De Pilar a Valvanera.
_Septiembre._
Amiga de mi alma: Pensaba escribirte hoy cosas gratas, y mi destino
dispone que no lo sean. Sobre mí pesa sin duda una maldición. No creo
en maldiciones: creo en castigos, y el mío es grande, más doloroso y
largo de lo que a mi parecer me corresponde, sin duda por la magnitud
de mis faltas. En los dos días que han pasado desde el memorable de
la espantosa revelación, mi alma se consume en una ansiedad monótona
y sin accidentes. Felipe no sale de su cuarto. La noticia de que está
enfermo, a mis oídos llegada por referencias de servidores más o menos
discretos, me causó ayer inquietud, hoy pena indecible. He llamado a
Pantoja, el cual me asegura que el señor duque no padece más que una
indisposición nerviosa. En distintos aposentos de una misma casa,
mi marido y yo vivimos tan distantes como si fuéramos antípodas uno
de otro. Esto es horrible, y de una tristeza que anonada. Hoy, por
dos veces, no pudiendo refrenar mi ardiente afán de hablar con él,
he salido de mi habitación con ánimo de entrar resueltamente en la
suya. A la mitad del camino heme vuelto para mi hemisferio, temblando
de pavor. Llegué a mi alcoba rendida y sin aliento, como quien ha
corrido largo trecho por senderos pedregosos. Anoche pasé horas de
terrible miedo, creyendo que a mi cuarto venía: sentía sus pasos, era
él... Componía yo mi rostro, preparaba las frases compungidas que
debía dirigirle al entrar... Pero no era, no: mi espíritu, no sé si
deseándole o temiéndole, fingía la proximidad de su persona, sus pasos,
su acento, su cara... Hoy puedo decirte que sin dejar de temerle, deseo
ardientemente que venga y me diga lo que, según la gravedad del caso,
debe decirme. Su silencio me duele tanto como mi culpa. Imagino en él
padecimientos crueles, que agravan los míos. Por primera vez en mi
vida, creo que siento con él, que su corazón y el mío laten a la par.
No puedo seguir. De estas cosas no hables nada a Fernando. Que
sepa cuanto a mí se refiere; pero esto no, aunque seguramente lo
comprendería. Dile tan solo que le amo mucho, y que Dios quiere sin
duda que mi amor arda en nuevos crisoles para purificarse. Tarda en
llegar el bien; aún está lejos la paz dulce y hermosa... No le hables
de esto, no; que podría descorazonarse, como yo, y caer en hondísima
tristeza. Basta con que sepa que vivo y viviré para él.
_Viernes por la noche_. — Otros dos días han pasado, querida mía, en
la misma lúgubre calma, sin que Felipe me vea, sin que pronuncie una
palabra delante de mí. Ni me habla, ni me mira, ni me injuria, ni me
mata, ni me perdona. Esto es horrible. El buen letrado me ha dicho
que espere. Hoy no vino a verme, y su ausencia pone el remate a mi
tribulación. Mañana rompo esta cárcel de silencio y soledad en que
estoy metida: necesito una palabra de mi esposo, cualquiera que sea;
necesito mi libertad, cueste lo que costare.
Dícenme que Felipe no está en cama; que no recibe ninguna visita, ni
aun la del médico; que pasa los días sentado en un sillón, o paseándose
en su cuarto; que no prueba la comida; que escribe cartas larguísimas y
las rompe... No sé qué daría yo por saber si pregunta por mí. Recados
suyos a mi calabozo no llegan. Yo repito los míos esperando respuestas
que no vienen, que no quieren venir por más que las llamo. Lo único
que me dice Pantoja es que el señor asegura que no está enfermo, que
apetece la soledad, que despide a sus servidores con expresiones de
bondad flemática. Me asombra saber que no riñe, que no se impacienta
por cualquier motivo baladí, que no alza la voz para dar sus órdenes;
esto me inquieta más, porque un cambio tan radical en su carácter
indica trastorno profundo. La magnitud de la impresión, la sorpresa y
dolor han desquiciado su naturaleza revolviéndola y agitándola desde lo
más hondo a lo más superficial. Lo peor será que tras esta crisis venga
una enfermedad grave, la muerte quizás. ¡Y ello sería por mi culpa!
Amada mía, no le digas esto a Fernando: confidencias tan delicadas, tan
íntimas, son exclusivamente para ti. Solo las mujeres entendemos esto.
_Sábado_. — Llega Cortina y me dice que la situación moral de Felipe es
la misma; que debemos esperar a que la benéfica acción del tiempo le
restituya a su ser normal. Me recomienda, dando a entender que obra por
inspiración propia, pasar unos días en la quinta de mi tía Consolación
en Carabanchel. Al pronto, acepto con regocijo la idea que abre un
paréntesis en mi ansiedad, y me saca de esta atmósfera de panteón o
presidio; pero luego me nacen en el alma energías de protesta contra
tal viaje, que se me figura una forma delicada de expulsión. Cierto que
mí salud exige descanso, cambio de aires, y en ello insiste don Manuel,
añadiendo que intentará convencer al duque de la conveniencia de buscar
distracción y recreo en el campo. Es probable que pase un par de
semanas en la Encomienda, y el mismo tiempo debo yo permanecer junto a
mi tía. Accedo a todo: me invade la obediencia, sobreponiéndose a todas
las fuerzas de mi espíritu. Me siento máquina...
Dentro de una hora saldré para Carabanchel, donde espero recobrar mis
facultades dispersas. Aguardad un día, dos, y recibiréis la verdadera
expresión personal de vuestra amantísima — _Pilar._