De Pedro Pascual Uhagón a Fernando Calpena.
_Elorrio, marzo._ (_Recibida en abril_).
Aquí me tienes, querido Calpena, disfrutando de todas las dichas que
trae consigo la vida militar: hambres, golpes, cansancio hasta morir,
fríos y calenturas, que de todo hay, sin contar las heridas, de las
cuales, en el reparto diario, me han tocado tres como tres soles, que
me han hecho ver las estrellas. A quien no he visto es a la señora
gloria, que a todos nos engatusa con su coquetismo, llevándonos tras
sí como carneros. Según te decía en mi anterior, salimos de Bilbao
a cooperar en el plan del general inglés Lacy Evans. Consistía en
atacar al faccioso por tres puntos distintos: Sarsfield por Navarra;
nosotros por aquí, amenazando el interior de Guipúzcoa, y el inglés por
Hernani y toda la zona fronteriza. Según Espartero, este disparatado
plan es de los que se proyectan todos los días en las mesas de los
cafés de Madrid. Lo sacó de su cabeza el jefe de la división inglesa,
y aceptado por el gobierno, no hemos tenido más remedio que ponerlo
en ejecución: así ha salido. Nosotros llegamos hasta esta villa de
Elorrio, y de aquí nos volvimos a Bilbao, no diré que con las manos en
la cabeza, pero sí desalentados y con la rabia de ver la inutilidad de
nuestros esfuerzos. A Lacy Evans le zurraron en Hernani, y Sarsfield se
volvió a Pamplona sin llegar al punto designado. Con muchos planes de
estos no dudo del triunfo de la _ojalata_ en plazo próximo. El tiempo
lluvioso y frío, digno hermano del de aquella noche memorable, nos ha
entorpecido las operaciones, resultándonos un sin fin de enfermos, y
haciéndonos pasar mil trabajos. Quiera Dios que esto acabe pronto y nos
retiremos a nuestro Bilbao, donde al menos comerá el que lo tenga.
De tu asunto no puedo decirte nada en concreto, pues en Durango no
vi a la persona que pensé podría informarme. Un amigo mío de Bilbao,
ayudante de Ceballos Escalera, me ha dicho que no hubo tal coacción
ni cosa que lo valga; que desde los comienzos del sitio vio a la niña
sola por las calles con Zoilo Arratia, como dos tórtolos que en medio
del fuego se arrullaban. Te lo cuento a título de dato verosímil, sin
darlo como verdadero, pues no me inspira plena confianza el informante.
Mi opinión es que te propines buenas tomas de olvido, y a otra, chico.
Échate a la espalda el amor propio, y búscate algo en que pensar que no
sea esto, que no te faltará algún quebradero de cabeza por otro lado.
Distráete aunque sea con disgustos nuevos, y el tiempo, con nuevos
afanes, de los viejos te curará. Y buenas noches, que me caigo de sueño.
Amanece, y oigo que salimos. ¿Y cómo te mando esta? Si vamos a mi
pueblo, de allí te la enviaré con la relación de lo que nos pase por el
camino, que me figuro no ha de ser cosa buena, y noticias de tu pleito,
si en alguna parte las hallo.
_Bilbao_, 26. — Chico, aquí me tienes cubierto de gloria. ¡Al fin...!
En Galdácano dimos una batalla, después de otra honrosísima en Zornoza,
ambas protegiendo nuestra retirada. Los _ojalateros_ que hemos dejado
tendidos en el campo, en una y otra parte, no te los puedo contar:
su número es infinito. Espartero ha sido el hombre de siempre, el
primer soldado, el caudillo sin par, creciéndose en los malos pasos,
más valiente cuanto más enfermo. De mí puedo decirte que también he
sido esforzadísimo guerrero, digno de que Marte me prohíje y Belona me
quiera. Bromas a un lado, estoy satisfecho, y en conciencia creo haber
cumplido con mi deber. No me ha tocado ninguna bala: Dios ha querido
sacarme ileso, para que pueda contarte lo que leerás ahora mismo, todo
el misterio de tu novela descifrado, y el caso oscuro puesto en un foco
de luz que nos permite verlo en su realidad. Las noticias son de buen
origen. Queda retirado lo que en Elorrio te escribí; no hagas ningún
caso de mis recomendaciones de olvido. Desconocedor de la enfermedad,
te receté un disparate.
Confirmado está plenamente que hubo coacción horrible y un complot
pérfido, fundado en la falsa noticia de tu muerte, que supieron
presentar como hecho indubitable. Quien esto me ha dicho, y de ello da
fe, sospecha que también hubo amenazas, imposición por el miedo. La
extremada sensibilidad de la pobre niña, y la viveza de su imaginación,
dan verosimilitud a esta sospecha. Tenemos aquí, pues, un caso
sumamente grave, y yo desafío a los inventores de dramas románticos a
que saquen de su cabeza uno como este. Escucha sin temblar: todos los
artificios de los secuestradores de la Negretti no lograron impedir
que el mes pasado se enterase del monstruoso engaño, por confidencias
de una criada joven, de una criada vieja..., no estoy bien seguro de
la edad de la confidente. Ello es que Aura se volvió loca, es decir,
loca enteramente no: llamémoslo trastorno, rabia, furor insano contra
sus embaucadores. Apelaron a todos los medios para tranquilizarla:
medicinas, recreos, pláticas de clérigos más o menos elocuentes, sin
obtener más que la exasperación de su mal, y, por último, no tuvieron
más remedio que llevársela a la ferrería de Lupardo, y encerrarla
allí, bajo la vigilancia de su tía Prudencia y de José María Arratia,
el mayor de los tres hermanos, que casó hace poco con la chica de
Busturia. Pero más que la vigilancia y el cuidado de los carceleros,
pudo la energía expansiva de la dama y su furia de libertad, porque
bonitamente se les escapó una noche, saliéndose por el tejado, y
esta es la hora en que no han podido recobrarla. Todos los Arratias
se lanzaron por diferentes puntos en busca de ella, sin dar con su
persona: solo hallaron un rastro, que es para ti dato interesantísimo,
y por eso te lo transmito sin pérdida de tiempo. Lo único que pudieron
averiguar los _chimbos_ es que Aura pasó por Llodio un domingo muy de
mañana. Preguntó en varios puntos por el camino de Laguardia, mostrando
propósito firmísimo de ir a esta villa. La vieron internarse en la Peña
de Orduña. Ni con buenos ojeadores ni con perros han podido cazarla.
En esta resolución de la joven, que ya no me parece locura, sino todo
lo contrario, veo yo un carácter, el rechazo o reacción formidable de
su timidez anterior, el renacimiento súbito de una voluntad oprimida
y sojuzgada por los engaños. Esto he sabido de labios que me merecen
crédito, y te lo comunico para que estés al corriente... ¡En Laguardia,
chico!... Puede que ya esté allí. Me da el corazón que está. ¡Alerta,
Fernando!
Yo, que no creía en el romanticismo práctico, ya me rindo, caro amigo,
y declaro que todo lo que imaginan los poetas, de Víctor Hugo para
abajo, se queda tamañito junto a lo que la propia vida nos muestra.
Esta captación de la voluntad de una mujer hermosa; el artificio de
hacerte pasar por muerto para persuadirla más fácilmente; la caída
de ella en el terrible lazo, por timidez, por terror, quizás por
sortilegios desconocidos, ¿no son una primera parte de drama que supera
a cuantos vemos en el teatro? Dime una cosa: ¿estás bien seguro de que
en la segunda visita que hiciste al almacén de Arratia, en los primeros
días de enero, no te cogieron, no te convidaron a beber, no te dieron
algún narcótico hasta que quedaras como muerto, poniéndote en el ataúd
y encendiéndote velas, para que ella te viese y no tuviera duda de tu
viaje al otro mundo? Porque yo todo lo creo ya y todo lo temo, y las
cosas que antes me parecían novelescas, ya las tengo por naturales y
comunes. No puedo desechar la idea de que todas esas gentes de apellido
italiano se traen un surtido de venenos o filtros adormecedores, para
con ellos ayudarse en sus trágicas intrigas.
Bueno: pues ahora viene la segunda parte del drama. La casan a la
fuerza, quizás previo el empleo de algún otro bebedizo que convierta
a las personas en máquina, y les permita moverse y hablar sin darse
cuenta de lo que hacen y dicen. Me la casan; parece que han triunfado,
y de repente sobreviene la confidencia, la revelación de un parte de
por medio, criado desleal, o traidorzuelo mal pagado. Y aquí todo
varía: surge la locura de la dama, la resurrección repentina de su
albedrío; tras esto, tenemos nuevos embrollos de la familia para echar
tierra al asunto y no dejar que tales infamias se hagan públicas;
la niña se les escapa; corre sola por esos caminos buscando el de
Laguardia, donde cree encontrar su bien, su solución... ¿Llegará? ¿La
cazarán antes sus perseguidores? He aquí el misterio del acto último,
aún no descifrado. ¡Alerta, Fernando! ¡A Laguardia! ¡Ahí va!
No sigo, que es tarde y se va el correo. Última noticia: no es cierto,
como te dije, que haya muerto Ildefonso Negretti. Vive, aunque en un
estado muy semejante a la imbecilidad. Me lo ha dicho Vildósola, que
ignora o afecta ignorar todo lo demás de esta historia lúgubre. Pero no
desmayo en mis averiguaciones, y todo lo que yo sepa, lo sabrás en el
tiempo que tarden en llevarte mis cartas nuestros detestables correos.
Consérvate sereno, y no tomes resoluciones precipitadas. Para todo
cuenta con tu fiel amigo — _Uhagón._