VII

Del mismo al mismo.

_Marzo._

Desocupado sacerdote: Sabrás que anoche se me apareció Larra, quiero

decir que soñé con él o que se me apareció en sueños, que es lo mismo.

Era el Larra que conocí y traté hace año y medio, antes de su viaje a

París. Vino a mí en un bosquecito próximo a esta casa, en el cual suelo

pasar algunos ratos divagando, y se mantuvo a distancia de cuatro o

cinco pasos, mirándome con la fijeza que a sus amargas bromas precedía

comúnmente. No le veía yo más que medio cuerpo, de la cintura para

arriba; en su cara no había más alteración que el crecimiento de la

barba. Ignoro si al morir era más barbudo que cuando le conocí. Su boca

entreabierta dejaba ver los dientes ennegrecidos, y lo blanco de sus

ojos amarilleaba más de lo habitual; tenía los lagrimales muy rojos,

con irritación que le hacía pestañear de continuo. Aunque nunca nos

habíamos tuteado, yo le dije: «Hola, Mariano, dichosos los ojos que

te ven». Y él a mí: «Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin

oír hablar mal de mí... Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala,

porque me he quedado enteramente sordo. Háblame por señas. Y tú, ¿por

qué lloras? ¿Por mí acaso?». Respondile que yo no lloraba por él ni

por nadie, y la visión entonces, dando un gran suspiro, me dijo que

había yo hecho mal en matarme tan joven. «Paréceme —le contesté— que

aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives; vienes a

desmentir la noticia de tu suicidio...». Pasó un rato, en que tanto

él como yo nos desvanecimos, nos apagamos, y luego volvimos a vernos

en el comedor de la casa, junto a la chimenea, más cerca uno de otro;

pero ni él ni yo teníamos piernas, por lo que no puedo asegurar si

estábamos en pie o sentados. «Debemos matarlas a ellas —díjome Larra

con triste sonrisa—, y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de

sus traiciones?... No pensemos en eso, que aquí no hemos venido más

que a leer nuestras obras. Lo que a mí me trastorna es que se me han

olvidado casi todas las mías, harto famosas, y solo recuerdo _El día de

difuntos_ y _Nadie pase sin hablar al portero_. Por más esfuerzos que

hace mi memoria, no consigo apoderarme de los otros títulos. ¿Verdad

que era yo un gran escritor?». «Has sido único, Mariano —le dije—.

¿Y no te acuerdas del _Castellano viejo_, ni de la _Junta de Castello

Branco_? ¿Has olvidado las críticas de _Antony_, del _Trovador_, de

_Catalina Howard_...?». «Sí, sí: tienes razón; todo eso fue mío...

Pero si los títulos van viniendo a mi memoria, no recuerdo nada de lo

que escribí debajo de ellos. La pólvora mata la memoria... ¿no crees

tú? ¿Qué medicina hay para esto?». Al decirlo tocó mi mano, y el frío

intensísimo de la suya, que más que mano de hombre era un témpano de

hielo, me comunicó un temblor convulsivo, agónico.

Ya puedes comprender que desperté con aquel frío glacial. Así terminó

la _idolopeya_, que fue seguida de un desvelo enojoso, porque

habiéndoseme caído, con las vueltas que di, la colcha que me abrigaba,

tuve que salir del lecho para buscarla a tientas y ponerla en su sitio,

y creyéndome, aun despierto, en presencia del tan infeliz como glorioso

escritor, continué angustiado, febril y tembloroso toda la noche... A

cada instante temía ser sorprendido por la _idolopeya_ de mi de grande

y simpático amigo don Beltrán; pero no vino el buen señor, a quien sin

duda ha dado Dios por premio de su trabajosa vida un hondo, inalterable

descanso.

_Lunes._ — Hice propósito esta mañana de romper lo que ayer te escribí

de mis sabrosas pláticas nocturnas con las ánimas del purgatorio;

mas luego he pensado que no merecen estas aberraciones de nuestra

mente, mientras dormimos, absoluto menosprecio, por disparatadas

o ridículas que al despertar nos parezcan. Ejemplos mil hallaremos

del misterioso sentido con que suelen estos delirios anunciarnos

sucesos felices o desgraciados de la vida real, y vas a verlo, mi buen

Mentor, en lo que hoy te escribo. Pon mucha atención en esto, y no te

rías. La _idolopeya_ del satírico sin ventura fue como un vaticinio

simbólico de otra visita que hoy tuve, no de fingida, sino de real

persona; no de espectro hablador, sino de individuo callado. En el

mismo bosquete donde me paseo meditabundo, se me apareció, serían las

tres de la tarde, un personaje llamado _Churi_, a quien no vacilo en

colocar entre las figuras poemáticas de segundo orden, comúnmente

enviadas por las deidades que rigen los destinos de los héroes para

comunicarles revelaciones o mensajes. Veo tu asombro, motivado por el

desconocimiento de tal figura, y satisfago tu curiosidad diciéndote

que _Churi_ es un sordo que habla. Aquí tienes la primera relación

entre el sueño y la realidad, pues recordarás que Larra me dijo: «heme

quedado enteramente sordo». _Churi_, primo carnal del ladrón de mi

ventura, fue quien me anunció, camino de Bilbao, con signos expresivos

y enigmáticas escrituras, la traición que se me preparaba. En aquellos

días, y no hace mucho, cuando se me apareció en Valmaseda saliendo de

entre las matas de un monte, cuyo pie baña el poético Cadagua, vi en

él una figura mitológica, de las que llamáis _ex machina_, emisarios

del enojo o de la protección de algún dios que no quiere dar la cara.

Tiene algo de Fauno o de Silvano, por la ligereza con que corre, o de

las personificaciones de los vientos portadores de divinos mensajes, y

se llamaban Cecias, Bóreas, Euronoto y que sé yo qué. Pues verás: otra

relación de _Churi_ con la _idolopeya_ es que cuando puso su mano en

la mía con ademán cariñoso, sentí un frío glacial que me corrió por

todo el espinazo. No quiero entrar en explicaciones de este mi sordo

_ex machina_, y voy a la sustancia del coloquio de hoy. En Valmaseda me

había contado su fuga de la casa paterna sin explicarme las razones de

ella, añadiendo que no volvería más a Bilbao. Hoy me ha dicho que por

servirme y ayudarme al castigo de los traidores irá nuevamente al seno

de su familia. Mi primera impresión ha sido de repugnancia y miedo;

luego me he dejado tentar de aquel diablete o correveidile fabuloso,

y nos hemos metido en un coloquio de extremada dificultad, pues su

sordera es desesperante, y tienes que valerte de signos y modulaciones

labiales muy acentuadas para hacerte comprender. Se expresa en un

lenguaje híbrido, rudo, atropellando los términos castellanos con los

vascuences. Al decirme «no te mates», su fisonomía, su mirada, su boca,

eran las mismas de Larra al pronunciar en correcto castellano la misma

frase. Poco a poco fueron interesándome sus revelaciones. Lo culminante

de ellas es que mi traidora no lo fue realmente por dictado de su

libre voluntad, sino por el maleficio con que la trastornó ese pillo de

Zoilo, bigardón dotado de una formidable terquedad vizcaína, y con esa

fuerza de terquedad, que es como el poder que gozan los magnetizadores

y taumaturgos, reduce a esclavitud a cuantas personas caen bajo su

dominio. Añadió que si yo quiero, puedo fácilmente romper ese poder de

encantamento con que el primo tiene aprisionada en sus redes maléficas

la voluntad de Aura, y volverla a su ser propio. No pude sustraerme

al efecto que hicieron en mi espíritu las ideas con rudeza y profunda

convicción expresadas por el maldito sordo, y como yo, mostrándome

conforme y dispuesto a todo, preguntara qué medios emplear debíamos

para quebrantar el encanto, díjome que empezáramos escribiendo yo a

la Negretti una carta, que él se encargaría de poner en sus manos

sin que Zoilo ni la tía Prudencia se enteraran de ello. ¡Tentación

irresistible! Díjele que lo pensaría, y que volviese. No te pido tu

parecer, porque desde luego lo tengo por contrario a la reincidencia

que me propone este endiablado sátiro, que tal me parece, o geniecillo

maléfico de los bosques. Déjame a mí que lo resuelva. Estoy loco. Las

brasas que quedaban entre las cenizas se han avivado, y ya son llamas

otra vez. Quiero apagar y no puedo...

_Martes._ — He dicho a _Churi_ que no vuelva. Es posible que no quiera

obedecerme...

Apenas me puse a escribir esta, sentí gran ruido y movimiento en toda

la casa, voces de alegría. «Fernando, Fernando —gritaba Valvanera—,

hijo mío, ven, ven...». ¿Qué había de ser, mi querido Hillo, sino la

estupenda, felicísima nueva de que don Beltrán de Urdaneta, el gran

aragonés, ha resucitado? Falsa era la noticia de su muerte, llorada

por toda esta familia; inútiles los funerales y misas que se aplicaron

por su alma. Ya lo decía yo. ¡Si a ese no le parte un rayo! ¡Si es

el siglo, si es la época, si es un periodo histórico que no puede

terminar hasta que la propia ley histórica lo dé por fenecido! Figúrate

el júbilo de estos señores, y el mío también, pues a ese buen viejo

le quiero, como le querrías tú si le trataras. ¡Con cuánto gusto

iría yo a su encuentro si, como dicen, viene hacia acá triunfante y

vendiendo vidas! Pero estoy preso y no puedo salir de mi dulce cárcel;

en cuanto se lo indiqué a Valvanera, arrugó el divino entrecejo, al

de Juno semejante, y me notificó que no piense en obtener la libertad

mientras ella, mi tirana por delegación, no rompa los hierros que me

oprimen. Su grave sonrisa, su maternal dulzura, convierten en rosas los

eslabones de mi cadena. No me muevo por no ajarlas. Mi carcelera varía

de conversación con gracia, incitándome a continuar las interrumpidas

obras del teatro; aplauden las niñas; corro en busca de mis papeles del

_El sí_; quiero atender a todo: al ensayo de obra y a la preparación

de los trebejos teatrales. Paso toda la tarde ocupadísimo. _Churi_ no

parece, y como el tal es entrometido y pegajoso, y se cuela burlando la

vigilancia de la servidumbre, doy órdenes terminantes para que no le

dejen llegarse a mí.

Se me ocurre cambiar de obra, sustituyendo la magistral comedia de

Moratín por _Bertrand et Raton_, que aquí llamamos _Arte de conspirar_.

Tradujo esta obra el pobre Larra, y es de vivísimo interés. Recuerdo

bien a Luna en el papel de Rantzau, y me parece que yo le imitaría muy

bien. Pero no, no quiero lucirme: que se luzcan ellas, las simpáticas

y enfermizas niñas de esta casa. También he pensado en _Marcela_,

que desecho porque solo hay en ella un papel importante de mujer...

Nada, nada: a Moratín me atengo y a mi don Diego... Perdóname; viene

el pintor a enseñarme un boceto de telón de boca, el cual se compone

de un pórtico griego albergando la estatua de la Libertad en paños

menores; un pavo real con la cola abierta se posa en el frontón, y

en el pico sostiene un letrero que dice: _Coliseo doméstico de los

excelentísimos señores de Maltrana_. Enmiendo el pórtico, cuyos pilares

me sabían a gótico; convierto el pavo en águila; borro el letrero,

sustituyéndolo por el _castigat ridendo mores_; le quito al cielo unas

nubes que parecían morcillas; indico una bandada de pajarillos que van

volando para romper la monotonía del azul sin nubes; propongo algunas

modificaciones en la estatua para que se parezca más a la Comedia

que a la Libertad, la proveo de ropa, le quito las Tablas de la Ley

que lleva en la mano izquierda, poniéndole un libro que diga _Plauto,

Calderón, Moratín_..., y doy instrucciones para la decoración de posada

que necesitamos. Con tantos quehaceres, no serán largas las epístolas

que ahora te mande. Dícenme que ni hoy ni mañana sale correo por causa

del temporal de agua. Detengo esta, y si mi esclavitud me ofrece

alguna peripecia, lo que no es creíble, tendrás el honor de que te la

comunique tu príncipe y señor. — _Fernando._

_Jueves._ — Estoy contento; reboso de satisfacción y orgullo; me

siento Mecenas; quiero proteger a todo el mundo. Como el primero

de los humildes que miro debajo de mí, y el más atrasadito en su

carrera eres tú, por ti empiezo el derroche de mercedes con que quiero

manifestar mi alegría. No me satisfago con hacerte canónigo. Hágote

cardenal, que eso y mucho más te mereces tú. Eres desde hoy príncipe

de la Iglesia romana, y te firmarás _Pedro, cardenal de Hillo_. Te

vestirás como los cangrejos, de colorado. Allá te mandaré la birreta

con el ordinario, y la estrenas en la primera corrida de toros a que

asistas. Ahora proponme las demás mercedes que repartir quiero entre

mis fieles súbditos. A propósito: ¿anda por ahí el bonísimo don José

del Milagro? Me le figuro pereciendo de necesidad, en los horrores de

su cesantía famélica, y recurriendo al caso extremo de comerse a sus

hijos, como Ugolino. Lo sentiré por toda la familia, y mayormente por

la niña mayor, o la segunda, no recuerdo bien, que tocaba el arpa con

tanta maestría y gusto. Pues le dirás, no a la niña, sino al infeliz

padre, que de golpe y porrazo le nombro ministro de Hacienda, previa

decapitación del señor don Pío Pita Pizarro, que por la cacofonía de

su nombre, amén de otros delitos, merece la última pena. A Nicomedes

Iglesias, si le ves, puedes anunciarle que se le expedirá dentro de

pocos días su nombramiento de Comisario General de Cruzada, para que se

redondee y no conspire más...

Bromas aparte, te diré que la causa de mi contento es para mí

desconocida. Heme levantado con el propósito de reintegrarme en la

dignidad de mi persona, para lo cual es indispensable que no queden

impunes los que me han burlado inicuamente. Pensando esto, se apodera

de mí la convicción de que debo escribir la carta propuesta por

_Churi_, trámite inicial de esta obra de justicia... Entro, pues, en

lo que los retóricos llamáis _catástasis_, la complicación del asunto,

precursora de la _catástrofe_, que es a mi espíritu necesaria, pues

no me conformo, no, no, con el desabrido desenlace que conoces, el

cual cada día pesa más sobre mi alma y la enturbia y ennegrece. Yo

era un hombre honrado y bueno; dejaré de serlo si no consigo dar un

fin decoroso a mi sin igual aventura. Tú, clérigo, ¿qué entiendes por

amor propio, dignidad social? La resignación que me recomiendas no

es virtud caballeresca. Suprime la ley de honor en estas sociedades

complejas, ¿y qué queda? Nada... Te digo que no puede ser. Hace poco

creía yo que estaba de más en el mundo. Hoy pienso que el que está de

más es otro. Si uno de los dos sobra, urge que se vaya, que despeje.

Próximo está el abismo, y uno de los dos forzosamente caerá en él.

¡Ay, mi querido Hillo, no estoy contento! Interpreta al revés todo

lo que te digo, y lee: «Estoy rabiando, estoy dado a los demonios».

Quiero engañarme con las bromas o con las pedanterías que escribo.

Pero mi risa, volviéndose uñas, se clava en lo más sensible de mi

alma... En verdad, de ayer a hoy soy digno de compasión. Tal es el

estado nervioso en que me encuentro, que vivo en perpetuo sobresalto,

presagiando mayores desdichas, recelando de todo el mundo, temiendo las

horas que vienen tanto como abomino de las que han pasado. Esta mañana

me entregaron una carta que ha traído el correo para mí, y aún no he

querido abrirla: veo, presiento en ella una nueva desdicha. Por más que

examino la letra del sobrescrito, no puedo adivinar a quien pertenece.

No es la primera vez que veo esa escritura; pero todas mis cavilaciones

no bastan a descifrar la enigmática persona que se esconde detrás de

aquellos rasgos. Y que se esconde, divirtiéndose con mi curiosidad y

mi turbación, no tiene duda. Es un espíritu burlón, que traza sus

pensamientos con letra firme y correctísima. Pero adivíname quién es...

Ya te veo reír, diciéndome que fácilmente saldré de esta horrible duda

abriendo la carta. Te contesto: «Gran señor, no quiero».

Entran iracundos y dando voces doña Irene y Calamocha... Hace media

hora que les tengo a todos de plantón aguardándome para el ensayo. La

verdad, no me acordaba. Tiene la culpa este maldito clérigo, que me

entretiene preguntándome cosas. ¡Allá voy!... Ya ves, me riñen por

causa tuya... Algo me queda por decir... Aquí, en la negra cavidad del

tintero, lo dejo bien guardadito para otro día. Duerme, come y vive

mejor que tu amicísimo — _Fernando._

La estafeta romántica · 第 11 / 68 题