De doña María Tirgo a su amiga doña Juana Teresa. — (Incluida en la
anterior).
_Hoy, lunes 16._
Ya decía yo, mi amante amiga, que os habíais corrido con harta
precipitación a celebrar el funeral, dando por verdaderas las primeras
noticias que recibisteis. Os movió a ello sin duda vuestra gran piedad
y el deseo de ayudar al buen viejo, con vuestro sufragio, en la
reparación de su alma. No necesito decirte cuánto nos hemos alegrado
de que viva el noble señor, y de que aún tengáis que sufrir alguna
de sus impertinencias, propias de la edad. Mil y mil felicitaciones,
amados Juana y Rodrigo, por la vuelta del pródigo _don Gastón_. Pero se
me ocurre que si continúa tu suegro en lo que llaman _el teatro de la
guerra_..., que teatro había de ser para mayor perversión..., no esté
su vida muy segura, pues allí fusilan a cada triquitraque, y a muerte
natural le exponen además sus años cansados y las penalidades, ajetreos
y hambres que ha de sufrir. Manda, pues, que se conserve todo lo que
se preparó para las frustradas honras, catafalco, blandones y demás,
y si por desgracia viniese con veras lo que antes vino con engaño,
cumples disponiendo un ceremonial decoroso y modestito, evitando
esa traída de señores eclesiásticos, buena cosa para una vez, como
demostración de la nobleza y poderío de tu ilustre casa.
Las niñas me encargan os exprese su alegría por esta felicidad de
la resurrección del caballero. Las pobrecitas lloraron por su falsa
muerte, y ahora no caben en sí de satisfacción: le querían, le quieren;
se encantaban oyéndole cuando aquí estuvo con vosotros, y celebraban
el recreo y finura de su conversación y su especialísimo donaire para
obsequiar a las damas, cualidad en que nadie le iguala debajo del sol.
«¡Viva don Beltrán! —clamaban Demetria y Gracia batiendo palmas—.
Quisiéramos tenerle aquí para darle las dos a un tiempo, cada una por
su lado, un abrazo apretadísimo».
Y paso a nuestro asunto. Sabrás, mi buena Juanita, que el pájaro, o
llámese sujeto, ha parecido. No es que esté aquí, ¡Jesús! Por acá
no ha venido, ni creo que venga; pero sabemos dónde está. Después
de muchas vueltas de un punto a otro de Vizcaya, buscando en quién
descargar su cólera por el chasco sufrido, ha ido a parar, ¿a dónde
creerás?, a Villarcayo. Allí le tienes hospedado tranquilamente en la
casa de tu cuñada Valvanera. No es mal sitio para reposar de tantas
fatigas y digerir las enormísimas calabazas. Pues de su presencia y
descanso en tierra de Mena tenemos noticia por Sabas, un criado de
casa que se llevó de escudero; y aunque todavía sigue a su servicio,
ha venido a ver a su madre enferma y sacramentada. Una cosa rarísima,
querida Juana: Sabas no ha traído carta del sujeto para las niñas
ni para nadie de esta familia. Cuenta que tan solo le encargó dar a
todos las más finas expresiones. Mi hermano, muy contento de saber
que vive y está bueno don Fernando, ha dado en la tecla de escribirle
pidiéndole noticias de su vida y milagros en de todo este tiempo. Ya
he dicho a José María que persistiendo en nuestra buena memoria el
señor de Calpena, por el servicio que prestó a las niñas sacándolas
de Oñate, debemos abstenernos de entrar ahora con él en relación de
cartitas y bobadas, pues ya cumplimos con lo que nos mandaba nuestro
agradecimiento. Que en esto del daca y toma de cartas, se sabe dónde se
empieza y no dónde se concluye; y hasta podría ser que se nos plantara
aquí y no tuviéramos más remedio que alojarle en casa de las niñas o
en la nuestra. No, no: bien se está san Pedro... en Villarcayo. Te
pasmarás si te digo que tratando ayer en la mesa de este punto grave,
de si convenía o no escribirle, y manifestándonos José María y yo de
contrapuestos pareceres, Demetria apoyó mi opinión. A esta niña no la
entiende nadie.
Tienes razón: he sido una simple al querer atar el cabo de la muerte
del satírico madrileño con este otro cabo suelto de acá. Creía yo
que las mismas causas podían dar los mismos efectos; pero mirándolo
bien, hay menos semejanza entre los dos de lo que y a mí me parecía.
El de Madrid usaba, en efecto, nombre de un barbero para firmar sus
romanticismos prosaicos. Demetria, que conserva todos los libros
de la biblioteca de su pobre padre, a quien en otra forma mató el
romanticismo, ¡Dios le tenga en su santa gloria!, está muy enterada
de todo esto, y dice que el difunto suicida era un hombre que con su
propio pensamiento, como la cicuta, se amargaba y envenenaba la vida.
A este propósito mostró Demetria un libro ya por ella leído, y que
pensaba leer de nuevo, en que otro romántico de los más gordos pone el
ejemplo del enamorado que se mata por tener la novia casada. Llámase
_Las cuitas del joven Uberte_, o cosa así, y ello es una historia muy
sentimental y triste, porque el hombre no se conforma con su suerte,
y está siempre buscándole tres pies al gato, hasta que le da la idea
negra de pegarse un tiro, lo cual debo condenar por garrafal tontería,
a más de condenarlo por pecado execrable. ¡Vaya unas abominaciones
que se escriben! Tu suegro debió de conocer al autor de este libro,
un tudesco de nombre muy atravesado, que parece vizcaíno, así como
_Goiti_ o _Goitia_. Entiendo yo que Demetria ve más emparentado al don
Fernando con el personaje de esta historia, fingida o real, que con el
melancólico y desesperado muerto de Madrid. Ella no dice nada; pero se
lo conozco, y me da mala espina esta afición que ha sacado ahora por
la literatura, prefiriendo la sentimental y de lloriqueos, tristezas
y desastres, pues no solo anda resobando al tal _Uberte_ o _Güerter_,
sino también a otros libros y novelas de amores contrariados, siendo
más extraña esta afición, cuanto que siempre fue perezosa para toda
frivolidad. Ahora la ves agrandando cada día los ratitos perdidos,
o sea los que consagra a este entretenimiento de los libros, que me
parecen son prohibidos, si bien entiendo que por dañosos que sean no
han de causar malicia en entendimiento tan claro y voluntad tan sana
como la suya. Las de Álava le han traído una historia escrita por ese
que se mató, y que se titula _El doncel de no sé qué rey_, y otra de
un autor escocés que tú conocerás: yo no acierto a escribir su nombre.
Estaré con cien ojos, a ver en qué paran estas lecturas. A Dios, que te
me guarde muchos años. — _María._
V
De Fernando Calpena a don Pedro Hillo, presbítero.
_Villarcayo, 28 de febrero._
Aquí me tienes, ¡oh insigne mentor y capellán mío!, aquí está tu
Fernandito, que determinado ya, por el rigor de sus desdichas, a
no tener voluntad propia, abraza la orden de la obediencia y se
convierte en materia pasiva a quien gobiernan superiores, indiscutibles
voluntades. Quien manda manda. Mi supremo tirano (cuyas manos mil
veces beso) dice: «Que vaya el niño a Villarcayo». Pues ya tienes
al niño camino de la villa menesa. «Que se aloje el chiquitín en
casa de Maltrana, donde será bien recibido y agasajado». Pues aquí
está gustando las delicias de una hospitalidad amorosa. Hoy no tiene
tu discípulo más goce que renunciar a todos los que de su propia
iniciativa pudiera esperar, ni más orgullo que la humildad, ni más
albedrío que el no tenerlo, ni más independencia que la absoluta
sumisión al gusto y ordenanzas de los que quieren y, por lo visto,
deben mandar en él. Cuando un hombre se equivoca en el grado de mis
equivocaciones; cuando las propias iniciativas salen de tal modo
frustradas, justo es que imponga a su torpe voluntad esta penitencia de
la radical anulación.
Sí, sí, mi amado sacerdote; esta bribona de mi voluntad ha de pagarme
la que me ha hecho: condenada la tengo a desempeñar por ahora en mi
vida un papel semejante al de los diputados que no dicen más que sí y
no, según las órdenes del gobierno. Y que no me va mal, gracias a Dios,
en el nuevo régimen de mi pasividad o vida boba, pues en este limbo en
donde la autoridad me confina, estoy a qué quieres boca, tan mimadito y
agasajado, que sería yo la misma ingratitud si me quejara.
¿Y ahora sales, ¡oh amigo maleante!, con la gaita de que te cuente
los pormenores de mi atroz caída y de la catástrofe de mis ilusiones?
Francamente, me encuentro muy tranquilo en este descanso, y no me hace
maldita la gracia volver sobre sucesos que más son para olvidados que
para referidos. Aún no se ha disipado la turbación que en mi alma
produjeron, ni el despecho rencoroso, ni la vergüenza, que vergüenza
he sentido y siento de tan inaudito desaire. ¿Pero tú qué entiendes
de estas cosas, hombre solitario, apartado por tu ministerio de la
mala compañía de las pasiones? Si en ello insistes, y a todo trance
quieres que yo mismo te pinte mi caricatura, lo haré; mas deja que mi
espíritu se sosiegue, y que mi amor propio se cure sus heridas, ya que
va mejorando de las magulladuras y cardenales. Conténtate en estos
días con lo que desde Valmaseda te escribí, dándote la triste síntesis
del desenlace de mi drama, el cual habrás silbado, porque lo merece,
como final sin lucha, sin solución ni catástrofe, terminado en las
tablas por un monólogo de desesperación, mientras dentro suenan voces
y cantorrios de epitalamio... Ya habrás comprendido que no me pegué
el tiro mortal ni tuve intención de ello... Y a propósito, hombre:
cuéntame lo del pobre Larra. Algo más habrá de lo que se dice por aquí.
¿Fue por la de C...? Y en el entierro, ¿qué? ¿Fuiste tú? Mándame los
versos de ese nuevo poeta.
Quedamos en que mi tristísimo y pedestre desenlace se guarda, por
ahora, inédito. Ya me lo he silbado yo. Guarda tus pitos para mejor
ocasión. Y porque no te quejes de mí, satisfaré tu curiosidad, más de
monja que de clérigo, dándote noticias de la hidalga familia en cuyo
seno he rendido mi voluntad, obediente al supremo mandato.
Al ir hacia Bilbao..., y más me hubiera valido meterme en el mismo
Averno, hice conocimiento con esta noble familia. Llevome a su casa de
Medina de Pomar el papá de la señora, don Beltrán de Urdaneta, cuya
interesantísima figura histórica y social te describí ligeramente en
mi primera carta de Valmaseda. Obsequiado fui entonces por el señor
Maltrana y su esposa, moviéndoles a ello el cariño que me tomó el
primer caballero de Aragón, a quien entré por el ojo derecho; pero
mayores han sido ahora los agasajos, sin que pueda de tales extremos
darme explicación: para encontrar alguna, tengo que recurrir al
misterio que me rodea desde que entré en ese Madrid de mis pecados. Me
han tomado por su cuenta las hadas, y pienso que las de Madrid tienen
buenos compinches en las de Villarcayo. Mientras llega la ocasión de
confirmar mi sospecha, _soñemos, alma, soñemos_.
Bueno. Sabrás que el señor don Juan Antonio de Maltrana es un buen
caballero, no del cuño histórico de don Beltrán, sino de esta nueva
caballería que se va creando ante nuestros ojos, transacción del
rancio españolismo con las novedades del pensamiento francés. Liberal
templado, adora el justo medio; detesta por igual el absolutismo y
las revoluciones; cree que por componendas se obtendrá la paz de
los espíritus y el bienestar de los pueblos; que debemos buscar
el compadrazgo de la religión y la filosofía, de la libertad y la
autoridad; y para que todo sea bienandanza, la reconciliación del
romanticismo con el clasicismo dará los mejores frutos del arte. Hombre
rico, espera que salgan a la venta los grandes predios que fueron
de monacales para comprarlos. Entrevé el desarrollo de riqueza, la
asociación industrial, las máquinas agrícolas, el papel moneda, y otras
muchas cosas que aguardan el último tiro de la guerra para pasar el
Pirineo. Sus ideas no son luminosas, son propiamente sensatas, producto
de la fácil asimilación, que no es lo mismo que el estudio. Su palabra
es fácil, gramatical, opaca, comedida en las disputas; su elocuencia
propiamente ilustrada, muy propia para unos tiempos en que la política
es el arte de un conversar ameno sobre todas las cuestiones. Desea
el hombre ser diputado, y lo será; y si no se planta en los primeros
puestos, tampoco se quedará en los últimos. Para dártele a conocer
físicamente, te diré que se parece bastante a Salustiano Olózaga, pero
con más años: la misma hermosura de ojos; talla y aire majestuosos,
cierta presunción o contento de sí mismo, don de gentes, cortesía
exquisita.
De su mujer te diré que sin ser muy hermosa que digamos, cautiva
más que si lo fuera, por su gracia, su afabilidad, su señorío,
maravillosamente fundido con la llaneza. Como no la conoces, amado
clérigo, no has visto la encarnación del buen gusto: eso es Valvanera,
el buen gusto convertido en mujer, digo, en señora, pues no hay otra
que mejor merezca tal nombre. Hasta en los actos más insignificantes
se revela su cualidad suprema, el don de la forma. Me encanta verla
dar de comer a sus hijos pequeños; si la oyes reñir a su criado,
quisieras ser tú el reñido; y si por algo te reprende, no tienes más
remedio que darle las gracias. Creerás que es una señora de pueblo,
de esas que a la ranciedad de la nobleza y de las costumbres unen la
tosquedad que da el vivir constante en villas de corto vecindario. Pues
te equivocas: nacida en noble cuna, educada en los mejores colegios
de Francia, Valvanera es verdadera _castellana_ en el sentido feudal
de este término; verás en ella el aire campesino y la singular
majestad que dan la cuna y la educación esmeradísima. Doce años hace
que vive aquí. No echa de menos el bullicio de Madrid ni la elegancia
parisiense; adora la residencia oscura donde ha criado a sus hijos, y
comparte con su marido el gobierno de una inmensa propiedad. Suelen
bajar a Burgos por temporadas, y a Bilbao algún verano. Viven como
príncipes; se sienten superiores a los que gastan su existencia y sus
riquezas en las grandes ciudades, con escaso provecho del espíritu y
fugaces placeres. Esta nobleza campesina se va concluyendo, mi querido
Hillo, por la concentración de las principales familias en las llamadas
cortes. Permanecen desperdigados en las villas algunos hidalgos
adheridos al terruño, tan ordinarios ellos como sus esposas, atacados
ya de la nostalgia de los centros populosos. El día en que se queden
solos en el campo los pobres colonos y cultivadores de la tierra,
vendrá la consunción nacional. Por esto admiro a Valvanera, que notando
en su esposo cierta tendencia centrípeta, trata de retenerle; ella es
centrífuga, un tanto melancólica por la influencia de las soledades
agrestes. Te aseguro que yo también me voy volviendo centrífugo. Por de
pronto me hallo muy bien aquí, y bendigo la mano que me ha confinado en
este dulce presidio.
Bueno, bueno, mi querido Hillo..., ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah!,
ya me acuerdo: de que me gusta el sosiego campestre, esta vida de
_château_, esta aristocracia labradora, _a la extranjera_, porque,
pásmate, el vivir un noble en sus propiedades rurales ha venido a ser
rareza exótica y hurañía extravagante... Paréceme que al llegar aquí
dirás que me estoy poniendo enfadoso con esta novísima _postura_, que
creerás afectada, como entusiasmo caprichoso semejante al _furor_ de
las modas. Piensas que distraigo mi hastío aficionándome a lo que en
elegancias se llama _la última_. No, hijo, no: es viejo en mí el gusto
de la nobleza campesina, una de las hermosuras que vamos perdiendo,
para convertirnos todos en desabridos señoretes de la corte. Pero no
sigo, no. Te veo haciendo guiños, deseoso de que te hable de cosas
más gratas, y a ello voy, clérigo; aguarda un momento. Conociendo tus
aficiones, te pongo delante a las dos niñas de Maltrana, Nicolasa y
Pepita, tiernas y lánguidas como a ti te gustan; desaplicadas, para
que sus encantos sean mayores; rebeldes a la educación clásica; la una
de dieciséis años, de catorce la otra; inflamadas ambas en el santo
horror de la gramática y de la aritmética; delirantes por el baile, por
las comedias, que apenas han visto; por la sociedad, que desconocen,
pues sus iguales no existen por acá; inocentes aún y cerradas a
toda malicia, ¡Dios así las conserve!; obedientes a sus padres y de
correctísima crianza moral; bonitas, algo traviesas y juguetonas, y no
las llamo ángeles porque desconfío de los ángeles terrestres, y cuando
veo alguna niña con alas, digo como el loco: «Guarda, que es podenco».
Han hecho los Maltranas cuanto en lo humano cabe para dar a sus niñas,
en la estrechez de esta vida rústica, la educación que a su clase
corresponde. Un aya francesa las acompaña constantemente y les enseña
idiomas y el código de las etiquetas sociales; un preceptor les llena
la cabeza de principios científicos y de conocimientos históricos; un
maestro de música traído de Zaragoza, y otro de baile que de Bilbao
viene por temporadas, las instruyen en las artes llamadas de adorno;
y con esto y el cuidado de su buena madre, serán dos mujercitas bien
dispuestas para la vida en altas esferas. ¿Cuál será su suerte?
Presumo que no ha de ser buena, y me contrista verlas tan gozosas de
la vida presente, desconociendo la verdad de la humana desdicha. Las
casarán con mayorazgos de campo, con militaritos bien apadrinados que
lleguen pronto a generales, quizás con algún _título_ de Madrid, y
en cualquiera de estas posiciones serán desgraciadas, contribuyendo
a ello su educación misma, que les abre los ojos a toda la miseria y
podredumbre del cuerpo social. ¡Venturosos los ignorantes, los que se
mantienen del fruto que arrancan de la tierra o que extraen del mar!
Sí, sí: estoy pesimista, mejor dicho, lo soy, y todo lo veo negro, no
porque finjan caprichosamente la negrura mis ojos turbados, sino porque
lo es. Sí, querido capellán, todo es del color de tu sotana, y lo
poquito que colorea y fulgura imita el viso de ala de mosca que tienes
en ella.
Mayor tristeza me dan las niñas de Maltrana cuando considero lo endeble
de su salud. Azarosa es la vida de sus padres, que si las oyen toser
se echan a temblar, y a cada instante les mandan sacar la lengua.
Probablemente morirán en el paso peligroso de los dieciocho a los
veinte años. Sí, hombre, se mueren: no lo dudes, ni alardees de una
confianza basada en ñoñerías religiosas. Y si quieres que te diga una
barbaridad, te la digo. Si se van, como creo, se libran del sufrimiento
humano, y eso van ganando. Habrán vivido tan solo en la época feliz, o
que lo sería sin el martirio de las lecciones y del odiado estudio, que
no ha de servirles para nada. Figúrate el jugo que sacarán en la otra
vida de sus conocimientos gramaticales de acá. ¡Tanto mortificarse por
conjugar, por construir las oraciones, por escribir correctamente la
_ge_ y la _jota_! ¿Pues y las nociones geográficas? ¡Que les importará
de nuestras pobres penínsulas, de nuestros ríos y continentes, de
si Prusia linda con la Polonia o con las Batuecas! No, no creo que
nuestras sabidurías permanezcan allá, pues la muerte no sería, como
dicen, dulce amiga, si al caer en sus brazos no saliera de nuestros
cerebros todo este serrín que nos metéis a la fuerza los profesores,
amenazándonos con el infierno de la ignorancia, el cual tengo yo por un
bonito y cómodo infierno.
Vuelvo a mi asunto para decirte que mi temor de la desgracia de estas
niñas no es infundado. El hijo mayor de Maltrana murió tísico en
Madrid hace tres años, contando diecisiete, y aquí tienes explicado
el aborrecimiento de Valvanera a esa Villa y Corte. Los otros hijos
son tres, varones y pequeñuelos, el mayor de diez años, el chiquitín
de cinco. Su raquitismo, malamente combatido con la vida del campo,
con los continuos paseos, el estudio y cuidado que en alimentarles
se emplea, es el tormento de sus padres. Son inteligentes, muy
desarrollados de cerebro, zanquilargos, flacuchos, y tan propensos a
los enfriamientos, que es gran felicidad que no estén constipados.
Siento una pena indecible ante estas tres criaturas: en sus rostros,
como en el de sus hermanitas, veo la fúnebre sentencia que les condena
a seguir los pasos precoces del primogénito hacia un mundo que llamamos
mejor antes de conocerlo. Yo tengo mis dudas; solo afirmo que peor
que este no puede ser... Pues para mí no hay mayor confusión que esta
descendencia menguada y enfermiza, siendo Maltrana un hombrachón
vigoroso, que se precia de no haber padecido en su vida ni un dolor
de cabeza, y Valvanera una mujer saludable y fuerte, aunque algo
seca de carnes. Será una manifestación aislada, como otras mil que
vemos, del cansancio y pesimismo de la raza española que, indómita en
su decadencia, dice: «Antes que me conquiste el extranjero, quiero
morirme. Me acabaré, en parte por consunción, en parte suicidándome
con la espada siniestra de las guerras civiles». Si tuviéramos buenas
estadísticas, se vería que ahora muere más juventud que antes. ¿Y qué
me dices de la facilidad con que los chicos y chicas que han sufrido
algún desengaño siguen las huellas del joven Werther? ¿Pues y la guerra
civil, esta sangría continua, esta prisa que se dan unos y otros a
fusilar rehenes y prisioneros, como si cobraran de la tierra o del
negro abismo un tanto por cadáver? ¿No es esto, en la vida española,
una instintiva querencia del aniquilamiento? No te rías... Yo aplico mi
oreja a la raza, y la oigo decir: «Puesto que ya no sirvo para nada,
quiero darme a la tierra». Si no piensas como yo, no me importa, ignaro
capellán.
Pues sabrás que las niñas de Maltrana, a quienes sus padres no niegan
ningún esparcimiento de buen gusto, han dado ahora en la flor de
representar en casa una comedia o drama, distribuyéndonos los papeles
entre todos, según las aptitudes escénicas de cada uno. Se me ha
encargado de dirigir la construcción del teatro en la más grande pieza
de la casa, y asistido de un carpintero y pintor de brocha gorda,
daré hoy comienzo a mi tarea de armar bastidores y el tablado, y la
batería de luces, y todo lo demás que constituye una perfecta escena.
La obra elegida por las niñas es _El Trovador_, ¡ay de mí! Están locas
con ese drama. Lo han leído no sé cuántas veces, y se lo saben de
memoria. De Nicolasa, me ha dicho su madre que se despierta a media
noche declamando con sonora entonación los famosos versos del ensueño.
Lo terrible es que se empeñan en que yo he de hacer el _Manrique_,
creyendo que en este papel dejaré tamañito a Carlos Latorre. No sé cómo
salir del paso. Trato de quitarles de la cabeza la idea de estrenarnos
con obra tan difícil; no me llega la camisa al cuerpo pensando que
tengo yo que salir vestido de trovadorcito, con mi laúd y todo, y
soltar la andanada:
En una noche plácida y tranquila
que recuerdo, Leonor: nunca se aparta
de aquí, del corazón: la luna hería
con moribunda luz tu frente hermosa,
y de la noche el aura silenciosa
nuestros suspiros tiernos confundía.
No, no me llama Dios por ese camino; lo haré muy mal. Ya les he dicho
que debemos elegir _El sí de las niñas_, y Maltrana y Valvanera me
apoyan en este juicioso consejo. Pero las chiquillas no conocen la
obra, y por más que les explico el argumento, no se dan a partido.
No sienten la sencillez ni la prosa en el teatro, que para ellas, o
es verso patético o no es tal teatro. Desgraciadamente no he podido
encontrar ningún ejemplar de la comedia, aunque para ello hemos
revuelto todo Villarcayo. Se pidió a Bilbao, y contestaron que ningún
despacho de libros lo tiene. Espero que nos lo facilitará un amigo
de Medina de Pomar, moratinista furibundo. Si lo encuentro, haré los
imposibles por convencer a las niñas, enseñando a la más pequeña el
papel de _Paquita_, y a la mayor el de _doña Irene_. Yo seré el _don
Diego_; es mi papel... Pues te aseguro que lo haré con gusto, y aun que
lo haré bien. Hay dentro de mí mucho que ha envejecido. Me siento _don
Diego_... Pero en este instante, ¡oh mi dulce Mentor!, lo que prevalece
en mí, ahogando todo sentimiento y toda idea, es un sueño intensísimo.
Obediente a la naturaleza, pongo fin a esta carta deseándote lo que no
tiene tu triste — _Telémaco._