XXXVII

A la mayor parte de nuestras Juntas benéficas, ya sean de damas ó de

caballeros, les sucede lo que al devoto del cuento en sus méritos

para con Dios: lo que ganan por delante lo pierden por detrás. ¿Por

qué reglamento rigorista ha de ser la Inclusa barrera infranqueable

entre las madres y los hijos? ¿No debiera ser más bien lazo de unión,

apartado de las miradas del mundo? No el alejamiento, la proximidad de

las madres debiera solicitarse. El abandono del hijo es alguna vez,

por monstruosa sequedad del corazón, cerrado á un instinto que hasta

en los animales parece con delicadezas de sentimiento espiritual.

Pero ¡cuántas veces es miseria, vergüenza, miedo!... Y ¿no debe ser

la sociedad entonces, y las Juntas de damas benéficas sobre todo, las

que, en vez de apartar á la madre como indigna, porque cedió á esas

consideraciones sociales, procuren ser piadosos intermediarios, no

como secuestradores, sino como guardianes de los pobres niños, que no

serían entonces abandonados del todo y para siempre por sus madres?

En vez de decirles: «Aquí dejas á tu hijo; no vuelvas á acordarte de

él», decid: «Aquí tienes á tu hijo; acuérdate siempre; ven cuando

quieras; defiende tu vida como puedas, nosotras defendemos la de tu

hijo.» Sea la caridad nodriza, educadora; pero no pretenda ser madre

mientras la verdadera madre no haya renunciado á serlo por monstruosa

perversidad. No digáis á los pobres niños: «Vuestras madres fueron

tan malas mujeres, que no supieron ser madres.» Decidles: «Vuestras

madres eran tan pobres, que no podían teneros á su lado; compadecedlas

mucho, como nosotras las compadecimos.» ¿Creéis que no sería mayor su

gratitud y que no podrán fundarse mayores virtudes si ellos ven que,

no sólo los guardasteis la vida, sino el amor de la madre? Reformad

esos reglamentos, nobles señoras; un reglamento de un asilo benéfico

no debe ser como un Código penal, en que siempre se mira al hombre

como un presunto delincuente. No todas las madres que dejan sus hijos

en la Inclusa son malas madres; muchas son madres pobres, y, en la

duda, todas son ¡pobres madres! Tan difícil como hacer leyes desde

los salones de un ministerio es difícil hacer reglamentos desde

gabinetes perfumados. Sobre todo, leyes y reglamentos para los pobres y

miserables de la tierra, por los que nunca supieron de pobrezas ni de

miserias.

* * * * *

Las obras de la Gran Vía adelantan hasta el punto de permitirnos á

los que nacimos á mediados del siglo pasado la esperanza de verlas

terminadas. Pero he aquí que, al comienzo, surge el primer obstáculo.

Entre los derribos yérguese altiva, desafiadora y elocuente como un

símbolo nacional, una pequeña iglesia: la conocida vulgarmente por

el nombre de Niñas de Leganés. No hay quien pueda con esas niñas. La

piqueta derriba casas y casas, y el campanario de la iglesia cada vez

más insolente y fanfarrón. Parece ser que no hay persona apta para

tomar el dinero precio de la expropiación. ¡Por vida del inconveniente!

Que se tratara de alguna manda ó donación, y veríamos si había personas

aptas para embolsarse los cuartos. ¿Para qué están los señores jueces,

más que para ser depositarios de los dineros dudosos? ¿Van á detenerse

las obras por ese monumento nacional? A bien que se queda Madrid sin

iglesias. Nuestros ricachones, por no imitar á los norteamericanos,

que suelen dejar cuantiosas herencias á Universidades y escuelas, no

saben cosa mejor que legarnos iglesias. A ninguno se le ocurre dejar

unos cuantos millones para fundar un buen periódico de la buena Prensa,

atendiendo las exhortaciones del señor obispo de Jaca, que sabe muy

bien dónde le aprieta la mitra y que á Dios rogando y con el rotativo

dando. Además, el mayor número de iglesias no contribuye en nada á la

conversión de incrédulos; mientras que un buen periódico que diera

buenos sueldos á los redactores, contribuiría grandemente. Ya sabemos

que aquí nadie tiene sueldo por tener estas ideas ó las otras; pero

¡ideas por tener un sueldo!...

* * * * *

El arte moderno se desvive por la originalidad; la acusación más

ofensiva para un artista es la de plagiario: _Il nous faut du nouveau

n'en fut il plus au monde_. Y, sin embargo, las novedades apenas llaman

un día la atención y las obras que se perpetúan son menos que plagios:

plagios de plagios, imitación de imitaciones. La humanidad, como los

niños, prefiere el cuento cien veces oído. Las obras inmortales son

aquellas en que sus autores acertaron á contar del mejor modo las dos

docenas de cuentos que interesan á todos. ¿Es otro secreto de la gloria

de Shakespeare? Cuentos sabidos, de una sencillez de asunto y de una

psicología primitivas. Obras que pueden representarse ante el auditorio

más ignorante como ante el más docto.

Y nuestro _Don Juan Tenorio_, el de Zorrilla, que acertó á contar

el cuento al gusto español y popular, ¿no es el mejor ejemplo y la

mejor lección para los originales y noveleros? Hoy tememos demasiado

á tocar esos asuntos universales vulgarizados, y renunciamos tal vez

á escribir las mejores obras. ¿Quién se atreve á escribir otro _Don

Juan_, otro _Fausto_, otro _Romeo y Julieta_? Verdad es que la crítica,

interponiéndose á cada paso del arte entre el artista y el público,

opone la terrible acusación de plagio ó de osadía. Pero hay que tener

todas las osadías, la del plagio en primer lugar, y la de pasar por

encima de la crítica, para llegar directamente al alma del público.

Esta fué la mayor hazaña de _Don Juan Tenorio_; por ella le vemos todos

los años en escena triunfar de muchas novedades originales, y, cuando

todas ellas hayan caído en el olvido, _Don Juan Tenorio_, plagio de

plagios, imitación de imitaciones, sobrevivirá como uno de los pocos

cuentos interesantes que un gran poeta se atrevió á contar nuevamente

sin el temor de parecer plagiario.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 43 / 52 题