XVIII

De don José M. de Navarridas (incluyendo esquelas de las niñas de

Castro) a Fernando Calpena.

_De Laguardia, a 6 de mayo._

Ilustre señor y dueño: Dios le premie a usted el regocijo que ha dado

a este viejo dignándose comunicarnos noticias directas de su persona;

y que no ha sido menor el alegrón de toda la familia por este feliz

suceso, lo comprenderá usted sin necesidad de que yo se lo diga. Mi

gozo subió de punto al notar que el tono y conceptos de su carta no

indican una grande turbación del ánimo. Si por algún renglón de la

misma veo asomar la melancolía, la cual más en lo que calla que en

lo que dice se manifiesta, me tranquiliza el pensar que no es mal de

cuidado cuando recae en jóvenes a quienes la inteligencia ofrece mil

recursos contra el fastidio y las tristes memorias. Un hombre como

usted, mi señor don Fernando, tiene en su lozana imaginación, en su

variado saber de todas las cosas, el remedio contra los desmayos

del ánimo. Denos pronto la noticia, que aquí recibiremos repicando

muy recio, de que se le han pasado esas murrias. Y si me permite

darle un consejo, le diré que solo con medir la distancia entre su

mérito altísimo por los cuatro costados y la bajeza de los que le han

ofendido, ha de sentir gran consuelo. Esto y el perdonarles de todo

corazón serán medicinas de notoria virtud. Viva mi señor don Fernando,

y dele Dios toda la felicidad que se merece.

También agradezco infinito a mi señora doña Valvanera que haya

contribuido a vencer la pereza de usted para escribirnos; y si por mil

respectos no mereciera esa noble dama mis homenajes, por esta sola

fineza quedaríamos obligados eternamente. Hágame el favor de decirle

que en esta carta van cumplidos sus encargos con toda la eficacia que

nos permite nuestra inutilidad. Incluyo las respuestas de puño y letra

de mi sobrina mayor, la cual ha manifestado un deseo muy vivo de servir

a la señora de Maltrana.

Mi hermana María agradece a usted sus finos recuerdos, y se los

devuelve con sinceros votos porque conserve usted su salud, así del

cuerpo como del alma, deseando que encuentre su tranquilidad en la

esfera del mundo que por su nobleza le corresponde. Tanto mi señora

hermana como yo hemos leído con especial satisfacción el parrafito de

su carta en que se muestra deseoso del buen giro de nuestros planes

con respecto y a la unión de las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.

Conociendo lo que aprecia usted a esta familia, esperábamos esa

manifestación, a la que tenemos el gusto de contestar dándole

esperanzas de que nuestro proyecto se realice, pues reanudadas las

negociaciones, hemos visto que presentan un excelente cariz. Quiera

Dios que pronto pueda dar a usted la buena noticia de que es un hecho

el enlace de los escudos de Castro y Sariñán. Y si se dignara usted

asistiendo a la boda, no tendríamos palabras con que mostrarle nuestro

reconocimiento.

Concluyo, pues las chiquillas quieren escribir a usted en este mismo

pliego. Ya les he dicho que escriban aparte, y aquí meteré los

papelejos que me den. De todos modos, no quiero cansar más a usted:

solo le digo que no se ha armado floja revolución en la casa con sus

dulces encargos. No sintiéndose bastante fuerte en sus conocimientos

la señora Demetria, reunió concilio de autoridades, que bien puedo

llamar ecuménico por la muchedumbre de eminencias que concurrieron.

Las de Álava fueron las primeras en penetrar en aquellas salas

vastísimas, y al instante trabaron una tan fuerte de controversia

escolástica con mi hermana sobre el punto del punto que se debe dar al

dulce de tomate, que hube de retirarme medio loco. Acudieron también

al cónclave, llamadas por Demetria, dos monjas exclaustradas de esta

localidad y de Vitoria, maestras en toda suerte de _dulzuras_, y si

le digo a usted que tres tardes con sus respectivas primas-noches

gastaron en dilucidar los problemas, invocando estas las tradiciones

conventuales, aquellas la experiencia de unas y otras casas, no me

tenga por hiperbólico. De los estados de Páganos y Samaniego, y aun de

la remota Bastida, vinieron labradores viejos, cuyo dictamen y luces se

estiman indispensables para determinar las mejores tierras y el abono

más adecuado a los tirabeques, así como para la elección de simiente,

_etcétera, etcétera_...

He aquí, señor mío, que entran las dos estrellas matutinas de la casa

trayendo cada cual el papelito que debo incluir en esta. El de Demetria

viene abierto para que yo lo lea y le dé mi _exequatur_ antes de

enviarlo a su destino. El de Gracia llega cerrado con tales cerrojos

de obleas y candados de lacre, que no hay curiosidad bastante aguda

para penetrar en las entrañas de este mamotreto. La chiquilla se ríe al

entregármelo, y presumo que habrá metido sinnúmero de cuchufletas para

embromar y divertir al amigo melancólico. Esto me parece de perlas, y

accedo a no intervenir el manuscrito. Allá van uno y otro, y celebraré

infinito que los informes de Demetria satisfagan por entero a la señora

de Maltrana, y que los inocentes donaires de la pequeñuela recreen el

ánimo del noble caballero a quien van dirigidos. Aquí termino, pidiendo

a Dios que me le guarde cuanto he menester. Su atento amigo y capellán

— _José M. de Navarridas._

Esquela de Demetria.

Señor don Fernando: Mi buen tío le informará de cuán festejada ha sido

su carta, por la cual vinieron al fin las nuevas de su existencia y

de la buena memoria que conserva de estas pobres campesinas. Si su

salud no es tan buena como usted merece y todos deseamos, cuídese,

distráigase y lleve con paciencia su mal, que este no es de los

incurables, y casi estoy por decir que quizás sea de los benéficos, o

que, pareciendo que matan, lo que hacen es dar a la larga mejor vida.

Usted me entiende.

Por dos trajineros de toda confianza que llevan trigo de casa a

Valmaseda y Bilbao, mando a la señora de Maltrana los mejores

tirabeques que por acá se han podido encontrar, cosechados en nuestras

tierras de Páganos. Hemos escogido la clase llamada aquí de cuerno

de carnero, que es la más tierna y se cuece de un hervor. Plántenlos

inmediatamente que lleguen, poniendo diez o doce en cada surco, sin

echarlos en remojo, pues no quieren extremada humedad. La tierra que

sea bien suelta, con abono muy hecho, mezclado de ceniza. Basta con

la primera cava por toda labor, arropándolos bien y disponiendo los

tutores antes que tomen direcciones viciosas. En esto han de mirar

mucho, pues siendo su crecimiento de más de seis palmos, conviene

guiarlos desde el principio con dos varas para cada pie, o tres si

ellos mismos indicasen la necesidad de más apoyo. En las cruces pongan

palos de mayor robustez, tirando cuerdas desde estos a las varas

laterales, conforme la extensión de las guías altas lo vaya pidiendo.

El toque está en acomodar la planta para que suba bien derecha y no se

tuerza, pues si caen y se doblan, se malogra, por falta de aire, parte

del fruto. Si a pesar de estas precauciones se doblan, por causa de

fuertes vientos, vale más dejarlos jorobaditos, que en este caso la

enmienda es tardía y empeora su situación. Se les deja como están, y se

aprende para otra vez. ¿Entendido? Lo demás lo hace Dios. Celebraré que

cuando el señor don Fernando los coma se encuentre ya bien derecho y

con propósito firme de no volver a torcerse.

El dulce de tomate lo hacía mi madre sin ciruelas. Pero no faltan

aquí autoridades que recomiendan el empleo de esta fruta, mezclada

en proporción de una libra por tres de tomate. Mi madre, como digo a

usted, lo hacía sin mezcla. Recuerdo muy bien la operación, pues en

ella le ayudé miles de veces; recomiendo que se fijen principalmente en

la elección de tomates, siempre de mediano tamaño, rechazando todos los

que tengan daño o picadura por pequeña que sea, pues estos, aun los de

apariencia más bonita, la pegan. Es condición precisa cogerlos cuando

empiezan a pintar. Se les extrae la semilla por un corte en redondo

hecho en el pezón, de modo que resulten huecos y enteros, conservando

la pulpa menos blanda. Ponía mi madre libra de azúcar por libra de

tomate, teniéndolos veinticuatro horas en almíbar. Luego los hervía

tres veces a un punto no extremado, pues desmerece si se deshacen y

reblandecen demasiado. Tenía las orzas al aire, sin cubrirlas, otras

veinticuatro horas. Con esto concluye mi ciencia, pues no sé más, y

sentiré mucho que no quede satisfecha con tan escasos conocimientos esa

digna señora. Su arte suplirá mi insuficiencia, y espero que usted,

que es tan goloso, se chupará los dedos cuando le sirvan el tomate en

dulce. Mi madre decía que mientras más desabridas son las frutas, más

apropiadas resultan al buen dulce: el mejor de todos, que es el llamado

_de cabello_, se hace de calabaza.

Y vamos ahora al mostillo. Suponiendo que el arrope de Villarcayo

es excelente y muy azucarado, el mostillo que de él se saque no será

inferior al de mi tierra. Mi madre ponía el arrope a cocer en un

gran perol, a fuego lento, echando en él nueces peladas y cortezas

de naranja y limón. Después de bien hervido lo apartaba del fuego, y

entonces empezaba la operación más delicada, consistente en echarle

harina, dando vuelta al caldo con cuchara de madera, sin cesar, y de

la cantidad de polvo que se echara dependía el poco o mucho cuerpo

del mostillo, y su mayor o menor mérito. Tenía mi madre para esto

tan buena mano, que rara vez le salía mal, y cuando no quedaba a su

gusto por demasiado espeso y pegajoso, o por muy fluido y clarucho, lo

desechaba, haciéndolo de nuevo, sin acordarse más de la inutilidad de

su tarea ni lamentarse de ello. Su sistema era empezar de nuevo lo que

una vez salía mal, sin tratar de enmendarlo. Y tenía razón, porque las

equivocaciones rara vez pueden corregirse, y lo mejor es aprovecharlas

como enseñanza... y a otra. El punto del buen mostillo es como el de

natillas claras, ni más ni menos. Luego se pone en orzas vidriadas,

fíjense en que han de ser vidriadas por dentro, y se tapa con un

pergamino bien sujeto a la boca para que la cerradura sea perfecta. Y

ya no falta más que comerlo. Yo estoy preparando una tarea, de la cual

mandaré a la señora de Maltrana unas orcitas, si me sale bien, lo cual

es dudoso, porque con tantos cuidados voy perdiendo un poquito los

papeles. Pero he de esmerarme en la obra, recordando a mi madre y su

arte consumado para estas cosas.

Creo haber respondido a las consultas con que usted me honra por

encargo de la señora de Maltrana, a quien con este motivo tengo

el gusto de ofrecer, juntamente con mi hermana, mis respetos más

afectuosos. Tanto ella como yo deseamos que nos franquee ocasión de

poner a su servicio nuestra inutilidad. Y usted, señor de Calpena,

disponga de su amiga — _Demetria._

Papelito de Gracia.

Fernandito: Eres un pillo y no mereces que te escribamos, pues tú no

nos as escrito a nosotras, sino al tío, y eso lo iciste porque esa

señora en cuyo palacio vives te cogió de una oreja y te puso la pluma

en la mano; que si no, maldito lo que te acordabas tú de nosotras, ni

de Laguardia, ni de las cortinas de damasco, ni de los mimos que yo te

acía para que comieras y recobraras el apetito y el buen umor. ¡Vaya

con la ingratitud del señorito! ¿Qué te abíamos echo nosotras para que

así nos trataras? Pues aora, como vuelvas acá, que no volverás, ni

falta; pues como vuelvas, ni te doy golosinas, ni te cuento cuentos,

ni te ago vendas para tu patita coja, ni nada. Me tienes furiosa,

deseando que rabies, que te desesperes y lo pases muy mal, que así las

pagarás todas juntas. Cada cual lleva su merecido según sus acciones,

y las tuyas son de lo más perverso que emos visto. No puedes figurarte

mi satisfacción al saber que tuviste un desengaño muy tremendo. Eso

les pasa a los casquivanos y desagradecidos, que se van por el mundo

en busca de aventuras... Mira, niño, entre paréntesis te digo que no

agas caso de mi ortografía, no porque sea muy mala, sino porque como

me equivoco siempre en las _haches_, he determinado suprimirlas, y

así no tengo que devanarme los sesos por saber dónde caen y dónde no.

El montón de _haches_ que me sobran lo pongo al final, por si quieres

enmendarme con ellas la plana.

Bueno: pues si cuando te dieron ese sofoco te ubieras venido a casa,

aquí lo abrías pasado bien, y tú contándonos el lance, y nosotras

riéndonos de ti, te abrías curado, que más pronto se cura un corazón

flechado que una pata erida de bala. ¿No te acuerdas ya de cuando te

pegaron el tirito los cafres del _Jabalí_? Pues yo sí me acuerdo.

Sabrás que an venido aquí dos pobrecitos de los de Aránzazu a traer

carbón. Allí ya no ay miseria, porque emos señalado a cada familia

un diario, que todos los meses van a cobrar a Salvatierra. Nos an

preguntado por ti, por el buen caballero, y yo les dije que tú ya no

eras caballero, sino un pillo muy grande... Sabrás también que vinieron

a esta villa dos ombres de mala traza preguntando por ti... Parecían

quincalleros o titiriteros: traían una carta que no quisieron dejar.

En la casa donde se aposentaron, que era la de la Bonifacia, calle de

Enmedio, dijeron que tú eras príncipe, y que una princesa muy ermosa,

vestida de zagala, te andaba buscando por los pueblos del llano de

Vitoria. Conque ya ves cuánta noticia te doy. La más gorda la dejo para

lo último, y antes te diré que todos los conocidos nos tienen mareados

preguntándonos por ti. Unos dicen que te as casado, y otros que todavía

no. Las de Crispijana y las de Paternina andan en averiguaciones de

quién podrá ser esa princesa disfrazada que te busca.

Más noticias: uno de los lebreles pequeños se nos a muerto de moquillo.

La _Leona_ no te olvida, y todos los días viene a echarse en la

alfombrita que está a los pies de tu cama. Tu cuarto está lo mismo

que lo dejaste, y en el jarrón aquel que tiene la pintura de Juanita

de Arco vestida con armadura, no pongo ya flores, como cuando estabas

aquí, sino cardos borriqueros. Este año emos tenido tanta cereza,

que después de regalar a todo el mundo, y de acer mucho dulce, aún a

sobrado para los de la vista baja, con perdón. ¡Lo que te as perdido!

¿Y qué me dices de lo sabia y leída que estoy? De ver leer a Demetria

me entró la afición; solo que el tío me quita de las manos lo que según

él es lectura mala para niñas. Yo afano todo lo que puedo, y a más del

_País de las monas_, e leído _El doncel de don Enrique el Doliente_,

escrito por ese que se mató. ¡Cuánto me a gustado! Me parece que te

estoy viendo a ti con armadura toda negra, calada la visera, entrar

en el palacio, castillo, o lo que sea... ¿Pues y la dama, aquella doña

Elvira? ¡Qué simpática...! ¿Y el tunante del marqués de Villena...?

Todo es precioso. También me an dejado leer la _Atala_, que es muy

triste, y la _Serafina_, que ace llorar a las piedras. A Demetria,

que tiene licencia del tío para leer todo, le an traído una obra que

se llama _Nuestra Señora de París_, que dicen es la más romántica de

todas cuantas se an escrito. Del autor no me acuerdo: es _don Víctor_

de no sé qué. Las de Crispijana dicen que es el acabose de lo bonito, y

que vuelve locos a los que la leen, de tanto romanticismo y tanto amor

estrepitoso. Una tarde pude quitársela a mi hermana, y leí un poquitín,

que me enamoró. Es una muchacha bonita que tenía una cabra, a la que

abía enseñado a leer. Por las láminas e visto que el más enamorado que

allí pone el autor es un corcovilla que toca las campanas de la iglesia

mayor de París. El tío me a prometido darme _Los mártires_, que dice

son cosa bonita y muy de religión, y los versos de Quintana, que serán

muy buenos, pero a mí me aburren, porque no lo entiendo. Yo quiero

relaciones de galanes y damas, amores con lances muchos, y trapisondas

y contratiempos, que acaban en casarse, pues cuando se matan o no les

casan me entristezco tanto, que lloro como si los ubiera conocido y

fuesen de mi familia. Que aya mucho interés y sorpresas, me gusta; que

se pase miedo y zozobra, siempre que al fin se casen. Yo compongo

también mis novelas, y todas las acabo casando a los que se aman, y

aora estoy pensando en que conozco a dos que se quieren, pero no se

lo an dicho, porque ninguno quiere ser el primero. Les da vergüenza:

el galán calla y ace muchos melindres por aquello de ser galán; la

dama, por el aquel de ser dama, no debe tampoco declararse..., y

con estas tonterías puede que suceda una cosa muy mala, y es que el

segundo galán, uno que está en acecho y no para de echar memoriales, se

aproveche de la poca resolución del galán primero, y logre lo que no

merece ni le corresponde.

Mira, Fernandito: lo que voy a decirte aora es secreto. Por Dios, no

me comprometas. Cuidadito, cuidadito como me vendes; que no seas malo,

Fernando; que no me agas la trastada de ablar de esto al tío cuando

le escribas. Y si cayeres en la tentación de ablarle, no me nombres a

mí para nada... Vaya, que no me atrevo a decírtelo, por miedo a que

me vendas. Ea, sí te lo digo. Pues sabrás que eres el mayor tonto del

mundo en apurarte tanto y ponerte melancólico y medio tísico porque tu

novia se a casado con otro. ¿Sabes lo que pienso? Que Dios te favorece,

pues ay otra que vale mil millones de veces más que la que as perdido,

y te quiere más. ¿Quién es? Pues si no lo adivinas eres más tonto

todavía. El nombre no lo pongo aquí: no debo, no quiero. Me da mucha

vergüenza. Creo que la misma tinta se pondrá colorada. Solo te digo que

si tú le propones amores con buen fin, te contestará con un sí tan

grande como esta casa.

¡Ay, qué vergüenza! Pero, en fin..., no puedo retirar lo escrito. No te

descuides... Vosotros los sabios no servís para estas cosas. Por eso un

tonto cualquiera os quita las novias.

Y punto final. ¡_Hadiós_!, con _hache_ y todo para que no digas.

Que lo pases muy mal; que te mueras muy pronto, y que te vayas a los

infiernos, desea tu enemiga, que te aborrece de corazón, — _Gracia._

La estafeta romántica · 第 21 / 68 题