Si en la mesa y en el juego es donde mejor se conoce, según dicen, la
educación de las personas, en las calamidades es donde mejor se revela
la cultura de un pueblo. Los aldeanos de Rusia y de Italia que, ante la
invasión del cólera, renuevan episodios de las más terribles pestes de
la Edad Media, con sus terrores, sus supersticiones, su desconfianza en
la ciencia y su fe en cualquier brujería, nos dicen claramente que hay
en las naciones modernas, aunque los salven trenes y automóviles, menos
kilómetros de distancia de la civilización á la barbarie que siglos
en la historia de la humanidad. Unas horas de camino valen por muchos
libros de historia. Sin andar mucho, no es difícil encontrarse todavía
con el hombre de las cavernas. Cuando el cantor de la civilización
está más ilusionado, creyendo que ya sólo es cuestión de expulsar á
los frailes y, dos ó tres pasitos más por este orden, para llegar á
la reconquista del Paraíso terrenal... ¡cataplum! por donde menos se
piensa, un retroceso al salvajismo, que si no destruye de golpe, deja
por lo menos tambaleándose lo mejor de nuestras ilusiones.
Y es que estas epidemias, como tienen su origen en regiones
incivilizadas, no sólo se traen para acá el microbio de la enfermedad,
sino el de la barbarie, que aun prende más pronto. Aquí bien puede
decirse: «Bien vengas mal si vienes solo.» Mejor será que no venga ni
solo ni acompañado; pero, si como es de temer, aunque no sea más que
por molestar al Gobierno, como epidemia reaccionaria, nos desfavorece
con su visita, ¿qué se traerá esta vez por lo de asiático, á más de lo
que se traiga por lo de morbo?
¿Cómo saldremos del examen? Porque algo de examinador tiene el señor
cólera. El llega á un punto, se asoma con cierta respetuosa timidez
primero; pregunta: «¿Cómo están ustedes de higiene, cultura, valor
cívico y doméstico, etc., etc?... ¿Medianamente? ¡Vaya! Como en mi
última visita; no han adelantado ustedes nada. Habrá que darles otro
repasito. La letra con sangre entra...» La verdad es que lo mejor
que tenemos en material de sanidad á él hay que agradecérselo y á la
solicitud de sus visitas. El día en que, al asomarse por Europa y al
enunciar su preguntita, le respondan de todas partes la cultura, la
higiene, la confianza de todos con un: «Vea usted, amigo, si hemos
aprovechado sus lecciones», habrán terminado sus visitas.
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Al Emperador de Alemania le ha aprovechado por poco tiempo la última y
sonada reprimenda de su canciller, por irse de la lengua con deplorable
facilidad. Otra vez ha vuelto á ponerse la imperial corona por montera,
y terciadita á lo jaque, para decir á sus asombrados súbditos que á
nadie tiene que agradecerle nada, más que á Dios, que, en sus altos
designios, le ciñó la corona. De suerte que no le vengan con leyes
constitucionales, discusiones parlamentarias, ni oposición á sus
proyectos; que él ha de seguir impertérrito la senda trazada por la
Providencia, toda de cañones y fusiles. Bien está ¡oh, sir!; pero el
último de nuestros súbditos tiene también su montera que ponerse por
corona y las mismas razones para creer en su misión providencial.
¿Es que sólo los emperadores traen misión á este mundo? Como le decía
el labriego del Toboso á Don Quijote, cuando éste le preguntaba por la
princesa de aquel lugar: «Yo no sé de ninguna princesa; señoras sí hay,
y muy principales, que cada una puede ser princesa en su casa». ¿Quién
no puede ser emperador en la suya? Y si cada uno diera en sentirse
inspirado por la Providencia para obrar como le conviniere, ¡malo iba
á ser el gobernar con tantas misiones providenciales! Además, como los
teólogos están conformes en admitir que hay voces del diablo que pueden
tomarse por voz de Dios, en la duda bueno es atenerse á las leyes
humanas; que, por mucho que el demonio quiera enredar en ellas, nunca
enredará tanto como en la voluntad soberana de un emperador, por muy
providencial que sea. ¡Dios sobre todo, pero la Constitución al quite!
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Mauricio Maeterlink, en el prólogo de unos _Cuentos y leyendas_ de su
amigo Jorge Maurevert, asegura la bondad del libro por haberlo sometido
á la «prueba del jardín». Esta prueba consiste en leer á pleno sol y en
pleno aire; «á la implacable luz de una espléndida primavera», dice M.
Maeterlink. Y añade: «Esta prueba es siempre decisiva para un libro, y
muchas veces más dolorosa y desconcertadora que las pruebas del agua
y del fuego de los antiguos torturadores. Pocos libros la resisten,
y yo no me atrevo á someter á ella más que los versos ó la prosa que
desde las primeras líneas me han inspirado confianza. ¿Para qué hacer
padecer á un pobre libro que, aun con no ser muy bueno, es siempre una
obra de buena voluntad?» ¡Ay, y qué bien dice M. Maeterlink! La prueba
del jardín es terrible. ¿Ha probado M. Maeterlink con sus obras?
Yo sí: con su _Aglavanne y Selysette_. Y el jardín no era un jardín
urbanamente cultivado; era un jardín rústico, rodeado de un campo de
trabajo y de pena. La prueba se agravaba. Como en una Exposición de
pinturas basta la proximidad de una planta cualquiera para destruir el
efecto del paisaje mejor pintado, pocas obras literarias resisten el
contacto directo con la Naturaleza. Son obras cerebrales y necesitan
ir de cerebro á cerebro, sin airearse al pasar, como plantas delicadas
de invernadero. Libros que en la ciudad, en aquella vida artificiosa,
parecen la misma vida, en el campo no son más que flores de trapo. ¡La
vida es tan sencilla! Lo que ella pone es lo que no envejece nunca en
la obra de arte... Lo demás... es literatura, como dijo Verlaine. Yo
no aconsejaría á M. Maeterlink que sometiera sus obras á la prueba del
jardín, excelente para las obras de los amigos.
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Estamos á primeros de Septiembre y nada se sabe del arrendamiento del
teatro Español. Y siempre lo mismo. La temporada debe dar comienzo
en Octubre. En tan poco tiempo, ¿cómo puede formarse una compañía
aceptable, ni cómo preparar obras ni organizar un plan de trabajo?
¿Qué razón tendrá después para quejarse el Ayuntamiento si el contrato
no se cumple como es debido? ¿No habrá llegado la hora ó de cedérselo
al Estado para ensayar el Teatro Nacional, ó de arrendarlo buenamente
como un teatro cualquiera, donde la empresa, con pagar puntualmente
su arrendamiento, puede hacer lo que mejor le acomode? Por muchas
vueltas que quieran darle, por lo menos hasta la fundación de un Teatro
Nacional, el verdadero teatro Español será, por ahora, el teatro de
la Princesa, y donde estén María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza
estará la cabecera. Del teatro Español podía hacerse un teatro popular,
con una compañía modesta y bien dirigida, que permitiera baratura en
los precios; un teatro de ensayo para autores y actores jóvenes. Lo que
no puede ser es adjudicarle de prisa y corriendo quince días antes de
la apertura y pedir que sea una Comedia Francesa. En esas condiciones
en la temporada pasada se hicieron milagros, y ya hemos visto cómo han
sido agradecidos. Tan agradecidos por parte del Ayuntamiento como ésta
y otras defensas por parte de la empresa. ¡Son tan interesadas, que no
hay para qué agradecerlas!