De la misma a la misma.
_Carabanchel, septiembre._
Aquí respiro, amada mía; todas mis penas conmigo me las traigo; pero
las atenúa, las suaviza la libertad, el alejamiento de mi martirio. La
tía Consolación es un calmante enérgico de mi estado espasmódico, por
su bendita indiferencia de todos los asuntos que no sean sus devociones
y la paz de su casa, por carecer en absoluto del defecto esencialmente
femenino, la malditísima curiosidad. No he visto pasta de ángel como
la suya. Si ello es un profundo egoísmo, celebremos la razón de la
sinrazón que en determinadas circunstancias reviste los vicios de las
apariencias de excelsas virtudes, ofreciéndonos los provechos de estos.
A mi tía Consolación no le importa nada de nada: vive siempre en, por
y alrededor de sí misma, contenta del medio social, como los pececitos
que se hallan bien en su redoma de agua limpia; hablando mucho de
las excelencias de la otra vida, y procurando por todos los medios
permanecer en esta el mayor tiempo posible; rodeada de curas y de
médicos, a quienes oye y atiende como a sibilas de la salud espiritual
y física; disfrutando de sus riquezas con parsimonia y régimen
intachables; practicando la caridad con medida; exacta en todo, fría en
sus afectos, cuidadosa de sus pelucas y de sus huéspedes...
A propósito de huéspedes: ¿a quién creerás que me encuentro aquí? A
nuestro don Juan Nicasio Gallego, que veranea en la quinta inmediata
de Montecastro. Compite en corpulencia con mi tía Consolación, y la
supera indudablemente en ingenio y en ese desahogo frailuno que nos
hace tanta gracia. Su conversación me ha distraído un tanto de mis
amarguras: ya me notarás semejante a mí misma, aunque todavía no puedo
reconocerme _todo lo yo_ que ordinariamente soy. Paso ratos agradables
sentadita en el jardín en compañía de don Juan Nicasio, que se ha
dignado recitarme, con la entonación y compás clásicos, su oda a _La
influencia del entusiasmo en las bellas artes_, que yo no recordaba.
Se muestra lastimado de que le excluyeran de la dirección de Estudios,
después de haber hecho el plan de enseñanza general. La jubilación le
duele como un castigo injurioso, y habla pestes del régimen traído por
la _sargentada_, y de la nueva Constitución, que, según él, dará ópimos
frutos dentro de _quinientos años_... Si tuviera mi espíritu sereno,
a Fernando escribirla yo de mil cosillas referentes a gente de pluma,
pues también andan por aquí Bretón y Gil y Zárate: Ventura Vega viene
algunas tardes a la Quinta de Vistabella. Todos me visitan, y aunque
procuro huir de la sociedad, no puedo eximirme. Me acosan, me asaltan,
y he de oírles, por lo menos.
Diariamente recibo noticias de Felipe, que no ha ido a la Encomienda:
continúa en nuestro palacio de Madrid, sin alteración en su tristeza y
aislamiento. Las noticias de hoy me hacen recaer en el abismo de mis
penas, y esta tarde no he querido recibir a nadie, ni al mismo Gallego,
que vino acompañado de Eulalia Montecastro y de Pilar Selva Fría. La
tía Consolación les dio chocolate de Astorga, y don Juan Nicasio contó
chascarrillos de confesiones de baturros. Desde mi cuarto, en el piso
principal, oía la voz gruesa del clérigo y las francas risas da su
auditorio.
_Hoy domingo_. — Llegó don José Moya, el socio del librero Boix, y he
hallado un consuelito a mi pena tratando con él de un envío de libros
que pienso hacer a Fernando. No puedes figurarte cuánto he gozado
viendo el catálogo de obras francesas, enterándome de los precios, y
oyendo apreciaciones no muy autorizadas sobre el mérito literario de
estos o los otros autores. Eligiendo y desechando libros he pasado un
buen rato, figurándome que Fernando estaba presente y que aprobaba
mi escrutinio, enteramente acorde con mi gusto. La caja contendrá
la nueva edición del _Ossian_ con grabados magníficos, y la última
_Vida de Napoleón_, también con láminas muy hermosas. Por cierto que
hay entre estas una de la cual no quiero hablar ahora; pero ya te
diré algo en ocasión oportuna. Es muy triste, Valvanera mía... A su
tiempo hablaremos... También le mando la traducción francesa del _Don
Juan_ y del _Giaour_ de Byron, y la _Corina_ de la señora Staël. De
latinos recibirá bastante historia: Tito Livio y Suetonio, que son
muy buenos, y no lo afirmo porque yo los haya leído; de españoles van
Solís y Masdeu, acompañados de Quintana. Las _Vidas_ me gustan, aunque
son un poquito pesadas; pero no hay que hacer caso de mi juicio. Y
para colmar la caja, he añadido todo el romanticismo que encuentro
en los catálogos: dramas de acá y de allá, algunos que, sin leerlos,
estimo de baja literatura, por un cierto tufillo que se desprende de
sus cubiertas; otros medianos, friotes, con rimbombancia de frase y
pobreza de ideas... Pero, en fin, allá va todo. Son juguetes que pronto
estarán rotos en manos del niño. Este señor Moya me promete enviar la
caja mañana mismo por un ordinario de confianza. ¡Si pudiera meterme en
ella, como un mal drama, qué feliz sería yo! Mi felicidad me consolaría
de la pena de ser drama malo.
_Martes_. — Ayer me trajo Salamanca, que vino acompañado de un
escribano y su acólito, un rimero de papeles que firmé. Esto y una
carta de Cortina me aseguran que es un hecho la situación provisional
de Fernando. Ya no puede decir nadie que solo tiene de caballero la
figura, la ilustración y los modales. Cuéntame qué impresión le causa
esto; y si es grata, como supongo, me consolaré de no haberlo hecho
antes. Pienso yo que las riquezas deben ser siempre para la juventud,
bajo la tutela y dirección de los viejos. Lo que Fernando disfrute con
la discreción y buena medida propias de su honrado carácter, será mi
gloria, mi orgullo. Que tú y Maltrana le habléis de esto, demostrándole
que le pertenece lo que hoy está en mis manos. Soy su arca, su hucha;
no tiene que agradecerme nada, y yo mucho a él por poner en mí su
confianza. Que me le aleccionéis bien, queridos Valvanera y Juan
Antonio. Adiós por hoy.
_Viernes_. — En los dos días que he pasado sin escribirte me han
ocurrido cosas que no puedo contarte sin emoción muy viva. Aún me
dura el grandísimo dolor que he sentido ayer; encontrarás mi carta
como anegada en un mar de amarguras, turbio el estilo y sin ninguna
gracia. Buscaré compensación en la claridad y el fiel traslado de los
hechos, huyendo de las impresiones de romanticismo, que, a pesar mío,
me asaltan el magín. Con un esfuerzo supremo de mi voluntad las echo
de mí, presentándote en forma descarnada lo que he visto, y lo que he
padecido al verlo... Pues desde el miércoles sentía yo una viva comezón
de volverme a Madrid, de entrar en mi casa y adquirir por mi misma
noción clara de lo que allí ocurre. Sospechando que me ocultan algo,
que no es posible la continuidad de la monotonía fúnebre que dejé allí,
ayer preparé con mi doncella una escapadita, que realizamos felizmente,
No tuve dificultad para entrar en casa, no diré en secreto, porque
esto era dificilísimo, pero sí precavida contra las indiscreciones de
los criados que me vieron. No me dirigí a mi habitación, pues para
esto habría tenido que atravesar los sitios _de más peligro_: metime
en aquel cuarto oscuro, ¿sabes?, entre el billar y la sala de armas, y
allí permanecimos Rafaela y yo muy agazapaditas, acechando una ocasión
de aproximarme al encierro de Felipe, que es el gabinete de la esquina,
entre su alcoba y el salón rojo. Caía la tarde. Pasó tiempo, y sobre
la casa vino la oscuridad, entristeciendo todo y poniéndome a mí más
triste que las mismas tinieblas. Ya era noche cerrada cuando el duque
mandó que le llevasen luz. De puntillas acerqueme a la puerta de la
habitación, que había quedado entornada al salir Mariano, después de
preguntar este a su señor (así me lo figuré) si deseaba comer. Creí
entender, adiviné más bien, que la respuesta había sido negativa, y lo
confirmó el que pasara mucho tiempo sin que Mariano volviese con el
servicio... Nadie me vio, ni yo pude tampoco ver a Felipe, sentado sin
duda en el diván que hay en el mismo testero de la puerta. Esperaba
yo que se pasease o que cambiara de asiento, poniéndose en el sillón
de enfrente, debajo de la gran panoplia colgada entre el Ribera y el
Juan de Juanes. No puedo decirte cuánto tiempo estuve en acecho sin
oír ruido alguno. «¡Si yo me atreviera a entrar bruscamente!», pensé,
fatigada del largo plantón... Pero lo pensaba no más, hija, y la idea
de hacerlo me estremecía. Cautelosa me retiraba ya, buscando las partes
más oscuras del salón rojo, cuando le sentí ponerse en pie. ¡Ay, se
paseaba!... ¡No, no: salía! Tuve tiempo de esconderme detrás del piano
a punto que aparecía su figura en el cuadro de la puerta, iluminado
por la lámpara del gabinete, y pasó, pasó muy cerca de mí, le vi
perfectamente a la tenue claridad del salón. ¡Dios mío, qué impresión,
qué inmensa pena! Aquel hombre no era Felipe, no era el esposo mío...
o más bien era él mismo tal como pienso yo que será dentro de veinte
años. ¿Pero han pasado veinte años sin que yo lo advierta?... ¿Estaré
yo en ese grado de vejez? ¿La crisis que atravieso me hace avanzar de
golpe casi un cuarto de siglo? Tanta era mi confusión como mi terror
por lo que veía, y no daba crédito a mis ojos. La cabeza de Felipe,
que apenas blanqueaba hace quince días, es ya enteramente blanca; su
cuerpo, antes arrogante y derecho, se encorva hacia la tierra; su
paso es vacilante; se agarra a las sillas que encuentra próximas. A
la escasa luz, el rostro demacrado, cadavérico, me causó tan viva
aflicción, que a punto estuve de perder el conocimiento. ¡Dios de mi
vida, qué lastimosa ruina, qué desmoronamiento fugaz! Desapareció
hacia la sala de armas; le seguí, apoyándome también en los muebles
para no dar con mi cuerpo en tierra... Pasó por habitaciones oscuras,
por habitaciones mal alumbradas. Iba hacia la mía, hacia donde yo
vivo, donde duermo, donde sufro y medito y tramo mis combinaciones
mentirosas. Allí está mi pensamiento, que permanece en aquel ambiente
cuando yo salgo, y allá va Felipe a buscarme... No encuentra de mí más
que una idea, y esto le basta. ¡Y yo tan cerca en cuerpo y alma, sin
que él lo sospeche! ¡Pobre de mí! ¿Es tan grande mi culpa que merezco
el suplicio de anoche? Sin ver a Felipe, porque la oscuridad me lo
impedía, me le figuraba postrado en mi sillón favorito, los codos
en las rodillas, el rostro en las palmas de las manos, evocándome
con su pensamiento, quizás para reñirme, para mortificarme, quizás
para pronunciar palabras dulces de perdón. Hablaría con la idea
de mí, reconstruyendo el pasado, nuestra larga vida matrimonial,
y condoliéndose de que haya sido tan árida, tan triste... ¡Que no
pudiéramos hacerla nueva, perdonándonos el uno al otro, desprendiéndose
cada cual de sus asperezas!... Me faltó valor para esperarle y verle
de nuevo a su regreso, que quizás sería muy tarde. ¡Sabe Dios el
tiempo que durarán aquellos actos de contemplación o éxtasis!... Sentí
vergüenza, y la conciencia de mi inferioridad ante aquel sentimiento
intensísimo me precipitó en una fuga loca. Corrí en busca de Rafaela, y
nos lanzamos fuera del palacio por la escalera de servicio, metiéndonos
en el coche que nos aguardaba en la calle. Por primera vez en mi
vida me he tenido por idiota: tal era la fuerza de mi estupor. Se me
revelaba un mundo nuevo, ¡y cuándo, Dios mío!, cuando apenas hay
tiempo ya para poder apreciarlo y disfrutar de sus hermosuras. Felipe y
yo hemos vivido sin duda en el seno sombrío de una fatal equivocación.
¡Tan cerca uno de otro, y no nos hemos conocido, no nos hemos visto, no
sabíamos ni que existiéramos!
Al llegar a Carabanchel me arrojé en mi lecho sin querer ver a nadie,
y lloré no sé cuánto tiempo lágrimas muy amargas. ¡Cuánto habría dado
porque él las hubiera visto! Su figura claudicante, agobiada por el
dolor, los blancos cabellos, el rostro extenuado, la respiración
ansiosa, se representaban no solo ante mi imaginación, sino ante
mis ojos. Toda la noche me tuvo la visión en un estado de angustia
contemplativa, y aun hoy, en pleno día, no ha cesado de acosarme. ¿Será
esto romanticismo? Solo sé que es verdad. Y la verdad romántica es la
revolución desencadenada en nuestras almas, el pueblo que se encrespa,
los tronos que caen, la pequeñez volviéndose grandeza... No sé lo que
digo. Comienzo a desvariar, y suspendo mi escritura. Me tengo miedo.
Mis penas, en vez de disminuir, aumentan. Mi paz no aparece. ¿Volveré a
Madrid? ¿Me arrojaré a los pies de Felipe? ¡Cuánto daría por tenerte a
mi lado para que inmediatamente me respondieras a esta consulta! Yo me
consulto, y no sé qué aconsejarme. Estoy loca. Solo sé sentir; pensar
no puedo. Llamo a Cortina, que es mi pensamiento.
No puedo más. Cariños sin fin de vuestra — _Pilar_.