Del mismo al mismo.
_Marzo._
Desocupado sacerdote: Sabrás que anoche se me apareció Larra, quiero
decir que soñé con él o que se me apareció en sueños, que es lo mismo.
Era el Larra que conocí y traté hace año y medio, antes de su viaje a
París. Vino a mí en un bosquecito próximo a esta casa, en el cual suelo
pasar algunos ratos divagando, y se mantuvo a distancia de cuatro o
cinco pasos, mirándome con la fijeza que a sus amargas bromas precedía
comúnmente. No le veía yo más que medio cuerpo, de la cintura para
arriba; en su cara no había más alteración que el crecimiento de la
barba. Ignoro si al morir era más barbudo que cuando le conocí. Su boca
entreabierta dejaba ver los dientes ennegrecidos, y lo blanco de sus
ojos amarilleaba más de lo habitual; tenía los lagrimales muy rojos,
con irritación que le hacía pestañear de continuo. Aunque nunca nos
habíamos tuteado, yo le dije: «Hola, Mariano, dichosos los ojos que
te ven». Y él a mí: «Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin
oír hablar mal de mí... Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala,
porque me he quedado enteramente sordo. Háblame por señas. Y tú, ¿por
qué lloras? ¿Por mí acaso?». Respondile que yo no lloraba por él ni
por nadie, y la visión entonces, dando un gran suspiro, me dijo que
había yo hecho mal en matarme tan joven. «Paréceme —le contesté— que
aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives; vienes a
desmentir la noticia de tu suicidio...». Pasó un rato, en que tanto
él como yo nos desvanecimos, nos apagamos, y luego volvimos a vernos
en el comedor de la casa, junto a la chimenea, más cerca uno de otro;
pero ni él ni yo teníamos piernas, por lo que no puedo asegurar si
estábamos en pie o sentados. «Debemos matarlas a ellas —díjome Larra
con triste sonrisa—, y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de
sus traiciones?... No pensemos en eso, que aquí no hemos venido más
que a leer nuestras obras. Lo que a mí me trastorna es que se me han
olvidado casi todas las mías, harto famosas, y solo recuerdo _El día de
difuntos_ y _Nadie pase sin hablar al portero_. Por más esfuerzos que
hace mi memoria, no consigo apoderarme de los otros títulos. ¿Verdad
que era yo un gran escritor?». «Has sido único, Mariano —le dije—.
¿Y no te acuerdas del _Castellano viejo_, ni de la _Junta de Castello
Branco_? ¿Has olvidado las críticas de _Antony_, del _Trovador_, de
_Catalina Howard_...?». «Sí, sí: tienes razón; todo eso fue mío...
Pero si los títulos van viniendo a mi memoria, no recuerdo nada de lo
que escribí debajo de ellos. La pólvora mata la memoria... ¿no crees
tú? ¿Qué medicina hay para esto?». Al decirlo tocó mi mano, y el frío
intensísimo de la suya, que más que mano de hombre era un témpano de
hielo, me comunicó un temblor convulsivo, agónico.
Ya puedes comprender que desperté con aquel frío glacial. Así terminó
la _idolopeya_, que fue seguida de un desvelo enojoso, porque
habiéndoseme caído, con las vueltas que di, la colcha que me abrigaba,
tuve que salir del lecho para buscarla a tientas y ponerla en su sitio,
y creyéndome, aun despierto, en presencia del tan infeliz como glorioso
escritor, continué angustiado, febril y tembloroso toda la noche... A
cada instante temía ser sorprendido por la _idolopeya_ de mi de grande
y simpático amigo don Beltrán; pero no vino el buen señor, a quien sin
duda ha dado Dios por premio de su trabajosa vida un hondo, inalterable
descanso.
_Lunes._ — Hice propósito esta mañana de romper lo que ayer te escribí
de mis sabrosas pláticas nocturnas con las ánimas del purgatorio;
mas luego he pensado que no merecen estas aberraciones de nuestra
mente, mientras dormimos, absoluto menosprecio, por disparatadas
o ridículas que al despertar nos parezcan. Ejemplos mil hallaremos
del misterioso sentido con que suelen estos delirios anunciarnos
sucesos felices o desgraciados de la vida real, y vas a verlo, mi buen
Mentor, en lo que hoy te escribo. Pon mucha atención en esto, y no te
rías. La _idolopeya_ del satírico sin ventura fue como un vaticinio
simbólico de otra visita que hoy tuve, no de fingida, sino de real
persona; no de espectro hablador, sino de individuo callado. En el
mismo bosquete donde me paseo meditabundo, se me apareció, serían las
tres de la tarde, un personaje llamado _Churi_, a quien no vacilo en
colocar entre las figuras poemáticas de segundo orden, comúnmente
enviadas por las deidades que rigen los destinos de los héroes para
comunicarles revelaciones o mensajes. Veo tu asombro, motivado por el
desconocimiento de tal figura, y satisfago tu curiosidad diciéndote
que _Churi_ es un sordo que habla. Aquí tienes la primera relación
entre el sueño y la realidad, pues recordarás que Larra me dijo: «heme
quedado enteramente sordo». _Churi_, primo carnal del ladrón de mi
ventura, fue quien me anunció, camino de Bilbao, con signos expresivos
y enigmáticas escrituras, la traición que se me preparaba. En aquellos
días, y no hace mucho, cuando se me apareció en Valmaseda saliendo de
entre las matas de un monte, cuyo pie baña el poético Cadagua, vi en
él una figura mitológica, de las que llamáis _ex machina_, emisarios
del enojo o de la protección de algún dios que no quiere dar la cara.
Tiene algo de Fauno o de Silvano, por la ligereza con que corre, o de
las personificaciones de los vientos portadores de divinos mensajes, y
se llamaban Cecias, Bóreas, Euronoto y que sé yo qué. Pues verás: otra
relación de _Churi_ con la _idolopeya_ es que cuando puso su mano en
la mía con ademán cariñoso, sentí un frío glacial que me corrió por
todo el espinazo. No quiero entrar en explicaciones de este mi sordo
_ex machina_, y voy a la sustancia del coloquio de hoy. En Valmaseda me
había contado su fuga de la casa paterna sin explicarme las razones de
ella, añadiendo que no volvería más a Bilbao. Hoy me ha dicho que por
servirme y ayudarme al castigo de los traidores irá nuevamente al seno
de su familia. Mi primera impresión ha sido de repugnancia y miedo;
luego me he dejado tentar de aquel diablete o correveidile fabuloso,
y nos hemos metido en un coloquio de extremada dificultad, pues su
sordera es desesperante, y tienes que valerte de signos y modulaciones
labiales muy acentuadas para hacerte comprender. Se expresa en un
lenguaje híbrido, rudo, atropellando los términos castellanos con los
vascuences. Al decirme «no te mates», su fisonomía, su mirada, su boca,
eran las mismas de Larra al pronunciar en correcto castellano la misma
frase. Poco a poco fueron interesándome sus revelaciones. Lo culminante
de ellas es que mi traidora no lo fue realmente por dictado de su
libre voluntad, sino por el maleficio con que la trastornó ese pillo de
Zoilo, bigardón dotado de una formidable terquedad vizcaína, y con esa
fuerza de terquedad, que es como el poder que gozan los magnetizadores
y taumaturgos, reduce a esclavitud a cuantas personas caen bajo su
dominio. Añadió que si yo quiero, puedo fácilmente romper ese poder de
encantamento con que el primo tiene aprisionada en sus redes maléficas
la voluntad de Aura, y volverla a su ser propio. No pude sustraerme
al efecto que hicieron en mi espíritu las ideas con rudeza y profunda
convicción expresadas por el maldito sordo, y como yo, mostrándome
conforme y dispuesto a todo, preguntara qué medios emplear debíamos
para quebrantar el encanto, díjome que empezáramos escribiendo yo a
la Negretti una carta, que él se encargaría de poner en sus manos
sin que Zoilo ni la tía Prudencia se enteraran de ello. ¡Tentación
irresistible! Díjele que lo pensaría, y que volviese. No te pido tu
parecer, porque desde luego lo tengo por contrario a la reincidencia
que me propone este endiablado sátiro, que tal me parece, o geniecillo
maléfico de los bosques. Déjame a mí que lo resuelva. Estoy loco. Las
brasas que quedaban entre las cenizas se han avivado, y ya son llamas
otra vez. Quiero apagar y no puedo...
_Martes._ — He dicho a _Churi_ que no vuelva. Es posible que no quiera
obedecerme...
Apenas me puse a escribir esta, sentí gran ruido y movimiento en toda
la casa, voces de alegría. «Fernando, Fernando —gritaba Valvanera—,
hijo mío, ven, ven...». ¿Qué había de ser, mi querido Hillo, sino la
estupenda, felicísima nueva de que don Beltrán de Urdaneta, el gran
aragonés, ha resucitado? Falsa era la noticia de su muerte, llorada
por toda esta familia; inútiles los funerales y misas que se aplicaron
por su alma. Ya lo decía yo. ¡Si a ese no le parte un rayo! ¡Si es
el siglo, si es la época, si es un periodo histórico que no puede
terminar hasta que la propia ley histórica lo dé por fenecido! Figúrate
el júbilo de estos señores, y el mío también, pues a ese buen viejo
le quiero, como le querrías tú si le trataras. ¡Con cuánto gusto
iría yo a su encuentro si, como dicen, viene hacia acá triunfante y
vendiendo vidas! Pero estoy preso y no puedo salir de mi dulce cárcel;
en cuanto se lo indiqué a Valvanera, arrugó el divino entrecejo, al
de Juno semejante, y me notificó que no piense en obtener la libertad
mientras ella, mi tirana por delegación, no rompa los hierros que me
oprimen. Su grave sonrisa, su maternal dulzura, convierten en rosas los
eslabones de mi cadena. No me muevo por no ajarlas. Mi carcelera varía
de conversación con gracia, incitándome a continuar las interrumpidas
obras del teatro; aplauden las niñas; corro en busca de mis papeles del
_El sí_; quiero atender a todo: al ensayo de obra y a la preparación
de los trebejos teatrales. Paso toda la tarde ocupadísimo. _Churi_ no
parece, y como el tal es entrometido y pegajoso, y se cuela burlando la
vigilancia de la servidumbre, doy órdenes terminantes para que no le
dejen llegarse a mí.
Se me ocurre cambiar de obra, sustituyendo la magistral comedia de
Moratín por _Bertrand et Raton_, que aquí llamamos _Arte de conspirar_.
Tradujo esta obra el pobre Larra, y es de vivísimo interés. Recuerdo
bien a Luna en el papel de Rantzau, y me parece que yo le imitaría muy
bien. Pero no, no quiero lucirme: que se luzcan ellas, las simpáticas
y enfermizas niñas de esta casa. También he pensado en _Marcela_,
que desecho porque solo hay en ella un papel importante de mujer...
Nada, nada: a Moratín me atengo y a mi don Diego... Perdóname; viene
el pintor a enseñarme un boceto de telón de boca, el cual se compone
de un pórtico griego albergando la estatua de la Libertad en paños
menores; un pavo real con la cola abierta se posa en el frontón, y
en el pico sostiene un letrero que dice: _Coliseo doméstico de los
excelentísimos señores de Maltrana_. Enmiendo el pórtico, cuyos pilares
me sabían a gótico; convierto el pavo en águila; borro el letrero,
sustituyéndolo por el _castigat ridendo mores_; le quito al cielo unas
nubes que parecían morcillas; indico una bandada de pajarillos que van
volando para romper la monotonía del azul sin nubes; propongo algunas
modificaciones en la estatua para que se parezca más a la Comedia
que a la Libertad, la proveo de ropa, le quito las Tablas de la Ley
que lleva en la mano izquierda, poniéndole un libro que diga _Plauto,
Calderón, Moratín_..., y doy instrucciones para la decoración de posada
que necesitamos. Con tantos quehaceres, no serán largas las epístolas
que ahora te mande. Dícenme que ni hoy ni mañana sale correo por causa
del temporal de agua. Detengo esta, y si mi esclavitud me ofrece
alguna peripecia, lo que no es creíble, tendrás el honor de que te la
comunique tu príncipe y señor. — _Fernando._
_Jueves._ — Estoy contento; reboso de satisfacción y orgullo; me
siento Mecenas; quiero proteger a todo el mundo. Como el primero
de los humildes que miro debajo de mí, y el más atrasadito en su
carrera eres tú, por ti empiezo el derroche de mercedes con que quiero
manifestar mi alegría. No me satisfago con hacerte canónigo. Hágote
cardenal, que eso y mucho más te mereces tú. Eres desde hoy príncipe
de la Iglesia romana, y te firmarás _Pedro, cardenal de Hillo_. Te
vestirás como los cangrejos, de colorado. Allá te mandaré la birreta
con el ordinario, y la estrenas en la primera corrida de toros a que
asistas. Ahora proponme las demás mercedes que repartir quiero entre
mis fieles súbditos. A propósito: ¿anda por ahí el bonísimo don José
del Milagro? Me le figuro pereciendo de necesidad, en los horrores de
su cesantía famélica, y recurriendo al caso extremo de comerse a sus
hijos, como Ugolino. Lo sentiré por toda la familia, y mayormente por
la niña mayor, o la segunda, no recuerdo bien, que tocaba el arpa con
tanta maestría y gusto. Pues le dirás, no a la niña, sino al infeliz
padre, que de golpe y porrazo le nombro ministro de Hacienda, previa
decapitación del señor don Pío Pita Pizarro, que por la cacofonía de
su nombre, amén de otros delitos, merece la última pena. A Nicomedes
Iglesias, si le ves, puedes anunciarle que se le expedirá dentro de
pocos días su nombramiento de Comisario General de Cruzada, para que se
redondee y no conspire más...
Bromas aparte, te diré que la causa de mi contento es para mí
desconocida. Heme levantado con el propósito de reintegrarme en la
dignidad de mi persona, para lo cual es indispensable que no queden
impunes los que me han burlado inicuamente. Pensando esto, se apodera
de mí la convicción de que debo escribir la carta propuesta por
_Churi_, trámite inicial de esta obra de justicia... Entro, pues, en
lo que los retóricos llamáis _catástasis_, la complicación del asunto,
precursora de la _catástrofe_, que es a mi espíritu necesaria, pues
no me conformo, no, no, con el desabrido desenlace que conoces, el
cual cada día pesa más sobre mi alma y la enturbia y ennegrece. Yo
era un hombre honrado y bueno; dejaré de serlo si no consigo dar un
fin decoroso a mi sin igual aventura. Tú, clérigo, ¿qué entiendes por
amor propio, dignidad social? La resignación que me recomiendas no
es virtud caballeresca. Suprime la ley de honor en estas sociedades
complejas, ¿y qué queda? Nada... Te digo que no puede ser. Hace poco
creía yo que estaba de más en el mundo. Hoy pienso que el que está de
más es otro. Si uno de los dos sobra, urge que se vaya, que despeje.
Próximo está el abismo, y uno de los dos forzosamente caerá en él.
¡Ay, mi querido Hillo, no estoy contento! Interpreta al revés todo
lo que te digo, y lee: «Estoy rabiando, estoy dado a los demonios».
Quiero engañarme con las bromas o con las pedanterías que escribo.
Pero mi risa, volviéndose uñas, se clava en lo más sensible de mi
alma... En verdad, de ayer a hoy soy digno de compasión. Tal es el
estado nervioso en que me encuentro, que vivo en perpetuo sobresalto,
presagiando mayores desdichas, recelando de todo el mundo, temiendo las
horas que vienen tanto como abomino de las que han pasado. Esta mañana
me entregaron una carta que ha traído el correo para mí, y aún no he
querido abrirla: veo, presiento en ella una nueva desdicha. Por más que
examino la letra del sobrescrito, no puedo adivinar a quien pertenece.
No es la primera vez que veo esa escritura; pero todas mis cavilaciones
no bastan a descifrar la enigmática persona que se esconde detrás de
aquellos rasgos. Y que se esconde, divirtiéndose con mi curiosidad y
mi turbación, no tiene duda. Es un espíritu burlón, que traza sus
pensamientos con letra firme y correctísima. Pero adivíname quién es...
Ya te veo reír, diciéndome que fácilmente saldré de esta horrible duda
abriendo la carta. Te contesto: «Gran señor, no quiero».
Entran iracundos y dando voces doña Irene y Calamocha... Hace media
hora que les tengo a todos de plantón aguardándome para el ensayo. La
verdad, no me acordaba. Tiene la culpa este maldito clérigo, que me
entretiene preguntándome cosas. ¡Allá voy!... Ya ves, me riñen por
causa tuya... Algo me queda por decir... Aquí, en la negra cavidad del
tintero, lo dejo bien guardadito para otro día. Duerme, come y vive
mejor que tu amicísimo — _Fernando._