De Pilar a su amiga Valvanera.
_Madrid y abril._
Querida mía: Te escribo de prisa y corriendo porque tengo que salir
a una visita fastidiosa, inevitable, y no quiero perder el correo de
hoy. Sin perjuicio de consagrarte otro día todo el espacio que piden
mi cariño y mi gratitud de una parte, de otra el amor a Fernando, y
las mil cosillas que a mis dos amores tengo que decirles, atiendo a la
urgencia de tus preguntas.
Mis relaciones con Juana Teresa son las de dos personas que no se aman,
pero que no quieren dar al mundo el espectáculo de la desavenencia,
desamor mejor dicho, entre dos hijas de un mismo padre. Si nuestras
madres se hubieran conocido, se habrían detestado cordialmente. La mía
y la suya eran dos madres de índole, sangre y gustos muy distintos:
como ellas salimos nosotros; fuimos nuestras madres redivivas, sin que
el padre común nos diera nada que igualase la desigualdad ni conciliara
lo inconciliable. Hace algunos años, la herencia del tío Sobremonte
fue causa de que nos pusiéramos al habla mi media hermana y yo para
evitar litigios dispendiosos: no hubo más remedio que entrar con ella
en correspondencia, la cual dio aspecto de paces duraderas a lo que
no fue más que negociaciones transitorias, mirando cada cual por sus
intereses. Concluimos, y al final diome Juana Teresa nuevo testimonio
de su malicia y desconsideración. No hemos vuelto a escribirnos. Ya
te contaré cosas de ella, y cosas mías, que ambas las tenemos, cada
una según su natural, y comprenderás cuán difícil es que seamos amigas
enteras, siendo, por ley de naturaleza, hermanas partidas. Yo no me
ocupo de ella jamás, ni la nombro para nada; ella no procede del mismo
modo con respecto a mí, y la distancia que nos separa no impide que
lleguen a mi oído (por desgracia, sutil) las ironías de Cintruénigo.
Por hoy no te digo más.
¡Ah!, sí: te digo que mi secretico de dos caras, por una suplicio, gozo
inefable por otra, no lo sabe Juana Teresa. Si lo supiera, creo que ya
sería del dominio público, y me cantarían los ciegos por las calles.
Hoy por hoy, amada mía, solo hay cuatro personas vivas que lo conozcan,
y una de ellas eres tú, mi consuelo, mi esperanza...
He llorado un poquito. Valor, y adelante, que es forzoso concluir esta.
¿Y ese adorado tontín ha recibido y gozado la carta de Miguel de los
Santos? ¿Ves? Hace poco lloraba, y ya me río. ¿Y está su cabeza tan
trastornadita que no ha caído en mi gracioso enredo? ¿Se ha tragado la
carta como del propio estilo y mano de Álvarez? ¿No ha visto que es
de mi cosecha, y que la forma, ya que no lo que allí se relata, salió
de mi magín? Conste que me he reído con gana mientras tramaba esta
superchería, como se reirá él cuando la descubra. ¡Pobrecito mío! Por
estas bromitas, que salen de mi corazón, pienso yo que ha de quererme
más. No le digas nada; déjale en su error, a ver por dónde sale. ¡Cuál
no habrá sido su asombro al ver epístola tan larga firmada por aquel
supremo holgazán! Él conoce a Miguelito, y sabe que es un sonámbulo
de mucho ingenio, que sueña y anda, pero no escribe. Ya le contaré
más adelante a mi sonámbulo (pues también Fernando lo es) cómo he
podido adquirir conocimiento de todo lo que pasó antes, en y después
del entierro. Para mayor burla, le diré que Miguel no asistió al acto
porque no pudo encontrar quien le prestara ropa de luto... como que
en aquel día y con el consumo de todos, _se agotaron las levitas_...
¡Pobre niño mío! Que juegue yo con él un poco. Esto me endulza el
alma. Me parece que me quitan veinte años, y que le tengo sobre mis
rodillas contándole el cuento del ratoncito Pérez. ¡Adiós! No puedo más
hoy. Te idolatra tu — _Pilar._