De Valvanera a su fraternal amiga Pilar.
_Villarcayo, marzo._
Amiga del alma: La carta de Juan Antonio a Felipe te habrá informado
de la horrible desazón que por acá hemos tenido con la falsa noticia
de la muerte de papá. El contento de verla desmentida no ha borrado
los efectos de la consternación y amargura de aquel trance, y aquí
me tienes sin levantar cabeza desde que nos fue comunicada la falsa
tragedia. Espero que disculpes, por este motivo, mi tardanza en
contestarte, y confío en que ahora y siempre la falta de carta mía no
te inducirá a creer que descuido tus encargos, ni que dejo de cumplir
la santa misión que en mis manos has puesto. Practico al pie de la
letra tus teorías acerca de la sustitución del cariño legítimo por el
prestado. ¿No puedes manifestarle tu amor públicamente? Pues yo le
quiero como a mis hijos y se lo manifiesto a todas horas del día. ¿No
puedes verle? Pues yo hago por traer a mis ojos los tuyos, a fin de que
con los míos le veas. Si esto en la realidad no pasa de un vano deseo,
entiende, amiga querida, que te sustituyo en la vigilancia amorosa, y
que no haría más por Fernando si fuese su madre.
No creas: algún trabajillo me ha costado convencer a Juan Antonio de
que ningún daño puede ocasionarnos esta buena obra, y sí el beneficio
de salvar una vida preciosa. He logrado catequizar a mi marido, y ya
conviene conmigo en que Fernando se lo merece todo. ¡Excelente corazón
el de este chico, y qué hermosura de inteligencia! Se resiente de
haberse criado solo, consumiendo su propia sustancia, sin un cariño
verdaderamente tutelar que le dirija. El brutal desengaño que acaba
de sufrir le ha herido en la cabeza y en el corazón. No creas que las
huellas de tal golpe se borrarán pronto. Tú cuentas poco con el tiempo,
querida Pilar; es tu flaco. En el colegio eras lo mismo: te ponías
furiosa, te golpeabas la cabeza cuando no dominabas en un día lecciones
en que las demás empleábamos semanas enteras; entre el pensamiento y
su realización pones siempre menos espacio del que pide la realidad.
Tu inquietud loca es espuela de tu existencia, haciéndote vivir con
demasiada prisa, ávida del mañana. Yo te llevo dos años, y según me ha
dicho Carlota Cisneros, representas diez más que yo.
Pues sí: no esperes que a Fernando se le pase pronto el malestar
causado por la conmoción reciente. A cualquiera le doy yo un trance
de esta naturaleza. El pobrecito ha soportado su desairada situación
con verdadero heroísmo; pero aún no le tenemos en los días de
convalecencia, como tú crees..., ¡tú siempre viviendo y sintiendo a
escape!... Aún se ve atormentado por renovaciones de la ira, de la
amargura y despecho que esas caídas suelen producir. Pero no temas
nada; yo velo, yo no me descuido un instante; soy como el médico que
consagra toda su ciencia a un solo enfermo y no le quita los ojos de
encima a ninguna hora. Tu temor de que la desesperación le venza, de
que imite al joven Werther en la manera de dar solución a sus penas, no
tiene fundamento. Desecha esa idea; duerme tranquila. Él mismo me ha
dicho que jamás atentará contra su vida, que ama su sufrimiento y no
quiere desprenderse de él..., ya ves... Por las noches, después que las
niñas y los pequeños se acuestan, se queda un ratito con nosotros en
el comedor: nos acompañan dos venerables amigos del pueblo, furibundos
tresillistas y lectores de papeles públicos. A ratos se aparta Fernando
conmigo y me cuenta su triste historia: el conocimiento de esa buena
pieza en la casa de una diamantista; Los amores, como incendio
repentino o estallido de un volcán; las mil peripecias y contrariedades
que sobrevinieron; sus estudios de raptos y lances amatorios, que no
sirvieron para nada; la poesía de sus entrevistas secretas con la niña,
y la prosa de su encierro en la cárcel por intriga tuya. En todo lo que
me refiere se revela el mal gravísimo que tiempo ha viene padeciendo, y
no es otro que la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente
o sueña, y lo que le sucede. ¡Tanta poesía en su espíritu, y prosa tan
baja en la realidad! La última expresión de este desequilibrio ha sido
la catástrofe de Bilbao; ya puedes figurarte: caer desde la poesía
más alta a una prosa rastrera y tristísima. Tienes razón, hay que
equilibrarle, querida Pilar; pero persuádete de que esto no se consigue
en dos días ni en cuatro. Déjanos a mí y al tiempo. No te metas a
empujar y a dar prisa. Tus arranques comprometen el éxito de tus ideas,
las cuales son siempre más felices que oportunas tus acciones. ¿Me
explico?
Convencida de que al anhelado equilibrio no podemos llegar sino pasito
a paso, te digo formalmente que me parece un desatino abordar tan
pronto el asunto de Laguardia. Créelo: no está el horno todavía para
esos pasteles. Mis informes acerca de las niñas de Castro concuerdan
con los tuyos: papá, la última vez que estuvo aquí, se hacía lenguas de
la mayor de ellas y hablaba con donaire de la adoración y entusiasmo
que ambas sienten por nuestro enfermito. Pero no nos precipitemos,
amiga de mi alma; la idea es admirable, como tuya; déjame a mí la
ejecución lenta, gradual, que no es la cosa tan fácil como tu viva
imaginación te la representa, pues las pretensiones de mi sobrino
complican terriblemente el asunto. ¡Buena se va a poner tu hermana
si descubre que ando yo en estos tratos! Y no quiero, no, no quiero
cuestiones con Juana Teresa; ya sabes quién es y el genio que gasta.
Lastimado su amor propio por la esquivez de la niña de Castro, que no
quiso ver en Rodriguito el mejor de los esposos, no ha renunciado a
convencer a la que tuvo por la mejor de las nueras. Me consta que tanto
ella como los Navarridas trabajan a la desesperada por enderezar este
negocio, llevándolo a la solución que desean. Si de acá echamos nuestro
memorial y ellos fracasan nuevamente, verán en nosotros la causa del
desastre, y no quiero decirte los disgustos que a Juan Antonio y a
mí nos traerían las iras de Juana Teresa. ¡Pues si ellos ganan la
partida y nosotros nos llevamos el sofión, figúrate...! Un segundo
desengaño de esta naturaleza, tan reciente y doloroso aún el primero,
no lo soportaría tu Fernando. Además, la situación moral en que ahora
se halla no es la más propia, no, para a improvisar matrimonios, ni
siquiera noviazgos formales. Pues qué, ¿tienes a Fernando por un
cazador de dotes? ¿Es airoso para tal caballero el quitar tan pronto la
mancha de la mora madura con la verde? Ni él está en tal disposición,
ni yo, que tanto le quiero, le aconsejaré nunca esas prisas para mudar
de amor como se cambia de ropa. Calma, y que los sucesos lleven su
marcha natural y lógica. Déjalo de mi cuenta, que estoy con un ojo en
Cintruénigo y otro en Laguardia.
Ya que tanto interés manifiestas en este asunto, infórmame lo más
pronto que puedas del estado presente de tus relaciones con Juana
Teresa. ¿Son estas cordiales; son frías y de pura etiqueta como las
mías? No desconocerás la importancia de esto, Pilar de mi corazón. Sé
que después de algunos años de completo desvío y quejas por una parte
y otra, os reconciliasteis, cruzando correspondencia fraternal, en
la que hacíais gala una y otra de haber arrojado al viento antiguas
querellas, y concertadas las paces prometíais amaros, como hijas que
sois de un mismo padre. Pero me ha dicho Carlota Cisneros que hará dos
años volvisteis a torceros por no sé qué groserías de Juana Teresa, y
lo creí, porque esta no puede desmentir la sangre de los Almontes de
Tarazona. Es envidiosa, egoísta, y cuando le tocan a su amor propio o a
sus intereses, salta la fierecilla, y no hay medio de que con ella nos
entendamos. No me maravillará saber que habéis vuelto a los antiguos
antagonismos. De vuestro común padre tenéis poco; cada cual es trasunto
de su madre; la tuya, mi benditísima madrina, la mayorazga de Loaysa,
era una gran señora, mientras que la de Juana Teresa... En fin, no
sigo. Sois el día y la noche. Esto lo repite Carlota Cisneros siempre
que habla de vosotras, y la última vez que hizo mención de tu media
hermana la calificó de _noche de truenos_, según está de atrabiliaria,
mandona y desapacible. ¡Ay!, si oyeses a papá referir dichos y hechos
de su nuera, te morirías de risa.
Bueno, querida mía: quedamos en que yo estoy a la mira de lo de
Laguardia, y por ahora no hace falta más. Tu confianza en mí es
absoluta, ¿verdad? En nuestra infancia, en los primeros años de nuestra
juventud, éramos como dos cuerpos con una sola alma. Pues ahora
también. Te sustituyo en el cuidado de esta querida criatura, soy
tú misma. Convengamos, Pilarica de mi corazón, en que tú discurres,
pero no ejecutas; juntémonos para ser la idea y la acción combinadas.
Prométeme decirme todo lo que pienses y hacer todo lo que yo te mande.
Lo primero, que no te olvides del estado de tus relaciones con Juana
Teresa: si hay discordia y mutuo desvío, quiero saber las causas. Lo
segundo, que utilices tus conocimientos para lograr que los amigos
que tiene Fernando en Madrid le escriban de cosas literarias, y que
le manden versos, o prosas el que las haga, y libros, y referencia
de teatros o de autores noveles. Me hacen suma falta elementos de
distracción, recreos del espíritu, que son gran medicina, por desgracia
escasísima en las farmacias de acá. No sabiendo qué inventar para
distraerle, pues las cacerías le aburren y los paseos por el campo y el
monte le entristecen más, hemos consentido que las niñas organicen una
representación dramática, con otras señoritas y muchachos del pueblo.
La obra elegida es _El sí de las niñas_. ¿Te acuerdas de cuando la
vimos juntas en Zaragoza veinte años ha? ¡Tristes memorias! Aquella
noche, de vuelta del teatro, encerraditas las dos en el gabinete de
las estampas y cornucopias, en casa tu tía Leonor, me confiaste tu
secreto...
Pues se me olvidaba lo principal: al decirme cómo estás de relaciones
con Juana Teresa, añadirás si sabe lo que yo sé. ¡Pues apenas tiene
importancia!... No más por hoy. Juan Antonio te besa las manos;
Fernando y mis hijos el rostro, y te lo llenan de babas. No te olvida
tu amante amiga, — _Valvanera._
X
De don Fernando a doña Aura.
Ni sé dónde estás, ni si conservas memoria de mí. Avivando tus
recuerdos; volviendo con insistencia y fe tus miradas a lo pasado,
quizás logres, hermosa Aura, reconocer al que esta te escribe. No te
asustes creyendo que recibes carta de un muerto. Vivo estoy, aunque
no tanto como parece. Vivo estaba cuando llegué a Bilbao y llamé a la
puerta de tu casa, y una mujer de aspecto desapacible me dijo que tú no
vivías ya para mí.
Menos tiempo del que suele durar la memoria de un muerto, duró en ti la
memoria de un vivo que te amaba, y a quien juraste fidelidad eterna,
entendiendo por eternidad el espacio de un sueño, o la duración de
nuestras alegrías más fugaces.
Dime que estamos soñando, que dormimos lejos el uno del otro, y ello
me parecerá menos increíble que la noticia de tu casamiento: ¿Tan
persuadida estabas de mi muerte que ni siquiera la pusiste en duda,
esperando la certificación y seguridades de que yo no existía? Las
personas que verdaderamente aman, suelen resistirse a creer que han
perdido su bien. Aun ante la evidencia dudan. Fáciles en dar crédito
a los anuncios de muerte son los que la desean o no la temen. Y si
engañada la creíste, ¿no merecía yo que pusieses entre el muerto
y el vivo mayor espacio, para que uno y otro no se junten en tus
sentimientos? No es bien que anden mezclados en tu corazón la lástima
del que se va con el respeto del que llega. ¿No te confunde, no te
entristece que no sepas distinguir las pisadas del que sale de las
pisadas del que entra?
Pero al acusarte sin conocimiento de los hechos, me expongo a ser
injusto. Perdóname; que tiempo tengo de acusarte cuando sepa qué
móviles han determinado este caso inaudito. ¿Eres más débil que
culpable? ¿Has cedido a sugestiones cuya gravedad y fuerza no puedo
yo apreciar desconociendo los caracteres que te rodean y el ambiente
que respiras? ¿Te convencieron de mi muerte, con lo cual, adormecida
tu voluntad, fácilmente la hicieron esclava? ¿A qué artificios del
infierno debo esta sustracción infame de lo que me pertenecía? Porque
aún están deslumbrados mis ojos con los destellos vivísimos de tu
entendimiento; aún veo los hermosos arranques de tu corazón, el poder
afectivo que parecía desafiar cielo y tierra, y no se me alcanza
cómo tales fenómenos, que yo juzgué energías indomables, han podido
trocarse en el fenómeno contrario: la endeblez, la impotencia y la
pasividad. Sospecho que eres, más que criminal, víctima, no menos digna
de lástima que yo. Presumo que no me burlaste, sino que los dos hemos
sido burlados. Dímelo así, si es verdad; y si mi desgracia es obra
tuya, dímelo también sin rebozo, que no he de volver contra ti el daño
que me has hecho. Creeré que te has muerto, y conservaré el recuerdo
de la pasada Aura, pensando que la existente es otra, una mujer
insignificante, disfrazada con el nombre y las facciones de aquella.
Pero si confirmas mi sospecha; si por declaración tuya me convenzo
de que me han robado a mi Aura, aunque hayan sabido cohonestar el
secuestro con la formalidad sacramental consumada por sorpresa, y con
perfidia y traición, engañando a Dios, o queriendo engañarle, aquí
estoy dispuesto a dar a los impostores su merecido. Contéstame pronto:
te lo suplico, apelando a tu compasión, ya que no puedo invocar otro
sentimiento. Más quiero la desesperación que la duda; más quiero un
golpe mortífero de la verdad que el consuelo de esperanzas mentirosas.
Pido a Dios que si no me respondes claramente, nunca tengas paz. —
_Fernando Calpena._