Del mismo al mismo.
_Madrid, septiembre._
Aquí me tienes otra vez, Fernandito mío, pluma en mano, dispuesto a
concluir mi cuento, que no lo es, aunque lo parezca. Sabrás que la
marcha desde Buenache de Alarcón a la villa de Arganda fue alegre y
al modo triunfal, pues no he visto pueblos más regocijados con la
presencia del rey, ni campanas más vocingleras en el repicar. Arcos
de ramaje vi en algunos puntos; en otros hubo toros, cañas y berridos
de entusiasmo. Como toda esta región central es la menos castigada
por la guerra y están los pueblos vírgenes de exacciones, encontramos
abundantes víveres, con lo cual remediaron su hambre atrasada los
expedicionarios y el sinnúmero de clérigos y covachuelistas que
siguen al rey. Tal séquito era una horrorosa carga que estorbaba las
marchas y ofrecía dificultades mil para los alojamientos. Venía toda
la administración de don Carlos, sus juntas y consejos, un verdadero
ejército de caracoles o tortugas, con la casa a cuestas, es decir, con
todo el papelorio de las oficinas. Entre la turbamulta de parásitos
había cundido la idea de que entrarían en Madrid sin disparar un tiro,
por estar el pastel bien amasado y dispuesto para comerlo por mitad.
Lo creían como el evangelio, y no anhelaban más que llegar a la Villa
y Corte para ocupar cada cual su blando puesto en las secretarías y
ministerios, o en la intendencia palatina.
De este optimismo participaba el rey, a quien los italianos que le
rodeaban habían hecho creer que entraría pacíficamente, acatado por
tropa y pueblo, dirigiéndose a Palacio, donde reunida toda la real
familia, se daría solemne sanción legal al concierto dinástico. Mal
defendido Madrid por escasa guarnición y por la Milicia Nacional,
no había que temer seria resistencia, en caso de que el masonismo
la intentara. Se contaba con la connivencia de varios generales,
incondicionalmente afectos a Palacio. Otros habían recibido
instrucciones para hacerse los desentendidos. En las líneas del este y
del sur, puertas de Atocha y de Toledo, mandaban _jefes de confianza_.
No había, pues, nada que temer. Madrid era del rey, y Madrid es la
llave de España y sus Indias. Con tales ideas, los últimos días de
marcha fueron alegres, sin que turbaran el contento batallas ni ningún
militar compromiso. Pasado el Júcar, más acá de Alarcón, entramos en
un camino triunfal. No me acuerdo del lugar donde salió a recibir al
rey el escuadrón de Terpsícore, un grupo de muchachas muy lindas,
con panderetas y canastillas de flores, bailando y cantando. Las
coplas no eran de lo más clásico; pero resultaba un bonito efecto.
El comistraje ofrecido al rey no fue malo, según dicen, pues yo no lo
caté. En Tarancón alojaron a Su Majestad Católica en la propia vivienda
del padre de don Fernando Muñoz, donde no halló desahogo de aposentos
ni un trato muy fino, y mi humilde persona se arregló con Cabrera en
casa de unos hidalgos labradores, que nos trataron guapamente. La
recua clerical y covachuela lo pasó tal cual ese día, pues no hubo
para ella buen acomodo, quedándose algunos en cuadras pestíferas y en
bodegas oscuras. Pero no faltó vino para todo el parasitismo, con lo
que los duelos fueron menos y el quebranto tolerable. En Fuentidueña
salió el clero con palio, el ayuntamiento con estandarte, y la Sacra
Majestad se dirigió solemnemente a la iglesia, donde la obsequiaron
con religiosos cánticos. Igual demostración de gratitud al Omnipotente
tuvimos en Villarejo de Salvanés, con merienda suntuosa y pellejos de
vino a discreción. La alegría de la _ojalata_ llegó a manifestarse
con estruendo impropio de gente tan sesuda y de la gravedad de un
monarca que hacía su regio papel imitando a los ídolos. Llegamos por
fin a la villa de Arganda, famosa hasta hoy por sus caldos, y que lo
será en lo sucesivo por la solemnidad del _Te Deum_ que nos endilgó
con desusada fiesta de pólvora, colgaduras y demás manifestaciones de
pública inocencia. Divisadas desde allí las torres y chapiteles de la
metrópoli de las Españas, prorrumpieron tropas y clérigos en alaridos
de monárquico frenesí. ¡Cuán cerca estaba el triunfo! Un día no más les
separaba del descanso. Concluiría la guerra; se inauguraría el reinado
de la justicia y la legitimidad, quedando encadenada para siempre la
infame hidra de la revolución.
El impetuoso Cabrera se aproximó el 12 a Vallecas, tiroteándose con
unos desdichados milicianos que salieron por la puerta de Atocha.
Ello fue poca cosa, más bien nada. Al mediodía recalaron en el real
alojamiento de Arganda tres pajarracos de la Junta carlista de Madrid.
Dijéronme, pues yo no veo bien, que no traían caras de Pascua, sino
de tristeza y desaliento. Por la tarde, aun con mi corta vista,
pude apreciar la consternación que se pintaba en los rostros de los
expedicionarios del brazo eclesiástico, así como del militar y civil; y
lo apagado y cavernoso de sus voces, oyéndoles cuchichear, me demostró
que las risueñas ilusiones de aquellos infelices eran juguete del
viento. En la bodega donde Rapella y otro italiano y dos franceses se
alojaban, supe que la reina Cristina _se había vuelto atrás_. No había
nada de lo dicho, y lo convenido y tratado entre las dos ramas enemigas
no debía mirarse más que como una broma.
Creí yo que este no era el desenlace, pues don Carlos tenía bastante
fuerza para demostrar que con él no se juega. Esperábamos todos que al
día siguiente 13 se daría un ataque formal a la coronada Villa. Cabrera
no deseaba otra cosa: quería ser el primero en asaltar la guarida de
la revolución y el masonismo. Mal guarnecida la corte, el pretendiente
tenía frente a sí la ocasión suprema, la hora crítica de su destino. Se
jugaba la corona, eso sí; mas no le faltaban probabilidades de ganarla,
y ganarla en tal momento era ser rey de carne y hueso, no de cartón.
Cualquier hombre de juicio claro y de corazón grande no habría vacilado
en acometer la empresa, arriesgando el todo por el todo. El sino de don
Carlos María Isidro era no hacer nada a tiempo, y ver silencioso y lelo
el paso de las ocasiones.
A eso de las diez se nos dijo que Su Majestad, celebrado Consejo, había
decidido retirarse. Saldría la expedición a las dos de la madrugada
en dirección de Alcalá. ¡Oh desencanto, oh infinita tristeza! Vi
movimientos de desesperación, manos que iracundas asían mechones de
cabellos, resoplidos de angustia y rabia. ¡Vaya, que tocar a Madrid
con las puntas de los dedos, y no agarrarlo! A Cabrera no le vi. Supe
que trinaba; que el matiz de su cara era verde; que sus ojos echaban
fuego; que rechinaba los dientes. Dicen que dijo: _Mentras este abad
de Poblet nos mani, no farem cosa bona_. Por mi parte, no pensé más
que en preparar también mi retirada, o sea mi separación de la causa,
lo que no me fue difícil, ocultándome, de acuerdo con don Aníbal, en
la bodega de mi alojamiento. Al rayar la aurora del 13, cuando ya no
se veían ni rastros de carlistas en las inmediaciones de Arganda,
agregueme a unos trajinantes que venían a Madrid, y oprimiendo los
lomos de una poderosa mula, hice mi entrada triunfal por la puerta de
Atocha, sin que salieran a recibirme muchachas con panderetas, ni el
fastuoso clero con alzada cruz. Una corazonada felicísima, que más bien
me ha parecido después secretico del Espíritu Santo, me llevó a pedir
hospitalidad a cierto palacio tan viejo como suntuoso, que extiende
sus amenos jardines no lejos de las Vistillas y de Nuestra Señora de
la Almudena. Y vieras tú cómo allí me recibieron con palio, y me cantó
el _Te Deum_ una dulcísima y fiel amiga, a quien he diputado siempre
como la hembra de más sutil ingenio que mecieron doradas cunas. Gala
es de ambas aristocracias, castellana y aragonesa, y digna de que se
estampe con letras de oro en el libro de la fama su bonito nombre:
Pilar de Loaysa, por nacimiento condesa de Arista, amén de otros
sonoros títulos; por enlace, condesa-duquesa de Cárdena y Ruy-Díaz. En
su corona se juntan los ilustres timbres de los Bustos de Lara y de los
Idiáquez y Loaysa... Mas tantas preeminencias históricas no igualan a
la grandeza de su talento, a la supina aristocracia de su amabilidad y
cortesanía. Hame recibido como a un rey, agasajándome y proveyéndome de
cuanto necesitaba mi caduca salud. Hemos hablado largamente a solas,
querido Fernando, concluyendo por ponernos los dos muy alegres, y con
esto te digo más que si te escribiera seis pliegos.
Se me olvidaba una cosa: Pilar y yo tenemos parentesco, no muy lejano,
por los Sobremontes, por los Pignatellis y Javierres, y otras ramas
que se cruzan e injertan en nuestros respectivos árboles nobiliarios.
Pero esto ni quita ni pone. Lo importante es que te estimé cuando te
conocí, y ahora te conceptúo el primero de mis amiguitos, hallándome
dispuesto a guiar tus pasos en la vida social con mis consejos, con la
inagotable ciencia que me han dado mis años y el continuo vivir entre
gente de viso... Pronto hemos de vernos, pues en cuanto yo dé a mi
pobre osamenta algún reposo y me recobre del quebranto de estos siete
meses de increíbles aventuras, tomaré el caminito de Mena, y juntos
en esa dulce casa, en compañía de mis hijos y nietos, os contaré los
lances, ora trágicos, ora festivos, interesantísimos todos, de mi larga
permanencia en el campo de la facción. Sucesos oiréis que os pondrán
los pelos de punta, otros que os moverán a risa, y algunos que debieran
perpetuarse en letras para enseñanza de las generaciones futuras. Y
entreverando mis historias de viejo con la tuya juvenil, te diré cosas
que han de serte de gran provecho en la brillante vida que te aguarda.
Y ahora solo me falta rematar el cuento pasado con la explicación
del porqué y cómo de haber doña Cristina dado al pretendiente el
solemnísimo chasco de Arganda. No acertaba ya con la clave de este
político enigma, ni pudo mi mente salir de confusiones, hasta que
Pilar de Loaysa me refirió lo que te transmito, sintiendo que al pasar
de sus labios a mi pluma no conserve el encanto y la gracia que ella
sabe dar a cuanto dice. Fue que a mediados de agosto se sublevaron los
oficiales del ejército de Espartero, acantonado en Pozuelo, Aravaca
y El Pardo, pidiendo la caída del ministerio Calatrava, el cambio de
gobierno y de política, o sea la anulación de todo lo creado en la
trifulca de La Granja por los atrevidos sargentos Gómez y García.
Acudió a sofocar el movimiento el conde de Luchana, asistido de sus
buenos amigos Seoane y Van Halen, y de primera intención fueron
separados del servicio los oficiales revoltosos, y ascendidos los
sargentos para cubrir las vacantes. Pero como el nubarrón venía de lo
alto, sin más objeto que destruir todo lo hecho desde la infausta noche
de San Ildefonso, y volver las cosas al estado que tenían antes de
aquel suceso, intervinieron voluntades palatinas para que los oficiales
fueran reintegrados en sus empleos y honores. Armose tumulto en las
Cortes; tu amigo Mendizábal señaló al propio Baldomero como autor de
este inesperado cisco; defendiole Seoane; los ministros increparon
el pronunciamiento, invocando las sacras libertades, la disciplina y
demás cosas bellas que nadie ha sabido respetar, y al fin resultó lo
que se deseaba, que era el _menoscabo y vuelco_ de la situación liberal
y masonil. Los oficialitos, en suma, han quedado triunfantes, y se
vanaglorian de haber destruido la obra de sus subordinados, el audaz
Alejandro y el astuto Higinio. La buena lógica pide que la revolución
de sargentos sea enmendada por oficiales, y la de estos por generales,
hasta que las hagan los mismísimos reyes, sublevándose contra su propia
majestad y prerrogativas. Henos aquí, mi buen Fernando, en presencia
del fenómeno histórico que singulariza a la España de nuestros días;
y perdona que tome este tonillo cargante y este amanerado estilo de
discurso para señalarte el dicho fenómeno. Tantas frases sonoras y
campanudas se me ocurren para maldecir esta endiablada máquina de las
sublevaciones militares, que prefiero no transcribir ninguna, seguro de
que otras voces y plumas lo expresarán más campanuda y gravemente que
yo en el curso infinito de nuestras políticas trapisondas. Es un hecho,
es un vicio de la sangre, del cual participamos todos, y con él hemos
de vivir hasta que Dios quiera curarnos. Yo no he de verlo, y se me
figura que tú tampoco lo verás.
Dicho esto, voy a la miga del cuento, y aquí recobro mis mañas de
vejete maleante, diciéndote que _salen_ doña María Cristina y doña
Luisa Carlota batiendo palmas de gozo. Dan por fenecido el vergonzoso
estado político que instituyeron con brutal grosería Higinio y
Alejandro. El liberalismo y las logias cayeron. Su Majestad y Alteza
han convencido a Espartero de que se deje nombrar Presidente del
Consejo de ministros, poniéndole de compinches al indispensable don Pío
Pita Pizarro, a Bardají, Vadillo, Salvato y general San Miguel. El aura
popular del de Luchana, su autoridad ante el ejército, y el grande amor
que le tienen jefes y tropa, devuelven a la reina la confianza perdida
desde la sargentada. Ya no cree su causa en peligro, ya respira,
se crece, se sacude el miedo; ya se atreve a mirar cara a cara al
_obcecado_ pretendiente. Y restablecidas en su travieso carácter ambas
hermanas, dan por nulos y sin ningún valor los tratos para reconciliar
los dos brazos de la familia, y adiós soberanía de don Carlos, adiós
casamiento, adiós ilusiones del absolutismo, adiós paz del reino...
Sabedoras las napolitanas de que el figurón anda con sus tropas por
Vallecas, desde Palacio dirigen hacia allá sonrisas de burla y desdén,
y una de ellas da a San Miguel la orden de que sea trasladado al centro
el general que mandaba en las líneas de Atocha, pretextando que por
tenerle en gran aprecio se le quería apartar del punto de más peligro.
El tal (me callo su nombre) estaba en el ajo: su misión, de prevalecer
el convenio, era franquear la entrada a la facción, y su recompensa ser
nombrado ministro de la Guerra por el rey absolutísimo.
Se me ocurre presentarte aquí un lindo ejemplar de sombras chinescas.
Imaginemos, caro Fernando, un blanco muro, que es el fondo de la
historia patria. Sobre él aparecen dos lindos bustos negros. En las
graciosas cabezas, de perfil, reconoces al punto a las dos napolitanas,
señalándose por más bello y picante el contorno de la reina, colocado
delante del de su hermana. Ambas aplican el dedo pulgar a la punta de
la nariz, extendiendo la mano y dando a los otros dedos un temblorcito
gracioso. Vuélvense las caras y manos hacia la parte aquella de
Abroñigal, donde se supone que está el pretendiente recomendando a los
suyos la confianza absoluta en la protección de la Santísima Virgen de
los Dolores.
De fijo llevarás a mal que trate yo una grave cuestión histórica por
arte bufonesca. Pero, hijo, considera que los años me hacen infantil:
quiero ser serio, y no lo consigo. Mi experiencia, madre de mi
descreimiento en estas materias, es abuela de mi humor festivo. Añade
a esto que el descanso, la paz y las comodidades que disfruto en este
palacio, después de tantas desdichas, despiertan en mí una alegría
retozona. Te presento el lado gracioso de esta Real intriga, porque
es el que más a mis ojos se destaca. Tú, niño ilustrado, a quien
las probabilidades de tomar un buen papel en la política imponen la
seriedad, podrás darle la vuelta (todas las cosas tienen dos caras)
y presentarlo por el lado grave, para gobierno y enseñanza de esta
generación más estudiosa en los libros que en los hechos. Por mi edad
y mi ciencia del mundo, estoy autorizado a ser extravagante, a tener
_cosas_, a reírme de lo que vosotros miráis con ojos de carnero y
expresáis con retóricas almidonadas. Mi relato histórico pecará de
burlesco... A mi modo, soy también romántico, de la cepa maleante. El
romanticismo es la juventud y también la vejez. El mundo antiguo y
el presente en él se enlazan. Por un lado llora, por otro ríe. Risa
y llanto constituyen la vida, y yo no estoy ahora en disposición de
llorar. En todo caso, imagínate que me he muerto ya, y que tienes
delante de ti, contándote historias verídicas, no a un hombre, sino a
un esqueleto. Mi calavera, asaz expresiva en sus ojos huecos y en su
rasgada boca, te cuenta con gracejo lúgubre los errores de nuestros
primates y el inocente abandono de nuestro pueblo.
Y sigo. El pobre don Carlos es víctima de su ineptitud. Las traviesas
napolitanas, que iban de capa caída, llevan ahora la mejor parte.
Han derribado a Calatrava y su partido inepto, que no gobierna ni
administra; se han congraciado con Luis Felipe, que juega con dos
cartas, halagando por un lado al _absoluto_, por otro a la reina, y
solicita de esta que sofoque el incendio revolucionario y masónico; se
han agarrado al brazo fuerte de Espartero; han dado a la oficialidad el
gusto de anular la obra de los sargentos. Pondrán freno a la libertad
de imprenta, convertirán en un papel mojado la reciente Constitución,
y este no es más que el primer paso para ir a un régimen de fuerza y
autoridad. ¿Qué sucederá después? Si quieres que sea también profeta,
te diré que seguirá funcionando la máquina de los pronunciamientos;
que no habrá revoluciones temibles, porque el pueblo es un buenazo,
a quien se engaña con colorines y palabras vacías; que tendremos
disturbios, cambiazos y trapisondas, todo sin grandeza, pues no hay
elementos de grandeza, y las ambiciones son de corto vuelo. Redúcense
a obtener el mando, y a que los triunfadores imiten a los vencidos en
sus desaciertos y mezquindades. No late en la raza la ambición suprema
de un Cromwell o un Napoleón. Todo es rivalidad de comadres y envidias
de caciques. ¿Qué, te ríes? Pues tú lo verás, tú, que has de ser actor
en esta comedia, y te contentarás con hacer tu papelito modesta y
gravemente, creyendo que haces algo. Cuando llegues al término de la
vida, nuestras dos calaveras tendrán un careo gracioso en las honduras
de la tierra... y nos reiremos.
Entre tanto, vive y goza. Es preciso que lo que ha padecido por ti esta
noble dama, mi excelsa castellana, se trueque ahora en goces de los
dos, en alegrías y confortamientos recíprocos. Hora es ya de que ella
te tenga, y de que tú le entregues tu corazón y tu voluntad. Lo dicho:
me iré pronto allá, llevándote mi sabrosa compañía, mi conversación
amena, mis consejos sapientísimos, mis reglas de vida. Te anticipo la
severa amonestación de abordar sin recelo tu enlace con la niña de
Castro. No hagas tonterías, Fernando; déjate de melindres y repulgos,
que no servirían más que para dar la victoria a _doña Urraca_. Esto me
produciría la muerte instantánea, del berrinche tan grande que cogería.
De modo que si no lo haces por ti mismo, hazlo por tu madre, que te
adora, y por mí, que te bendigo. Apresuraré mi viaje todo lo que pueda,
pues para esos arreglos me pinto solo, y de concierto el señor Hillo y
yo, abordaremos al buen Navarridas; y a doña María Tirgo, si no se pone
de nuestra parte, la encerraremos en un armario de la sacristía, y todo
quedará solventado en horas veinticuatro. Hazme el favor de anticipar a
mis hijos los tiernos abrazos, y a mis nietos los besos, que pronto les
dará el antes desgraciado y ahora feliz viejo — _Beltrán de Urdaneta._