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No sería malo que en los dramas de la vida, como en los del teatro,

pudiera alguno de los actores dirigirse al público, como era uso y

costumbre, para suplicarle que reservara su juicio hasta el final de la

obra. Con la diferencia de que la vida, en sus dramas y en sus novelas,

lo primero que nos ofrece es el desenlace, y, al contrario que en el

teatro y en los folletines, el interés no está en saber cómo acabará

aquello, sino en cómo habrá empezado. La solución es el principio del

problema. Los antecedentes es lo que importa. Pero si el que más y

el que menos, uno por uno, somos todo curvas, en cuanto nos reunimos

como espectadores no entendemos más que de rectas. Para bueno ó para

malo, el público sólo comprende los caracteres de una pieza, como suele

decirse, que respondan á una lógica teatral y novelesca. Pero ¡ay!

que la lógica de la vida, en su aparente complicación, es mucho más

sencilla. Los locos y los héroes saben solamente de líneas rectas.

Los demás vamos serpenteando por caminos de luz unas veces, de sombra

otras; el que parecía más obscurecido, resplandece de pronto; el que

iba como vestido de sol, se pierde en la sombra. Y todo sin pizca de

lógica. Esa lógica que necesitamos para explicarnos satisfactoriamente

las acciones... de los demás. Pero ¡ay tantas lógicas! Los maridos

calderonianos matan, celosos de su honor. Seguros de la virtud de su

esposa, les basta con que alguien pueda poner sospecha en ella, para

condenarla á muerte. A Otelo, más humano, nada le importaría que todos

sus soldados hubieran compartido el lecho de Desdémona, con tal de no

saberlo. Es celoso por amor, y por amor mata. Hoy comprendemos mejor al

moro de Venecia que al médico de su honra. La solidaridad del honor en

el matrimonio y en la familia ha pasado á la historia, si es que alguna

vez pasó de la poesía.

En aquella misma época, los escritores satíricos, más inspirados

siempre en la realidad, nos muestran claramente que no todos los

maridos eran médicos de su honra. Hoy nadie pone en duda que se pueda

ser un perfecto caballero aunque se haya tenido la desgracia de casarse

con una loca. Queda sólo la pasión de los celos como justificante

de cualquier arrebato sanguinario. Y en esto el buen público es

intransigente: pide unos celos... de _una vez_, sin blanduras, sin

desfallecimientos, sin vacilaciones. No sabe comprender que el corazón

se subleva en una hora contra lo que toleró muchos años; que se mata,

se perdona, que se insulta y se besa... ¡Pobre corazón humano, sometido

á esa lógica de espectador de teatro!

Ya se sabe que el público sólo juzga por sentimiento. Ni sería el más

noble el de la ociosa curiosidad, si no llevara envuelto, aunque en

menor grado, el de la justicia. Pero á éste, único respetable, sólo

la justicia puede dar satisfacción cumplida. ¿Será mucho pedir al

respetable público que suspenda su fallo hasta que la justicia dé el

suyo?

Los supersticiosos no dejarán de apuntarse un tanto á su favor. Tres

lidiadores del mismo nombre han sucumbido en las plazas; dos de ellos

en circunstancias muy parecidas. Extraño es que la gente de coleta,

que por más insignificantes agüeros suele preocuparse, no haya temido

la fatalidad de ese nombre: Pepete. Verdad es que por si solo ya es

un cartel. El torero que quiera llenar las plazas, no tiene más que

atreverse nuevamente con el nombre fatídico. Un Pepete y seis Miuras,

y á robar el dinero. Piénsenlo bien los postergados. Aunque más de uno

ya lo habrá pensado á estas horas, recordando la filosófica sentencia:

«Más cornadas da el hambre». Añádase á esto la emoción de quebrar

juego, tan saboreada por los jugadores. Si es verdad que á la tercera

va la vencida, ese nombre puede ser una seguridad. ¡A él, valientes!

Ya veis lo que dicen los buenos aficionados. La corrida de Murcia se

recordará siempre como un acontecimiento. Corridas así son las que

sostienen el fuego sagrado de la afición durante muchos años. Harán

bien las señoras católicas en no protestar contra ese espectáculo,

como contra la política del actual Gobierno. El clericalismo, los

toros, tienen intereses comunes. Vienen de lo mismo.

* * * * *

Escritores distinguidos lamentan, con sentidas razones, la decadencia

de la literatura en el periodismo. ¿En el periodismo? Y en todas

partes. La literatura está llamada á desaparecer, si Apolo (no el

teatro) no lo remedia. El público tiene sus buenos dientes, y hasta

sus colmillos bien retorcidos, y no necesita para nada de masticadores

artificiales, que es lo que venimos á ser los literatos en resumidas

cuentas. Ni siquiera nos consiente como cocineros, para aliñarle la

realidad con un poco de fantasía. El se lo guisa y él se lo come, como

Juan Palomo. Ha aprendido, se lo figura, por lo menos, á pensar por

sí mismo, y no tolera que nadie se le imponga. Así, en el periódico,

sólo quiere hechos, hechos como aquel maestro de Dickens. Informaciones

escuetas, sin comentarios; noticias, telegramas... Ya lo comentará

todo en el café ó en casa. Aceptemos la realidad, seamos modestos y

agradezcamos todavía que nos consientan ir viviendo. Por mí sé decir

que me avergüenza el dinero que cobro de la literatura. Quisiera ser

muy rico algún día, para descargar mi conciencia devolviéndolo todo

religiosamente. Sólo vale dinero lo que produce, á su vez, algún

dinero. Y ¿qué produce la literatura? El periódico no se vende más

por ella. El periódico... es él, es su nombre, sus informaciones, sus

noticias, sus anuncios. ¿Qué supone para su venta y su ganancia una

firma más ó menos? Es la firma la que goza del prestigio del periódico,

no al contrario. Pruebe el escritor que se juzgue más leído á cambiar

de sitio.

Lo mismo en el teatro: el teatro es la noche, el abono, las actrices

bellas y bien vestidas, los actores favoritos del público. ¿Qué

significa la obra? Un poco más ó un poco menos de literatura. Pruebe

también el autor que se crea más estimado por sí propio á cambiar de

teatro. En la Princesa, por ejemplo, todas las obras son lo mismo.

¿Qué más da una que otra? Hay que salir un poco de los Círculos

literarios, en donde á fuerza de despellejarnos parece que tenemos

alguna importancia, para comprender lo poco que significamos. No hay

vanidad que resista á una de estas enérgicas curaciones al aire libre.

La vida moderna funciona por una poderosa maquinaria para la que

cualquier obrero es bueno. Vamos al socialismo más de prisa de lo que

parece. El mundo será una gran máquina productora de felicidad social.

¡Hermosa máquina!

Andará sola. Los hombres se habrán muerto todos de hambre ó de

fastidio.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 36 / 52 题