De Valvanera a Pilar.
_Villarcayo, mayo._
No creas, mi querida _Tostada_, que las dimensiones de tus cartas
puedan serme enfadosas. Al contrario, las leo de punta a cabo
con indecible placer, y siempre me saben a poco; suelo quedarme
desconsolada de que aún no vengan un par de pliegos más. Y ello es
así, porque en tu escritura y estilo te veo tan viva como si delante
te tuviera. No hay persona que tan claramente se muestre en lo que
escribe. En tus cartas estás como eres: traviesa, sutil, amante,
nerviosa, voluble. A veces tu sinceridad me asusta tanto como me
admira; tus juicios tan pronto son acertadísimos como desatinados. Da
gracias a Dios por tenerme a mí de reguladora de tu carácter en este
negocio, pues si yo no moderara tus arrebatos y te alentara en tus
decaimientos, no sé lo que pasaría. Lo mismo piensa Juan Antonio, a
quien leo mis cartas y las tuyas. Recordarás que esto fue lo convenido
por nosotras, pues no quiero poseer secretos que no conozca mi marido,
ni traer entre manos enredillos cuyo principal hilo no esté en las de
él. Se interesa por el buen giro de tu asunto tanto como yo, y sus
consejos y observaciones son la luz que en estos laberintos me guía. Y
basta de preámbulos, que tenemos mucho que hablar.
Disparatada me parece, como chispazo de las hogueras de tu
romanticismo, la idea de que la niña de Castro pueda tener otro novio,
otro amor. La existencia de un desconocido, cuarto factor, es un
supuesto absurdo. Según mis noticias, corroboradas por las que hace
pocos días dieron a Juan Antonio personas de gran crédito, Demetria
viene a ser como un santito puesto en el altar del respeto y estimación
que le tributan sus convecinos, y ni con palabra ni mirada se digna
responder a ninguna manifestación amorosa, venga de quien viniere.
Desecha esa superstición, pues no merece otro nombre. No hay más
figuras sobre el tablero, no hay más actores que los tres que conocemos.
Y allá va otro hecho notable que no debes ignorar. Demetria renuncia
al mayorazgo, quedando las dos hermanas, por virtud de este arranque
generoso, igualmente partícipes del gran patrimonio de Castro-Amézaga.
¿No te parece que esta novedad permite vislumbrar una solución
equitativa? A otra cosa: enterada de la tirantez de tus relaciones con
Juana Teresa, he resuelto escribir a mi ladinísima y cuquísima cuñada,
poniendo en ello tal diplomacia y cautela, que hemos tardado Juan
Antonio y yo como unas tres noches en enjaretar nuestra epístola. Ello
va bien hilado, con las necesarias marrullerías para conseguir que se
claree. Le hablamos de ti, sin mezclarte para nada en la intriga que
traemos. Esperando estoy su respuesta, que nos dará pie para otros
avances y manifestaciones.
Lo que ha de sorprenderte y alegrarte es la noticia de que he logrado
tender un hilo a Laguardia, y ponerme en comunicación con las niñas
de Castro. ¿Cómo?, dirás. Hija, no solo tú tienes talento para estas
cosas: concédenos algo de tu diplomacia y delicada trastienda. Pues
verás: en la contestación que dio Fernando a una carta del cura
Navarridas, ingerí unos encarguitos o consultas hechas a las niñas
requiriendo la contestación inmediata. Cayeron en la trampa, y a los
pocos días vi gozosa que el balijero me traía la deseada respuesta.
Te incluyo las cartas de Laguardia, para que las leas, medites sobre
ellas, y me des tu opinión... Pero dejemos esto, que quiero hablarte
de lo más importante, y por Dios que no es muy lisonjero lo que ahora
leerás. No te asustes antes de tiempo, y fíjate bien en lo que escribo.
Hace días que notábamos en Fernando un recrudecimiento grande de sus
tristezas, agravado con estados nerviosos que me ponían en cuidado.
Poco atento al ensayo de la comedia, pretextaba dolores de cabeza
para encerrarse en su cuarto, o pasear solo por las inmediaciones de
la casa. El lunes, interrogado por Juan Antonio, dijo que necesitaba
forzosamente ausentarse por pocos días; que nos prometía volver;
que nos lo juraba con palabra de caballero. Fingimos acceder a su
pretensión, proponiendo yo que mi marido le acompañase, y en eso
quedamos. El miércoles por la noche, viéndole sombrío y taciturno,
preparando la maleta pequeña que usa para viajes cortos, le llamé al
cuarto de los niños, que ya dormían, y empleando la severidad combinada
con las expresiones más dulces del cariño materno, logró que me
confesara el motivo del trastorno que no podía disimular. ¡Pobrecillo!
Es tan bueno, tan noble, que no se llama, no, a su corazón sin que este
al punto responda. Con hidalga franqueza díjome que había recibido
una carta de su amigo Pedro Pascual Uhagón, en la cual le manifestaba
sucesos de indudable gravedad; dócil a mis instancias, me dio la
carta para que la leyese, y enterado de lo sustancial, se la devolví.
Saqué un extracto, que te incluyo. Entérate y juzga. Los documentos
que con esta recibes son de un interés palpitante: nos manifiestan
sentimientos efectivos de las personas a que se refieren, estados de
las almas..., y debemos meditar sobre ellos.
Naturalmente, traté de arrojar la mayor cantidad posible de agua
fría sobre la hoguera que el pobre chico llevaba en sí; pero bien
comprenderás que no me habrá sido fácil apagarla. A las razones que
le di encareciendo el desprecio y olvido, me respondió con otras que,
expresadas por él, eran de una elocuencia y fuerza incontestables, por
supuesto, echando siempre por delante el honor; y cuando los hombres
sacan este Cristo, nos quedamos las pobres mujeres muy desguarnecidas
de razones. En efecto: si ahora resulta que esa hembra loca, después
de dejarse secuestrar tan torpemente, rompe con su nueva familia,
atropella toda conveniencia, y se lanza decidida en busca del hombre
a quien había jurado fe, para que este la ampare, deshaciendo la
odiosa trama de su forzado casamiento, pueden sobrevenir incidentes de
la mayor gravedad. Yo insistí en que no hiciera caso, y que pues el
matrimonio religioso era efectivo, no procedía ninguna clase de acción
protectora en favor de la infeliz Aura. Pero no he podido convencerle.
Sobre todas las leyes sociales y religiosas está la caballería. Un
hombre, un galán, un caballero no puede desamparar en trance aflictivo
a la que fue su dama, aun teniéndola por culpable. La caballería, tal
como Fernando la ve, es la suprema justicia, superior a todas las
justicias de nuestras leyes divinas y humanas; la idea de castigar una
traición, y de restablecer las cosas en el estado anterior a la intriga
villana. Y aquí nos tienes, mi amada Pilar, en pleno drama o novela.
Pocas novelas he leído yo desde que me casé; pero por lo que recuerdo
de libros y teatros, en tales asuntos, inventados y compuestos con
arte, domina la idea de justicia caballeresca, y de tal modo subyugan
a los lectores y espectadores, que estos enloquecen de entusiasmo
cuando ven atropellada la ley y aun la misma religión. Los desafíos,
los raptos de monjas, la burla de padres o esposos, son admitidos
con aplauso, sobre todo si el galán que tales atrocidades acomete es
atrevido, insolente, y guapo por añadidura.
Discutía yo con Fernando sobre estas materias, y no quiero decirte que
con su ingenio y gracia me arrollaba lindamente. Yo, al fin, no sabía
por dónde salir. Nuestro asunto, pues, toma ya el carácter de obra
dramática o novelesca, y o mucho me engaño, o se trae un chisporroteo
romántico que pone los pelos de punta. ¿Qué me dices a esto? La dama
escapadita de la casa conyugal, los burladores burlados, el galán con
ganas de salir al encuentro de la dama y ampararla contra los viles que
la engañaron, el traidor acechando en las tinieblas y preparando alguna
nueva trapisonda... No, querida, no te asustes; te digo esto para que
veas cuán malo es el romanticismo. Inmenso servicio se haría a la
sociedad suprimiendo tales invenciones, que no sirven más que para dar
malos ejemplos a la juventud. Cierto que Fernando me arrojó a puñados
los rayos y centellas de su exaltación caballeresca y dramática; pero
yo no me dejé cegar, ¡buena soy yo!, y con fría calma, razonando con
el juicio que Dios me ha dado, le solté todas las andanadas del buen
sentido, del respeto que debemos a las leyes y prácticas sociales. Como
esto no era bastante, saqué también mi Cristo: díjele que te morirías
de pena si él, por meterse en lances de poesía teatral, comprometía su
existencia, su opinión, aquel honor mismo que invocaba; añadí que todo
escándalo que por tales violencias sobreviniera, además de herirle a
él y menoscabarle, a ti principalmente habría de lastimar..., y ante
esto vi que flaqueaba su tenacidad quijotesca. Si no era ya mío, era
tuyo, y esto me bastaba. En fin, para no cansarte, me prometió no
salir de aquí sin darnos de ello conocimiento, y que no buscaría el
drama, concretándose a proceder como caballero si el drama lo buscaba
a él. Así hemos quedado: está más tranquilo, y yo también. ¿Vendrá
el drama? Pues si viene, algo se me ocurrirá para espantarlo. Por de
pronto nos recreamos con la dulce comedia de Moratín. Hoy han vuelto a
ensayar, y Fernando, recobrando su aplomo, nos ha hecho pasar un rato
agradabilísimo.
Es tarde, mi buena _Tostada_. Mañana continuaré.
_Martes_. — Nada ocurre hoy digno de contarse, como no sea que el drama
no ha parecido. Por si viene, me dispongo a esperarle detrás de la
puerta, pertrechada con el palo de una escoba. Si ahora resultara que
no hay tal drama, que el que nos asusta es pura invención o engaño del
corresponsal bilbaíno, este merecería el escobazo por ponernos en tal
zozobra. No afirmaré que sea inverosímil: los buenos dramas tampoco
lo son; pero algo hay en este que me parece extraño a la realidad.
La dichosa carta de Uhagón me huele a verso. Con todo, no nos fiemos
mucho, engañadas por la atmósfera desabrida de la vida corriente. En
esta, cuando menos se piensa, salimos todos hablando en verso sin
saberlo, y a lo mejor suceden cosas que convierten en cuentos de niños
las invenciones novelescas y teatrales. No estoy tranquila, no, y a
cada ruido extraño que siento fuera de la casa tiemblo y me digo: «Es
el drama, que llega».
Se me había olvidado decirte que la carta de ese Miguel de los Santos
no engañó a nuestro caballero, pues antes de llegar a la mitad de la
lectura reconoció por tuyo el salado escrito. Lo ha leído veinte veces,
celebrando tu ingenio; el legítimo orgullo se le sale por los ojos en
llamaradas. Me ha dicho que ese Miguel es un talento perezoso, y un
corazón de amigo como pocos se encuentran, y se pasma de que te hayas
asimilado tan graciosamente su original socarronería en el pensar y en
el escribir. Espera que le mandes nuevos engaños como ese.
Y hablando de otra cosa, que por cierto no es nada grata, tengo a la
niña mayor malita. Se nos constipó ayer en el ensayo, porque teníamos
todo abierto por causa del calor, y debió de sofocarse interpretando
con demasiado brío la escena de doña Irene con don Diego. Me faltó
tiempo para meterla en cama: la tos me la ahoga. Ya nos tienes a todos
con el alma en un hilo... En fin, dice el médico que no es nada; pero
yo no me fío, conociendo la propensión de estos chicos a las afecciones
pulmonares. Desde que perdí a mi Ángel, tiemblo cuando les oigo toser.
A estos dramas de la salud de mis hijos les temo más que a los otros,
pues no puedo ahuyentarlos a escobazos. Empiezan con la tos; luego
la calentura, que ni sube ni baja; siempre lo mismo días y días,
consumiéndose, perdiendo las carnes. Cada catarro de mis hijos es una
ansiedad mortal de cuatro o cinco semanas. Toda la fortaleza quiso Dios
que fuera para los padres, que somos dos robles; fortaleza que sin duda
nos es necesaria para soportar las dolencias de la familia menuda. Y el
pequeñín no anda bueno tampoco. Toda la noche se la pasa en un sudor;
está triste; no tiene apetito; se le ve desmejorar por días. Gracias
a la riquísima leche que aquí tenemos y a los sanísimos aires de este
país, les voy defendiendo. Por su salud ofrezco al Señor la mía; pero a
Dios no le conviene el trato, y sigue quitándoles porciones de vida que
a mí me da. Él se sabe lo que hace.
Con el cuidado de la niña no vivo, amiga del alma, y como nuestro
asunto no nos traiga alguna sorpresa, no te escribiré ni mañana ni
pasado. Pídele a Dios que no me quite a mi hija, y yo espantaré los
dramas que vengan por acá..., no te dé cuidado. Tu amantísima —
_Valvanera_.