Esto de las embajadas de moros parece la procesión del niño perdido;
llegan unas detrás de otras, y ni el niño parece ni la madre del
cordero, que este es el toque de la diplomacia morisca: que no parezca
nunca nada de lo que se ha perdido. De modo que es muy posible que
haya que ir á buscarlo, y allá iremos con nuestro duro á recuperar la
peseta. Ante el peligro de posibles y desagradables discrepancias,
llegado el caso, se invoca, para «hacer opinión», como suele decirse,
el patriotismo de cuantos pueden influir sobre ella. Bien está si
ello no puede ser por menos y se quiere que en su día sean muchos
á repartirse las glorias ó las responsabilidades. No es como hacer
propaganda de una Exposición ó de un viaje de recreo, cosa en que á
todos se favorece y á nadie se perjudica.
Pero... pero en esta ocasión el que sinceramente y honradamente no
crea en la necesidad ó en la conveniencia de nuevas demostraciones
bélicas, mal haría en pactar con su conciencia por consideraciones
dudosas. ¡Cualquiera sabe dónde está el verdadero patriotismo en estos
tiempos! Eso sí; tampoco vale guardarse la malilla para salir después,
si el asunto se tuerce, con aquello de: «¡Ya lo sabía yo! ¡A mí siempre
me pareció mal; pero cualquiera va contra la opinión general!» Sobre
que nunca hay opinión general y sobre que muchas veces la opinión y los
que influyen en ella se engañan mutuamente por mutuo desconocimiento, y
luego tenemos aquello de: «Yo hablé así porque creí que era la opinión
de ustedes» y «Yo creí deber opinar así porque ustedes lo decían».
Sólo hablando cada uno con arreglo á su conciencia puede formarse la
verdadera conciencia nacional; nacional, sin vistas á humanitarismos
«inter» ó supernacionales. Nosotros no podemos permitirnos aún esos
lujos. Eso, como los dramas de Ibsen, según Ramiro de Maeztu, es para
los que ya tienen resuelto el problema de la mantenencia. Nosotros
estamos en el caso de ir á buscarlo donde lo haya.
* * * * *
El chiste, la humorada, la ironía, la paradoja, la amenidad, todo
lo que indigna á muchos graves varones al encontrarlo en artículos
periodísticos, pueden hallarlo ahora nada menos que en un documento
oficial; que como documento oficial puede considerarse la medalla
acuñada para conmemorar el centenario de las Cortes de Cádiz.
Ustedes verán si no es humorismo el de la medallita. Por una cara
ostenta las consabidas figuras alegóricas en toda su clásica desnudez,
un par de mundos, que de entonces acá han venido á quedar en uno, y
alguna otra friolera decorativa. Por esta cara nada de particular.
Pero por la otra... ¿á quién sino á un gran humorista pudo ocurrírsele
esculpir y grabar la dulce efigie de Fernando VII en un recuerdo
de aquellas Cortes y de aquella Constitución que tuvieron en él su
más encarnizado enemigo? ¿Qué puede hacer en esta galería aquel
tan deseado antes como después aborrecido, sino dar que reir al
discreto contemplador? Al que ni supo antes defender su trono ni
después agradecerlo; al que volvió á llamar á los franceses para
sacudirse de Constituciones y libertades; á uno de los más siniestros
mamarrachos que han visto los siglos coronado, y abundan en la serie,
¿qué Shakespeare de la ironía ha sabido clavarle en la picota de
esta medalla conmemorativa? No queremos sospechar en ello la menor
sombra de adulación monárquica. Hay adulaciones ofensivas para la
discreción de los que están demasiado altos, para no estar sobre tan
burdas adulaciones. Preferimos atenernos al humorismo, tan desusado
en gubernamentales esferas, donde toda seriedad y todo empaque tienen
asiento. Pero el espíritu de aquel gran socarrón no habrá dejado
de apreciar la ironía de este «trágala» póstumo. «Al que no quiere
caldo, la taza llena». Al que que odió la Constitución, medallitas
conmemorativas. La idea ha sido genial y merece el más sincero aplauso.
Terminó el preciso veraneo de los que no disponen de tiempo ni de
fondos para mayores ausencias. Quede la otoñada para los que de todo
disponen en abundancia y todo es veranear para ellos.
Vuelven tonificados por los baños de mar, de luz... y de ilusiones.
El veraneo nos eleva siempre unos grados sobre nuestra ordinaria
condición social. Las playas, los Casinos, los vestidillos claros y de
telas ligeras son niveladores. Las amistades y los amores son fáciles,
aunque ligeros como los vestidos. No suelen llegar al invierno. En
Madrid vuelve cada uno á estar en su sitio. Ofrecimientos de amistad y
juramentos de amor se olvidan apenas llegamos. ¡Felices los que logran
conservar á la marquesa entre sus relaciones y la que no suelta al
empleado con 3.000 pesetas de sueldo, que en San Sebastián parecían
20.000 de renta! Verdad es que allí también papá parecía un accionista
del Banco. ¡Oh, sueños de una temporada de verano! Nunca muy costosos,
que nunca se paga bastante un poco de ilusión y el hallar á la vuelta
más sabroso el familiar cocido.
El Teatro Nacional va camino adelante. Ya sólo falta teatro, compañía
y suponemos que no faltará dinero en el momento oportuno. Ahora, con
toda seriedad. Dadas las condiciones del teatro en España, ¿conviene
hacer del Teatro Nacional un teatro museo, sólo para la representación
de obras consagradas, ó un teatro de ensayo, un teatro juvenil, para
estrenar obras de autores noveles ó desconocidos? ¿Conviene formar una
compañía de eminentes, ó una modesta, estudiosa compañía de conjunto?
¿Conviene que el teatro sea aristocrático, literario ó popular? Yo
creo que todo es compatible y para todo hay días y para todo debe
haber autores y actores. Ni debe prescindirse de la aristocracia, ni
de la intelectualidad, ni del pueblo. Pongan unos el dinero, otros la
orientación, otros el entusiasmo. Condición primordial: la baratura. No
es solo cuestión de arte, es cuestión de higiene. No es en el terreno
artístico, es en el terreno económico en el que hay que combatir contra
la chabacanería y la suciedad de un teatro que mancha las bocas y las
almas de los niños y de las mujeres. Es preciso que «la órdiga» y
«el pálpala» no sean ingeniosidades de salón y bailar el garrotín una
gracia infantil. Y es preciso que las mismas señoras que en el Español,
en la Princesa ó en la Comedia se asustan por muy poco, no vayan
después con sus hijos á la sección vespertina de cualquier teatrillo
con el pretexto de que los niños se divierten viendo las decoraciones
y lo demás... Ellos no lo entienden, los pobrecitos. ¡Ni á ustedes
tampoco hay quien las entienda, señoras mías!