Quede á salvo la buena intención del Congreso contra la trata de
blancas. Pero ¿qué podrá una sola institución social para reprimir lo
que tantas otras instituciones sociales son á fomentar? Medicinaremos
lo sintomático y la enfermedad esencial continuará consumiendo el
organismo.
Para combatir la llamada trata de blancas hay que afrontar cara á cara
la trata de negras, que es la trata de la mujer en general, por todas
las leyes, instituciones y costumbres sociales. Quizás la trata de
blancas sea la más dulce y favorable de todas ellas. ¿Qué ofrecemos
á la mujer que mejor sea? ¿Trabajo? Que emancipe á la mujer de toda
esclavitud económica, único medio de lograr su emancipación moral, sólo
hay uno: el trabajo artístico, y para esto es preciso ¡ahí es nada! un
gran talento y una gran voluntad. Aun así, ¿estamos seguros de que
nuestro respeto y nuestra admiración acompañen siempre al triunfo del
talento femenino? Sólo las grandes artistas del teatro consiguen ser
admiradas por completo; y ¡cuántas veces la admiración á la belleza nos
hace ser injustos con el talento! ¿No suelen estar mejor pagadas una
cara bonita y unas lindas piernas que una clara inteligencia y un gran
corazón?
En las demás profesiones, en la misma profesión artística, cuando
un poderoso talento no basta á imponerse por sí mismo, ¿qué llega
á conseguir la mujer por sí sola, sin el favor y la protección del
hombre, no siempre generoso, más bien tacaño, al remunerar con una
colocación, á costa ajena, lo que hubiera debido pagar á su propia
costa? ¿Cuántas serán las mujeres que hayan llegado á la independencia
de una profesión lucrativa sin haber tenido que pagar servidumbre al
antojo de un hombre?
¿El matrimonio? Pero ¿quién dirá que se trata de un Sacramento de
la Iglesia, instituído por Dios, cuando en sociedades que se dicen
cristianas le vemos perseguido por todos los medios, como un vicio ó
como un delito?
A él se oponen leyes militares, prohibiendo el matrimonio de millares
de hombres en lo mejor de su vida, en nombre de conveniencias sociales;
á él se oponen leyes económicas, que mantienen en pobreza ó en escasez
á los jóvenes en la edad más conveniente para el matrimonio; á él se
oponen todos los egoísmos individuales engendrados por el gran egoísmo
colectivo. Y salvadas estas dificultades, ¿qué es la mujer, con raras
excepciones para cuentos y comedias morales, en el matrimonio? Animal
de lujo en las clases altas; animal de cría en la clase media; animal
de cría, de trabajo y de carga en la clase baja.
¿Y quieren ustedes oponerse á la trata de blancas?
¿En nombre de qué? ¿Qué ofrecen ustedes en cambio? La máquina de coser,
la aguja y la plancha.
--Gracias--dirán las favorecidas.
¿El matrimonio con el empleado con 1.500 pesetas ó el jornalero con
tres pesetas?
--Muchísimas gracias--volverán á decir.
Lo mejor que pueden ustedes ofrecerlas es un convento, como Hamlet á
Ofelia.
Y estos pícaros Gobiernos democráticos, con eso del «candado», no se
preocupan más que de cerrar puertas sin abrir otras para dar salida á
las pobres mujeres. Lo que dirá alguna, parodiando la altiva divisa de
las Rohan: «Casada no puedo; trabajar no quiero... «blanca» me quedo.»
Pero se están poniendo las cosas de un modo, que ni ese recurso les va
á quedar á las pobrecillas.
* * * * *
El Ayuntamiento de Valencia ha desairado á los poetas, oponiéndose
á la celebración del Congreso de la Poesía. ¡Gran injusticia! Pues
no sabemos que ese Congreso reuniera menos condiciones de inutilidad
que cualquiera otro de tantos Congresos como se reunen, á todas horas
por esos mundos. Y ¿no es la inutilidad la primera y más estimable
condición de estas juntas?
¡Quién sabe si de éste hubiera salido algo práctico, por andar todo
al revés en estos tiempos! ¡Tantos Congresos, de los que se esperaban
grandes resultados prácticos, han venido á diluirse en la más vaporosa
poesía!
Pero bien empleado os está ¡oh, poetas! ¿Quién os manda poneros al
habla con Corporaciones oficiales de ninguna clase? Y ¿qué íbais á
hacer en Valencia, después de los cortesanos? ¿No sabéis que por donde
ellos pasan ya no quedan flores, ni halagos, ni atenciones para los
poetas? ¿Sabéis guiar un automóvil? No; porque ni habéis tenido nunca
dinero para comprar uno, ni tenéis amigos que los posean. La gente
adinerada no se trata con los poetas. Entonces... ¿qué íbais á pintar
en Valencia? Ya iréis cuando tengáis más dinero. Para eso, dejaros por
algún tiempo de hacer versos; haced algo más, como los poetas de...
otras partes.