Cuenta Gracián en su _Criticón_--perdone _Azorín_ que me entre por sus
dominios--que, cuando españoles, portugueses, ingleses y holandeses
descubrían y se posesionaban de vastos territorios en el Nuevo Mundo,
acudió Francia en queja al supremo tribunal de la justicia divina,
lamentándose de haber sido olvidada en el reparto. Y el alto tribunal
contestó á la querella: «¿Y qué necesidad tienes, ¡oh, Francia! de unas
Indias? ¿No tienes ya bastantes Indias con España? Toda su riqueza y
la de sus Indias viene, al fin, á ser tuya; que los españoles te la
ofrecen gustosos, á cambio de tus baratijas.»
Aparte de que Francia no se halla hoy tan desprovista de territorios
coloniales, nuestra situación tributaria no ha cambiado mucho, y aun
somos unas ricas Indias para nuestra buena vecina y no tan buena
aliada. Hasta el premio «gordo» de Navidad aprendió el camino, y este
año se pasó á los franceses. ¡Hay para armar otro Dos de Mayo! Tal vez
más justificado que el otro, que, al fin, entre unos buenos millones
y unos infantes simples no hay comparación posible. ¡De salud sirvan!
_¡Bon profit, messieurs!_ Y á ver si alguna de nuestras Oteros de
exportación es la alcaldesa de Mostóles de esos milloncejos, y algún
_maquereau_ de casa, que también los exportamos excelentes, se encarga
de reintegrarnos, en todo ó en parte, de ese renegado premio. Pero ya
verán ustedes como lo único que nos llega, en compensación, es algún
artículo de costumbres españolas poniéndonos de vuelta y media por la
inmoralidad de nuestra lotería.
* * * * *
Nadie más obligado que los tradicionalistas á celebrar las fiestas
tradicionales, y así la minoría parlamentaria, representante de las
viejas ideas, no ha querido que se suspendieran las sesiones de Cortes
sin hacer la Pascua y sin dar su inocentada. La sesión permanente ha
tenido de una cosa y de otra. Por fortuna, los señores diputados son
gente de buen humor y se han divertido en la sesión nocturna más que
un hortera en baile de máscaras. Chirigotas, cuchipanda, amiguitas
en la tribuna; no han faltado más que las serpentinas. Y los de la
obstrucción, ¡Jesús, qué graciosos! De público, muy bien: todo el
de las últimas secciones de los _cines_. Con sesiones nocturnas
tan divertidas se acababa con la inmoralidad de esos espectáculos,
corruptores de la ancianidad y que tantas falsas alarmas pueden
producir en algunos apacibles tálamos. Los de fuera, que en este caso
es el público que paga, pensando, aunque la ley del «candado» sea muy
conveniente, que tal vez no fuera malo una ampliación aplicable á
ciertas agrupaciones y á algunos oradores.
* * * * *
A propósito de inmoralidad y de candados. Distinguidas señoras
pretenden que los Poderes públicos intervengan en la moralización
del teatro. ¡Ay, señoras mías! Y ¿quién tiene la culpa de eso que
ustedes llaman licencia y escándalo? Pues la educación que dan ustedes
á sus hijos. ¡Cómo!--exclamarán ustedes, indignadas.--¡Una educación
cristiana, en colegio de Padres religiosos! ¿A eso llama usted mala
educación? ¿Esa puede ser la causa de que una señora decente no pueda
siquiera leer los anuncios de la sección de espectáculos? Sí, señoras
mías, nobles y honestas damas: la Iglesia, que en otro tiempo tuvo
manga muy ancha con el Arte y era maestra y depositaria de buena
literatura, hoy más que nunca, asustadiza de la funesta manía de
pensar, no educa el gusto ni el sentimiento artístico de los jóvenes
encomendados á sus enseñanzas; anatematiza todo arte, toda literatura
que no sea de propaganda en favor de sus ideas, cada vez menos amplias,
más intransigentes. En sus clases de literatura se habla más del Padre
Coloma que de Cervantes; no se inspira afición y respeto, sino horror
y desconfianza á los nombres más ilustres y gloriosos. Mientras la
sujeción y la tutela de los maestros dura... menos mal: no leen á
Pérez Galdós; pero tampoco van á recrearse con una de esas empecatadas
obrillas de título equívoco y de inequívoco mal gusto. Pero al verse
libres, ¿qué tendrá mayor atracción para ellos? ¿Una obra de verdadero
arte, que no sabrán apreciar porque no les educaron el gusto para ello,
ó el espectáculo grosero, el de los chistes á su alcance, del que nadie
les apartó con energía porque una blanda absolución les tranquilizó
antes por este pecadillo que por la lectura de una obra enemiga?
¿Qué importa que la carne se turbe si no se turba el pensamiento? Lo
que los buenos Padres quieren son almas y pensamientos... lo demás
¿qué importa? Lo demás se lava y se plancha y queda como nuevo para
un matrimonio ventajoso, para un alto cargo y, sobre todo, para un
ejemplar testamento con especiales mandas y legados piadosos.
Hay una juventud incapaz de sentir emociones de arte, porque no la
educaron en el sentimiento de sus delicadezas. No os quejéis á los
Poderes públicos, señoras mías: tenéis los hijos que os merecéis,
y vuestros hijos tienen los espectáculos que se merecen. El Arte en
general, el teatro en particular, no son causa de nada; son el efecto
natural de muchas causas.
¡Ah! El año pasado tuve, con el concurso de otros autores, el costoso
capricho de iniciar un teatro para niños. No solicitamos licencia del
ordinario, ni pedimos el visto bueno de ninguna cofradía, porque no hay
conciencia, por enlodada que estuviera al roce de las miserias humanas,
que no sepa por sí misma, bien claramente, el respeto que se debe al
alma de un niño. Acudieron madres y niños de la clase media y de las
clases populares... A la sociedad elegante no tuve el gusto de verla
por allí. Sus automóviles y sus coches lujosos estaban á la puerta de
otros teatros de garrotín y desvergüenza. Se comprende que acudan á que
la autoridad les moralice el teatro los que no saben contenerse en su
curiosidad por las inmoralidades.