Del mismo al mismo.
_Sin fecha._
Hoy, cuando más contentos estábamos armando bastidores, y vigilando
las copias de _El sí de las niñas_, que al fin he impuesto a mis
discípulas del arte escénico, llamaron con recio golpe al portalón de
esta casa palacio. Era un huésped fúnebre, la nueva tristísima de la
muerte de don Beltrán de Urdaneta en el Maestrazgo. ¡Y qué desastroso
fin el del noble y simpático viejo! No te quiero decir la que se
armó aquí. Valvanera cayó con un síncope, y las niñas, afectadas de
súbita pena y de cierto terror, sufrieron desmayos de menor cuantía,
que afortunadamente fueron de corta duración. Todo lo tienes ya
revuelto en la casa, suspendidos los trabajos de arquitectura teatral
y de estudio de papeles, la vida de todos amargada y descompuesta,
los pequeños recaídos en sus enfermedades, un trasiego continuo de
medicinas de la botica a la casa, alteradas las horas de comida y
cena, y sobre esto el chaparrón de visitas de pésame. Maltrana y yo
hemos tenido que vernos enfrente de innumerables caras compungidas, de
levitones negros y de manos que se llevaban el pañuelo a los ojos. Me
ha causado inmensa pena el fin desgraciado del gran prócer y libertino,
que no se decidía, no, a una jubilación honrosa. Ha sido preciso que
le fusilen para hacerle soltar el papel de caballero pródigo, de
viejo galán incorregible. Le quería yo de veras, y él a mí mucho más
de lo que merezco. Me tomó un afecto semejante al tuyo; fue también
mi Mentor, y me dio consejos sapientísimos que no seguí. ¡Pobre don
Beltrán! Gozó setenta y ocho años de vida. Lástima que no haya dejado
Memorias escritas, que serían el más ameno libro del mundo: infinitos
ejemplos que no te digo sean ejemplares, pero sí divertidísimos,
rebosantes de humanidad, de gracia, de aroma de flores, de incienso
citereo... no sigo, por no enfadarte...
Hoy estoy de malas. La murria, que había conseguido disipar dejándome
querer de esta noble familia, ha vuelto a meterse en mí, negra,
sofocante. La noble familia, más atenta a su dolor que al mío, me deja
solo, y caigo otra vez en la cavilación tétrica que me caldea los
sesos. ¿Querrás creer, mi buen amigo, que a la hora presente no he
podido dilucidar el punto más oscuro de aquel desenlace funestísimo?
Todavía ignoro si la traición fue consumada por la propia voluntad de
la persona en quien creía yo como en Dios, o si debo ver en ello una
tenebrosa conjura doméstica seguida de catástrofe, en la cual hay dos
víctimas: ella y yo. No es la primera vez que ocurren estas coacciones
monstruosas, confabulándose diversas personas para someter el albedrío
de un ser débil, sin escatimar ningún medio: la mentira, el terror,
las promesas falaces... Esta idea me hace llevadera mi desdicha.
Pensando constantemente en ello, reconstruyo con segura lógica el plan
y conducta de los Arratias: les veo desarrollando su odiosa maquinación
con astucia mercantil, tan parecida a la diplomática. Maestros en el
engaño, ávidos de absorber el patrimonio de Aura para restaurar su
decaído crédito comercial, basan su horrible intriga en la impostura
de mi muerte, que ellos propalan y atestiguan no sé por qué procederes
indignos. Conseguido el objeto capital de mandarme al otro mundo,
prosiguen en este su designio, ejerciendo sobre la desgraciada niña una
sugestión infame. Imagino mil modos y estilos de engañarla, a cuál más
extravagante y malicioso. No te los refiero, porque te horripilaría
la fecundidad de mi entendimiento para estas hipótesis de la humana
perfidia. Prefieres, sin duda, que me atenga a los hechos, a lo que
me ha pasado, a lo que he visto, a lo que me han dicho, y así lo haré,
aprovechando este anhelo de confidencia que ahora siento en mí. Desde
aquel tremendo día me ha repugnado hablar de mi caída sin dignidad,
de mi tragedia sorda, desairada, enteramente circunscrita a la escena
del alma, sin ruido, sin armas, sin gloria. Ni el placer muscular de
la lucha, ni el goce amarguísimo de manifestar con violencia la ira,
ni el desahogo de la venganza; nada, mi querido Hillo. Ha sido una
originalidad artística que jamás pude soñar: la terminación de un drama
por el vacío, introduciendo la humana pasión en la máquina neumática y
asfixiándola inicua y estúpidamente.
¡Mi entrada en Bilbao, mi aparición en la casa fatal! ¿Quieres saberla?
En Portugalete, un anónimo me anticipó la verdad terrible. Alguien
debió de prevenir a los Arratias de mi llegada, porque huyeron, y
cuando llamé a la casa no había en ella más que una criada anciana que
me saludó por mi nombre antes de que yo se lo dijera. A mis preguntas
respondió empujándome suavemente hacia la puerta de la tienda: «Los
señores se han ido... Casaron ayer... Si quiere saber más, avístese
con don Apolinar». Y me dio las señas. Salí furioso del local oscuro,
lleno de clavazón y rollos de cabos, apestando a brea, y en medio del
delirio con que aclamaba el pueblo mártir a su libertador, emprendí
mi _Via crucis_ por calles jamás por mí pisadas, buscando al clérigo
que debía darme la clave de aquel nuevo misterio de mi existencia. No
podría lanzarme en peor ocasión a la cacería de un sujeto desconocido,
en un pueblo que yo veía por primera vez, entre aquel remolino de
entusiasmo, forcejeando con el oleaje de un vecindario loco que invadía
las calles. Las canciones patrióticas retumbaban en mi cerebro como
un eco de las tempestades de la noche de Luchana. Gracias a Pedro
Pascual Uhagón, cuyo auxilio solicité y obtuve, di con el dichoso don
Apolinar a la caída de la tarde, en su propia casa, cuando volvía de la
calle, ronco de perorar en los _cuarteles_ y en los grupos callejeros.
Demostrándome, sin faltar a la cortesía, que mi visita le era enojosa,
me notificó, como autoridad eclesiástica, que el día anterior, previa
manifestación de la libérrima voluntad de la niña de Negretti, y
comprobada por diferentes testimonios la noticia de mi fallecimiento,
había casado a la expresada señorita con Zoilo Arratia. Los cónyuges
se habían ido, después de la boda, a un pueblo de la costa, donde se
embarcarían para Francia. «¡Pero ya estoy vivo!», exclamé sin poder
refrenar mi enojo, perdido todo respeto y olvidada toda urbanidad.
A esto repuso el clérigo que él se lavaba las manos, que habiéndole
pedido casamiento, lo había dado con sumo gusto, como amigo cariñoso
de ambas familias, Arratia y Negretti. Uhagón no vio mejor manera de
calmarme que abreviar la visita, y sacándome de allí, díjome, al
bajar la escalera, que Ildefonso Negretti, paralítico, desquiciado de
la voluntad y el entendimiento, era hombre al agua. Con esta noticia
empecé a recibir luz, confirmándome en la existencia del complot
doméstico. Aquella misma noche supe que la muñidora del precipitado
casorio había sido la esposa de Negretti, marimacho arriscado y astuto
que lleva el nombre de Prudencia.
No me satisfacían estas claridades, harto tenues, que arrojando iba
el trato de diferentes personas sobre el oscurísimo problema, y al
siguiente día, después de una noche de horrible insomnio y tensión de
nervios, volví al maldecido almacén de Arratia, donde encontré a un
joven llamado Martín, que me saludó tímidamente, y con voz temblorosa
repitió que él también se lavaba las manos, que allá lo habían
compuesto los mayores de la familia, y que los recién casados, con
el padre de Zoilo y los tíos Ildefonso y Prudencia, no se hallaban
en Bilbao. Repitió sus cortesanías, dictadas por el azoramiento y
turbación que embargaban su ánimo, y me despidió entre paquetes de
clavos y hediondas breas, incitándome a tener paciencia, a lavarme
también las manos, como se las había lavado él..., y ofreciéndome su
inutilidad para cuanto en Bilbao se me ocurriese. Secamente le di las
gracias, y salí de la horrenda casa, tan semejante por su ahogada
estrechez a la bodega de un buque, que me faltó poco para sentir
los efectos del mareo. Puse el pie en tierra, o sea en la calle,
arrancándome del corazón con vigoroso esfuerzo la raíz doliente. ¡Ay,
cuánto dolía! Uhagón, que en aquel trance me demostró leal amistad,
aconsejome que diese por terminado aquel asunto, y lo enterrara antes
que sobreviniese la descomposición, echándole encima la mayor capa
posible de olvido. Esto no era fácil; mas lo intenté, y empecé a
arrojar sobre mi fosa puñados de tierra. El cadáver no se cubría, y
pasados dos días de estos esfuerzos por taparlo, asomaba todo entero
y aun parecía que resucitaba. Decíame constantemente Uhagón, deseoso
de mi alivio, que no pensase en más averiguaciones, y abandonara mi
loco propósito de perseguir a los recién casados para obtener una
explicación de su traidora y desleal conducta. Hízome ver la fuerza que
al complot de los Negrettis debió dar mi prolongada ausencia, la falta
sistemática de noticias de mi persona. De la indudable virtud de estos
argumentos, obtuve más y más tierra con que llenar el fúnebre hoyo. Al
propio tiempo, no dejaba de comprender que mi situación iba entrando en
el periodo de ridiculez; que la monotonía de mi desesperación lúgubre
comenzaba a ser enfadosa en los círculos que yo frecuentaba. Disimulé
por el pronto. El carácter de Werther sin suicidio no me convenía
en modo alguno, ni era papel airoso para ningún cristiano. Nunca he
gustado de los llorones: yo lo fui tan poco tiempo, que no llegué a
excitar la conmiseración burlesca de mis amigos. Pero mi terquedad,
debajo de los disimulos y de las composturas de mi rostro, continuaba
induciéndome a la investigación solapada, al descubrimiento de la trama
traidora, a la querencia de más viva luz. Decidí seguir a Espartero en
las operaciones que emprendió en el interior de Vizcaya, pues me daba
el corazón que podría encontrar algún rastro de mi res secuestrada o
perdida; pero entre Uhagón y Fernando Cotoner me quitaron de la cabeza
este audaz pensamiento, cuya realización me habría ocasionado quizás
nuevos reveses y mayores desdichas. Pasé a Valmaseda, donde me puse
al habla contigo y con el mundo. Venía yo de otro planeta. Tu primera
carta, mi buen clérigo, fue para mí nueva revelación de mi destino,
gran consuelo de mis penas. Volví a Bilbao solicitado de amistades
generosas. No parecí por la tienda de efectos navales ni por sus
cercanías. Sentíame bastante aliviado: el hoyo había disminuido, y el
cadáver apenas se veía ya de tanta tierra como sobre él eché.
Recibida en aquellos días la orden dictatorial inexcusable de venir
aquí, me apresuré a cumplirla, observando que toda presión de otra
voluntad sobre la mía desmayada y caduca me hace gran provecho.
«Bendito sea el despotismo —dije entonces—. Soy como un pueblo
desgarrado por las revoluciones, hecho trizas por el jacobinismo y
la anarquía, y que antes de perecer se entrega al dulce dominio de
sus reyes históricos». La dictadura me ha traído la paz, y aunque
me entristece el pisar mis iniciativas, caídas de mí como coronas
marchitas y deshojadas, me consuelo con la conservación de mi
existencia dentro de una plácida esclavitud. Confinado en este castillo
de Villarcayo, donde me guardan los más bondadosos carceleros que es
posible imaginar, se han recrudecido los dolores de mi caída, vuelven
las dudas a inquietarme, y a encenderme el magín las cavilaciones
acerca de las causas, todavía oscuras, de la traición no perdonada.
Es que, mientras la acción del tiempo no labra las gruesas capas de
olvido, el silencio y la paz favorecen el reverdecimiento de las penas,
cuando estas no son muy próximas ni están aún muy distantes. Hay un
periodo medio entre lo reciente y lo remoto, que es el más abonado
para las recaídas. Yo he recaído a intervalos, sin saber por qué. Los
motivos de gozo, la tranquilidad misma, son a veces causa misteriosa
de reincidencia. Una palabra insignificante despierta los dormidos
dolores; una escena, un paso cualquiera, sin congruencia con nuestra
cuita, hácenla revivir, como otro pasaje o sucedido la adormece.
Explícame esto. La tristeza que reina en esta casa por la desastrada
muerte de don Beltrán, a quien no puedo apartar de mi pensamiento,
ha sido parte a que mi hoyo se vacíe de la tierra que había logrado
echarle... No sigo; no quiero entristecerte.
Allá te van, pues, los pormenores que me pedías. No te quejarás ahora:
bien explícito he sido, y bastante carne y hueso, despojo de mi
disección lastimosa, te mando en estos renglones. Entierra toda esa
miseria. Que solo la vea quien verla debe y apropiarse los dolores que
llevan esos pedazos de mí mismo. Vive y triunfa. Otro día espera ser
menos tétrico tu infeliz amigo — _Fernando._