La regia munificencia ha dado una oportuna lección á la Real Academia
Española. Arbitro, administradora y dispensadora de premios, padece la
ilustre Corporación, como vieja tacaña, la manía de hacer comiditas
con las cantidades confiadas por gentes respetuosas de los prestigios
oficiales, á los buenos oficios y mejor voluntad, de la sabia y la
docta del esplendor, el brillo y la fijeza.
¡Dos mil pesetas para un solo escritor!--habrá pensado la vieja
rica.--¿Para qué necesita tanto dinero un hombre solo? Y ¡literato y
poeta! Para que se acostumbre mal ó lo eche en vicios, como adquisición
de libros, viajes ó cualquier otra perturbación de la inteligencia.
Nada, nada; con 1.000 pesetitas á cada uno, podemos hacer á dos
felices. Y mucho es que no han repartido la cantidad en bonos de
á peseta para dar un día feliz á toda la bohemia literaria. Bien
está que, entre los académicos, haya quien disfrute, por diferentes
conceptos y prebendas, pingües beneficios, sin pensar en repartir de
ellos; pero esos otros escritores de la calle... ¿para qué quieren
el dinero? El dinero embota el entendimiento; lo saben bien muchos
académicos. La necesidad sirve de espuela al ingenio; el dinero, tal
vez sólo de albarda.
Recuerda _Parmeno_ en el _Heraldo_ que los académicos están encargados
también de conceder algunos premios á las mejores obras dramáticas
escritas ó publicadas cada año, y que este premio no se ha concedido
desde muy larga fecha. ¿Por qué? La suspicacia de _Parmeno_ señala los
motivos probables. Fuera ridículo no recoger la alusión á mi persona,
por la modestia de no aceptar un adjetivo laudatorio. Pero yo creo
que _Parmeno_ está equivocado. Para optar á esos premios es condición
precisa que el autor, por sí mismo ó por otra persona, la presente y
someta al juicio de la Academia. Ni por mí, ni por persona autorizada
por mí, he presentado yo nunca una obra mía á ese concurso. Primero,
porque no tuve nunca la presunción de que una obra mía fuera la mejor
de las representadas en temporada alguna. Después, porque al día
siguiente de obtener el premio, la obra valdría lo mismo. Ya sabemos
que los premios oficiales, con muy buen acuerdo, han de atender sobre
todo á la ortodoxia de la obra. Esos premios han de ser siempre para
los poetas--como dijo Heine,--que no tienen de poetas más que el ser
virtuosos. Claro es que se puede ser virtuoso y ser buen poeta; pero
también se puede lo contrario; porque yo creo que la virtud del poeta
es... ser poeta. De otro modo, borraríamos de la lista á Cervantes,
á Lope, á Shakespeare, á Byron, á Shelley--dejo á otros, y no de los
peores,--todos gente poco disciplinada en su vida y en sus opiniones,
difíciles de encasillar en partidos políticos, que pueden hacer gloria
de su fama.
El artista que campa por sus respetos no espera nunca protección
oficial. Con ese no pueden atarse dos cuartos de cominos--piensa el
dispensador de mercedes.--Los cintajos y las distinciones son para el
sometido. ¿Fulano?--dicen.--Sí, gran talento. ¡Si sentara la cabeza!
Fulano tal vez sienta la cabeza, y aquel día quizás deja de tener
talento, que el talento no es para sentado.
Cuenta Plutarco, de no sé qué general griego ó romano, quien, viendo
combatir con furioso denuedo á uno de sus soldados, acercósele al
terminar de la batalla y, admirado de su valor, quiso informarse
de quién era. Supo entonces que aquel valiente era el hombre más
desgraciado del mundo, por carecer de todo, y, que tan desesperada era
su vida, que sólo buscaba la muerte. Concedióle el general riqueza y
galardones, dióle mando y honores; y en otra batalla, á pocos días,
vió cómo, en cobarde fuga, arrojaba las armas y corría á esconderse
en lugar seguro. Acudió el general á reprenderle por su cobardía, y
él entonces: ¿Qué te admira?--le dijo.--Ayer estaba desesperado; nada
tenía que perder, nada me importaba la vida... Hoy soy feliz, soy
rico... La muerte me asusta.
Y es que todo combatiente, soldado ó poeta, bien está sin premio. El
valor y la inteligencia han de ser indomables, y las golosinas son
grandes domesticadoras.
* * * * *
A despecho de los verdaderos aficionados á la buena música, el
intérprete se sobrepondrá siempre á la obra, y S. M. el Divo se alzará
sobre Wagner en alas de Pussini. Mejor dicho, Puccini se alzará sobre
Wagner en alas del divo. Ni estos falsos dioses tendrán nunca su
ocaso, mientras vayan unidos, ni el Ocaso hallará nunca sus dioses
mientras divas y divos prefieran la gloria personal á la pura gloria de
someterse á no brillar como astros teatrales.
¿Por qué esa afición de los grandes actores y de los grandes cantantes
á las malas comedias y á las malas óperas? ¿Es que su vanidad queda más
satisfecha no consintiendo que la obra se sobreponga al intérprete?
¿No será posible hallar un gran artista que se resigne á interpretar
verdadero arte? Mientras Wagner padece su ocaso, el tenor Anselmi
impone á la admiración la _Tosca_ y _Romeo y Julieta_. Las abonadas
sueñan con Mario Cavaradossi, con Romeo, con Des Grieux. Algunas sueñan
con que Anselmi cante el dúo de los besos de _El conde de Luxemburgo_.
Pueden pedirle que lo cante en la noche de su beneficio. El beneficio
del tenor, naturalmente.
* * * * *
Una historieta que refiere un periódico francés. Un padre acaudalado
satisfacía con esplendidez todos los gastos de su primogénito; pero
sorprendíale que, sobre la cantidad entregada mensualmente, el mozo le
pidiera siempre un importante suplemento.
--¿No lo tienes todo pagado? ¿Qué significa esto?
--Esto significa, papá, que hay gastos... gastos, en fin, cuya
justificación no debo detallarte, aunque tú debes comprenderla.
--Sí, lo comprendo; pero mira, para saber á qué atenerme, me pides lo
que necesitas y, para justificarlo, me dices: «Gastos de caza, tanto»,
y no hay más que hablar.
--Convenido.
La partida quedó desde luego asentada en esta forma mensualmente. El
respeto quedaba á salvo.
Con gran sorpresa observó el padre que la partida dejó de figurar en
cuenta durante dos ó tres meses.
--Vaya--pensó.--¿Dónde cazará ahora mi hijo, que no me cuesta nada?
Pero cuál no sería su desencanto al leer, al cabo de cierto tiempo,
esta nota de gastos suplementarios: «Al armero, 2.000 pesetas».