De don Beltrán de Urdaneta a don Juan Antonio de Maltrana.
_Herrera de los Navarros, 26 de agosto._
Amado hijo: Gracias mil por la prontitud, en estos tiempos milagrosa,
con que contestasteis a la que desde Albarracín escribí a Valvanera.
Me han sido entregados por el primo de Pulpis los sacros dineros,
que vienen a remediar las escaseces de este vetusto prócer, y a
devolverle la perdida dignidad en presencia de los señores y príncipes
en cuya compañía me encuentro. Si en todas las ocasiones la carencia
del precioso metal ocasiona a los humanos infinidad de males, en
este mi crítico estado la desdicha del no tener llega a proporciones
increíbles, amados hijos míos. Sois mis ángeles consoladores, sois
la alegría de mi ancianidad, pues a más de haber contribuido con los
tacaños de Cintruénigo, en la parte correspondiente, al alivio del
viejo loco, añadís por vuestra cuenta mayor y más generoso alivio. Dios
os lo pague en salud de vuestros pequeñuelos, mis nietos adorados.
No es flojo gusto el que me da la carta que incluís de Fernandito
Calpena, mi simpático amigo, de quien conservo tan grata memoria.
El saber que lleva luengos meses en vuestra compañía me colma de
gozo, y si no he podido descifrar aún la charada en que Valvanera,
para ejercitar mi caletre, me da como una explicación enigmática de
las causas de ese hospedaje, tengan por cierto que en cuanto a ello
me ponga la descifraré, que bien sabéis que soy un águila para los
acertijos. Ya escribiré despacio a mi amiguito cuando tenga algún
descanso, que ahora me falta. Decidle que no olvide mi parábola del
árbol, y que no desperdicie ninguna coyuntura que para llevarla a la
realidad se le presente. Decidle, y sabed vosotros también, que esta
situación favorable en que ahora me encuentro la debo al industrioso
italiano con quien fue a Oñate, y que ahora se ha trabado conmigo en
grande amistad. Nos encontramos cerca de Alcañiz, cuando yo, vencido
de la pesadumbre de mis años, no menos que de las horribles hambres,
fatigas y sustos que he padecido, intentaba salir de este peligroso
terreno tomando a pie las vereditas de mi tierra, y me brindó con su
apoyo, y sustentome con sus vituallas, y me fortaleció el espíritu con
su donosa conversación, como el cuerpo con sus vinos; y habiéndole yo
caído en gracia por mi entender social y político, como él a mí por
su fino trato, intimamos y nos unimos en los alojamientos y en las
caminatas, para las cuales hubo de franquearme un hermoso caballo,
aunque no iguala, no, al que gané a Fernando. De esta amistad vino
la del infante don Sebastián, mandarín en jefe de estas tropas reales
(que así me veo forzado a llamarlas), el cual se ha dignado ver en mí
no sé qué superioridad de maneras, de juicio y de conocimiento que me
llena de confusión. En todo el tiempo que le deja libre el militar
servicio, quiere tenerme a su lado. Nuestras pláticas, así literarias
como políticas, no acaban nunca, y suelen ser de gran sustancia por mi
experiencia del mundo y esta larga vida mía, que con la virtud de mi
feliz memoria me ha hecho histórico archivo de cosas y hombres. Conozco
a medio mundo; sé juzgar lo que he visto y describir con exactas líneas
los caracteres en lo privado y en lo público.
De todo ello ha resultado que el infante quiere llevarme en su Cuartel
Real hasta Madrid, hacia donde marchan resueltamente. Parece que ahora
va de veras, y que están las cosas bien amasadas para que la discordia
de las dos ramas tenga un término dichoso, y se ataje este río de
sangre que en todas las partes de la madre patria brota por las crueles
heridas de la guerra. No puedo deciros más sobre este punto, sino que,
habiendo recapacitado en la conveniencia de llevar a Madrid estos
pobres huesos, acepto la invitación del excelso infante, y mediante
el beneplácito de su señor tío, a quien a boca llena llamamos rey, me
agrego a la corte, y con ella voy, como el famoso loro, _a onde me
leven_, siempre con el sano propósito de desviarme si el punto de
parada definitiva no es la Villa del Oso. En esta me aguardan innúmeros
amigos, y algunos intereses desperdigados a los que no vendrá mal mi
presencia para entrar en vereda. De Madrid, si llegan allá mis nobles
pedazos, os escribiré.
En un lugar cercano, Villar de los Navarros, se dio ayer una batalla
en la cual quedaron vencidos los que aquí llaman facciosos, mandados
por Buerens. Perdieron mucha gente; corrió sin tasa la sangre. ¡Oh
desdicha, oh tiempos! El brazo derecho y el brazo izquierdo de la
nación, contra el pecho de esta descargan a compás furibundos golpes.
¡Cuánto he visto, Dios mío, y cuántas abominaciones me permitirás ver
todavía!
Vaya, no más. Mi bendición a todos, mis amantes besos a los niños, y a
ese gallardo mancebo, el de la charada, un cariñoso abrazo de vuestro
padre — _Beltrán._