De don José M. de Navarridas a Fernando Calpena.
_Laguardia y marzo._
Ilustre señor y dueño: Si no me prohibiera mi religión los juramentos,
juraría, para que usted a pie juntillas me creyese, que hilvano esta
carta a escondidas de toda la familia, pues ni mi señora hermana ni mis
sobrinas aprobaron la idea que días ha, de sobremesa, les propuse de
escribir a usted. Pero como a terco y voluntarioso no me gana nadie, he
aquí que burlando el severo dictamen de la señora y señoritas, tomo
la pluma, como el escolar que, amenazado de castigos por escribir a la
novia, más se enciende en su vicio de emborronar papeles de amor. Allá
va esta, y perdónenme las tiranas de acá mi desobediencia, motivada del
gran afecto que usted me inspira; y lo primero que tengo que decirle,
para evitar interpretaciones erradas, es que la antedicha oposición
de las damas no es ocasionada por el desvío, sino por sentimientos de
contraria índole. Fue que se enojaron porque usted no nos dio noticias
de su persona, viaje y accidentes más que con un recado verbal, por
Sabas, desconociendo u olvidando lo mucho que le apreciamos todos.
Creen ellas, sobrinas y tía, que bien merecíamos enterarnos de las
felicidades o desdichas del señor don Fernando, por una carta de su
puño y letra. Para su tranquilidad, le diré que el enojo de esta
familia mujeril ha sido y es muy leve: Gracia lo expresó con su
natural vehemencia; Demetria, más comedida, y poniéndose siempre en lo
razonable, alegó, en disculpa del caballero libertador, la magnitud
de las ocupaciones de este y la necesidad en que se veía de consagrar
toda su atención a personajes y asuntos de Madrid. Del mismo parecer
fue mi señora hermana, agregando a las razones de _la perla_ otras
de gran peso; y dividida la familia en dos bandos, la pequeñuela y
yo, mantenedores inflexibles de la acusación, gastamos no poca saliva
en acumular sobre la pobrecita cabeza del señor don Fernando los
terribles cargos de ingrato y olvidadizo. No se pudo obtener definitiva
sentencia por totalidad de votos, ni hubimos de concertar nuestros
pareceres más que en el dictamen de que ninguno de la familia debía
escribir a usted. Así lo acordamos, y ya ve usted con qué fidelidad lo
cumplo.
Gracia entró ayer en mi cuarto un poquito llorona, y de buenas a
primeras salió con esta: «Querido tío, digan lo que quieran mi hermana
y mi tía, debemos perdonarle a don Fernando su olvido. Con el gran
disgusto que sufre el pobrecito, y las angustias y desconsuelos que
estará pasando, buenas ganas tendrá de ponerse a escribir a nadie.
Sin que mi hermana lo sepa, porque se enfadaría, voy a enjaretar una
esquelita diciéndole que sentimos sus aflicciones, y que deseamos
que se le conviertan en alegrías». Esto, palabra más, palabra menos,
me dijo la chiquilla, y el disuadirla de escribir tal carta y el
resolverme a endilgarla yo, fue todo una misma idea. He aquí, mi señor
ilustre, el por qué de estos desaliñados renglones.
Y si no me tachara usted de entrometido, me permitiría decirle que esas
penas o accidentes de la vida no son de los irremediables, pues tales
muertes traen aparejada su resurrección, o lo que es lo mismo, que
si un afecto perdió, otros que más valgan hallará en la corte, donde
pienso yo que habrá pocos que le igualen en el lucimiento y partes de
la persona, así por lo tocante a prendas del corazón, como por lo que
atañe a los adornos de la inteligencia, saber, memoria, conversación
amena y sustanciosa. Anímese, pues, el señor don Fernando, y no se
deje vencer de tristezas impropias de un varón fuerte, de quien las
pasiones, creo yo, no deben ser amos, sino esclavos..., y no sigo
tratando de este delicado punto, no sea que la pluma se me corra de la
sinceridad afectuosa, a la oficiosidad impertinente... Cepos quedos:
José María, no te metas... Déjalo, déjalo, y pasa a informar al señor
don Fernando de las novedades de esta casa. Ya sabrá usted que aquel
magnífico plan mío, que tuve el honor de comunicarle en la sacristía
de mi iglesia, ha quedado en _veremos_; mejor será decir que tanto
mi hermana como yo nos llevamos un solemne chasco, al ver que lo que
creíamos tan lógico, natural y sencillo, no le pareció del mismo modo a
la persona cuyo albedrío había de resolverlo. De todo ello se deduce,
señor mío, que en achaque de proyectos matrimoniales, el que más cree
saber sabe menos. No es esto decir que nos demos por vencidos. Con más
fe mi hermana que yo en la compostura de este negocio, perseveramos en
llevar a buen término la unión de las dos familias. Pero la voluntad
de Dios sobre todo, digo yo, y esta no la veo, no puedo verla nunca
contraria a la voluntad de los que han de casarse.
Deseando, además, que no ignore usted un rasgo sublime de la sin par
Demetria, hago traición a su modestia poniendo en conocimiento de
usted, y de todo el mundo si pudiera, que al tratar de la repartición
de los bienes de Castro-Amézaga entre las dos únicas herederas del
difunto Alonso, Demetria ha hecho renuncia formal de su derecho
a la mitad de los bienes amayorazgados; de modo que según esta
declaración, que ratificará al llegar a la mayor edad, el cuantioso
patrimonio se repartirá por igual entre las dos hermanas. ¿Verdad
que es hermoso rasgo? Lo que ella dice: «¿No hemos nacido las dos de
los mismos padres? ¿Qué razón hay para desigualdad tan contraria a
la ley de naturaleza? Ya puede usted decir a su amigo Mendizábal que
hay mayorazgos que van más allá que el legislador, distribuyendo las
riquezas con espíritu cristiano y amor de familia».
De Gracia diré a usted que va ganando día en día en gravedad y
perdiendo en travesura perezosa. Ayuda a su hermana en cuanto se lo
permite su endeble complexión; es ya menos inclinada a las melancolías,
y se fortifica de cuerpo y espíritu que es un primor. Ambas se arreglan
de modo que les sobren ratitos que consagrarán a la lectura de libros
de entretenimiento. En esto tengo que andar con cien ojos, pues como
en la biblioteca del pobre Alonso no escasean obras prohibidas, me
constituyo en censor, viéndome obligado a darme atracones de novelas
y poesías, cosa en mí desusada y fatigosa. Con Demetria, teniendo
en cuenta su elevada inteligencia y criterio superior, uso de gran
tolerancia; le permito que apechugue con las _Cuitas del joven
Werther_, y hasta con _La nueva Eloísa_; pero a la pequeña he de
medirla con más corta vara. Aduanero soy implacable, y le quito de las
manos lo que estimo nocivo para su juvenil corazón y avispada fantasía,
dejándola en el pleno goce del _Bertoldo_, del _Robinsón_ y del _Viaje
al país de las monas_. Y nada más tengo que contarle referente a las
adorables niñas, sino que no pasa día sin que Gracia le nombre a usted,
recordando algún caso de su residencia en esta villa, o dichos y actos
suyos, grabados profundamente en su memoria.
Y antes de terminar, debo manifestarle que hace dos días recibí carta
de un carísimo amigo de Madrid, frey don Higinio de Socobio y Zuazo,
de la Orden de Calatrava, del Consejo de S. M., auditor decano de la
Rota y capellán mayor del Real Convento de la Madre de Dios de la
Consolación, _vulgo_ Descalzas Reales, el cual es hermano del don Félix
de Socobio, vicario foráneo de este pueblo, y del doctor don Vicente
de Socobio, canónigo patrimonial de media ración en la Insigne Iglesia
Colegial de Vitoria... déjeme tomar resuello para decirle que Higinio
me escribe recomendándome a un amigo suyo a quien profesa particular
estimación, el doctor don Pedro Hillo, ejemplarísimo sacerdote y gran
humanista, secretario de la Vicaría General de los Ejércitos, el
cual viene a este país por asuntos del servicio vicarial castrense y
expresamente a esta villa de Laguardia para particulares negocios.
Los encomios que del señor Hillo leo en la carta, y el encarecimiento
de que le trate y obsequie como lo haría con la propia persona del
recomendante, han movido mi curiosidad, despertando en mí recuerdos
de ese nombre, que más de una vez oí en boca del señor don Fernando.
Este señor Hillo, a quien diputo por eminencia en las letras divinas
y profanas, ¿es el mismo que a usted escribía en agosto último,
refiriéndole las trapisondas de La Granja y Madrid? No olvidará usted
que me leyó párrafos de aquella docta, amenísima correspondencia, y
si no estoy equivocado, díjome además que el tal era su capellán y
había sido su preceptor en humanas letras. Porque si resultara que
el recomendado de Socobio es al propio tiempo el grande amigo de don
Fernando, ya me parecerían pocos todos los agasajos de que yo pudiera
disponer. Le aposentaré en mi propia casa, y mi hermana y yo nos
multiplicaremos para servirle y hacerle grata la vida en este lugarón.
Espero que satisfará usted mi justa curiosidad, y ahora sí que no tiene
más remedio que coger la pluma y echar para acá una buena parrafada.
¿Ve usted cómo le he cogido? ¡Si conmigo no vale huir el bulto y
hacerse el mortecino, no señor! Soy un posma terrible. Ya le cayó que
hacer al señor don Fernando. Y por de pronto, aguante el apretado
abrazo que en estas letras le envío. El Espíritu Santo nos conceda sus
dones, y a usted larga vida y salud robusta. Su afectuoso capellán. —
_J. M. de Navarridas._