Discusión digna de los mejores tiempos de Bizancio ha sido la originada
por el aumento del impuesto sobre legados á favor del propio testador;
sobre todo, si son en provecho de su alma; que si algo deja para
vanidades corporales, como embalsamamiento, entierro de lujo, mausoleo
ó erección de cuanto cabe erigírsele á un difunto, allá el demonio ó la
Hacienda con ello, que eso importa poco; al fin, todo será economizar
un poco en estas materialidades póstumas. Pero si se trata de misas,
oraciones y preces, ¡qué terrible responsabilidad la del señor ministro
de Hacienda si, por disminuir con el impuesto la cantidad que debió
aplicarse á los sufragios, el alma de algún difunto se ve privada del
descanso eterno! Nadie mejor que el interesado puede saber el número
de misas y de responsos que necesita, y es gran maldad entrometerse
en esta administración que sólo corresponde á lo eclesiástico; que
por algo cuando se deja á un moribundo bien dispuesto para el último
trance, suele decirse que le han administrado. Y ahora cuántas almas,
como la de Garibay famosa, vagarán sin reposo á falta de ese dinerillo
interceptado por el Fisco. ¡Ay del señor ministro de Hacienda si dan en
aparecérsele y en atormentarle tantas almas en pena! Ya, por lo pronto,
anticipándose á los muertos, claman los vivos, precisos intermediarios
en estas operaciones de salvamento de almas. Es triste cosa que todo
negociado espiritual haya de traducirse en algo material y palpable.
Por eso el señor ministro de Hacienda debe tranquilizar su conciencia,
pensando que todo es cosa de almas, y que el alma de España, ese alma
tan cantada en discursos y poesías, también tiene sus necesidades y
que su espiritualidad sólo puede mostrarse por medio de organismos
materiales que cuesta mucho dinero sostener. Y ¿de dónde sacarlo que
menos duela que de las almas pecadoras? ¿Qué son unos años más de
purgatorio ante la eternidad? Sobre que en muchos casos, al cobrar la
Hacienda el impuesto de estos muertos piadosos, acaso no hará más que
reparar un olvido de restitución y todo será para bien de las almas. En
cuanto á los intermediarios, si tanto se preocupan por la salvación del
difunto, no tienen más que rebajar los precios; después de todo, las
oraciones no cuestan tanto trabajo. Todo menos que los muertos anden
por el ministerio de Hacienda; porque los hay que, muertos y todo,
harían inútiles las habilidades financieras del señor ministro para
sacarles los cuartos.
* * * * *
Una frase poco meditada, de una obra teatral, ha indignado á los
estudiantes de Medicina. La frase mortificante era injusta sobremanera,
y los autores han sido los primeros en declararlo lealmente,
apresurándose á retirarla de la obra en cuestión. Es de esas frases que
sólo tienen disculpa en el natural deseo en todo autor de halagar al
auditorio á quien se dirige. Cierto que más debían meditarse cuando es
menos ilustrado y menos puede pesar el pro y el contra. Justamente la
clase médica es la más altruísta y desinteresada. En ninguna profesión
se prodiga tanto la asistencia gratuita, y no hay médico, alto ni
bajo, que al cabo del año no haya asistido á mayor número de enfermos,
por amor á la humanidad, sin estipendio alguno, que á ricos clientes,
buenos pagadores. Esto sin contar á los médicos de partido, verdadero
apostolado de la Ciencia, indignamente retribuído. De modo que esos
cadáveres destrozados no aprovechan solamente á los ricos, ni ¡qué
mejor empleo puede tener un cuerpo muerto que servir al estudio y á los
progresos de la Ciencia! Poco tiempo hace que un ilustre profesor de la
Facultad, con admiración de todos, legó su cuerpo para tan altos fines.
Ahora, que los estudiantes, una vez retirada la frase, no debieron
extremar su protesta. La frase era poco razonada; bastaba protestar
contra ella con razones. No es conveniente sentar precedentes para
otras protestas, que harían imposible toda crítica social en el teatro,
en el libro y en el periódico. Ello ha sido que el incidente ha venido
á parar en recordarnos uno de los más graciosos lances de Don Quijote:
los autores arremetían contra los estudiantes, los estudiantes contra
la Policía, y el señor Méndez Alanís contra el Gobierno. Por fortuna,
no hemos llegado á la conflagración europea.
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En estos tiempos de mal entendida democracia, en que á duras penas
se tolera que nadie se distinga, ni sobresalga, ni tenga iniciativa
propia, y todos pedimos esa modestia que es el uniforme gris de los
que no pueden ir mejor vestidos, nadie sabe el valor que supone la
decisión de los hermanos Quintero al proponerse por su cuenta, á costa
de su trabajo y sin otra cooperación que la del público, levantar un
monumento al poeta de la Juventud y del Amor; que, por ser el poeta de
una edad que es de todas las vidas, ha de ser un poeta de todas las
edades del mundo.
Los que alguna vez hemos proyectado alguna idea generosa y pronto
nos arrepentimos de ella como de una falta, desalentados ante la
hostilidad de los unos, la indiferencia de los otros, el comentario
burlón ó malicioso, que no dejan de suponer miras interesadas ó, por
lo menos, afán de notoriedad--¡gran pecado para los que no pueden
significarse á no ser en clase de mosquitos ó cualquier otro insecto
molesto!,--sabemos lo que supone la ilusión, la valentía de los
hermanos Quintero en su noble empresa.
El público ha respondido y responderá generosamente en todas partes.
Alguna lamentable abstención pudiera notarse; esperemos que se
enmendará á tiempo.
Sólo deseo á los aplaudidos autores que esa fe y esas ilusiones de su
juventud no les falten nunca y no lleguen á sentir jamás, ante las
ruindades de tantos tristes del bien ajeno, la tristeza incurable, por
ser más noble, que produce en los espíritus generosos el mal ajeno.