Es sabido que, á la entrada de todos los inviernos, las señoras hablan
de los vestidos que han de encargarse; los empresarios de teatros,
de las obras con que cuentan, y los gobernadores de Madrid, de la
extinción de la mendicidad. De todos estos programas, el único que
suele cumplirse, y con creces, es el de la indumentaria femenina, dicho
sea en honor de la mayor constancia del sexo débil en sus propósitos
y determinaciones. Los empresarios estrenan lo que pueden, que no es
siempre lo que quisieran; en cuanto á la extinción de la mendicidad...
no pasa de conversación en que luce el ingenio de unos cuantos
arbitristas, verdaderos ángeles de la caridad... con el dinero ajeno.
Y he aquí la primera dificultad en estas andanzas benéficas: que todos
piensan el mejor modo de sacar los cuartos á los demás y nadie quiere
sacar un céntimo de su bolsillo. Por lo pronto, el señor gobernador
había pensado en añadir un nuevo impuesto sobre las localidades de los
teatros, por ser cosa de lujo y nada necesaria, en opinión de dicha
autoridad. En efecto, así como indispensables para la vida... Pero
si argumentamos en lo necesario, ¿son tantas las cosas, en verdad,
necesarias? Tal vez no lleguen á la media docena, y tal vez no estén
entre ellas los gobernadores civiles. Considerando el teatro por la
parte del público, sí que es un lujo bien innecesario, como tantas
otras industrias, si sólo atendemos á los que se gastan el dinero en
disfrutar de los productos y no á los que se ganan la vida trabajando
para producirlos. De un lado está el lujo; de otro la necesidad...
¡Habría que ver los apuros del señor gobernador si en un día todos los
empresarios de Madrid acordaran suprimir ese lujo, cerrando todos los
teatros! No serían las damas elegantes ni los caballeros distinguidos,
ciertamente, los que irían en manifestación lujosa á pedirle solución
al conflicto; la gente adinerada es la que mejor puede pasarse sin
teatros. La sorpresa del señor gobernador sería muy grande al ver
miles de hombres y mujeres humildes clamando por el pan de sus hijos.
Es achaque de los grandes hacendistas que nos gobiernan creer que los
impuestos sobre los artículos de lujo los pagan los ricos. «Aquí, que
no peco», se dicen... Los impuestos los paga siempre el que trabaja y
produce. No es al que gasta y emplea su dinero en lujos ó en caprichos
al que habéis de castigar con nuevas contribuciones; que esos, al fin,
dan de comer á mucha gente y hacen circular el dinero, sino á los que
guardan y atesoran dinero, improductivo y cobarde; dinero antisocial y
antipatriótico; dinero de vagos, que deben ser tan perseguidos como los
otros vagos de la mendicidad callejera.
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La familia y los admiradores de Tolstoi no ganan para sustos. ¡La
guerra que dan estos apóstoles! Tantos disgustos trae á las familias
la extremada virtud de uno de sus miembros, como el vicio más
desordenado. Cierto que es de mucho gusto para los descendientes
contar con un santo de la familia en el calendario; pero los infelices
parientes contemporáneos pasan el sino. Vean ustedes este venerable
conde de Tolstoi, que acaba su vida como la empezó aquel perdulario de
Verlaine, escapándose con un amigo. Claro es que los motivos son muy
diferentes; pero el disgusto para la familia es el mismo. ¡La pobre
condesa! Ya le decía ella á cierto escritor inglés que fué á visitar
al conde con intención de escribir un estudio sobre su persona y sus
obras: «¿Quiere usted saber lo que piensa mi marido? Pues ya tiene
usted trabajo, porque cada día piensa una cosa.» Y la posteridad será
tan injusta que acaso cuente en el número de los santos al conde y se
olvide de la pobre condesa.
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Ni el triunfo de una obra de cierto género supone el triunfo de todas
las obras del mismo género, ni mucho menos el fracaso de todas las
obras de un género contrario. El Arte es furiosamente individualista,
y en él sí cada palo aguanta su vela. Hoy ríe el público con una
obra cómica y mañana llorará con un drama. Lo de «El público lo que
quiere es reir ó lo que quiere es llorar, ó quiere obras de tesis,
ó quiere obras ligeras, ó que no quiere el verso, etc., etc.», son
otras tantas vulgaridades. El público quiere obras de todas clases,
cuando le divierten ó le emocionan. Ni es una novedad que alternen
obras serias con obras regocijadas en los carteles. El teatro de la
Comedia fué siempre de los más eclécticos. Allí se estrenaron los más
caricaturescos _vaudevilles_ franceses y las obras de Dumas y Sardou,
última palabra, en sus tiempos, del teatro «serio». Después hemos
alternado en la mejor armonía autores de las más opuestas tendencias,
y el público nunca tuvo preferencia por géneros ni por autores, sino
por obras. Es de esperar que todo seguirá lo mismo. El público aplaude
y ríe con _Genio y figura_ porque la obra lo merece, y volverá á
aplaudir y á reírse cuantas veces acierten los autores cómicos, como
bostezará ó se estará en casa cuando no acierten á interesarle los
autores serios. Los fracasados son los que creen que cuando su obra
ha fracasado ha fracasado todo un género... Nada de eso; en Arte no
hay solidaridad que valga. Cada uno es cada uno. El público no sabe
de nombres genéricos; sólo sabe de nombres propios. No hay, pues, por
qué gritar: «¡Al arma, al arma!», y dejen los bien intencionados de
meter cizaña entre los autores; haga cada cual lo que sepa y pueda, sin
preocuparse de lo que hace el vecino. El verdadero vecino de enfrente
es el público. En la Comedia francesa, el teatro más serio del mundo,
después de una grave tragedia de Corneille, se representa el _Monsieur
de Pourcegnag_, de Molière, la más grotesca farsa que puede darse, con
sus boticarios jeringa en ristre corriendo por el patio de las butacas,
y nadie se alarma y todo está bien, y ni Corneille ni Molière ni la
seriedad de la Comedia francesa desmerecen por ello.