Para justificar el actual estado de las calles de Madrid, el alcalde
ha exhibido unas fotografías de las principales vías de París para
que en nada tengamos que envidiarles. En efecto; allí, con motivo
de las obras del metropolitano, han padecido, como nosotros, las
inevitables molestias que la civilización trae consigo, y allí, como
aquí, levantamientos y excavaciones en calles y plazas han sido tema
inagotable de chistes, caricaturas, escenas de revistas, coplillas
de café-concierto y demás desahogos inofensivos. No tiene por qué
preocuparse el señor alcalde. A todo lo que podemos aspirar en este
bajo mundo es á hacer algo bueno; pero á que parezca bien, es loca
aspiración. Como aquí, por cada uno que hace algo, aunque no sea más
que jugar al billar ó al tresillo, hay cien mirones, en algo han de
entretenerse.
Quisiéramos tener una Gran Vía por arte de magia y que la baratura de
la luz eléctrica no costara la más pequeña molestia. Queremos que todo
nos lo den hecho; tan hecho... que no haya que hacerlo antes. Pero,
amigo, como no hay medio de hacer tortillas sin romper huevos, como
dicen en Francia, y tampoco nos gustan los huevos pasados por agua,
hay que resignarse con nuestra triste suerte y dejar que los mismos
que en París habrán admirado los trabajos del metropolitano, como
obra de progreso, al regresar ahora de su excursión otoñal renieguen
aquí de todo y por todo. En casa somos de un sibaritismo oriental: no
toleramos ninguna incomodidad. Verdad es que la mayor parte de las
viviendas son inhabitables, unas por culpa de los caseros y otras por
culpa de los mismos vecinos y de sus apreciables familias. ¡Si tampoco
podemos vivir en la calle! Individuos hay para quien levantarles las
losas de una acera equivale á un desahucio del propio domicilio. ¿En
dónde despacharán ahora sus asuntos y recibirán sus visitas? Pueden
consolarse admirando los planos de la futura gran plaza de España.
Ellos se encargarán de justificar su nombre, paseando por ella sus
desocupaciones, perturbadas ahora por una falta de consideración
imperdonable. En cambio, un respetable jefe de familia, que por
obsequiar á los suyos con las delicias de un veraneo aristocrático tuvo
que acudir á la bondad de esa noble institución de los prestamistas,
decía con gran filosofía, contemplando el estado de nuestras
calles:--Así como así, yo tendré ahora que andar por los tejados.
* * * * *
Su Santidad ha recomendado encarecidamente á los prelados y sacerdotes
la más activa predicación contra las actuales modas femeninas, por
deshonestas y provocativas á deshonestidad, que es lo peor de todo. No
confiamos mucho en la eficacia de esas predicaciones; que no es tan
fácil hallar docilidad y obediencia en la grey femenil cuando se trata
de cosas que le importan particular y directamente, como cuando se
trata de cosas que en realidad le tienen sin cuidado. No es tan fácil
derribar una moda como un Gobierno liberal. Sin contar con que, en
esto de manifestarse contra los Gobiernos liberales, entra por mucho
también la moda. ¿No son las más á la última trabadas las que más se
destraban de pies y de lengua cuando hay que bullir y danzar en juntas,
protestas y manifestaciones? Pero ¡ay! en cuestión de modas, como ellas
se encuentren á su gusto...
Poco conoce á las mujeres el que se las figure dominadas por las
predicaciones del clero. ¡Buenas son ellas para dejarse dominar por
nadie! ¡Pobre clero! El sí que, en la mayoría de los casos, es el
dominado, el zarandeado y el molestado por el indiscreto fervor de las
devotas. Cuando á ellas les conviene, lo mismo se entran por el ritual,
que por los cánones, que por la Suma Teológica, atropellándolo todo.
¡Hay cada papisa Juana y cada antipapa Luna entre ellas!
Yo sé de cierta junta de señoras, reunida en cierto palacio episcopal,
bajo la presidencia del señor obispo; y como el buen prelado, con muy
buenas razones, procuraba convencerlas de la imposibilidad de algo que
ellas pretendían, en la ordenación de una festividad religiosa, una de
las más voceadoras no sabía más que repetir: «Pues perdone S. I., pero
siempre se ha hecho así, siempre se ha hecho así.» A lo que el prelado,
bondadoso, replicó todavía: «En efecto, era un abuso tolerado; pero
ahora Su Santidad ha dispuesto que no se permita.» «Pues que me perdone
Su Santidad, pero á mí me parece un disparate»--fué la contestación. El
buen obispo se quedó haciéndose cruces; por fortuna, las cruces de los
obispos son de oro y piedras finas y suelen ser regalo de las mismas
señoras que tanto les desazonan. Claro es que ellas lo pagan, pero como
se abonan al teatro, para que las comedias no las molesten. Sí, ¡qué
van ellas á pagar para oir cosas desagradables!
Por todo esto y otras cosas, verán ustedes cómo por muchos anatemas que
caigan sobre la moda, como ellas se encuentren á su gusto, sobre sus
monumentales sombreros se pondrán todavía la cúpula de San Pedro en
Roma, por montera.
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¡El 606! Parece el número del premio gordo en la Lotería de Navidad.
No se habla de otra cosa. Hasta los niños han dejado sus charlas sobre
el adulterio y otros sucesos de actualidad, para hacer toda clase de
preguntas indiscretas sobre el numerito. Ahora nos enteramos de que hay
más gente interesada en el descubrimiento de la que podía suponerse.
El reuma que don Fulano, los dolorcillos de don Zutano y hasta el
fueguecillo de doña Perengana, todas personas muy respetables. ¡Que el
606 ó el 909, según se lea por arriba ó por abajo, os sea propicio! Los
médicos son el demonio: un castigo menos para contener á la Humanidad
en sus depravaciones. Con el 606 y cualquier otro numerito por el
estilo, esto va á ser el desate.
Admiremos á la clase médica, única en el mundo que trabaja en contra
de sus intereses, suprimiendo padecimientos. ¡Si muchas otras
clases sociales encontraran su 606, que nos hiciera innecesarios, ó
simplificara, por lo menos, sus servicios!