De Fernando Calpena a don Pedro Hillo.
_Villarcayo, junio._
Querido capellán: Hemos pasado unos días crueles con la enfermedad de
los niños. Cayó Nicolasa con calenturas el 15 del pasado, reponiéndose
al séptimo día; mas antes de que esto sucediera, el segundo de
los varones, Federico, fue atacado del mismo mal, que degeneró en
tabardillo. Veinte días hemos tenido a la pobre criatura entre la
vida y la muerte. Figúrate la ansiedad de los padres, que ha tiempo
vienen siendo enfermeros de su prole, dañada de no sé qué mal profundo,
insidioso. Tengo la satisfacción, en medio de mis tristezas, de haberme
asociado a los afanes de esta noble familia, y por fin, al gozo de
verles vencedores del terrible mal. A fuerza de cuidados y desvelos
_hemos_ rechazado a la muerte, y lo digo así porque no he sido yo menos
padre que ellos, en el sentido de la solicitud vigilante. Cuando el
cansancio les rendía, yo he ocupado su puesto, poniendo toda mi alma
en aquel servicio humanitario. La gratitud de estos nobles amigos me
envanece más que si hubiera yo ganado laureles de los que vivamente
halagan el amor propio.
Y no es esta la única conquista que he realizado en estos días de
prueba. Ya sé lo que es calor de familia; en mí anidaron y criaron
sentimientos dulcísimos que ya llevaré conmigo en lo que de vida me
reste; me va muy bien con ellos; me espanta la soledad en que yo
quedaría si estos sentimientos me faltasen, y me compadezco de mí,
acordándome del tiempo en que no los conocía. Tengo que razonar para
convencerme de que no es mi hermano el pobre niño que hemos salvado de
la muerte; sus padres no sé qué son míos: solo afirmo que les quiero
y que me quieren. En los días de ansiedad y de lucha con la muerte,
respirábamos los tres con un solo aliento; ellos me daban su temor; yo
les daba mi esperanza.
La mañana feliz en que consideramos salvado a Federico, Valvanera selló
nuestro espiritual parentesco con una confianza sublime. Incapaz de
contener su efusión maternal, me llamó a su cuarto, y en presencia de
Juan Antonio me descifró el enigma de mi vida. Ya sabía yo que ella y
mi madre son amigas íntimas, que desde la infancia se adoran. Ahora sé
el nombre que ignoraba, la condición social y otras particularidades
de mi nacimiento y de mi niñez... El desgarrón del velo que envolvía
mi origen me hizo caer en un estupor parecido al idiotismo: he pasado
un día sin darme cuenta de cosa alguna, mirando con embargada atención
la fórmula resolutiva de mi problema, y los nuevos problemas que de
aquella solución se derivan... Por la noche, solo en mi aposento,
lloré largo rato, sintiendo dentro de mí un desconsuelo inexplicable,
no sé qué, sin duda reflejo de las aflicciones que por mí ha pasado la
persona que me dio la vida. Pensaba que si yo hubiera muerto al nacer,
habría evitado sus acerbas penas, y luego las mías. Ya no puedo evitar
nada; soy impotente para todo, y la idea de que mi amor y mi gratitud a
ese noble ser han de esconderse en la oscuridad y en el disimulo como
si fueran delitos, me vuelve loco.
En tanto, mi drama se ha empequeñecido. Dentro de mi espíritu lo veo
cada día perdiendo volumen y claridad. Síntomas de olvido empiezan
a manifestarse: he notado que pasaban largas horas sin que de su
terrible argumento y de sus personas me acordase. Pero ayer y hoy he
advertido que me ronda, que viene en mi busca. Una nueva carta de Pedro
Pascual me informó ayer de que los Arratias están furiosos contra mí.
No ha podido averiguar mi amigo si Aura había regresado al domicilio
conyugal: sospechaba que no. Como puedes comprender, estas noticias me
inquietan, me trastornan, impidiéndome condensar las ideas y fijar mi
voluntad en una sola dirección. Tengo que dividir mi espíritu, como un
caudillo militar que dispersa sus tropas para la ofensiva necesaria
en un punto y la defensiva en otro. Me halaga la esperanza, querido
clérigo, de que se den órdenes para que no se aplace más tiempo tu
viaje. Aunque Valvanera y Juan Antonio colman mis anhelos de sociedad
y de amistad y todo, parece que me falta algo. ¡Que vengas, hombre!
Quiero marearte un poco y hacerte rabiar. Por esta noche no escribo más.
_Sábado_. — He pasado el día haciendo muñecos de papel al niño
convaleciente. Te asombrarías como yo de mi habilidad en este arte.
He construido una docena de clérigos graciosísimos con sus tejas
descomunales, y otras tantas monjitas con blancas tocas; sobre la cama
los iba poniendo en correcta formación el pequeño. En la sección de
animales he sido menos afortunado; pero aun así, mis gatos, mis burros
y mis elefantes han cumplido el objeto para que fueron creados. Por
cada cucharada de alimento o de medicina que toma el chiquillo, cobra
anticipadamente una figura, y en ocasiones un cuarto. Por la noche,
cuando le rinde el sueño, y después que el contacto de su frente y
muñecas nos dice la frescura de su sangre, recogemos en una cestita
todas las colecciones clericales y zoológicas, para hacer en ellas
las reparaciones convenientes. Pero dudo que mañana obtengan el mismo
éxito; ya se me ha indicado para mañana un nuevo mundo que debe salir
de mis manos hacedoras: torres, puentes, barcos de guerra y fortalezas
con cañones.
Te dije ayer que el drama me acecha: hoy te digo que ha venido _Churi_;
pero no le han permitido entrar en la casa, ni yo he de salir a
verle: le tengo miedo. Desde mi ventana le he visto rondar por estas
inmediaciones, con cara famélica y ansiosa. ¿Qué querrá decirme? ¿Me
traerá alguna carta? Mejor es que no lo sepa. Juan Antonio ha encargado
a uno de los mozos que le despabile, amenazándole con dar parte a la
justicia y meterle en la cárcel si no se larga de estos contornos.
¡Pobre _Churi_! ¿Qué me querrá?
Valvanera y su marido me han predicado un cariñoso sermón sobre la
obediencia, y yo he reconocido que a ella me obligan todos los respetos
y las nuevas afecciones que siento en mí. No haré más que lo que ellos
dispongan. Forzosamente vuelvo a la niñez. La querida persona que se ha
pasado lo mejor de su vida sin poder acariciarme y gobernarme, quiere
hacerlo ahora, y yo me apresuro a ofrecerle mi sumisión incondicional.
Es difícil, no obstante, que pueda darle gusto en una cuestión que,
según me ha declarado Valvanera, es su sueño dorado. Bien comprenderá
que no puedo disputar al marqués de Sariñán la excelsa niña de Castro,
cuyos méritos son tales que hoy me avergonzaría yo de dirigir hacia
ella mis aspiraciones. ¿Que piensas de esto? Sería imponerme una
ridiculez; sería lanzarme quizás a un nuevo desastre. Me siento sin
fuerza moral para tal empresa; necesito un largo reposo, y restaurar mi
espíritu desquiciado y en ruinas.
Y sobre todo, ¿quién soy yo, ¡triste de mí!, para pretender honor tan
grande como la posesión de esa maravilla de la humanidad? ¿En qué
sentimientos he de fundar mi campaña? ¿En la admiración que hacia ella
siento? Eso no basta. Mi conciencia, hoy por hoy, no me permitiría
expresar otros sentimientos... Me ha revelado Valvanera la situación
social dolorosísima en que mi existencia pone a mi madre, y esto acaba
de hundirme. Me achico cada día más; me siento enano, microscópico; me
pierdo entre las multitudes plebeyas, y deseo que nadie se fije en mí,
ni me pregunte quién soy ni de dónde he venido.
La tristeza se me va aposentando en el alma, no como huésped, sino como
propietario que se decide a ocupar por siempre su domicilio heredado:
no podré arrojarla nunca; la siento que se acomoda y agasaja, que
enciende el hogar, que coloca sus muebles, que imprime aquí y allá su
huella, y va calentando este y el otro rincón. ¿Pero qué me importa no
ser nadie, si soy todo para una sola persona, y esa persona es todo
para mí? Te aseguro que si no existiera mi madre y la cadena que a ella
me une, para mí no habría un bien como la muerte. Me halaga la idea de
no sentir nada; de sentir, si acaso, la vaga impresión de la quietud,
de la carencia de todo estímulo. Es dulce notar vacíos de interés los
dramas y dormidas en nuestro regazo las pasiones. Ayer fui con el
párroco a visitar el cementerio: no puedes figurarte la envidia que me
daba de los que duermen bajo aquellas lápidas, protegidos por una cruz.
Los hay sin lápida; los hay anónimos, de olvidada filiación; los hay
sin cruces ni signo alguno. Toda la noche he visto en mi mente las
cruces solitarias, algunas no muy derechas, y me ha sido grato pensar
en la placidez de los que duermen en la tierra, soñando quizás que han
desaparecido del mundo el mal y la ridiculez. Mándame las _Noches_ de
Young, que encontrarás en la librería de Boix, Carrera de San Jerónimo,
o en la de Pérez, calle de las Carretas, frente al Correo. Mándame
también las _Noches lúgubres_ de Cadalso. Adiós: me acuesto sin sueño.
_Domingo_. — Hoy, oyendo misa con Juan Antonio en la parroquia, no he
cesado de pensar que podrías interpretar torcidamente lo que anoche
te escribí acerca de mis nuevas amistades con la muerte. El recelo
de que supongas en mí intentos de suicidio me inquieta, querido
capellán, pues nada más lejos de mi ánimo que el propósito de poner
fin a mi pobre existencia. La convicción de que si a mí mismo _no me
necesito_ para nada, a otras personas queridísimas soy necesario, me
obliga a rectificar aquellas ideas. El vivir no me gusta; pero es un
deber; como tal acepto la vida, y procuraré su conservación. No quiero
hacer más víctimas. Que las personas que aman mi vida la tengan,
aunque a mí me pese. ¿Sabes lo que discurría anoche, desvelado, dando
vueltas en mi cama? Pues que Dios debiera pasar a mi naturaleza la
enfermedad, raquitismo, o lo que sea, que destruye a los hijos de
Maltrana, transmitiendo a estos mi salud vigorosa. ¡Qué contentos se
pondrían sus padres con este cambio! Pues aunque a mí me lloraran, me
llorarían una vez, y sus hijos son cinco, cinco duelos en perspectiva.
Hoy me rectifico, amado clérigo, y no pido a Dios semejante cambio
de naturaleza; es mucho mejor que los chicos y yo vivamos. Por
consiguiente, verás que tacho el párrafo en que te pedía me mandases
las _Noches_ de Young y de Cadalso. Déjame a mí de _Noches_, hombre,
y mándame _días_ si los hay. En vez de esos librotes que inducen a la
melancolía, haz un paquete con el nuevo drama de Víctor Hugo, _Angelo,
tirano de Padua_, con la _Gabriela de Belle Isle_, de Dumas, y todo lo
demás que de este género encuentres en casa de Boix, y me lo echas para
acá con el primer ordinario que salga. Que sean en francés: no quiero
traducciones.
Última hora: a mí llega un run-run que, si se confirma, me librará
de la falsísima, indelicada posición a que quiere llevarme mi buena
madre, haciéndome pretendiente de secano de la sin par Demetria.
Susurran de Laguardia que al fin hay arreglo, y que en el frontispicio
de Castro-Amézaga se pondrá la corona de Sariñán y de Villarroya
de la Sierra. Tú lo verás si vas por allí, que yo no pienso verlo.
Paréceme muy lógica tal unión, y no siento más que no tener aquí a mi
don Beltrán para pasarle la noticia por los morros. ¿Serán felices?
Averígualo tú, que yo no puedo. Vuelvo a creer que solo los muertos son
dichosos.
Ahora que me acuerdo: mándame también el tomo de poesías de Víctor
Hugo, _Hojas de otoño_. Este poeta me enloquece. De Walter Scott
quiero _La Fiancée de Lamermoor_, que conozco y quiero leer de nuevo,
y la _Hermosa de Perth_, que no conozco. Me siento ávido de poesía y
literatura; mas no me mandes nada clásico, que me apesta. Tu don Javier
de Burgos y tu don Félix Reinoso, que me esperen allá hasta el día
del Juicio, con sus versos acartonados, que ya deben saber de memoria
sus lectores fervientes, los ratones. Al buen Horacio déjale dormir
en mi baúl, junto al somnífero Despreaux. En cambio, me harás feliz
si me empaquetas para acá los volúmenes que me quedaban de Lope, ya
que no sea posible recuperar los que le presté a Pepe Díaz y a García
Gutiérrez, y añades los dos tomos que tenía de Schiller. Relamiéndome
estoy pensando en el drama _Los bandidos_, que leeré hasta aprendérmelo
de memoria. Vaya, no te da más jaqueca tu férvido amigo y discípulo —
_Fernando._
P. S. — Me enseña Juan Antonio un periódico de Madrid que anuncia
la reciente publicación de un nuevo tomo de Víctor Hugo, _Les voix
interieures_. Por lo que más quieras, Hillo de mis pecados, vete
corriendo a casa de Boix y cómprame ese libro, si lo tiene, y si no lo
tiene dile que lo pida al momento. Aquí no hay medio de encargar ningún
libro a París, como no mandes un propio con el dinero. Ya me muero de
ansiedad por leer esas _Voces_... Ya me parece que las oigo antes de
leerlas. ¿Quién no tiene voces dentro? Sospecho que las que ha escrito
Hugo no son las suyas, sino las mías. — _Vale._