De Fernando Calpena a don José María de Navarridas.
_Villarcayo, abril._
Mi respetable amigo: No a desatención ni olvido, sino a la indolencia
que el estado de mi ánimo me imponía, debe atribuirse el hecho de
no escribir a usted y su noble familia cuando Sabas partió para
Laguardia. Espero que me perdonará esta falta antes que yo mismo me la
perdone, y fiado en ello me tranquilizo de la turbación que su carta
ha levantado en mi conciencia. No quiero dar a usted más disculpas que
la de mi desgana de toda ocupación en aquellos días, y es bastante;
que el guerrero que vuelve derrotado y maltrecho en horrendos lances y
peripecias abrumadoras, tiene derecho al descanso, llamémosle pereza.
Ha sido precisa la intervención de una deidad providente para que yo me
decida a no aplazar por más tiempo la contestación a su cariñosa carta.
Sí; la señora de este castillo, me ha cogido hoy por una oreja, y
llevándome al despacho de su digno esposo, me ha conminado con penas
de supresión de almuerzos y comidas si no escribía hoy mismo al buen
párroco de Laguardia. La ilustre señora me ha hecho ver la fealdad de
mi conducta, demostrándome además cuánto conviene a mis males íntimos
el apartar de ellos la atención. A esto añado, por cuenta propia,
que nada es más grato para mí que platicar de lejos, ya que de cerca
es imposible, con usted y con su dignísima hermana y encantadoras
sobrinitas, a quienes manos y pies beso con todo el rendimiento de la
más leal amistad.
Grande satisfacción me causan sus noticias acerca de la excelente salud
de las niñas de Castro, de su alegría y buena disposición. Veo con
gusto que la juguetona Gracia se hace poquito a poco persona formal,
ayudando a su hermana, y que esta multiplica sus dotes y aptitudes,
como si no quisiera dejar mérito alguno para los demás. Al propio
tiempo, he de manifestar a usted mi sentimiento porque su nobilísimo
plan no haya tenido realización a la hora presente. Tanto Valvanera
como yo hacemos votos porque los deseos de usted y de su hermana se
realicen lo más pronto posible, y no dudamos que la negativa de la
mayorazga ilustre de Castro será un incidente pasajero. He dicho
mayorazga sin acordarme de la abnegación con que Demetria ha partido
sus bienes con la hermana menor. Sin duda su alma, ambiciosa de
perfecciones, ha querido añadir a sus coronas la de esa generosidad
hermosísima. No digo a usted que la felicite en nuestro nombre, porque
quizás al echar el incensario a su magnanimidad daríamos, sin quererlo,
un golpe a su modestia. Persistan usted y su hermana en su buen
propósito, y al fin la voluntad de Dios y la de la sin par Demetria
aparecerán en perfecta armonía.
En efecto: el señor don Pedro Hillo, cuya visita le anuncian de Madrid,
es mi amigo más amado, y el discreto corresponsal de cuyos relatos
interesantes di a usted conocimiento; persona por diversos títulos
digna de su estimación y de los agasajos que le prepara, pues une a su
saber de cosas sagradas y profanas, el trato amenísimo y la gravedad
del carácter.
No me parece mal que las niñas consagren a la lectura sus ratos de
ocio, que en esa vida laboriosa no pueden ser muchos. Demetria no
necesita andadores para correr con paso firme por los altibajos de toda
la literatura habida y por haber, pues su criterio superior le permite
discernir claramente lo bueno de lo malo y lo sano de lo enfermo.
Déjela usted, que ya sabe ella por dónde anda, y ni la _Nueva Eloísa_,
ni el _Joven Werther_, ni los fogosos atrevimientos del modernísimo
Víctor Hugo, si este ha llegado a Laguardia, turbarán su espíritu
reposado. A Gracia sí conviene atarla un poquito corto en sus tareas
de lectura, porque no posee todavía el seguro discernimiento de su
hermana. ¿Pero qué he de decir yo sobre esto que usted no sepa, mi
bondadoso y respetable Navarridas, maestro y capellán de esas nobles
criaturas?
Concluyo, amigo mío, con un encargo que mi castellana se permite
hacer a Demetria, por conducto mío. Venimos a ser usted y yo no más
que dos torres telegráficas por donde el pensamiento de Valvanera se
transmite a la incomparable gobernadora de los estados de Castro.
Ponga usted atención, tome nota de las señales que enarbolo, y llénese
de paciencia, porque ahora sale mi señora con que no es un encargo,
sino dos, y quizá tres. Allá van: sabedora Valvanera que en Laguardia
se cosechan los mejores tirabeques de la Rioja alavesa, y quizás del
mundo, desea que Demetria le suministre la semilla suficiente para
sembrar, en la huerta de esta casa, un tablero como de ocho varas
de largo por dos de ancho. Los tirabeques que aquí conocemos son
estrechos, según dice, mal granados y con hebra excesiva y gruesa:
desea de los grandes, torcidos a lo cuerno de carnero, jugosos y
mantecosos, como los que le mandaron de regalo las de Álava, allá en
la _ominosa década_, si no recuerda mal. ¿Se ha enterado usted bien,
señor don José María? Mire que si se equivoca no me echen luego la
culpa a mí, pobre vigía de esta torre primera... Adelante. ¡Ah!, dice
Valvanera que, si puede ser, disponga el envío lo más pronto posible,
para sembrarlos en el menguante de este mes. Otrosí, que añada
instrucciones sobre el sistema de cultivo y tutores que ahí se emplean
para esa planta, comúnmente viciosa y de altísimas guías. ¿Enterado?
Pues allá va otro encargo: receta para hacer dulce de tomate, que es
una de las más sabrosas especialidades de mi señora doña María Tirgo:
riquísimo lo hacía una monja de Medina de Pomar; pero ya se ha muerto,
llevándose el secreto de su arte. Que añada si se mezcla o no con
ciruela, pues entiende mi castellana que el tomate dulce de doña María
tiene algo de trampa. Las ciruelas de aquí son excelentes, y si hay
mezcla no se duda del buen resultado. De paso... (y aguante usted el
nublado, mi señor don José María), que a la receta antedicha agregue
Demetria la que usan en esa noble casa para hacer el incomparable
mostillo que han podido gustar, mas no imitar, los amigos que de regalo
lo han recibido. La señora de Castro-Amézaga, madre de las niñas
reinantes, elevó el crédito de los mostillos de esa casa a colosal
altura. Si no hay receta escrita, habrá en la familia tradiciones, que
Demetria conservará religiosamente. Y si a la dignación de mandar las
semillas y las recetas añaden las señoritas la prontitud, el favor será
doblemente agradecido.
¿Quiere usted más, mi buen don José María? Pues no hay más, sino que
deseamos a usted y a su hermana y las niñas toda la felicidad que se
merecen; y por mi cuenta digo que las expresiones usuales de cortesía
me parecen pálidas para manifestar a todos mi cordial respeto. Besa las
manos de ustedes su afectísimo — _Fernando Calpena._