Todas las huelgas mayores ó menores, tan menudeadas en estos últimos
tiempos por todo el mundo, no son más que ensayos parciales de la
huelga general que tendremos más tarde ó más temprano y quizás cuando
menos se piense. Es difícil saberse poseedores de una fuerza y resistir
al deseo de ejercitarla y de probar hasta dónde alcanza. Unase á esto
la infantil curiosidad, poderoso móvil de tantas acciones humanas; el
«¿A ver qué pasa?», capaz por sí solo á desafiar y arrostrar todos
los peligros que puedan amenazarnos y todos los males que puedan
sobrevenirnos.
Los síntomas son de que, tanto los amenazadores como los amenazados,
unos por hacer alarde de su fuerza y otros de su resistencia, están
deseando saber lo que pasa si la huelga general se declara. Tanto harán
unos y otros que por fin se saldrán con la suya, y no tardaremos en
enterarnos. ¡Triste tarea la de los gobernantes modernos, edificando
sobre terreno movedizo, haciendo cuentas sin contar con lo imprevisto,
previsores de guerras exteriores y sorprendidos por la guerra íntima!
Y no hay duda: las huelgas son las guerras modernas, y de ellas deben
preocuparse los Gobiernos más que de las dudosas conflagraciones
internacionales. Las luchas futuras serán de clase, no de naciones.
Un obrero chino será más compatriota de un obrero alemán que de un
capitalista ó de un letrado de su nación. Un hombre de ciencia francés
estará más cerca de un sabio japonés que de cualquier espíritu grosero
entre sus compatriotas. Los espíritus se saludan por afinidades
espirituales, no por la proximidad material. Como el beso de la dolora
de Campoamor, injusticias y males repercuten muy lejos y unen en el
mismo sentimiento de agravio y de dolor á los más distantes. Por eso
los que aun crean que hay algo que defender, contra los que creen que
todo hay que destruirlo, deben unirse espiritual y materialmente sobre
naciones y fronteras; porque el enemigo está en todas partes. La idea
de patria es valor que caduca, y pronto será tan anacrónico como el
valor de las ideas religiosas. Razones sentimentales los sostendrán
todavía sin virtud y sin eficacia. ¡Ay de los que no comprendan á
tiempo la necesidad de sustituir esos valores por otros más eficaces
para la defensa social! Suponiendo que la defensa social tenga valor
alguno.
* * * * *
De las discusiones, protestas, querellas y disgustos promovidos
por la distribución de premios en la Exposición de Bellas Artes,
sólo puede deducirse una consecuencia: que las obras de arte no
son para calificadas y premiadas como niños de colegio.--Por de
contado que los niños tampoco debieran serlo como los cuadros en las
Exposiciones.--¿Hay nada más ridículo? Fulanito, el primero; Menganito,
el segundo de los primeros; después el segundo, el segundo de los
segundos... ¿Hay quien crea que las obras de arte pueden calificarse
tan rotundamente? ¿Se figuran ustedes el Museo del Prado sometido á una
distribución de premios por el estilo? Y no vale argumentar con que
el mérito extraordinario de casi todos los cuadros haría difícil la
calificación; porque si es difícil calificar entre iguales por alto,
tan difícil es calificar entre iguales por bajo. ¡Y no digamos entre
medianos!
Se dirá que sin esa formalidad de los premios sería difícil conseguir
el objeto principal de las Exposiciones, que es el de señalar al Estado
los cuadros que debe adquirir, si la protección á los artistas ha de
ser efectiva. Yo creo que con las manifestaciones del público y de la
crítica bastarían para una razonable orientación. En todo caso, sería
preferible el sorteo; todo menos eso de los primeros, los segundos de
los primeros y el primero de los segundos. Ya sé que es muy humano y
satisface mucho á los entendimientos mediocres eso de que nos lo den
todo numerado por orden de mérito. Hay quien pregunta: «¿Qué obra de
Shakespeare es la mejor? ¿Cuál es el mejor cuadro de Velázquez?» Y
¿qué pensarían ustedes del que se atreviera á señalar una sola obra de
Shakespeare, un solo cuadro de Velázquez como superior en absoluto?
De cualquier modo, y aun aceptando como mal menor ó necesario la
calificación y numeración por un Jurado inteligente, probo y sincero,
como lo son todos los Jurados hasta el día, de la adjudicación de
premios, bueno sería que los jueces se atuvieran al mérito de las
obras, dejando fuera de juicio las tendencias, el procedimiento y los
medios de ejecución de las mismas. ¡Bueno fuera que en un concurso
de obras dramáticas, por ejemplo, entre una mala obra realista y una
excelentísima obra romántica ó imitación de nuestro teatro clásico, se
premiara la mala obra por parecer más de nuestro tiempo ó por antipatía
de escuela! Si la emoción y el sentimiento que inspiran al artista
son sinceros, ¿ha de censurársele porque aun pretenda espiritualizar
su obra, desligándola del tiempo y del espacio? ¿Es tan pronto para
renegar de una tendencia artística que es la mitad del arte moderno?
Mæterlink, Ibsen mismo, en la dramática; D'Annunzio y Anatole France,
en la novela; Puvis de Chavannes y los prerrafaelistas ingleses, en la
pintura... ¿Y en música? Debussy va á inspirarse en la música griega, y
ya no hay música bastante antigua que pueda servir de refugio á los que
reniegan de la música moderna.
* * * * *
El Ayuntamiento, como el corazón, según los franceses, tiene razones
que la razón no explica. Entre tres proposiciones para la concesión del
teatro Español, ha votado por la que menos esperaba todo el mundo. El
espectáculo ha sido edificante; solicitado el teatro por el Estado, el
Ayuntamiento desestima su pretensión, le trata de tramposo y declara
que no se fía de él para nada. «Dijo la sartén al cazo...» ¡Qué buen
efecto producirán en el país pagano esta armonía de relaciones y esta
confianza mutua entre el Estado y el Ayuntamiento! Si el Ayuntamiento
desconfía del Estado, ¿qué haremos los demás mortales? El que quiere
honra, que la gane. ¿No es eso? Aparte esta pequeña desconsideración al
Estado y á las buenas intenciones del ministro de Instrucción pública,
sabemos que el teatro Español está en buenas manos. Se trata de una
empresa artística con orientaciones modernas, abierta á la juventud;
como debe estarlo el teatro Español, de donde debemos alejarnos los
autores viejos y cansados para dejar paso franco á los que llegan.