III

De don José María de Navarridas al excelentísimo señor marqués de

Sariñán.

_Laguardia, 16 de marzo._

Ilustre amigo y dueño mío: ¡Que no fuera este papel ave ligerísima,

que de un vuelo llegase a las nobles manos de usted, y con ella mi

alegría, mi felicitación, mis gritos de júbilo! Pero no, no seré yo

el primero que a Cintruénigo comunique la fausta nueva, pues ya por

diferentes conductos sabrán ustedes que nuestro don Beltrán vive, que

fue mentirosa la noticia de su fusilamiento. Acábese el duelo; huya la

tristeza de la ilustre morada, y las campanas, que días ha sonaron con

fúnebre clamor, repiquen ahora con toque de triunfo y alborozo. ¡Ay,

qué alegría tan grande, mi señor don Rodrigo! ¡Mi señora doña Juana

Teresa, yo estoy loco de contento!... Abrácenme ustedes, abracémonos

todos en espíritu, ya que a tan larga distancia no podemos hacerlo

corpóreamente, y juntemos y confundamos nuestro gozo en una sola

exclamación: «¡Ay, qué felicidad!». Ha deshecho la impostura mi amigo

y ahijado Nicasio Pulpis, de quien acabo de recibir carta en que me

notifica el falso rumor de la muerte de don Beltrán en La Codoñera,

agregando que fue equivocación o trastrueque de nombres. Bueno y sano

estaba el prócer en Utiel y muy considerado de Cabrera, que le sentaba

todos los días a su mesa y no hacía nada sin consultarle. Incluyo la

carta de Pulpis para que ustedes gocen en su lectura y lloren sobre

ella de alegría, como he llorado yo. Esta resurrección de nuestro

anciano viene a confirmar la idea que con tanta gracia como tesón solía

manifestar, y era que él tenía hecha la contrata o asiento de un siglo

de vida, y que, por tanto, lleva forrado el cuerpo con una costra de

confianza que no traspasan balas ni epidemias. El cólera le mira con

miedo, y la muerte vuelve la vista cuando a su lado pasa. ¡Viva, pues,

don Beltrán, y viva con su pepita, con los defectillos y púas de su

carácter, los cuales no empecen para que le admiremos y le queramos

todos! Bien sé que ustedes le adoran. ¿Cómo no, si es tan bueno, aunque

pródigo? Y mi señor don Rodrigo, penetrándose bien de la lección que

nos dio nuestro divino maestro en su admirable parábola, dirá: «Traed

un ternero cebado, y matadlo y comamos, porque este mi abuelo era

muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido hallado».

Ya sabrán ustedes que el día 6 le hice mi funeral, todo lo que aquí

puede hacerse, y entre los coadjutores y yo le hemos aplicado como unas

nueve misas. Nada de esto vale. Mejor. Dios quiere que el señor don

Beltrán _el Grande_ nos entierre a todos... Cedo pluma y papel a mi

señora hermana, que me da prisa para tomar su vez en la demostración

de nuestro júbilo por el feliz suceso. Vivan todos mil años, repite,

besando las manos de usted, su muy obligado servidor y capellán, —

_José M. de Navarridas._

La estafeta romántica · 第 8 / 68 题