De Valvanera a Pilar.
_Villarcayo, agosto._
Amada mía: La ansiedad que revelas en tu carta se me comunica, y
no vivo hasta saber el término y solución de la gran crisis de tu
destino. Bendigo a esos buenos señores, amigos fieles, Cortina y
Salamanca, que te ayudan en tu magna empresa. Inspíreles Dios, y a
ti te dé fortaleza y serenidad. No ceso de pedirte que encierres con
cien llaves tu romanticismo, todo ese imaginar insano que debes a
las lecturas continuas, al hábito de vivir dentro del misterio, a
esa fatalidad de tener drama oculto, vida de novela por dentro. ¿Me
explico? Aguardo impaciente la carta en que me digas el resultado de lo
que llamas operación quirúrgica. Encomiéndate a Dios, que no dejara de
mostrársete benigno, viendo atenuada tu enorme falta por el sentimiento
purísimo que es consecuencia de ella. El pecado y la virtud, ¡qué cosa
más rara!, se ven enlazados en la vida humana, y donde menos lo piensas
encuentras un eslabón de oro entre los de hierro de tu cadena. Te
reirás de las figuras que se me ocurren. Algo se me pega de tu florido
ingenio.
Delicadísima es tu situación frente a Felipe, y todo el tacto que
empleares para sortearla me parecerá poco. Considera, Pilar, que las
espinas de su carácter están en la superficie; su corazón es bueno.
Desgracia grande ha sido que no supiera conquistar el tuyo, aun después
del tropiezo. Ya es tarde para la concordia. Si el cariño no puede
existir, sálvense la estimación y el mutuo respeto. Te digo todo lo
que se me ocurre, sin reparar en que mis exhortaciones lleguen tarde.
Pongámonos en manos de Dios, que ha de resolver este magno problema.
Él decidirá de tu vida futura, poniendo fin a tus sufrimientos, o
dándote otros en vez de los actuales. Si así fuere, acéptalo con
resignación recordando estas dulces palabras del Kempis: _Tanto se
acerca el hombre a Dios, cuanto se desvía de todo consuelo terreno. Y
tanto más alto sube hacia Dios, cuanto más bajo desciende en sí y se
tiene por más vil_.
Quiero endulzar tus penas contándote cosas de acá, placenteras:
teníamos a Fernando alicaído y triste; hoy está muy gozoso con la
visita de su amigo don Pedro, que se nos entró por las puertas ayer
tarde, sin previo aviso. Figúrate la alegría del pobre Telémaco. En el
tiempo que aquí lleva, nunca le he visto tan animado, tan expansivo y
bien dispuesto. Juan Antonio y yo hemos recibido en palmitas al señor
de Hillo y le agasajamos todo lo que se merece. En cuanto habla, se
manifiesta el cariño que tiene a Fernando, y el afán de verle dichoso.
Lástima que solo esté en nuestra compañía hasta mañana, pues tiene que
partir para Vitoria, con no sé qué graves comisiones de su ministerio
castrense. Creo que Fernando le acompañaría de buena gana; pero no nos
resolvemos a concederle autorización para este viaje. Tanto él como
nosotros nos hacemos cargo de que en estas difíciles circunstancias, y
en la expectativa de la gran crisis tuya, no debe alejarse. Podría ser
necesaria en un momento dado su presencia aquí, tal vez en Madrid. Dice
don Pedro que volverá, y esto me alegra, porque su compañía, su afecto
y su festivo temple son el mejor antídoto de las melancolías de nuestro
amado caballero.
Y allá van otras noticias, que aunque parezcan extrañas a nuestro
asunto, quizás tengan con este indirecta relación. He recibido carta
de mi padre, desde Albarracín, donde se hallaba muy obsequiado por los
figurones de la facción. ¡Que hombre, qué carácter flexible y ameno! No
hay quien le iguale en el don de ganar amigos y de hacerse simpático
a todo el mundo. Me dice que su salud es excelente; que tras las
penalidades sufridas con cristiana conformidad, ha recobrado su vigor,
el apetito de sus mejores tiempos, la fácil labia y el prurito social.
No hay otro don Beltrán de Urdaneta. Es el prodigio de la naturaleza
y la unión del siglo pasado con el presente. Me dice que quieren
agregarle a la expedición de don Carlos, el cual parece no ha de parar
hasta Madrid. En la presunción de que mi padre recale por la Villa y
Corte, y de que vaya a parar a tu casa, como otras veces, he pensado
que no debes vacilar en informarle del asunto, ganando su voluntad
antes que los Idiáquez. Creo que teniéndole preparado y conquistándole
hábilmente, como tú sabrás hacerlo, le tendremos a nuestra absoluta
devoción en el delicado negocio de Laguardia. ¿Estás enterada?
Ayer hemos expedido un propio para llevarle nuestra carta y el dinero
que nos pide, necesario para que pueda incorporarse decorosamente
a esa ambulante corte del llamado rey, que quizás lo sea pronto de
verdad, por convenio entre las dos ramas borbónicas. Le hablo de
Fernando, a quien profesa paternal cariño, diciéndole que le albergo
en mi casa desde principios de año, y añado algunas explicaciones de
los motivos de este hospedaje, que entiendo han de ser para él una
revelación. Le encargo que si a Madrid va, hable contigo de mi huésped,
y con esto me parece que ayudo bastante a su penetración y agudeza.
Estoy bien segura de que a un hombre como mi don Beltrán, de tanto
conocimiento en cosas y aventuras pasadas, le bastarán las medias
palabritas que le escribo para posesionarle de tu secreto. Cualquiera
que sea el resultado de esta crisis, creo que el saberlo mi padre no
puede ocasionarte ningún perjuicio, y sí ventajas grandes. Agasájale,
sé sincera y cariñosa con él, y tendrás un excelente apoyo, un leal
consejero y auxiliar.
Y punto final por hoy. Te anuncio el milagro de que mis cinco hijos
están buenos, sin ninguna molestia ni alifafe. Dios me les guarde así
mucho tiempo. Fernando se ocupa en reanudar los ensayos del _Sí_. En
buen hora sea. Adiós, querida: que tu carta próxima me traiga felices
nuevas, el término de tus afanes, el alivio de tu conciencia, y vea
yo sobre tu cabeza la bendición divina y la piedad humana. Concluyo
recomendándote que mires a Felipe con respeto y cariño. El amarle
será para ti un inmenso consuelo. No te canso más. Tuya siempre —
_Valvanera._