De la misma a la misma.
_Madrid, abril._
Gracias a Dios, amiga de mi vida, que hoy puedo escribir todo lo
que quiera. Hoy me siento discípula del Tostado, y me será fácil
hacer honor a tan gran maestro. Felipe se ha ido a la Encomienda con
Gravelinas, Castro Terreño, Jenaro Villamil, el pintor, y un chico que
ahora despunta en la política y los periódicos, Luis Sartorius. Creo
que Fernando le conoce. Allá se estarán unos días cazando y hablando
mal del gobierno. Después van a Segovia, donde Villamil se propone
pintar la Fuencisla, el Parral, y qué sé yo qué, y mi marido ver y
tasar una colección de clavos de puertas, bisagras y aldabones que a la
venta sale. Por allá se estén luengos días, y si fueran meses, mejor,
para que yo respire. ¡Preciosa libertad, cuánto vales! Así podré llorar
a mis anchas a mi amada Justina, y llevarle flores, y hablar contigo,
emborronando todo el papel que me dé la gana. ¡Benditas cacerías de la
Encomienda y benditos clavos de Segovia! Claro que mi libertad solo es
relativa, porque siempre quedan aquí personas que al volver Felipe le
cuentan todo lo que hago; pero esta de clase de esclavitud la sorteo yo
perfectamente. Hoy me siento mía, hoy respiro, y los suspiros que te
mando llevan alegrías de mi corazón y esperanzas.
En estos veinte años largos de ansiedad y lucha, de persecuciones,
de estudio sutil para sortear el carácter receloso, inquisitorial de
Felipe, Dios me ha favorecido, no puedo negarlo. Concediome primero la
compañía y ayuda leal de Justina; después, que a Felipe no le fuera
antipática mi fiel sirviente, pues si se le ocurre tomarla entre ojos
y privarme de ella, ¡pobre de mí! Verdad que Justina poseía un arte
supremo para el disimulo, para hacerse agradable y necesaria a las
personas con quienes estoy obligada a vivir en paz, y se ha muerto
la pobrecita sin que nadie sospeche que entre ella y yo había tan
entrañable inteligencia en puntos muy delicados. Felipe ha sentido su
muerte, y el día que la sacramentaron estaba muy afligido. Le agradecí
mucho su pena, y ganó terreno grande en mi estimación. A los veintiocho
años de casados, es triste, tristísimo, que mi marido tenga que hacer
méritos para conquistar sentimientos míos, que debió poseer desde el
primer día. Entre Felipe y yo hay un gran espacio vacío, glacial, que
en tanto tiempo no ha podido llenarse ni encenderse con afectos. La
vida común no ha hecho más que poner en pugna constante sus asperezas
con las mías, sin limarlas. ¿Tengo yo la culpa? ¿La tiene él? ¿Es
culpa de los dos? Averígüelo quien quiera, pues ni _Vargas_ creo yo
que domine tan difícil averiguación. Por centésima vez te lo digo,
querida Valvanera: yo no he tenido la suerte tuya; tu marido te resultó
ajustado a tu ser espiritual. Hicisteis pareja feliz, con unidad de
pensar, unidad de sentir. Las pequeñísimas diferencias pronto fueron
destruidas por el roce. A mí no me resultó ese bien tan grande. Y lo
de hacer o no hacer pareja es cuestión de suerte, créelo. Porque ni
una piensa, ni los padres tampoco, y aunque en ello pensaran rara
vez acertarían. Los caracteres se conocen bien cuando envejecemos,
y siempre la casan a una cuando es niña o casi niña, fundándose en
sentimientos superficiales que luego se convierten en humo.
Tengo que fastidiarte con estas confidencias, que en parte no son
nuevas para ti, pues en otras ocasiones me has oído decir lo mismo;
mas ahora es preciso que yo extreme mi sinceridad a fin de que puedas
hacerte cargo de la relación entre mis cuitas matrimoniales y este
magno asunto secreto. Fácilmente comprenderás cuánto he tenido y tengo
que discurrir para que entre estas dos mitades de mi vida no haya
ningún contacto. Semejante trabajo de incomunicación es una obra maciza
de disimulo, de ocultaciones, de supercherías más o menos inocentes,
y representa una energía mental tan extraordinaria que, aplicada a
otros órdenes, podría bastar a la formación de un perfecto hombre de
Estado. Que la incomunicación entre las dos esferas era necesaria, bien
lo comprendes tú que conoces a Felipe. No podía yo hacer otra cosa:
Felipe y Fernando eran y son incompatibles, irreconciliables; el uno
es la ley, el otro su transgresión. En la noche aquella de Zaragoza,
después de ver juntas _El sí de las niñas_, supiste que yo había
cometido una falta muy grave. Sobre esto no hay que volver: convinimos
en que yo había sido criminal, faltando a la más sagrada de las
obligaciones; yo me acusé y tú me sentenciaste. Yo no merecía perdón;
tú me compadecías y procurabas consolarme; yo me declaraba perdida para
siempre en el terreno matrimonial. Me aconsejaste el silencio absoluto,
el arrepentimiento y propósito de enmienda ante Dios, y que procurara
echar un velo... Esto del velo no se me olvida... Bueno: pues aquí
tienes mi falta muy bien tapada y en condiciones de no ser por nadie
descubierta. No me costó poco trabajo; pero ello es que conseguí lo que
me proponía... Pasa el tiempo, y continuamos Felipe y yo desavenidos,
inarmonizados, como dos notas discordantes que desgarran el oído
cuando suenan juntas. Dios no quiere poner ningún remedio al desajuste
de nuestras almas: no nos da hijos. Él es él y yo soy yo, sin que en
ningún momento nos encontremos en perfecta unión. Mis esfuerzos por
sonar acordes son cada día más infructuosos. Carece él de inteligencia,
yo la tengo de sobra; pero ni puedo darle a él, de lo mío, lo que
le falta, ni él sabe apoderarse del fuego sagrado. Pasa más tiempo,
querida Valvanera, y seguimos lo mismo, quiero decir peor, pues el
tiempo parece que se complace en desafinar más a Felipe siempre que se
empeña en sonar junto a mí. No nos entendemos: soy para él un libro en
lengua chinesca; él es para mí un libro en blanco. No me dice nada.
Bueno: pues en esta situación me acuerdo de mi falta; cada día pienso
más en las consecuencias de ella. Allá, donde Dios quiso, dejó un ser
muy envueltito en ropas blancas. Me le figuro dando los primeros
pasos, me le figuro queriendo hablar..., le siento después grandecito.
Dícenme que es muy guapo, de buena índole, y tan inteligente que causa
miedo a los que se encargan de educarle. Luego le siento hombre, y
me informo de que posee las prendas todas del perfecto caballero: su
corazón es generoso, sus procederes nobles, su lenguaje discreto... Me
vuelvo loca de alegría... Allá se me va toda el alma; y cuando procuro
convencerme de que estoy libre, de que puedo hacer manifestación de mis
sentimientos y ser dichosa, me encuentro paralizada por el deber, por
una obligación contraída legalmente y santificada por la religión. Ya
me tienes fuera de mi centro natural, y atada a otro centro que no sé
lo que es: ¿legal, artificial? No me atrevo a definir estas cosas... Ni
un solo instante me ha pasado por la cabeza concordar aquello con esto:
conozco a Felipe, y sé que no perdona lo que en su criterio, reflejo
exacto del criterio general, es imperdonable. La magnanimidad es una
virtud que le viene muy ancha, como la armadura de un coloso. Mi marido
es de los que celebran culto en los altares de la rutina social y de
todo el artificio que nos rodea. A tal extremo llega el fanatismo, que
si hubiera inquisición de esos dogmas, él sería familiar primero de
ella y un implacable quemador de herejes. Resulta, pues, que para poder
yo vivir y amar lo que la ley de naturaleza me manda que ame, no veo
más camino que la incomunicación que antes te dije, levantando un muro
muy alto entre Fernando y Felipe.
Y ahora necesito referirte otras cosas, y hacer comentarios tan
sinceros como dolorosos de mi carácter y del de Felipe, para que
comprendas cuánto me ha costado levantar ese muro, y la vida de
ansiedades que he llevado y llevo para impedir que se me derrumbe y nos
aplaste a todos. Concédeme otro poquito de atención.
A la falta mía, desconocida de todo el mundo (con tres excepciones no
más), falta efectiva y real que yo reconozco y confieso a quien me da
la gana, siguen otras, las faltas supuestas, fantásticas y mentirosas
que la malicia me atribuye. Por la verdad nadie me acusa, por la
mentira me denigran. Bien comprenderás que a ti no te oculto nada, que
hablo contigo como con Dios. Pues yo te juro que cuantos milagros me
cuelga la fama son absolutamente apócrifos. Años ha que te lo he dicho;
pero podrías creer que en el tiempo transcurrido desde que no nos vemos
he hecho algún milagro. No, amiga querida: ni antes, ni después, ni
nunca. Ten la firme convicción de mi inocencia en todo ese tiempo, que
bien puedo llamar _periodo fabuloso_. Harás quizás la observación de
que la fama persistente, aunque se equivoque, no siempre es injusta, y
a eso contesto que alguna explicación debo dar a la constancia de las
lenguas en hablar de mí con engaño y error. Puesta a declarar en el
banquillo, expongo toda la verdad, no sin esfuerzo, pero con franqueza
suma. Eres tú mi espejo: me miro en ti, y te doy mi exacta imagen. Pues
sí, querida de mi alma, aunque lo sabes, bueno es que yo lo manifieste:
he sido una coqueta formidable. Aquí tienes la explicación de mi fama,
sin hipocresías ni atenuaciones. El coquetismo, pues todo hay que
decirlo, ya nos perjudique, ya nos favorezca, ha sido en mi defensa
contra la soledad del alma, un medio de producir alegría, movimiento,
bullicio de cosas y personas, un arte de guerra para devolver al mundo
mis sufrimientos, que en gran parte, de él y de sus leyes recibía
yo. Me dirás que esta disculpa no vale. Bueno, pues coqueteaba por
aburrimiento. ¿Tampoco vale esta? Pues coqueteaba... porque sí.
La verdad es que a una existencia frustrada que ha perdido su órbita,
no se le puede pedir que vaya muy derecha. Sé que hay ejemplos de otras
existencias también frustradas o sin órbita que se han mantenido en
la rigidez absoluta de los principios y de las formas. Yo las admiro:
no he tenido virtud para imitarlas. Han buscado su alivio en el
adormecimiento místico, religioso, o como quieras llamarlo. También a
mí me dio por ser beata; pero solo me duró cuatro días la ventolera.
No podía ser... Pues sigo: si mi coquetismo me produjo diversión,
encanto, vanagloria, el placer maligno de _hacer rabiar_, trájome por
otro lado males acerbos. Ya lo sabes. Mi ligereza exacerbó el carácter
receloso, trapacero y mortificante de Felipe. No tardamos en llegar
a una situación de continua suspicacia, de celos y reconvenciones
enojosas, de desconfianzas recíprocas. Él fue siempre duro, altanero,
fiscalizador de las acciones más inocentes. Sin quererlo, cultivé en
él otras cualidades muy malas: la grosería, la falta de delicadeza.
Gustaba yo de atormentarle, y él a mí lo mismo: llegamos a tener
discordias muy agrias por cualquier tontería, extremando nuestra
desavenencia en las cuestiones de intereses. Quiso reducir mis gastos;
yo me opuse a sus derroches de coleccionista. Nos hacíamos una
guerra implacable. Hasta en política disentíamos, pues yo, solo por
llevarle la contraria, alardeaba de patriotería liberalesca y hasta de
jacobinismo. Empezaron las prohibiciones por parte de él, las rebeldías
por mi parte. Ya ni asomos de concordia había entre los dos, pues
hasta en las comidas fueron nuestros gustos diferentes. Sus sospechas
le llevaban a indagaciones indecorosas para mí. Espiaba mis pasos;
vigilaba todas mis acciones; intervenía mis cartas; veía fantasmas en
torno mío; mi gusto excesivo de los placeres sociales, mi cháchara, mis
alardes de libertad le irritaban más, y ya no fue solo grosero, sino
brutal, y el más fastidioso tirano que imaginarse puede... Ea, querida
mía, que viendo la cosa mal parada, hube de recoger vela. Capaz era
Felipe de un desatino, y yo también. ¡Figúrate si descubre...! Pero
no, daba todos sus golpes en la herradura y ninguno en el clavo. Era
ciego: no veía la verdad; corría disparado tras multitud de mentiras.
Amainé, como te he dicho, en mi coquetismo: tuve que recogerme y entrar
en mí. La edad hizo lo demás: me aproximaba yo a los cuarenta años,
aunque..., ya me viste..., los llevaba muy bien. Después, querida
Valvanera, desde la última vez que te vi, he dado un bajón tremendo.
Ya no me conocerías... Pues verás: reflexioné, me di a pensar en que
si mi existencia había sido hasta allí frustrada, podía ya no serlo
en lo sucesivo. Dios quizás me deparaba una segunda existencia. Había
encontrado mi órbita, la verdadera, la única, y en ella podía correr a
mis anchas sin desviarme. Pero, ¡ay de mí!, que para seguir mi órbita
me estorbaba enormemente Felipe..., aquel Felipe continuo, pegado a
mí como mi sombra, y de quien no podía en modo alguno desprenderme.
Y para mayor desdicha, era cada día más fastidioso y fiscalizador
más impertinente. ¿De qué me valía tener órbita, amiga de mi alma?
Comprende mi padecer, mis estudios maliciosos, que algo tenían de la
diplomacia, algo del arte de los prestidigitadores, para que mi tirano
no penetrara en aquel vedado terreno donde yo quería vivir sola, y
si no sola, sin él. ¡Qué martirio! En esta campaña, que precisamente
coincide con la época en que tú y yo no nos hemos visto, he
desplegado las dotes de astucia más extraordinarias, he inventado las
combinaciones más sutiles, me he batido a la defensiva, en la sombra,
con una habilidad de que no puedes tener idea. Y he triunfado, al menos
hasta hoy. En medio de mis grandes amarguras, tengo la satisfacción
de que Felipe _no lo sabe_. Viéndole a mi lado en efigie, en espíritu
siempre lejos, le digo con el pensamiento: «No lo sabes, no te doy el
gusto de que tengas razón contra mí. Porque eso es lo que tú quieres,
tener razón contra tu mujer, y eso no lo tendrás. Soy aragonesa».
En este periodo, Valvanera mía, ha sido mi único consuelo la lectura y
el trato de personas inteligentes, la lectura sobre todo. Mi marido dio
en llamarme romántica; es su manera personalísima de repudiar lo que se
sale de lo vulgar y corriente. Yo acepto el mote, si romántico quiere
decir revolucionario, porque..., no te asustes..., te advierto que yo
lo soy. Me siento un poco masónica, quiero decir que prefiero los males
de la libertad a los del orden... Esto es una broma, querida; no hagas
caso.
Motivo de burla y chacota son para Felipe mis aficiones a la lectura,
que en los últimos seis años han sido un verdadero vicio. Ya sabes que
su inteligencia es muy limitada: lo que yo arrojo de mi mente (perdona
la inmodestia) como hojarasca inútil, ya lo quisiera él para los días
de fiesta. Es de esos que llevan dentro del cerebro una barajita de
ideas, adquiridas y coleccionadas en el trato de los hombres más
vulgares, porque de los eminentes, haya miedo que se le pegue nada. La
tiene en forma y distribución de papeletas clasificadas. Para cada tema
que surge, su papeleta correspondiente. ¿Se habla de teatros? Papeleta.
¿De moral, de matrimonio, de religión, de política, de viajes, de
ornato público? Pues allá va la cédula. A mí no me des entendimientos
de esta condición. Ya comprenderás que quien piensa por papeletas, en
las acciones procede de un modo semejante, y ha de ser formulista,
esclavo de la letra de ordenanzas y reglamentos. En esto nadie le gana
a mi Felipe, naturaleza de tal modo conformada, que halla su felicidad
en el fastidio. El fastidio, hablando por papeleta, _es su elemento_...
¡Si al menos hubiera yo podido lograr una separación decorosa! ¡Que
si quieres! ¡Para separaciones está el tiempo! Felipe no puede vivir
solo; le soy necesaria. No se halla sin mí: soy el agua salada para ese
pobre pez. No viéndome aburrida, no ejercitando en mí su vigilancia,
no interviniéndome en todo y por todo, se muere de asfixia. Ya ves qué
sino el mío... Pues mira tú: por ley de costumbre, y no insensible a
la obra del tiempo, he adquirido resignación; sé ya lo que no sabía:
aceptar mi pesada cruz y subir con ella. Lo haría fácilmente quizás
si estuviera libre, quiero decir, si no me llamara mi órbita como me
llama, la íntima, la que es a un tiempo ilegal y sagrada, la mía.
En justicia, debo añadir que de algún tiempo acá Felipe me mortifica
menos, y que ya sea porque he ganado fuerzas, ya porque la cruz ha
perdido algo de su enorme peso, ello es que la llevo mejor, y aun
me siento menos medrosa de que mi secreto se descubra. El tiempo
también fortifica, y la próxima vejez parece que derrama tesoros de
indulgencia, y que protege las grandes reconciliaciones. ¿No crees tú
lo mismo? Sí, sí: mi temor de la luz va disminuyendo, me creo capaz de
afrontar las responsabilidades que antes me aterraban, de dar un salto
decisivo. ¿Qué te parece? Anímame, amiga del alma; dime que sí, que
sí...
En el tiempo este que nos ha hecho la gracia de tenernos separadas, no
he visto decrecer la pasión de Felipe por el coleccionismo de armas
y de hierros viejos. Sería el primer caballero del mundo si ello
dependiera de la adoración y conocimiento de los signos de caballería.
Otro que más entienda de espadas y que mejor clasifique las de cada
siglo, y las de Milán o Toledo, no lo hallarás. En lo que ha decaído es
en la esgrima, pues con los años su destreza va quedando reducida _al
compás_, y gracias. Aún se recrea en su sala de armas tirando un rato
con los amigos, y aún vienen en busca de sus lecciones espadachines
muy afamados. También acuden a casa los que se ven en el trance de
aceptar o promover un duelo, porque la primera autoridad de Madrid en
lances de honor, y en sus complejas y delicadas reglas, es mi marido.
Todos respetan y siguen ciegamente su opinión, y el hombre está en
sus glorias ejerciendo de definidor y pontífice: se humaniza, se
vuelve menos áspero, y su amabilidad relativa indica su satisfacción y
vanagloria. Yo, siempre en guardia, aprovecho para mis combinaciones
los preciosos momentos en que funciona el oráculo de los lances de
honor. Cosas a que no me atrevería en días normales, las acometo
valerosa cuando se trata de la elección de armas, de los pasos que ha
de dar adelante o atrás, en el terreno, cada uno de los duelistas. Y
ya puedes suponer con cuánto fervor pido a Dios, en momentos para mí
críticos, que haya desafío, que se peleen dos caballeros por cualquier
futesa de política, de amores o de juego, para que vengan a mi casa en
busca del oráculo, y este se entusiasme y yo respire.
Y ya no escribo más hoy, que estoy cansadita, aunque no tanto como lo
estarás tú cuando me leas. Cree que no son ociosas estas explicaciones,
para que te hagas cargo de mis sufrimientos y del servicio impagable
que prestas a tu amiga. Tu cooperación me la tengo bien ganada... Vaya,
no te canso más. Soy como esos visitantes fastidiosos, que después de
despedirse vuelven a pegar la hebra, repitiendo lo que ya dijeron; y en
pie, y en la puerta ya, todavía vuelven sobre lo mismo. No más, no más:
quédense para mañana otros secreticos que aún guarda para ti tu amante
amiga — _Pilar._