Si por bohemia se entiende independencia de nuestro espíritu, amplitud
de nuestra vida, nunca subordinada á un solo medio social; personalidad
tan enérgica que pueda comprender mil distintas personalidades, sin
que nuestra propia personalidad se pierda hasta desaparecer entre
todas ellas; simpatía por cuanto existe, sin resignación á que todo
siga existiendo lo mismo, si la bohemia es lucha y rebeldía y fuerza
y vida... cierto es su encanto. Pero si la bohemia es sólo necesidad
hecha vicio, que nunca de la necesidad se pudo hacer virtud; si es
limitación de nuestra vida á un solo medio miserable, desordenadamente
ordenado en la monotonía de vagar por los mismos lugares, entre las
mismas gentes; si es flojedad y desmayo y sumisión y abdicaciones y
miseria, en fin, espiritual y física, no habrá quien nos persuada de
sus encantos, ni en prosa, ni en verso, ni con música.
Si la realidad es pobreza y fealdad, no es de alma artista someterse
á ella. Los artistas están obligados á la lucha, á influir sobre la
realidad hasta transformarla, infundiendo en ella el espíritu de sus
ideales. Deber es del artista conquistar la riqueza. La vida sólo
será lo que debe ser cuando la riqueza sea de los poetas. La poesía
será entonces acción y vida y entonará sus estrofas en ciudades de
arte, limpias, sanas, alegres, risueñas; en jardines de encanto, en
monumentos de gloria, con bellas criaturas de selección espiritual y
física. No despreciéis la riqueza ¡oh, artistas!, que harto tiempo ha
sido de los bárbaros, muy satisfechos con que vosotros ponderéis los
encantos de la bohemia mientras ellos gozan de todo, sin compartir sus
goces más que con unos cuantos artistas domesticados, que se complacen
en enseñar á sus amigos para darse tono de protectores del Arte. Y
mientras vosotros no tengáis palacios, ni deis fiestas en ellos, ¿cómo
vais á convencer á nadie de que no son ellos los que no quieren
recibiros á vosotros, sino vosotros los que no os dignáis recibirlos á
ellos?
* * * * *
No recuerdo si lo soñé ó me lo contaron. Fué un escritor, muy discutido
en sus comienzos, que, por lo mismo, tuvo muchos admiradores: unos,
jóvenes animosos como él; otros... esos que hallan en lo infructuoso
de una labor combatida el mejor pretexto para no hacer ellos nada;
otros, los muchos fracasados, que pretenden justificar con el fracaso
de una obra ajena el fracaso de toda su obra. Todos estos admiradores
admiraban más al escritor cuanto más combatido era. Cuando, por
su trabajo y su constancia, llegó á tener verdadero público, los
admiradores se desilusionaron: ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Le gusta al
público? ¡Qué indignidad! Es que ha caído en la bajeza de hacerle
concesiones; ya no es el mismo. Y los admiradores le increparon por
haberles hecho traición. Si era para todos, ya no podían ellos presumir
de superiores al admirarlo. Ya no tuvo admiradores fieles más que
en sus fracasos; cuando no hacía concesiones al público. Si alguna
vez, por descanso ó por capricho ó por necesidad, escribía una obra,
sin más pretensiones que la de ganar algún dinero, aunque en ella no
ofendiera gravemente su sentimiento del arte, los fieles admiradores
no podían consentirlo y eran los primeros en protestar iracundos: ¡Qué
indignidad! ¡Viene á buscar dinero! Y ellos, con sus protestas, eran
los primeros en impedir que tan natural propósito, y por tan inocente
medio, se lograra. Así, tuvo que resignarse á no tener dinero en su
vida, para satisfacción de sus admiradores. ¿Buscarlo por otros medios?
Menos aún; sus admiradores no lo consentirían: su deber era hacer
Arte, Arte puro... Cuando murió... los admiradores acordaron costearle
un monumento; se reunió poco dinero, y los admiradores acordaron que
aquello era una indignidad. Para hacer mal las cosas, más valía no
hacerlas. El monumento había de ser magnífico, ó no sería... Y no fué,
en efecto. Los admiradores velaban fielmente su gloria póstuma como la
velaron en vida.
No sé si lo soñé ó me lo contaron; pero siempre que recibo alguna carta
firmada por «Un admirador», me echo á temblar recordando la historia de
aquella víctima de sus admiradores. Todas las cartas así firmadas son
de alguien que pretende administrarnos la hacienda, la moral, el buen
humor, lo que ellos llaman nuestros prestigios, nuestra vida pública
y nuestra vida privada... No ¡por Dios!, señores; yo no quiero ser
admirado á todas horas ni en todos los actos de mi vida; que descanse
vuestra admiración y que me deje descansar. No me escriban ustedes
cartas; porque desde ahora no leeré ninguna que traiga por firma el
consabido «Un admirador» como no incluya un billete de 1.000 pesetas;
única prueba de verdadera admiración que me ofrece alguna garantía y
justa compensación del dinero que me habrán ustedes impedido ganar por
admirarme demasiado.
* * * * *
Cuando creemos haber hecho todo lo posible por remediar las mayores
miserias, siempre nos queda el desconsuelo de no haber remediado una:
la ingratitud. Los bienhechores deben contar con ella y compadecer
doblemente al ingrato. ¡Qué horrible debe ser la pobreza, cuando así
llega á entumecer el corazón!