A la mayor parte de nuestras Juntas benéficas, ya sean de damas ó de
caballeros, les sucede lo que al devoto del cuento en sus méritos
para con Dios: lo que ganan por delante lo pierden por detrás. ¿Por
qué reglamento rigorista ha de ser la Inclusa barrera infranqueable
entre las madres y los hijos? ¿No debiera ser más bien lazo de unión,
apartado de las miradas del mundo? No el alejamiento, la proximidad de
las madres debiera solicitarse. El abandono del hijo es alguna vez,
por monstruosa sequedad del corazón, cerrado á un instinto que hasta
en los animales parece con delicadezas de sentimiento espiritual.
Pero ¡cuántas veces es miseria, vergüenza, miedo!... Y ¿no debe ser
la sociedad entonces, y las Juntas de damas benéficas sobre todo, las
que, en vez de apartar á la madre como indigna, porque cedió á esas
consideraciones sociales, procuren ser piadosos intermediarios, no
como secuestradores, sino como guardianes de los pobres niños, que no
serían entonces abandonados del todo y para siempre por sus madres?
En vez de decirles: «Aquí dejas á tu hijo; no vuelvas á acordarte de
él», decid: «Aquí tienes á tu hijo; acuérdate siempre; ven cuando
quieras; defiende tu vida como puedas, nosotras defendemos la de tu
hijo.» Sea la caridad nodriza, educadora; pero no pretenda ser madre
mientras la verdadera madre no haya renunciado á serlo por monstruosa
perversidad. No digáis á los pobres niños: «Vuestras madres fueron
tan malas mujeres, que no supieron ser madres.» Decidles: «Vuestras
madres eran tan pobres, que no podían teneros á su lado; compadecedlas
mucho, como nosotras las compadecimos.» ¿Creéis que no sería mayor su
gratitud y que no podrán fundarse mayores virtudes si ellos ven que,
no sólo los guardasteis la vida, sino el amor de la madre? Reformad
esos reglamentos, nobles señoras; un reglamento de un asilo benéfico
no debe ser como un Código penal, en que siempre se mira al hombre
como un presunto delincuente. No todas las madres que dejan sus hijos
en la Inclusa son malas madres; muchas son madres pobres, y, en la
duda, todas son ¡pobres madres! Tan difícil como hacer leyes desde
los salones de un ministerio es difícil hacer reglamentos desde
gabinetes perfumados. Sobre todo, leyes y reglamentos para los pobres y
miserables de la tierra, por los que nunca supieron de pobrezas ni de
miserias.
* * * * *
Las obras de la Gran Vía adelantan hasta el punto de permitirnos á
los que nacimos á mediados del siglo pasado la esperanza de verlas
terminadas. Pero he aquí que, al comienzo, surge el primer obstáculo.
Entre los derribos yérguese altiva, desafiadora y elocuente como un
símbolo nacional, una pequeña iglesia: la conocida vulgarmente por
el nombre de Niñas de Leganés. No hay quien pueda con esas niñas. La
piqueta derriba casas y casas, y el campanario de la iglesia cada vez
más insolente y fanfarrón. Parece ser que no hay persona apta para
tomar el dinero precio de la expropiación. ¡Por vida del inconveniente!
Que se tratara de alguna manda ó donación, y veríamos si había personas
aptas para embolsarse los cuartos. ¿Para qué están los señores jueces,
más que para ser depositarios de los dineros dudosos? ¿Van á detenerse
las obras por ese monumento nacional? A bien que se queda Madrid sin
iglesias. Nuestros ricachones, por no imitar á los norteamericanos,
que suelen dejar cuantiosas herencias á Universidades y escuelas, no
saben cosa mejor que legarnos iglesias. A ninguno se le ocurre dejar
unos cuantos millones para fundar un buen periódico de la buena Prensa,
atendiendo las exhortaciones del señor obispo de Jaca, que sabe muy
bien dónde le aprieta la mitra y que á Dios rogando y con el rotativo
dando. Además, el mayor número de iglesias no contribuye en nada á la
conversión de incrédulos; mientras que un buen periódico que diera
buenos sueldos á los redactores, contribuiría grandemente. Ya sabemos
que aquí nadie tiene sueldo por tener estas ideas ó las otras; pero
¡ideas por tener un sueldo!...
* * * * *
El arte moderno se desvive por la originalidad; la acusación más
ofensiva para un artista es la de plagiario: _Il nous faut du nouveau
n'en fut il plus au monde_. Y, sin embargo, las novedades apenas llaman
un día la atención y las obras que se perpetúan son menos que plagios:
plagios de plagios, imitación de imitaciones. La humanidad, como los
niños, prefiere el cuento cien veces oído. Las obras inmortales son
aquellas en que sus autores acertaron á contar del mejor modo las dos
docenas de cuentos que interesan á todos. ¿Es otro secreto de la gloria
de Shakespeare? Cuentos sabidos, de una sencillez de asunto y de una
psicología primitivas. Obras que pueden representarse ante el auditorio
más ignorante como ante el más docto.
Y nuestro _Don Juan Tenorio_, el de Zorrilla, que acertó á contar
el cuento al gusto español y popular, ¿no es el mejor ejemplo y la
mejor lección para los originales y noveleros? Hoy tememos demasiado
á tocar esos asuntos universales vulgarizados, y renunciamos tal vez
á escribir las mejores obras. ¿Quién se atreve á escribir otro _Don
Juan_, otro _Fausto_, otro _Romeo y Julieta_? Verdad es que la crítica,
interponiéndose á cada paso del arte entre el artista y el público,
opone la terrible acusación de plagio ó de osadía. Pero hay que tener
todas las osadías, la del plagio en primer lugar, y la de pasar por
encima de la crítica, para llegar directamente al alma del público.
Esta fué la mayor hazaña de _Don Juan Tenorio_; por ella le vemos todos
los años en escena triunfar de muchas novedades originales, y, cuando
todas ellas hayan caído en el olvido, _Don Juan Tenorio_, plagio de
plagios, imitación de imitaciones, sobrevivirá como uno de los pocos
cuentos interesantes que un gran poeta se atrevió á contar nuevamente
sin el temor de parecer plagiario.