De la señora marquesa de Sariñán a doña María Tirgo.
_Cintruénigo, 1.º de marzo._
Amada Mariquita: Por desgracia nuestra, de cosas muy diferentes de
las que contiene tu carta tengo que hablarte en esta mía, que escribo
en la mayor desolación. Si no ha llegado a vuestra noticia la grande
novedad de acá, sabe que nuestro pobre don Beltrán, arrastrado lejos
de su casa por el desatino de su imaginación, ha tenido el triste fin
que Dios reserva a los cortos de juicio y anchos de ambiciones. El
infeliz anciano que a nadie quería someterse, ha perecido en el primer
tropiezo de sus descarriadas aventuras. Llegó sin novedad a Caspe donde
fue alojado por el amigo don Blas; de allí se traslado a la villa
de Alcañiz, partió después en dirección desconocida, a pie, sin más
compañía que la de uno de los chicos que llevó de aquí, y antes de que
supiéramos el objeto que en tal correría le guiaba, hemos sabido que,
cogido por los carlistas en las inmediaciones de un pueblo que llaman
La Codoñera, fue llevado a Valderrobres, donde recibió bárbara muerte.
Ya puedes figurarte nuestra consternación al tener conocimiento de esta
tragedia, castigo superior a los yerros del _primer noble de Aragón_.
Purificado por su martirio, Dios le habrá acogido en su santo seno.
Era don Beltrán quisquilloso y díscolo, y además el primer manirroto
que se ha conocido desde Moncayo al Pirineo; mas no se le podían echar
en cara bajas acciones. Teníamos nuestras disidencias, eso sí, por ser
mi carácter totalmente distinto del suyo; reñíamos con más acritud que
saña por la cosa más ligera; mas nuestras reyertas no tenían hiel:
eran como un bromear algo vivo, y nada más. Él me llamaba a mí _doña
Urraca_, zahiriendo con este nombre mis hábitos de arreglo; yo le
llamaba a él _don Gastón_... Pues me pesa, sí, pésame haberle dado este
mote, que expresa nobleza y vicio de prodigalidad. ¡Pobre señor, pobre
viejo..., y cómo se acordaría de la paz y el regalo de su casa; cómo
nos echaría de menos en el desamparo, en las agonías de aquella muerte
inicua! ¡Que mis lágrimas le hayan suavizado el camino para subir
hasta la bienaventuranza eterna; que Dios haya tenido en cuenta sus
cualidades generosas, su hidalguía y demás prendas de caballero!
Pasados los primeros instantes de nuestro duelo angustioso, determinó
Rodrigo que las exequias fueran solemnísimas y de nunca vista
suntuosidad, como a tan esclarecido difunto correspondía. Ayudados por
nuestro buen amigo y capellán el párroco le esta villa, que deploraba
no tener a su disposición todo el golpe de clerecía que para el caso
era menester, expedimos propios a Tarazona y Calahorra, solicitando
la asistencia de los excelentes amigos de la casa en aquellas insignes
diócesis, y gracias a esto hemos tenido la satisfacción de ver en
nuestra parroquial de San Juan veintitantos señores canónigos, abades
y racioneros, sin contar con los cantores y músicos que reunimos,
agregando a los de aquí los de la colegial del Santo Sepulcro de
Tarazona. Con tal concurso de señores sacerdotes, ya puedes figurarte
la magnificencia de las honras, y la edificación y devoción con que a
ellas asistió todo el pueblo. Ofició el señor arcediano de Tarazona,
don Froilán Calixto, a quien conoces, asistido del doctor don Juan
Crisóstomo de Montestrueque, canónigo entero de la colegial de Borja,
y don Francisco Viruete, racionero medio de Calahorra. Entre los que
concurrieron, citaré los más granados: el doctor don Pedro de Clavería,
abad del Burgo de Alfaro y canónigo entero patrimonial; el arcediano
de Berberiego, don Roque Tricio; don Miguel de Paternina, vicario y
teniente foráneo; don Alonso de Herce, prior y canónigo medio de la
colegial de Albelda; don Ventura de Armañón, canónigo cuarto de frutos
en la colegial de Nájera; el chantre de Tarazona, don Juan Clúa, el
provisor y vicario general, don Francisco Tris; el prior del Santo
Sepulcro de Jerusalén de Tarazona, y alguno más que se me olvida, de
fijo, pues mi cabeza, como puedes suponer, con el barullo de estos
días, no anda tan firme como yo quisiera. Tenemos la satisfacción
de que no se han visto por acá funerales más lucidos; no los llevara
mejores ni con más decoro de personal un infante de España, y si
nuestro pobre _don Gastón_ los viese, él, tan amigo de la pompa en
los actos públicos, habría quedado muy satisfecho. Por causa de sus
achaques no pudo asistir el prelado de Tarazona; pero nos escribió una
dulce y consoladora carta, que nos fue de grandísimo consuelo, por su
ausencia. Nada quiero decirte de la hermosura y alteza del túmulo, ni
de la prodigiosa cantidad de cera que en torno de él ardía, dándole
apariencias de monte de plata y oro refulgente: en ello puso sus cinco
sentidos nuestro buen párroco don Mateo Palomar, que mandó construir
la carpintería del catafalco, y colgó en ella los paños más ricos, con
bordados y flecos, que facilitan las monjas de la Trinidad de esta
villa. En fin, Mariquita mía, que todo se ha hecho noblemente, como
nos correspondía, y Rodrigo y yo estamos muy aliviados de nuestra
tristeza con la satisfacción de haber cumplido este deber, sin que nos
duela el excesivo dispendio ante tan sagradas obligaciones. Rodrigo,
que lleva cuenta minuciosa de todo, me ha dicho que solo la traída
de los cantores de Tarazona y el emolumento de los de aquí monta mil
trescientos veintisiete reales... A este respecto, figúrate lo demás.
Bien comprendes que no habré estado ociosa estos días, pues he
tenido que poner mesa para todos los señores dignidades, canónigos
y racioneros que han tenido la dignación de asistir a las honras.
La víspera del ceremonial no pude sentarme en diez horas seguidas, y
a mi servidumbre tuve que agregar tres mujeres de las más amañadas
del pueblo. Ello había de ser de lo más opíparo, conforme al lustre y
nombre de la casa, y más valía pecar por carta de más que por carta
de menos. Ayer, al salir el sol, ya llevaban mis pobres huesos hora
y media de trajín, y la función religiosa no pude gozarla entera,
pues antes de que sonaran los piporrazos finales, tuve que venirme a
casa con mi gente a dar los últimos toques a la mesa, puesta con la
friolera de veintiséis cubiertos. Nada te digo de la mantelería, pues
ya sabes que esta es mi pasión, y que gracias a Dios poseo y conservo
piezas que no tienen que envidiar a las del palacio de un rey. De plata
repujada, ostenté lo que Rodrigo y yo hemos logrado salvar de los
derroches del pobrecito _don Gastón_, a quien Dios perdone. Conservamos
algunas piezas del riquísimo tesoro de la casa de Urdaneta, y todo lo
mío, que no es poco. Grandes apuros pasé para presentar comida digna
de tales personajes, y me vi y me deseé para reunir diecisiete pavos,
adquiriendo todo lo que en estos contornos había. Pollos tuve bastantes
con los de casa, pues de las echaduras del año pasado guardaba más de
cincuenta; liebres y palomas encargué a Veruela, y de Borja me trajeron
las riquísimas truchas. De bizcochadas y dulcería no me ha faltado lo
mejor que hacen estas monjitas y los confiteros del pueblo. En fin,
que creo no hemos quedado mal con estos reverendos señores, y a mi
parecer, no se han ido pesarosos de haber tributado este homenaje a
nuestra casa. Grandes elogios hicieron de mi mesa y cocina, así como
de los ricos vinos blancos y del rancio de nuestras bodegas. A todos
les probó muy bien, menos al licenciado Viruete, racionero medio de
Calahorra, el cual, quizás por algún exceso en la comida, se sintió
por la tarde sofocadísimo, y hubieron de llevarle a la botica, donde
le aplicaron, para destupirle, los remedios del caso. El señor prior
de Albelda, con quien hablamos de ti, me encargó mucho que te mandase
memorias en mi primera carta: allá te van. Piensa ir a Laguardia antes
de quince días: él te dirá si les tratamos como se merecían.
Y vamos a lo nuestro, aunque no me extenderé mucho, porque me llaman
mis ocupaciones: el funeral y el convite me han dejado la casa muy
revuelta, y primero que vuelva todo a su sitio han de pasar algunos
días. Lo de las calabazas, por un lado me complace; por otro me
apena. En ese descalabro de nuestro maldecido _sujeto_, veo la mano
de la Providencia, que ha querido castigar con cruel desengaño al
que a nosotros nos ocasionó turbación tristísima, que no merecíamos.
La desavenencia que nosotros lloramos, págala él con creces, y con
vergüenza y amarguras mayores que las nuestras. Que se fastidie, que
se le lleven los demonios. Pero no participo de la candidez con que
estimas favorables las calabazas. No, Mariquita, no: ese vendrá ahora
contra la _perla_, haciéndose el inconsolable y buscando que ella
le consuele; y la niña, con toda su bondad y dulzura, se os volverá
romántica, o loca, que viene a ser lo mismo. Créelo: así será. Tú y don
José María sois muy angelicales, y todo lo veis por el lado risueño
y feliz. Enteramente angelical es esa idea tuya de que don Fernando
nos va a dar el _rasgo_ de ausentarse para siempre, extremando su
delicadeza. No, hija, no: basta que sea romántico, para que proceda de
un modo contrario a lo que piensas. Verás como trata de aplicar a su
descalabradura el ungüento prodigioso de Castro-Amézaga, sabedor de que
la niña lo administra bien y lo aumenta cada año.
Y a propósito de romanticismo, Mariquita mía, ¿estás en Babia? El que
se ha suicidado en Madrid es Larra, un escritor satírico de tanto
talento como mala intención, según dicen, que yo no lo he leído ni
pienso leerlo. Las señoras, a sus quehaceres de casa, y si hay algún
ratito libre, a buscar buenos ejemplos en el _Año Cristiano_. Déjame
a mí de sátiras que no entiendo, y de literaturas, que siempre traen
algún venenillo entre la hojarasca. Pues sí: ese desdichado firmaba
sus escritos, que no sé si eran en prosa o en verso, con el apodo
de _Fígaro_, nombre de un barbero que hubo en Sevilla, según me
dice Rodrigo. Se mató por contrariados amores con una casada, ¡qué
abominación!... Mira: al leer esto, que no va con buena gramática,
cuida de no confundirte: el que se pegó el tiro no fue el barbero, sino
el satírico. Dios le haya perdonado... Déjate de atar cabitos, que nada
tiene que ver el muerto de allá con el calabaceado de Vizcaya.
Está de Dios que yo no acabe esta carta, pues al querer ponerle fin,
se me ocurre decirte otra cosa, y ella es tal, que no la dejo, no,
para otro día. Hoy hemos entrado Rodrigo y yo en el cerrado cuarto de
don Beltrán para hacer inventario de lo que allí guardaba el pobre
viejo y poner mano en sus papeles. ¡Ay, Mariquita, qué cosas hemos
encontrado en la caverna del primer noble de Aragón! Mi primer impulso
fue entregar al Santo Oficio su colección de retratos de mujeres; pero
hay entre ellos algunas miniaturas preciosas, y eso los ha salvado del
auto que merecen. Siempre fue el arte abogado del maleficio. No pude
resistir a la tentación de examinar algunos. La mayor parte representan
hermosuras francesas o españolas afrancesadas del tiempo del imperio,
con aquellos trajes ceñidos, enseñando las carnazas del cuello, de
los hombros y algo más... ¡Hija, qué indecentes! Dice Rodrigo que son
damas; pero yo digo que son otra cosa, porque en mi tiempo y en Aragón
se vestían las señoras con cierto desavío parecido a la desnudez; pero
la que era verdaderamente honesta se tapaba, sin estar por eso menos a
la moda. Examinados los retratos, sacamos de las papeleras paquetes
de cartas. Entre diversos legajos que no contienen nada de interés,
hallamos el archivo de Satanás: cartas de enamoradas, de seducidas,
de amigas confianzudas; de bribonas que se titulaban amigas. ¡Qué
horror! Muchos de estos documentos históricos están en francés. Propuse
quemarlo todo; pero Rodrigo defendió la conservación del archivo
con argumentos tan juiciosos, que logró convencerme. Dice que entre
aquellos papeles los hay de gran interés para los que coleccionan
autógrafos, o para los que allegan datos personales con que escribir
la historia. Total: que en París o Londres, y en Madrid mismo, hay
quien paga en buena moneda las cartas de celebridades, ya sean de
_monsiures_, ya de madamas notadas por su belleza. ¡Sabe Dios lo que
podrá valer el archivo del pobre _don Gastón_, que además de lo que te
digo, contiene esquelas y aun largas epístolas de hombres que han dado
mucho que hablar! ¡Figúrate que hay un billetito de convite firmado
_Bonaparte_! Del Vizconde de Chateaubriand vi algunos pliegos, y de una
que llamaban _Madama Recamier_, o cosa así, de Talleyrand, del príncipe
de..., ea, no sé escribirlo... En fin, hasta de cardenales tenía cartas
mi suegro; dos de ese Lamartine; tres de un cómico a quien llamaban
Talma, y una de _lord Vellinton_.
Por último, la emprendimos con los libros, en grandísimo número,
algunos muy buenos, superiores, de historia y letras profanas, otros
endemoniados, novelas, artes de amor, aventuras galantes, escenas
picarescas, broza, hija, materia infernal que yo habría condenado a
la hoguera; pero Rodrigo no está por quemar nada, pues, según dice,
el libro que no es valioso por su contenido, lo es quizás por el lujo
y la rareza de su edición. Consérvese, pues, todito, y archívese y
catalóguese.
¡Y ahora resulta que quien no deja a sus herederos ni especie metálica
ni bienes raíces, les beneficia con el propio matalotaje de sus hábitos
viciosos! ¡Hija, la Providencia...! Libros devotos de los mejores
poseía también; pero de poco le sirvieron para mejorar de costumbres,
porque nunca los leía ni por el forro. Dios le haya perdonado. Sin duda
le habrá valido su buen corazón, que en verdad lo tenía excelente,
excelentísimo, y debemos creer que sus frivolidades y falta de celo
no serán parte a privarle de la eterna gloria que con alma y vida le
deseo. Que tú y José María me le encomendéis y recéis por él. De todos
los que nos honran con su amistad esperamos el mismo favor.
A mis niñas les dirás que sigo enfadada, muy enfadada; pero que no
las quiero mal. Deseo vivir mucho para ver por mis propios ojos la
felicidad que encontrará Demetria fuera de la que nosotras le hemos
propuesto y ha menospreciado. Que me escribas pronto todo lo que
ocurra. Dios te me guarde y prospere como ha menester tu amante amiga,
— _Juana Teresa._