De doña Juana Teresa, marquesa de Sariñán, a la señora de Maltrana.
_Cintruénigo, junio._
Hermana y amiga: He tardado en contestarte, esperando a tener noticias
claras, fehacientes de tu padre, las cuales ayer llegaron por un propio
que nos envió nuestro buen amigo don Blas de la Codoñera. Resulta que
no solo vive, sino que goza de envidiable salud. Allá le tienes, en el
campo de Cabrera, hecho un brazo de mar, agasajado por el cabecilla,
bien quisto de todos, desempeñando no sé qué papeles de consejero o
de asesor en negocios políticos. Es mucho don Beltrán. No hay otro
en el mundo de más suerte: allí donde matan, él vive y triunfa; allí
donde reinan la desolación y la estrechez, él se las arregla para
figurar en primera línea, y darse vida y tono de príncipe de sangre
real. Sería curioso conocer los prodigios de labia y finura con que
ha logrado catequizar a tales verdugos. ¡Qué cosas les habrá dicho!
¡Qué invenciones habrán salido de aquella cabeza fecunda en lindos
enredos! Voy creyendo que tu padre tiene siete vidas como los gatos.
Por conducto de don Blas a todos saluda y bendice, añadiendo las
carantoñas que sabes son muy de su carácter, y con las cuales se hace
perdonar sus graves defectos: nos pide dinero y ropa. Hemos acordado
Rodrigo y yo enviarle una cantidad no muy crecida, ocho onzas, que me
parecen suficientes para mantener su decoro entre aquellos salvajes o
para regresar si lo desea. Dime si estás dispuesta a contribuir con
la mitad del dicho emolumento, o sea cuatro onzas, pues si a ello te
negaras y tuviéramos que acudir solos al remedio del noble señor, nos
concretaríamos a seis onzas. Justa es la mitad de esta carga tuya, y
aun no sería malo que por entero la llevaras tú, pues nosotros harto
hemos hecho por él teniéndole en casa y aguantándole el genio. También
te digo que si cansado de aquellas glorias y de los papelones que
allí hace, vuelve al arrimo de la familia, sería para nosotros un
gran alivio que le tomaras tú por una temporada. Hija, no hemos de
estar los de acá siempre a las agrias y tú a las maduras. Para que se
reparta equitativamente la persona del _primer noble de Aragón_, es
preciso que tú le tengas y le aguantes un año por lo menos. Así lo
propondrá Rodrigo a su abuelo en la carta que le escriba mañana por
el propio de don Blas; habla tú de esto con Juan Antonio y dime lo
que resolváis, sin olvidarte de mandar las cuatro onzas consabidas.
Puedes entregárselas a Capistrana, a quien di el encargo de comprarme y
remitirme un buen carnero merino y doce ovejas.
Mejor informada de lo que yo creía estás en el asunto de la proyectada
boda de Rodrigo con la niña de Castro-Amézaga. De lo sucedido el otoño
último, cuando fuimos a vistas, te enteraría tu padre, de seguro
pintando las cosas con exageración y un poco de mala fe. ¡Dichoso don
Beltrán! Dios me le perdone; no puedo menos de atribuirle alguna parte
de culpa en el desgraciado giro de aquel proyecto. No hubo tal desaire,
ni manifestación de desagrado por parte de la entonces mayorazga: al
contrario, bien nos demostró que apreciaba en todo su valor las prendas
morales de mi hijo, su nobleza y virtud, y que las físicas le causaban
impresión favorable, fundamento de un honesto cariño. Todo habría
concluido felizmente si no mediara la envidia oculta, que por medio de
cábalas y manejos viles procuró el deprecio de la moneda legítima para
poder pasar la falsa. El proyecto se malogró por entonces, perdiendo
más en ello Demetria que Rodrigo. Pero tengo el gusto de participarte,
para que hagas correr la noticia, que reanudadas las negociaciones
hace dos semanas, presentan un semblante lisonjero. Escribió mi hijo
a la señorita de Castro reiterándole su anhelo de hacerla marquesa de
Sariñán, y ella contestó casi a vuelta de correo. A la vista tengo su
carta, que es una monadita de humildad y discreción. Se cree indigna de
honor tan grande..., su negativa no fue desprecio, _etcétera_..., ni
desconocimiento de las cualidades, _etcétera_..., fue que en aquellos
días sentía vocación de soltera, _etcétera_. Si el _sí_ de las niñas
tiene mucho que estudiar, no son menos intrincados y misteriosos
los _noes_ de estas muchachas trabajadorcitas y que no quieren ser
marquesas... El tono de la carta revela que aquellas ganitas de
consagrarse a vestir imágenes pasaron ya: eran sin duda uno de tantos
trastornos ocasionados por el cambio de edad, por el despertar de la
imaginación, de los nervios, _etcétera_..., en fin, tonterías, y algo
del _no quiero, no quiero, échamelo en el sombrero_. Dice la niña que
le demos un par de meses para determinarse... Esto es para no aparecer
que lo desea con vehemencia, o una manera garbosa de volver sobre su
acuerdo. Tantos melindres y gazmoñerías no tienen otro objeto que dar
más valor a la aceptación. Yo traduzco la carta al lenguaje de la
sinceridad, y leo así: «Señor marqués, estoy rabiando por casarme con
usted..., pero quiero darme todavía otro poquito de tono, y pongo la
boca chiquita y arqueo las cejas para expresar la vergüenza que siento
cuando me hablan de boda».
De veras te agradezco el interés que muestras por mí en este asunto;
mas esto no me quita los agravios que de ti tengo, causa de que no
te escribiera más pronto. Y como me estorban los enojos muy guardados
en el alma, allá van los míos, Valvanera, y ojalá queden desvanecidos
con tus explicaciones. Aquí estoy aguardando a que me digas la razón
de albergar en tu casa, un mes y otro mes, a un sujeto con quien ni
tú ni tu marido tenéis parentesco conocido. Verdad que para saber
si hay parentesco falta el dato principal: quiénes son los padres
de ese mozalbete y su verdadero apellido. No acabo de entender que
Juan Antonio, hombre tan mirado, tan atento al decoro de su casa,
consienta estos huéspedes fijos, que parece forman parte de la familia.
Dime: ¿habéis puesto fonda? Y que le tratáis a cuerpo de rey, según
mis noticias, con unos mimos y un regalo que solo se prodigan a las
personas muy amadas. Podrá en esto no haber ninguna malicia; desde
luego declaro que tu reconocida virtud no desmerece por esto a mis
ojos; pero no debes creer que sea tan benévola como yo la opinión. No
habrá malicia, repito, pero sí hay un acertijo que no entiende nadie,
y Juan Antonio debe apresurarse a darnos la clave. Del misterio al
escándalo poca distancia hay que recorrer, y como el escándalo habría
de afectar a toda la familia, Rodrigo y yo tenemos derecho a que se
nos diga quién es ese sujeto, y por qué ha echado raíces en tu casa.
Del tal, a quien no puedo llamar caballero mientras no conozca su
procedencia, su familia, su nombre, solo sabemos que con pretexto
de una herida leve se pasó en la casa de Castro-Amézaga tres meses y
medio, a mesa y mantel, cobrándose en vida regalona los servicios que
prestó a las niñas en su escapatoria de Oñate; sabemos también que
es de la cáscara amarga, es decir, romántico, y el romanticismo no
significa otra cosa que el disimulo de la holgazanería y los vicios:
todo ello cuadra muy bien a un personaje que no se sabe de dónde ha
salido, ni de quién recibe el dinero que gasta. No me saques a mí
el cuento de que ignoras quién es. Esa no pasa, Valvanera: tú lo
sabes, y vas a decírmelo; de lo contrario, tendría yo que imaginarlo,
exponiéndome a errores. No he de suponer tampoco que tu huésped es un
gorrón de oficio que reparte el año comiendo tres meses en cada casa.
Como a la mía no ha de venir, porque aquí no se mantienen vagos, nada
de esto me importa; pero la protección que das a ese sujeto podría
ocasionarnos peor gravamen que el comernos un codo, y así te suplico me
digas para qué tienes ahí a ese hombre, y qué hace y en qué se ocupa,
y por qué no se va a Madrid, que es el terreno del romanticismo y del
libertinaje.
Y vamos a otro asunto que con este no tiene, supongo, ninguna relación.
La carta que contesto es la primera tuya en que me hablas de mi
hermana Pilar, cosa que me sorprende, pues siendo mis relaciones con
ella tibias, casi nulas, no parece lógico que me pidas a mi noticias
de su salud, mayormente cuando con ella te carteas tan a menudo. Yo
soy quien debo pedirte a ti noticias de mi desgraciada hermana, pues
siempre fuiste tú su amiga y confidente. ¿A qué sales ahora con la
falsa tecla de que no sabes de ella y temes por su salud? Sea lo que
fuere, te diré que directamente nada sé de Pilar; pero por referencias
me consta que está buena, mas con la grandísima pesadumbre de haber
perdido a su criada Justina, su mujer de confianza; la que poseía todos
sus secretos, que no debían ser pocos, según mi cuenta. Yo también
he sentido a la pobre Justina, mujer de una lealtad a toda prueba,
reservada y discretísima, como correspondía a quien consagra su vida
al servicio reservado de una señora como Pilar. Pues bien: cuando cayó
enferma Justina, fue a verla Jerónima, su hermana, que, como sabes,
reside en Cintruénigo, y al volver me dijo que Pilar menudea cartas
contigo, y que cada semana te emborrona cuatro pliegos. Conque... ten
cuidado, Valvanera, ten cuidado: ya ves qué pronto te he cogido en una
mentirilla... Es que sois tontas de remate; yo soy lista, muy lista,
aunque me esté mal el decirlo, y ninguna simplona como Pilar y como
tú, cada cual por su estilo dañadas de romanticismo, ha conseguido
engañarme nunca. Nadie me iguala, puedes creerlo, en descubrir en la
menor palabra, en cualquier frasecilla insignificante, la punta de un
hilito. No puedes figurarte hasta qué punto son sutiles mis dedos para
coger la hebra casi invisible y tirar de ella. Claro es que algunas
veces me equivoco, y no saco nada; pero otras ¡suelen venir a mis manos
ovillos tan gordos!... Conque... ándate con cuidado conmigo, Valvanera,
y no me busques el genio, que lo tengo muy malo, quiero decir, sagaz,
investigador, calculista. _Hame dado en la nariz_... Y no más por hoy.
Pues dejando esto aparte, hazme el favor de decir a Pilar, en tu
primera contestación a sus largas epístolas, que no la quiero mal;
que me duelen nuestras discordias, motivadas por mil pequeñeces que
no debieran enemistar a dos hijas de un mismo padre; que debemos
perdonarnos recíprocamente nuestros agravios y picardihuelas, y esperar
la muerte tratándonos como hermanas. Queda convidada a la boda de mi
hijo con la niña de Castro, si, como creo, se realiza en el otoño
próximo, y tendré una gran satisfacción en alojarla en mi casa, siempre
que venga sola, pues con Felipe no espero hacer nunca buenas migas...
Y aquí pongo punto final, guardándome todavía no pocas cosillas y
reconcomios que ya irán saliendo. Un abrazo mío muy apretado mando a
Juan Antonio, a tus hijos muchos besos, y a ti todo el afecto de tu
cariñosa hermana — _Juana Teresa._