XXXVI

Quede á salvo la buena intención del Congreso contra la trata de

blancas. Pero ¿qué podrá una sola institución social para reprimir lo

que tantas otras instituciones sociales son á fomentar? Medicinaremos

lo sintomático y la enfermedad esencial continuará consumiendo el

organismo.

Para combatir la llamada trata de blancas hay que afrontar cara á cara

la trata de negras, que es la trata de la mujer en general, por todas

las leyes, instituciones y costumbres sociales. Quizás la trata de

blancas sea la más dulce y favorable de todas ellas. ¿Qué ofrecemos

á la mujer que mejor sea? ¿Trabajo? Que emancipe á la mujer de toda

esclavitud económica, único medio de lograr su emancipación moral, sólo

hay uno: el trabajo artístico, y para esto es preciso ¡ahí es nada! un

gran talento y una gran voluntad. Aun así, ¿estamos seguros de que

nuestro respeto y nuestra admiración acompañen siempre al triunfo del

talento femenino? Sólo las grandes artistas del teatro consiguen ser

admiradas por completo; y ¡cuántas veces la admiración á la belleza nos

hace ser injustos con el talento! ¿No suelen estar mejor pagadas una

cara bonita y unas lindas piernas que una clara inteligencia y un gran

corazón?

En las demás profesiones, en la misma profesión artística, cuando

un poderoso talento no basta á imponerse por sí mismo, ¿qué llega

á conseguir la mujer por sí sola, sin el favor y la protección del

hombre, no siempre generoso, más bien tacaño, al remunerar con una

colocación, á costa ajena, lo que hubiera debido pagar á su propia

costa? ¿Cuántas serán las mujeres que hayan llegado á la independencia

de una profesión lucrativa sin haber tenido que pagar servidumbre al

antojo de un hombre?

¿El matrimonio? Pero ¿quién dirá que se trata de un Sacramento de

la Iglesia, instituído por Dios, cuando en sociedades que se dicen

cristianas le vemos perseguido por todos los medios, como un vicio ó

como un delito?

A él se oponen leyes militares, prohibiendo el matrimonio de millares

de hombres en lo mejor de su vida, en nombre de conveniencias sociales;

á él se oponen leyes económicas, que mantienen en pobreza ó en escasez

á los jóvenes en la edad más conveniente para el matrimonio; á él se

oponen todos los egoísmos individuales engendrados por el gran egoísmo

colectivo. Y salvadas estas dificultades, ¿qué es la mujer, con raras

excepciones para cuentos y comedias morales, en el matrimonio? Animal

de lujo en las clases altas; animal de cría en la clase media; animal

de cría, de trabajo y de carga en la clase baja.

¿Y quieren ustedes oponerse á la trata de blancas?

¿En nombre de qué? ¿Qué ofrecen ustedes en cambio? La máquina de coser,

la aguja y la plancha.

--Gracias--dirán las favorecidas.

¿El matrimonio con el empleado con 1.500 pesetas ó el jornalero con

tres pesetas?

--Muchísimas gracias--volverán á decir.

Lo mejor que pueden ustedes ofrecerlas es un convento, como Hamlet á

Ofelia.

Y estos pícaros Gobiernos democráticos, con eso del «candado», no se

preocupan más que de cerrar puertas sin abrir otras para dar salida á

las pobres mujeres. Lo que dirá alguna, parodiando la altiva divisa de

las Rohan: «Casada no puedo; trabajar no quiero... «blanca» me quedo.»

Pero se están poniendo las cosas de un modo, que ni ese recurso les va

á quedar á las pobrecillas.

* * * * *

El Ayuntamiento de Valencia ha desairado á los poetas, oponiéndose

á la celebración del Congreso de la Poesía. ¡Gran injusticia! Pues

no sabemos que ese Congreso reuniera menos condiciones de inutilidad

que cualquiera otro de tantos Congresos como se reunen, á todas horas

por esos mundos. Y ¿no es la inutilidad la primera y más estimable

condición de estas juntas?

¡Quién sabe si de éste hubiera salido algo práctico, por andar todo

al revés en estos tiempos! ¡Tantos Congresos, de los que se esperaban

grandes resultados prácticos, han venido á diluirse en la más vaporosa

poesía!

Pero bien empleado os está ¡oh, poetas! ¿Quién os manda poneros al

habla con Corporaciones oficiales de ninguna clase? Y ¿qué íbais á

hacer en Valencia, después de los cortesanos? ¿No sabéis que por donde

ellos pasan ya no quedan flores, ni halagos, ni atenciones para los

poetas? ¿Sabéis guiar un automóvil? No; porque ni habéis tenido nunca

dinero para comprar uno, ni tenéis amigos que los posean. La gente

adinerada no se trata con los poetas. Entonces... ¿qué íbais á pintar

en Valencia? Ya iréis cuando tengáis más dinero. Para eso, dejaros por

algún tiempo de hacer versos; haced algo más, como los poetas de...

otras partes.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 42 / 52 题