XXVIII

Es peligroso entregar juguetes á los hombres. Los chicos se contentan

con destrozar el juguete, manifestándose como grandes protectores de

la industria y del comercio. Pero los hombres sólo gozan pensando en

lo que podrán destrozar con el nuevo juguete.--Ahí tenéis un nuevo

explosivo--se les dice--para que voléis montañas que separan á unos

pueblos de otros y podáis comunicaros y relacionaros con ellos más

fácilmente... Y para volar edificios y pueblos enteros--responden y

piensan.--Ahí tenéis el automóvil: utilidad, ilustración, higiene

y recreo. Y emocionante peligro y satisfacción de la vanidad y

atropellos, y caiga el que caiga.--Ahí tenéis el aeroplano, el más

glorioso triunfo del hombre sobre la materia. ¡Qué servicios puede

prestar á la civilización y al progreso! ¡Y sobre todo en la guerra!

¡Podremos aniquilar ejércitos enteros; seremos invencibles!

Si, ante la armoniosa serenidad de la Naturaleza, pensaba el poeta

Wordsworth tristemente en lo que el hombre ha hecho del hombre, con

más razón puede pensarse ante cada una de estas conquistas de su

inteligencia, que debieran significar amor y significan odio. Las

aclamaciones de Francia á la gloria de sus aeronautas no son un saludo

á la Humanidad, ofrecimiento de la buena nueva; son un reto á Alemania.

Para satisfacción del orgullo de raza no les basta con la revancha

espiritual; es preciso la material revancha. Nada vale el aeroplano

si no es símbolo del águila imperial, invencible y amenazadora, sobre

los aires. Los alemanes pondrán toda su inteligencia en lograr nuevas

perfecciones en los aeroplanos. El odio también es fecundo. Y, por el

afán de conquistar la tierra, llegaremos á la conquista definitiva del

cielo. ¿No es esta toda la historia de la Humanidad?

* * * * *

Cristóbal de Castro se lamenta y nos culpa porque entre tantos

escritores españoles como hemos visitado la República Argentina

no hallamos logrado obtener lo que monsieur Clemenceau en una sola

visita: un tratado de propiedad literaria con aquella República. Supone

Cristóbal de Castro que hemos sido unos egoístas, más atentos al

lucimiento y al provecho propios que á la general conveniencia. Conste

que sólo me creo aludido por haber estado en Buenos Aires, no por

alturas de dramaturgo que el Sr. Castro compara con las del Himalaya.

No; por mi parte, Cerrillo de los Angeles, y gracias. Nuestra pobre

tierra no consiente mayores alturas; y si alguien pretendiera locamente

levantarse hasta ellas, no tardarían en hacerle polvo; y como, al fin,

en eso hemos de parar todos--_Pulvis eris_, etcétera,--¿qué más da un

poco antes que un poco después?

No tiene en cuenta Cristóbal de Castro que nuestra misma condición

de interesados nos obliga á no parecerlo. Monsieur Clemenceau, que

podrá ser escritor insignificante, pero que tiene gran significación

política--y no todo ha de ser literatura en el mundo,--podía con mayor

desinterés particular entablar esas negociaciones. Además, todos

sabemos, aunque nos pese, que un político goza de mayor prestigio

entre los políticos que un escritor, por grande que sea. Yo de mí

sé decir que ni saludé al presidente de la República, ni traté con

ministros, ni lo procuré tampoco. Fuí de viajero, no todo lo ignorado

que yo hubiera querido para volver ignorando menos. Así y todo, vi lo

bastante para no quedar muy ilusionado con las ventajas de un tratado

de propiedad literaria. No es aquello la mina inexplotada que muchos

creen. Poco se lee en España, pero allí se lee menos. Existe, como en

todas partes, el núcleo intelectual al corriente de lo más «nuevo», no

siempre lo más interesante, que se publica. Hay afán--no es lo mismo

que amor--por la cultura. Una cultura sin agrado, por aquello de «hay

que saber»; no porque gocemos con saber. Pero público, lo que se llama

público de lectores... En primer lugar, hay poca gente desocupada,

desde las señoras y señoritas que leen novelas francesas, inglesas:

las inglesas para imponerse en el idioma; las francesas porque...

¡cómo ha de ser! son más entretenidas para el que lee por distraerse

que ningunas otras. De lo español se lee... lo que debe leerse, ni

más ni menos. Hay que convenir en que libros muy interesantes para

nosotros, á pesar de su mérito no pueden interesar allí en absoluto. No

es culpa de los autores; es culpa del ambiente. En cuanto á ediciones

de libros españoles publicados allí, se ha exagerado mucho. Saldrían

más caros. Con decir que la mayor parte de los autores argentinos

edita sus libros en París ó en Madrid... Algo más podía venderse,

desde luego, con una activa propaganda por parte de nuestros editores;

pero con tratados ó sin ellos, sería lo mismo. Por lo que al teatro

se refiere... ¡ay! tampoco es la tierra de promisión. Alguna obra de

género chico llega á un crecido número de representaciones--nunca

tanto como en Madrid.--En cuanto á las obras grandes, con excepción

de alguna de autor nacional, como las de Laferrere, con su media

docena de representaciones van muy bien servidas. El Odeón, en donde

representan María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, vive del abono

aristocrático en los días de moda. En los días quebrados hay sus

medias entradas y sus vacíos, como en cualquier teatro de por acá.

Los demás teatros están á precios reducidos: tres pesos, dos pesos la

butaca. Y como el peso, aunque suene á duro, representa allí lo que

nuestra peseta, resulta que el teatro es allí más barato que en España.

Todos conocemos á los empresarios y actores que se han hecho ricos

por aquellas tierras. La compañía de Serrador representa todas las

obras extranjeras, sobre todo francesas, estrenadas. Es la compañía de

más extenso repertorio. Las traducciones se pagan á tanto alzado, y,

naturalmente, no se pagan derechos de traducción. Con el tratado con

Francia... no se representarán tantas obras francesas, y eso iremos

ganando... espiritualmente. Bien estaría el tratado... por decoro suyo,

más que para provecho nuestro. A los políticos corresponde negociarlo.

A los escritores nos sienta muy bien el desprendimiento de los bienes

terrenales.

* * * * *

Del veraneo.--En el Casino:

--Oye: ¿tú sabes quien es esa rubia que va todas las noches con ese

extranjero?

--No sé; pero me la encuentro en todas partes. El año pasado, en Niza,

con un ruso; después, en París, con un americano; luego, en Ostende,

con un turco. En Biarritz con un inglés, y aquí con este que parece

alemán... Debe ser mujer de historia.

--Y de Geografía, por lo visto.

* * * * *

En la sala de recreo.--Entre dos amigos:

--Toda la noche estoy perdiendo. No acierto una. (Galante.) Voy á hacer

el juego de esta señorita, que tiene mucha suerte.

El amigo (aparte).--Se va á enfadar el señor de enfrente.

--¿Por qué?

--Porque el verdadero juego de esta señorita es... «timarse» con él

toda la noche.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 34 / 52 题