XXXIII

Esto de las embajadas de moros parece la procesión del niño perdido;

llegan unas detrás de otras, y ni el niño parece ni la madre del

cordero, que este es el toque de la diplomacia morisca: que no parezca

nunca nada de lo que se ha perdido. De modo que es muy posible que

haya que ir á buscarlo, y allá iremos con nuestro duro á recuperar la

peseta. Ante el peligro de posibles y desagradables discrepancias,

llegado el caso, se invoca, para «hacer opinión», como suele decirse,

el patriotismo de cuantos pueden influir sobre ella. Bien está si

ello no puede ser por menos y se quiere que en su día sean muchos

á repartirse las glorias ó las responsabilidades. No es como hacer

propaganda de una Exposición ó de un viaje de recreo, cosa en que á

todos se favorece y á nadie se perjudica.

Pero... pero en esta ocasión el que sinceramente y honradamente no

crea en la necesidad ó en la conveniencia de nuevas demostraciones

bélicas, mal haría en pactar con su conciencia por consideraciones

dudosas. ¡Cualquiera sabe dónde está el verdadero patriotismo en estos

tiempos! Eso sí; tampoco vale guardarse la malilla para salir después,

si el asunto se tuerce, con aquello de: «¡Ya lo sabía yo! ¡A mí siempre

me pareció mal; pero cualquiera va contra la opinión general!» Sobre

que nunca hay opinión general y sobre que muchas veces la opinión y los

que influyen en ella se engañan mutuamente por mutuo desconocimiento, y

luego tenemos aquello de: «Yo hablé así porque creí que era la opinión

de ustedes» y «Yo creí deber opinar así porque ustedes lo decían».

Sólo hablando cada uno con arreglo á su conciencia puede formarse la

verdadera conciencia nacional; nacional, sin vistas á humanitarismos

«inter» ó supernacionales. Nosotros no podemos permitirnos aún esos

lujos. Eso, como los dramas de Ibsen, según Ramiro de Maeztu, es para

los que ya tienen resuelto el problema de la mantenencia. Nosotros

estamos en el caso de ir á buscarlo donde lo haya.

* * * * *

El chiste, la humorada, la ironía, la paradoja, la amenidad, todo

lo que indigna á muchos graves varones al encontrarlo en artículos

periodísticos, pueden hallarlo ahora nada menos que en un documento

oficial; que como documento oficial puede considerarse la medalla

acuñada para conmemorar el centenario de las Cortes de Cádiz.

Ustedes verán si no es humorismo el de la medallita. Por una cara

ostenta las consabidas figuras alegóricas en toda su clásica desnudez,

un par de mundos, que de entonces acá han venido á quedar en uno, y

alguna otra friolera decorativa. Por esta cara nada de particular.

Pero por la otra... ¿á quién sino á un gran humorista pudo ocurrírsele

esculpir y grabar la dulce efigie de Fernando VII en un recuerdo

de aquellas Cortes y de aquella Constitución que tuvieron en él su

más encarnizado enemigo? ¿Qué puede hacer en esta galería aquel

tan deseado antes como después aborrecido, sino dar que reir al

discreto contemplador? Al que ni supo antes defender su trono ni

después agradecerlo; al que volvió á llamar á los franceses para

sacudirse de Constituciones y libertades; á uno de los más siniestros

mamarrachos que han visto los siglos coronado, y abundan en la serie,

¿qué Shakespeare de la ironía ha sabido clavarle en la picota de

esta medalla conmemorativa? No queremos sospechar en ello la menor

sombra de adulación monárquica. Hay adulaciones ofensivas para la

discreción de los que están demasiado altos, para no estar sobre tan

burdas adulaciones. Preferimos atenernos al humorismo, tan desusado

en gubernamentales esferas, donde toda seriedad y todo empaque tienen

asiento. Pero el espíritu de aquel gran socarrón no habrá dejado

de apreciar la ironía de este «trágala» póstumo. «Al que no quiere

caldo, la taza llena». Al que que odió la Constitución, medallitas

conmemorativas. La idea ha sido genial y merece el más sincero aplauso.

Terminó el preciso veraneo de los que no disponen de tiempo ni de

fondos para mayores ausencias. Quede la otoñada para los que de todo

disponen en abundancia y todo es veranear para ellos.

Vuelven tonificados por los baños de mar, de luz... y de ilusiones.

El veraneo nos eleva siempre unos grados sobre nuestra ordinaria

condición social. Las playas, los Casinos, los vestidillos claros y de

telas ligeras son niveladores. Las amistades y los amores son fáciles,

aunque ligeros como los vestidos. No suelen llegar al invierno. En

Madrid vuelve cada uno á estar en su sitio. Ofrecimientos de amistad y

juramentos de amor se olvidan apenas llegamos. ¡Felices los que logran

conservar á la marquesa entre sus relaciones y la que no suelta al

empleado con 3.000 pesetas de sueldo, que en San Sebastián parecían

20.000 de renta! Verdad es que allí también papá parecía un accionista

del Banco. ¡Oh, sueños de una temporada de verano! Nunca muy costosos,

que nunca se paga bastante un poco de ilusión y el hallar á la vuelta

más sabroso el familiar cocido.

El Teatro Nacional va camino adelante. Ya sólo falta teatro, compañía

y suponemos que no faltará dinero en el momento oportuno. Ahora, con

toda seriedad. Dadas las condiciones del teatro en España, ¿conviene

hacer del Teatro Nacional un teatro museo, sólo para la representación

de obras consagradas, ó un teatro de ensayo, un teatro juvenil, para

estrenar obras de autores noveles ó desconocidos? ¿Conviene formar una

compañía de eminentes, ó una modesta, estudiosa compañía de conjunto?

¿Conviene que el teatro sea aristocrático, literario ó popular? Yo

creo que todo es compatible y para todo hay días y para todo debe

haber autores y actores. Ni debe prescindirse de la aristocracia, ni

de la intelectualidad, ni del pueblo. Pongan unos el dinero, otros la

orientación, otros el entusiasmo. Condición primordial: la baratura. No

es solo cuestión de arte, es cuestión de higiene. No es en el terreno

artístico, es en el terreno económico en el que hay que combatir contra

la chabacanería y la suciedad de un teatro que mancha las bocas y las

almas de los niños y de las mujeres. Es preciso que «la órdiga» y

«el pálpala» no sean ingeniosidades de salón y bailar el garrotín una

gracia infantil. Y es preciso que las mismas señoras que en el Español,

en la Princesa ó en la Comedia se asustan por muy poco, no vayan

después con sus hijos á la sección vespertina de cualquier teatrillo

con el pretexto de que los niños se divierten viendo las decoraciones

y lo demás... Ellos no lo entienden, los pobrecitos. ¡Ni á ustedes

tampoco hay quien las entienda, señoras mías!

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 39 / 52 题