De la misma a la misma.
_Abril._
Ya sé, ya sé, picarona, el mote que vas a ponerme. Vas a llamarme la
_Tostada_. Pero no me ofendo, y casi, casi me gusta el apodo, porque me
estimula más al horroroso gasto de tinta, y a marearte con mis largas
escrituras. Lo que siento es distraerte de tus ocupaciones todo el
tiempo que exige la tarea de leerme. Pero lo llevarás con paciencia,
¿verdad? Y que no puedo ser concisa. Tras de una idea se me ocurre
otra, y cuando quiero recordar, ya tengo bien llenitos de garabatos
cuatro pliegos de papel.
Tienes razón en decir que soy una pura pólvora, y le la impaciencia me
pierde. Por mi gusto, cosa pensada, cosa realizada. No puedes figurarte
el cariño que le he tomado a esa mayorazga de Castro-Amézaga desde
que me contaste sus extraordinarios y nunca vistos méritos. ¿Y tal
joya no será para mí, para mi Fernando? ¡Ay, si Dios me concediese
esto, daría por bien empleados todos los martirios de mi vida!... No
pienso más que en Demetria, la estoy viendo, hablo con ella. ¡Qué
hermosura y qué talento, qué aplomo y dominio de sí misma! No me
digas que el fantasmón de mi sobrino puede quitárnosla. ¿Pues qué?
¿No ha manifestado bien claramente la niña discreta que le repugna el
candidato propuesto por la familia? ¡Y ha tenido entereza para negarse
a ser su esposa, sin reparar en el semicompromiso que suponían las
vistas, resistiéndose a la presión que sobre ella ejercían sus tíos y
Juana Teresa! ¡Eso es una mujer! Solo este rasgo basta para que yo la
ponga cien codos más alta que todas las de nuestro sexo. ¡Cualquier día
la coge a esa un tonto! Ya puedes figurarte lo que yo gozo considerando
el despecho, la rabia de Juana Teresa, que en su vida se ha llevado un
sofión tan merecido. La veo echando fuego por los ojos y masticando
fuerte... Pero se me caen las alas del corazón al pensar que aún tiene
esperanzas de arreglo. No, no puede ser: no es delicado insistir
después de una repulsa tan categórica... ¡Ay!, mi falta de libertad
me requema la sangre. Pues si yo pudiera meter mi cucharada en ese
negocio, ¡con qué gracia habría de llevarlo a término feliz, abatiendo
para siempre los hocicos de mi media hermana!... Déjame, déjame
que desahogue el ardor de mi alma. Luego me dicen revolucionaria,
romántica. Sí, lo soy: quiero imitar a esa sin par niña, que odia, como
yo, los raciocinios por papeleta, y cuando le han presentado la de su
casamiento, la ha deshecho con garra de leona. ¡Esa, esa es la mujer
que quiero para compañera de Fernando!
Pero nada adelantaremos, tienes razón, mientras el alma de nuestro
querido hijo no salga del insano estupor en que la tiene una pasión
frustrada, una tan grave herida del amor propio. No le riño; conste
que no le riño; considero la delicadísima situación de su espíritu, y
confío como tú en el tiempo... Pero, ¡ay!, el tiempo tiene dos caras:
es amigo que infunde esperanza, y enemigo que amedrenta. ¿Quién me
asegura que, andando días, no lograrán los de Cintruénigo rendir por
cansancio la fortaleza de Castro? Juana Teresa es muy lista, maestra
en gramática parda, en marrullerías plebeyas. Rodriguito, según mis
noticias, suple con su tenacidad la pobreza de su entendimiento. Temo
a los tercos, a los pleiteantes temerarios, a los que ponen toda su
intención y sus fines todos en una sola papeleta... No, no me entrego
yo al tiempo: eso es de perezosos. Confío en ti, que aunque me dices
que espere y no me precipite, seguramente pondrás tus cinco sentidos en
esta obra magna para que no se nos malogre, y allanarás a Fernando el
caminito de Laguardia. Demetria es su paz de toda la vida, el perfecto
equilibrio de sus facultades. ¿No lo ves así? ¿No ves en ese matrimonio
la maravilla de la Providencia?... Impedir que se unan es un divorcio,
amiga mía, es obstruir los caminos de Dios.
No te asustes de mi exaltación. Soy así: ver yo el bien y no lanzarme
tras él al instante, es imposible. Déjame que te diga una cosa, y si
la tienes por delirio, no me importa. Pues la hazaña de Fernando al
sacar a la niña del cautiverio de Oñate, con riesgo a de su vida, bien
merece el desenlace, el divino coronamiento de esta unión. Dime que
sí. Aquella página hermosa, aquel viaje por los montes infestados de
facciosos, la muerte del desgraciado padre, la herida de Fernando, que
se nos quedó cojito, prisionero de sus protegidas, ¿qué son más que
trámites de la grande obra de la Providencia? ¿Y la abnegación con que
el caballero, abandonando sus amores (buenos o malos, que eso no hace
al caso), se convierte en paladín de dos muchachas desconocidas, no
significa nada? ¿Pues y la nobleza de su proceder en todo el camino, su
delicadeza y solicitud, la gratitud de las niñas, la entrañable amistad
que entre ellos se establece, no nos dan a conocer el arte sublime con
que Dios elabora sus obras maestras? ¡Ay!, quisiera ser poeta para
poner en versos magníficos aquella peligrosa y al cabo feliz aventura,
composición que les entregaría, diciéndoles: «Héroe y heroína, Dios os
ha juntado en este hermoso poema, porque quiere haceros fundamento de
una generación que reúna la voluntad y la inteligencia. No falta más
que una estrofa, que vais a escribir ahora mismo».
A todo trance, mi amada Valvanera, es preciso que el _Caballero de
Aránzazu_ (mira qué título se me ocurre) no se acuerde más de la
catástrofe de Bilbao, ni de la condenada diamantista, que noramala
vaya. Tráemele pronto, por tus hijos te lo pido, al terreno en que
hallará el reposo y la felicidad, y yo también. Sería yo capaz, si
viera terminado el poema con lógica belleza; sería capaz, digo,
de romper la insoportable ficción en que vivo, y arrostrar las
humillaciones y las amarguras que suponen las papeletas de Felipe,
arrojadas en terrible avalancha sobre mí... ¡Vaya si lo haré! ¿No es
estúpido que vivan las almas aterrorizadas por un vano fantasma, la
opinión, la cual, mirada de cerca y por dentro, se compone de cuatro
trapos no muy limpios sobre cuatro torcidas cañas?
Pero tengamos calma. A medida que escribo me voy exaltando más... Por
obedecerte en todo, he detenido el viaje del benditísimo sacerdote,
nuestro amigo, a Laguardia; pero no acabo de conformarme con este
aplazamiento. Se me ha metido en la cabeza que haciéndose don Pedro
amigo del señor de Navarridas, se nos vendría todo a la mano. Pienso
también que Demetria... En fin, pienso tantas cosas, que vale más
que me las guarde y las madure bien antes de comunicártelas. En la
confianza de tu pericia me adormezco yo. Sé que sacarás triunfante mi
bandera, la bandera del bien, que tiene por escudo un corazón de madre,
y por leyenda esta sola palabra: _Naturaleza_.
Vamos, que estoy desatinada: no me digas que no. Y otra cosa. ¿No
puedo aún escribir a Fernando? ¿No debo decirle...? ¿Te decides a
descorrer el velo, o no es tiempo todavía? Ya que no me contestes a
esto, dime pronto si va recobrando la serenidad; si su corazón se
restaura en los sentimientos dulces, o es aún presa del vértigo de
rabia, y se ahoga en las olas de amargura. Porque no puedo arrojar de
mí una zozobra cruelísima. ¿No está convencido aún de que la maldita
Negretti es esposa de otro? ¿O es que sobre eso hay dudas todavía?
No lo veo yo claro. Las referencias del suceso son vagas, como de un
caso problemático, alterado al pasar de boca en boca. Que sepamos la
verdad. Entérate bien; interrógale, aunque esto sea poner el dedo
sobre las heridas aún no cerradas. Estaría bueno que ahora saliéramos
con que Fernando abriga todavía esperanzas... Por Dios, vigila, no
te descuides..., entérate de si aún sostiene alguna comunicación con
Bilbao, aunque sea indirecta, por vía de espionaje o información. Hay
que ver esto, Valvanera de mis pecados; hay que estar en todo... Adiós;
ya no puedo más. Toda mi alma está contigo y con él... Una palabra para
concluir: «¡Muera Cintruénigo!».
¡Qué disparates pienso y escribo!... Voy a decirte el que se me ocurre
en este momento. ¡Jesús me valga! Admitida la idea de que el motivo
del desaire sufrido por mi antipático sobrino es que el corazón de
la mayorazga pertenece a otro, me asalta la idea de que ese otro no
es Fernando. ¿No se te ha ocurrido averiguar si hay algún factor
desconocido? Lo que ahora sospecho, ¿es acaso inverosímil? Fíjate
en que no tenemos ninguna prueba de que la repulsa de la niña sea
por amor a Fernando. Todo se reduce a suposiciones, conjeturas,
fingimientos quizás de nuestro deseo. Hay un punto oscuro, muy oscuro,
querida Valvanera, y es urgente aclararlo. Acláralo por Dios. Tengamos,
¡ay!, un hecho fijo y seguro en que fundarnos, para que este plan mío
y tuyo no sea un alcázar aéreo. ¡Pues bonito papel haríamos si ahora
resultara que...! Me vuelvo loca... Compadece a tu pobre amiga...
No escribo más; quiero serenarme; la pluma se me vuelve un pedacito de
rayo. Siento en mí las sacudidas de los nervios, que me dicen que no
escriba más. _La Tostada_ se rinde.
Te mando millones de besos para que los repartas como quieras. Los que
le toquen a Fernando, como no puedes dárselos tú directamente, se los
aplicas a tus nenes para que estos se los pasen a él. Adiós otra vez.
Os adora vuestra — _Pilarica._