Del señor de Maltrana a su hermana política la señora marquesa de
Sariñán.
_Villarcayo, 1.º de julio._
Hermana mía y amiga: La grave enfermedad de nuestro hijo Federico ha
privado a Valvanera del gusto de contestar a tu carta. Aun hoy, ya
mejorado el niño y contentos nosotros de que nos le conserve Dios, mi
mujer no se decide a tomar la pluma: su cansancio, después de tantas
noches de ansiedad y desvelo, ya puedes figurártelo. Yo me encargo de
cumplir aquel deber, empezando por manifestarte que accedo gustoso
a contribuir, en la parte que me corresponde, para el auxilio del
pobre don Beltrán: quedan entregadas las cuatro onzas, y no tendré
inconveniente en aprontar mayor suma, si necesario fuese para sacar
definitivamente de aquel infierno al _primer noble de Aragón_. Haced
porque venga, y le tendré en mi casa todo el tiempo que guste, si él se
aviene a esta soledad desabrida, donde halla tan pocos atractivos su
exquisita sociabilidad. Voy creyendo que ni los años ni el desdichado
sesgo de sus últimas aventuras han sido parte a quebrantar su genio de
señor prepotente, ni a domar sus ambiciones de grandeza y rumbo. Pero
venga como viniere, aquí será bien recibido, y tendrá la consideración,
el respeto y cariño de todos.
Por encargo especial de Valvanera, y por cuenta propia, tengo el
gusto de manifestarte que el señor don Fernando Calpena es persona
dignísima, y ya debiste comprenderlo así, solo con saber que hace meses
le tenemos en nuestra casa. Pertenece a una noble familia con quien
tuvo mi padre relaciones de íntima amistad, y que actualmente reside
en el mediodía de Francia. A su hidalguía, a su intachable conducta,
une el señor de Calpena una ilustración extraordinaria, pocas veces
vista entre nosotros, que hace de él una de las personas más gratas
y amenas que es posible tratar. Creo que bastará esta manifestación
mía para que levantes la injusta sentencia que habías lanzado contra
nuestro caballero, y rectifiques juicios temerarios, originados quizás
de vulgares hablillas.
En la primera carta que a Pilar escriba, tendrá mi mujer la
satisfacción de expresar a esta tus disposiciones de concordia, y le
transmitirá tus frases de piedad y cariño. Cree que celebraremos muy de
veras la reconciliación, y ver terminadas vuestras desavenencias con un
tierno abrazo fraternal. También será para nosotros motivo de júbilo
que se realicen tus proyectos de unión con la casa de Castro-Amézaga,
suceso que consideramos felicísimo para una y otra familia. ¡Dios nos
dé a todos salud, y paz y reposo a nuestra querida patria, que vemos
desangrada y empobrecida por crueles guerras interminables! Que miren
por el procomún los hombres de arraigo y buena voluntad como Rodrigo,
tratando de llevar sus buenas ideas a la vida política, es lo que
conviene, para imposibilitar las maquinaciones de los malos patriotas y
holgazanes, causa de tantas desdichas. Unámonos los hombres de posición
y de ideas juiciosas, y España se levantará del suelo ensangrentado en
que yace, recobrando su dignidad y poderío. Digo esto porque ha llegado
a mi noticia que aspira Rodrigo a la diputación a Cortes en la vacante
de Tudela, y si es verdad, le felicito y felicito al país. Que disponga
de mí y de mis buenas relaciones en la Ribera, así como de mi amistad
con Olózaga, con Luzuriaga, Arrazola y Carramolino.
Recibe los cariños de Valvanera y de mis hijos, y la constante amistad
de tu afectísimo hermano — _Juan Antonio._