Un niño, por travesura ó por desgracia, cae en la fuente de una
plaza pública y muere ahogado, bajo muy poca agua, en presencia de
numerosos curiosos y de dos agentes de la autoridad, representación,
no por modesta menos respetable, del Estado tutelar y protector. Sobre
los dos infelices guardas han caído todo el rigor de los superiores
y todas las recriminaciones de la opinión. El señor presidente
del Consejo dijo muy bien que no debieran ser sólo los guardias
los castigados. Pero aunque para el Código penal sean delitos las
omisiones tanto como las acciones, ¿qué medio hay en la ley para
hacer efectiva la responsabilidad de una multitud indiferente? Y si
miramos á nuestra conciencia, ¿no hallaremos en la impune omisión de
los curiosos, lo mismo que en la punible de los guardias, síntomas
de un estado de conciencia social del que todos participamos? ¡Era
tan poca el agua! El niño, sin duda, podría levantarse y salir por
sí solo. Tal vez si alguien se hubiera precipitado á socorrerle los
curiosos se hubieran reído al verle chapotear en el agua; el regocijo
hubiera subido de punto si era uno de los guardias. ¡Qué escena de
película cinematográfica! ¡Estamos tan hechos á reímos de los agentes
de la autoridad en sainetes y revistas llenas de gracia! Como el
salvamento se hubiera logrado á poca costa, ¡cuánto nos hubiéramos
burlado del salvador, si hubiera pretendido hacer valer su pobre
hazaña! ¡Salvamento de náufragos en el pilón de una fuente! Chistes,
caricaturas, ingenio... Las tragedias son así: necesitan un final
trágico para que parezcan tragedias. Cuando se empieza á morir, hay
que morirse; de otro modo, ¿quién cree que era tanto el peligro? No
culpemos demasiado á los espectadores y á los guardias, más temerosos
del ridículo que de un remojón insignificante, ¡Los pantalones de
la autoridad enfangados! ¡El uniforme prestigioso chorreando! ¿No
tendremos todos en nuestra vida alguna culpable omisión de que
acusarnos? ¿No habremos dejado también que alguna criatura, tal vez
indiferente, tal vez querida, se haya ahogado ante nosotros, en muy
poca agua, sin que nuestra mano se tendiera protectora, sin que
diéramos el paso que corre á sostener, sin que de nuestros labios
saliera la palabra precisa de compasión ó de esperanza? Agua ó llanto
¡parecían tan poco! Cuando el agua ó el llanto ahogaron, ya era tarde.
El heroísmo pide grandes empresas: mares embravecidos, batallas,
dolores trágicos. Ante el peligro de la fuente, ¿no es ridículo el
gesto heroico? ¡El agua era tan poca! ¡Las fuerzas del niño eran menos!
¿Cuántas almas de niño no habremos dejado así ahogar, en muy poca agua,
por no afrontar el heroísmo del ridículo? ¡Si diéramos siempre el paso
que debemos dar! ¡Si dijéramos siempre la palabra que debemos decir!
* * * * *
La Academia de la Poesía se dispone á festejar el centenario de
Cervantes, sin olvidar el de Shakespeare; pues tampoco los ingleses,
según noticias, se olvidarán de nuestro manco, que no lo era para poder
muy bien andar de mano con su contemporáneo glorioso. Aquí no puede
decirse que baza mayor quita menor, y nunca estuvo tan en su punto lo
de «región de los iguales».
Si atendemos al calendario parecerá que se toma con tiempo y que, del
1911 al 16, hay días sobrados. Pero el tiempo español, entre lo perdido
y lo matado, y lo que se echa á perder y á morir, entre discusiones y
discurseos, pasa sin enterarnos. La Academia cuenta con el apoyo de
los Gobiernos. Digo de los Gobiernos, porque de aquí al 1916--perdone
el Sr. Canalejas la desconfianza, que no es por él precisamente--¡sabe
Dios cuántos Gobiernos se habrán sucedido! Es de esperar, no obstante,
que todos se muestren por igual bien dispuestos á celebrar con todo
esplendor y esplendidez tan señalada fecha. No es cosa de que se haga
cuestión política, ni de que unos pretendan ensalzar á Cervantes por
reaccionario y otros por liberal, y unos miren á Shakespeare como
católico romano y otros le consideren como protestante. Nos gobiernen
para entonces el Sr. Maura ó el Sr. Canalejas, creemos que, honras
fúnebres más ó menos, con sermón del Padre Calpena ó del obispo de Sión
ó del Padre Maestre ó del doctor Zacarías, lo demás todo será como
esté proyectado, sin que haya un Sr. Rodríguez Sampedro que procure
escatimar gasto alguno.
Desde luego ha de procurarse que el festejo sea de todos y para todos.
Bien están los actos académicos, las ceremonias oficiales; pero sol,
aire y plaza pública, sobre todo. Cabalgatas espléndidas, en que tomen
parte nobleza, Ejército, artistas, sin temor al pícaro ridículo del
disfraz ni de la exhibición. Representaciones callejeras de algunos
entremeses de Cervantes, representación entre las frondas de la
Moncloa ó de Aranjuez de alguna comedia de Shakespeare: _El sueño de
una noche de verano_ ó _Como gustéis_. ¡Tanto puede hacerse con buen
gusto y con arte! Debe pensarse que, cuanto mejor sea todo ello, será
más productivo. En estas cosas la tacañería es lo más ruinoso. ¡A
fantasear, poetas! Y sea la primera fantasía ver cómo se saca el dinero
á los que lo tienen. No os detengáis ante ningún ditirambo adulador.
Cervantes y Shakespeare eran los que eran y, ¡ay!, también adularon á
los poderosos.