XXXI

Cuando el doctor Lombroso, en los buenos tiempos de su escuela

antropológica, se propuso demostrar que todo hombre de talento--de

genio decía él--tenía sus buenas puntas y collar de loco, no había

detalle insignificante en la vida de un hombre célebre que no fuera

para el buen doctor señal evidente de chifladura. Yo creo que, aplicado

el mismo sistema á cualquier individuo, tan locos parecerían los tontos

como los hombres de talento, salvo el talento.

Del mismo modo es peligroso investigar en preocupaciones de escuela,

cuando de averiguar culpabilidades se trata. ¿Qué vida de santo

resistiría la implacable investigación de algunos infatigables

averiguadores, obstinados en que han de ser tijeretas? Que si los

padres, que si su abuelo, que si allá por el año 58... Y es que á

lo mejor, nos creemos asomados á nuestro buen balcón con vistas á

Europa, y resulta que es al corredor de un patio de vecindad. ¡Tenemos

tan pocas cosas serias en qué ocuparnos! Pero ¿quién podrá decir que

tiene una vida privada? Como en danza de la muerte, no hay quien

escape de hacer su mudanza al son de la moderna publicidad, que cual

la muerte á todas partes llega y á nadie olvida. ¡Desgraciados de

los primos segundos de nuestros cuñados si algún día tenemos nuestra

hora de notoriedad! Desnudados se verán en público para regocijo de

las gentes. Y no hay que culpar demasiado á los que, en apariencia,

pudieran parecer los únicos culpables. No puede una enfermedad tan

fácilmente con un organismo sano. La publicidad tal vez abusa; pero hay

que confesar con cuánta complacencia nos prestamos al abuso...--Por

Dios, no diga usted nada de esto... Y lo decimos todo...--No quiero

que me retraten ustedes. Y llevamos estudiada la postura en que ha de

sorprendernos el objetivo. Padecemos todos de «exhibicionismo», y quizá

no andamos descaminados. No hay nada que desarme tanto la indignación

como la curiosidad satisfecha. Conviene, además, cultivar la amable

flor de la tolerancia mutua, sin la cual no habría vida de relación

posible. Hoy me escandalizas tú, mañana te escandalizaré yo; bueno será

que no nos escandalicemos demasiado.

Por todo esto, no opinaré como los graves señores que ahora una vez

más van clamando: «¡Qué indignidad! ¿Han visto ustedes á lo que

hemos llegado?» Sí, señores míos; y la lástima será no ver adónde

llegarán los que nos sigan, porque no todos son malos. Nunca hubo

tiempos mejores que los presentes, y es de presumir que aún han de

aventajarlos los futuros. Siempre habrá más seguridades en estos

procesos de plaza pública, á la luz y al aire, que en las tenebrosas

actuaciones inquisitoriales entre negras paredes y bajo obscuras

bóvedas. No haya miedo, aunque entre el clamoreo de las gentes parezca

zozobrar la verdad, que pueda anegarse la justicia. Hay una rectitud

en la conciencia de las multitudes que no le impide rectificar sus

juicios. No tiene que velar por los prestigios de Cuerpo, como otros

Tribunales, que alguna vez también se equivocan, pero no pueden

confesar nunca que se han equivocado.

* * * * *

La lógica de los tablajeros es admirable. Como son muchos y tocan

á poco, han decidido subir el precio de la carne. Es una lógica

carnicera. No vamos á devorarnos unos á otros: es preferible devorar al

consumidor.

«¡Quién pudiera también subir los precios!» Así decía una expendedora

del mismo enemigo del alma, aunque en otro ramo, donde también es mucha

la competencia.

Para resolver el conflicto, el Ayuntamiento debe ponerse al habla con

los patronos de Bilbao, y aun con los de otras partes, por si puede

aplicarse á la carne animal el sistema por ellos empleado para abaratar

la carne humana. «¡Oh Dios!--decía Tomás Hood en su Canción de la

camisa.--¡Que la carne de vaca valga tanto y la de hombre tan poco!»

Sólo nos queda el consuelo de los tontos: lo universal del malestar.

¿Quién podrá vivir al precio á que se va poniendo la vida? ¡Admirable

modo! donde, como en la isla encantada de Próspero, con todo lo

necesario para la vida no hay modo de vivir.

* * * * *

De la pintoresca galería de veraneantes, el más digno de nuestra

gratitud es el veraneante Robinsón, el descubridor de rincones

ignorados que tendrán en él propagandista infatigable. ¡Un Paraíso! ¡La

Suiza de España!

La última ilusión que perderemos será esta de los paisajes. Es

incalculable el número de Suizas que tenemos en España. Con unos

peñascos, dos docenas de pinos y un chorro de agua, ya está una

Suiza. Lo malo es que aquí no sabemos explotarlas. Nuestra tierra es

un Paraíso. Pero ¡somos tan adanes! Desengáñense los admiradores de

nuestras bellezas naturales: no hay paisaje posible sin una buena

fonda.

El viajar no es un apostolado. Bellezas naturales y bellezas artísticas

son un buen pretexto para pasarlo bien en confortables hoteles, entre

gentes adineradas y con toda clase de diversiones, por si los paisajes

y las catedrales fallan. Y no fallan nunca cuando los contemplamos

después de bien comidos y bien dormidos. En cambio, échese usted por

malos caminos; llegue usted á una posada, donde toda incomodidad tiene

su asiento y todo asiento su incomodidad, y tírese usted después su

buen repechito para ver salir el sol por donde acostumbra ó suba

usted y baje del coro al campanario, y viceversa, para extasiarse

ante los santos desnarigados de la gótica catedral, y regresará usted

para que no vuelvan á mentarle paisajes ni catedrales, como no sea en

cinematógrafo ó en postales, único modo de admirar bellezas sin fatigas

y sin desilusiones.

El Robinsón dirá que somos criaturas artificiales, que tenemos

atrofiado el sentido de la Naturaleza... No tome usted muy en serio á

los robinsones, que, á lo mejor van á descubrir bellezas naturales muy

bien acompañados de alguna belleza urbana, y..., naturalmente, ¿qué les

importa el duro lecho, ni la mala comida, ni las bellezas naturales

tampoco? Pero el que de buena fe cae en el lazo de la propaganda,

volverá renegando y creyendo para toda su vida que las mejores

creaciones de la Naturaleza y del Arte son obra de los fondistas y

hosteleros, y que en España no tendremos paisajes y catedrales mientras

no tengamos buenos hoteles y lujosos casinos y... amables bellezas, en

que se armonicen la Naturaleza y el Arte.

Preguntad á los habituales y acaudalados concurrentes á Niza, Ostende,

Biarritz, San Sebastián mismo, por las bellezas naturales de los

respectivos puntos. «Se pasa muy bien», es lo que sabrán deciros.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 37 / 52 题