Ante el triunfo de la República en Portugal, yo no pienso en si será
el camino más corto para apresurar la vuelta del dictador Juan Franco,
ni en la suerte del rey joven, víctima del sino fatal de una familia
condenada á ser eterno Tántalo de tronos y coronas. ¡Triste rey! Con
las mejores intenciones y deseos, sin duda; pero al que nunca llegó
la luz ni el aire de la calle, como á tantos reyes, sino al través de
aduladores, de ambiciosos y de intrigantes. A los reyes modernos no
les faltan bufones á su alrededor; pero entre sus cascabeles no suena
el cascabel de oro de la verdad, como solía en los antiguos hombres de
placer sonar atrevido sobre los donaires y las chocarrerías. Pero, ya
digo, en nada de esto pienso: sólo pienso en la alegría de un poeta.
¡Qué feliz será á estas horas Guerra Junqueiro! Altísimo poeta, que has
logrado lo que pocos poetas logran: ver realizado en la vida alguno
de sus sueños; ¡que la realidad de esa República se inspire en tu
poesía, oración á la luz, al pan, á los humildes de la tierra, al amor
y á la Humanidad! Pero ¡ay, poeta! ¿No será la realidad el principio
de la desilusión? Los hombres no se juntan para obras de belleza tan
dócilmente como las rimas. Verdad es que cuando las rimas son bellas,
es porque obedecen á un gran poeta, que es un dictador de genio.
* * * * *
Enrique Becque, el autor de _La parisienne_ y de _Los cuervos_ y
de esos _Polichinelas_ tan traídos y tan llevados en estos días,
como _Chantecler_ en los suyos, pasa por ser uno de los autores más
desgraciados en su vida y sus obras. No lo creo yo así; antes me parece
que ha habido pocos tan bien afortunados. Después de algunas obras
insignificantes--un _Miguel Pauper_, que es un mal melodrama,--estrena
_La parisienne_, que fué, en su estreno, lo que allí llaman un _four_
y por acá un fracaso. Pero había que molestar á Sardou, á Dumas hijo,
á los autores por entonces señores del teatro, y _La parisienne_ fué
obra de lucha, alrededor de la cual se agruparon todos los autores
fracasados y todos los que ni fracasar habían conseguido. No había
autor silbado que no se condoliera diciendo: «¡También fracasó _La
parisienne_!» No había aspirante á autor que, al serle rechazada
una obra, no pensara: «¡Es claro: como fracasó _La parisienne_, las
empresas no se atreven con una verdadera obra de arte!» Llegó á
imponerse una reaparición de _La parisienne_. Los actores que habían
estrenado la obra no habían acertado con el carácter del personaje;
ahora es cuando se iba á ver la obra. En efecto; la representaron la
Réjane, después la Després, después ¡qué sé yo! _La parisienne_ llegó
á ser obra de concurso. La crítica ya no la discutía; daba por sentado
que se trataba de una obra maestra, una obra clásica; el público se
aburría siempre y las entradas no eran cosa mayor. En efecto; _La
parisienne_, cuyo título ya es una calumnia que debiera ofender á las
mujeres de París, no pasa de ser un buñuelo inflado; un asunto y unos
personajes de comedianta, tratados con una prosopopeya y un empaque
como quien dice: «Esto es ahondar en el corazón». Y toda la hondura es
que una señora tiene tranquilamente un marido y dos amantes; para lo
cual no hace falta ser _la parisienne_. En cualquier villorrio las hay
más frescas y todavía dan menos importancia á esas alternativas.
Con _Los cuervos_, dos cuartos de lo mismo. Otra obra maestra para
los juramentados y otra tabarra para el público. Los intérpretes
siempre de víctimas, porque siempre consiste en ellos que las pícaras
obras no acaben de entrar y de imponerse á la admiración. ¡Digo, á la
admiración! ¡Obras más admiradas! Dígase ahora si autor que con ese
bagaje consigue ser indiscutible, tener estatua, que todos los años
le representen las dos joyas--y ¿qué será el día en que, hartos los
empresarios de probaturas, renuncien á representarlas y sólo por fe se
le admire? ¡Qué Molière, ni que Racine!--puede llamarse desgraciado.
Yo no conozco suerte literaria como la suya. Para que nada le falte,
es casi seguro que, por fin, no se representa _Los polichinelass_. Con
lo que todos irán ganando: los empresarios, el público y la gloria del
autor.
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Apuntando, apuntando, como los de Lumbiaque templaban, á unas
Asociaciones, el Gobierno ha disparado sobre otras. Mientras de una
parte todo son mitins, _aplechs_, procesiones y rogativas--no sabemos
por qué motivos, pues los más impacientes por determinadas medidas
bien pueden decir, como el personaje de la comedia: «¿Dónde me han
besado, que no lo he sentido?»,--sin ruidos y sin amenazas previas,
todo el rigor ha venido á caer sobre las Asociaciones que pudiéramos
llamar pecaminosas. Quedan disueltas las comunidades femeninas. Desde
ahora cada mochuelo á su olivo y un solo mochuelo en cada olivo. Pero
¿habrá en Madrid bastantes cuartos desalquilados? Si agrupándose, para
mayor facilidad de la existencia, ya no eran palacios las ordinarias
viviendas de esas cofradías, ¿dónde irán á refugiarse ahora por
sus pecados? Mal está el vicio en planta baja; pero mucho peor en
guardillas y sotabancos. ¡Pobres mujeres! Se pretende librarlas de un
mal y se las entrega, indefensas, á otros peligros.
El matonismo, el robo, hasta el asesinato, hallarán ahora más
facilidades para hacer sus víctimas entre esas desventuradas. Se invoca
el ejemplo de otras grandes capitales. Pero en otras grandes capitales
esas mujeres gozan de cierta consideración social. Aquí, gracias que
muchas juntas pudieran defenderse. Aquí, donde no se respeta á las
mujeres honradas, ¿qué será con esas infelices? El chulo, lo mismo que
el señorito, tienen por gracia maltratarlas, burlarse de ellas; la
autoridad siempre está en contra suya. ¡Valor necesita aquí la mujer
para ser mala! La asociación era para ellas necesaria. Sin contar con
que la virtud, como la inteligencia, á sí mismas se bastan; pero los
malos y los tontos son los que necesitan agruparse. ¡Consuela tanto ver
otros peores y otros más tontos!