XLII

Si por bohemia se entiende independencia de nuestro espíritu, amplitud

de nuestra vida, nunca subordinada á un solo medio social; personalidad

tan enérgica que pueda comprender mil distintas personalidades, sin

que nuestra propia personalidad se pierda hasta desaparecer entre

todas ellas; simpatía por cuanto existe, sin resignación á que todo

siga existiendo lo mismo, si la bohemia es lucha y rebeldía y fuerza

y vida... cierto es su encanto. Pero si la bohemia es sólo necesidad

hecha vicio, que nunca de la necesidad se pudo hacer virtud; si es

limitación de nuestra vida á un solo medio miserable, desordenadamente

ordenado en la monotonía de vagar por los mismos lugares, entre las

mismas gentes; si es flojedad y desmayo y sumisión y abdicaciones y

miseria, en fin, espiritual y física, no habrá quien nos persuada de

sus encantos, ni en prosa, ni en verso, ni con música.

Si la realidad es pobreza y fealdad, no es de alma artista someterse

á ella. Los artistas están obligados á la lucha, á influir sobre la

realidad hasta transformarla, infundiendo en ella el espíritu de sus

ideales. Deber es del artista conquistar la riqueza. La vida sólo

será lo que debe ser cuando la riqueza sea de los poetas. La poesía

será entonces acción y vida y entonará sus estrofas en ciudades de

arte, limpias, sanas, alegres, risueñas; en jardines de encanto, en

monumentos de gloria, con bellas criaturas de selección espiritual y

física. No despreciéis la riqueza ¡oh, artistas!, que harto tiempo ha

sido de los bárbaros, muy satisfechos con que vosotros ponderéis los

encantos de la bohemia mientras ellos gozan de todo, sin compartir sus

goces más que con unos cuantos artistas domesticados, que se complacen

en enseñar á sus amigos para darse tono de protectores del Arte. Y

mientras vosotros no tengáis palacios, ni deis fiestas en ellos, ¿cómo

vais á convencer á nadie de que no son ellos los que no quieren

recibiros á vosotros, sino vosotros los que no os dignáis recibirlos á

ellos?

* * * * *

No recuerdo si lo soñé ó me lo contaron. Fué un escritor, muy discutido

en sus comienzos, que, por lo mismo, tuvo muchos admiradores: unos,

jóvenes animosos como él; otros... esos que hallan en lo infructuoso

de una labor combatida el mejor pretexto para no hacer ellos nada;

otros, los muchos fracasados, que pretenden justificar con el fracaso

de una obra ajena el fracaso de toda su obra. Todos estos admiradores

admiraban más al escritor cuanto más combatido era. Cuando, por

su trabajo y su constancia, llegó á tener verdadero público, los

admiradores se desilusionaron: ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Le gusta al

público? ¡Qué indignidad! Es que ha caído en la bajeza de hacerle

concesiones; ya no es el mismo. Y los admiradores le increparon por

haberles hecho traición. Si era para todos, ya no podían ellos presumir

de superiores al admirarlo. Ya no tuvo admiradores fieles más que

en sus fracasos; cuando no hacía concesiones al público. Si alguna

vez, por descanso ó por capricho ó por necesidad, escribía una obra,

sin más pretensiones que la de ganar algún dinero, aunque en ella no

ofendiera gravemente su sentimiento del arte, los fieles admiradores

no podían consentirlo y eran los primeros en protestar iracundos: ¡Qué

indignidad! ¡Viene á buscar dinero! Y ellos, con sus protestas, eran

los primeros en impedir que tan natural propósito, y por tan inocente

medio, se lograra. Así, tuvo que resignarse á no tener dinero en su

vida, para satisfacción de sus admiradores. ¿Buscarlo por otros medios?

Menos aún; sus admiradores no lo consentirían: su deber era hacer

Arte, Arte puro... Cuando murió... los admiradores acordaron costearle

un monumento; se reunió poco dinero, y los admiradores acordaron que

aquello era una indignidad. Para hacer mal las cosas, más valía no

hacerlas. El monumento había de ser magnífico, ó no sería... Y no fué,

en efecto. Los admiradores velaban fielmente su gloria póstuma como la

velaron en vida.

No sé si lo soñé ó me lo contaron; pero siempre que recibo alguna carta

firmada por «Un admirador», me echo á temblar recordando la historia de

aquella víctima de sus admiradores. Todas las cartas así firmadas son

de alguien que pretende administrarnos la hacienda, la moral, el buen

humor, lo que ellos llaman nuestros prestigios, nuestra vida pública

y nuestra vida privada... No ¡por Dios!, señores; yo no quiero ser

admirado á todas horas ni en todos los actos de mi vida; que descanse

vuestra admiración y que me deje descansar. No me escriban ustedes

cartas; porque desde ahora no leeré ninguna que traiga por firma el

consabido «Un admirador» como no incluya un billete de 1.000 pesetas;

única prueba de verdadera admiración que me ofrece alguna garantía y

justa compensación del dinero que me habrán ustedes impedido ganar por

admirarme demasiado.

* * * * *

Cuando creemos haber hecho todo lo posible por remediar las mayores

miserias, siempre nos queda el desconsuelo de no haber remediado una:

la ingratitud. Los bienhechores deben contar con ella y compadecer

doblemente al ingrato. ¡Qué horrible debe ser la pobreza, cuando así

llega á entumecer el corazón!

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 48 / 52 题