenlace. Estas combinaciones de príncipes para transigir sus
discordias, o repartirse el goce de sus derechos, resultan serias o
festivas según el término que les dan sus autores. Rematada felizmente
conforme a programa la tramoya, que llamaré napolitana por darle algún
nombre, habría merecido los honores de una narración grave; concluida
por un fracaso, entra en los dominios sainetescos.
Y aquí he de tomarme un respiro, pues aunque me encanta platicar con
los jóvenes y contarles cositas que ellos, pobres inexpertos, no han
visto, cree que me canso de este largo escribir. Suspendo por hoy,
prometiéndote continuar mañana mi epístola. Mi bendición te mando, y
con ella votos sinceros por tu felicidad, la cual quiero que sea tan
grande como tú te mereces. Me incita al descanso una gentil persona que
se ha empeñado en tenerme de huésped, y en ello he consentido, gozoso
del honor que me hace y de su dulce compañía. Encárgame que te exprese
los afectos de su corazón. ¡Cuan fácilmente pago su hospitalidad! ¡Si
la hubieses visto llorar cuando le dije que yo te amo también, que
desde que te conocí te hice un hueco en mi corazón...! En fin, no sigo.
Repito que eres el hombre de la suerte, y que me convido a tus bodas,
resuelto a ser padrino si queréis, aunque ruja Cintruénigo. Te abraza
tu veterano amigo — _B. de U._