Es peligroso entregar juguetes á los hombres. Los chicos se contentan
con destrozar el juguete, manifestándose como grandes protectores de
la industria y del comercio. Pero los hombres sólo gozan pensando en
lo que podrán destrozar con el nuevo juguete.--Ahí tenéis un nuevo
explosivo--se les dice--para que voléis montañas que separan á unos
pueblos de otros y podáis comunicaros y relacionaros con ellos más
fácilmente... Y para volar edificios y pueblos enteros--responden y
piensan.--Ahí tenéis el automóvil: utilidad, ilustración, higiene
y recreo. Y emocionante peligro y satisfacción de la vanidad y
atropellos, y caiga el que caiga.--Ahí tenéis el aeroplano, el más
glorioso triunfo del hombre sobre la materia. ¡Qué servicios puede
prestar á la civilización y al progreso! ¡Y sobre todo en la guerra!
¡Podremos aniquilar ejércitos enteros; seremos invencibles!
Si, ante la armoniosa serenidad de la Naturaleza, pensaba el poeta
Wordsworth tristemente en lo que el hombre ha hecho del hombre, con
más razón puede pensarse ante cada una de estas conquistas de su
inteligencia, que debieran significar amor y significan odio. Las
aclamaciones de Francia á la gloria de sus aeronautas no son un saludo
á la Humanidad, ofrecimiento de la buena nueva; son un reto á Alemania.
Para satisfacción del orgullo de raza no les basta con la revancha
espiritual; es preciso la material revancha. Nada vale el aeroplano
si no es símbolo del águila imperial, invencible y amenazadora, sobre
los aires. Los alemanes pondrán toda su inteligencia en lograr nuevas
perfecciones en los aeroplanos. El odio también es fecundo. Y, por el
afán de conquistar la tierra, llegaremos á la conquista definitiva del
cielo. ¿No es esta toda la historia de la Humanidad?
* * * * *
Cristóbal de Castro se lamenta y nos culpa porque entre tantos
escritores españoles como hemos visitado la República Argentina
no hallamos logrado obtener lo que monsieur Clemenceau en una sola
visita: un tratado de propiedad literaria con aquella República. Supone
Cristóbal de Castro que hemos sido unos egoístas, más atentos al
lucimiento y al provecho propios que á la general conveniencia. Conste
que sólo me creo aludido por haber estado en Buenos Aires, no por
alturas de dramaturgo que el Sr. Castro compara con las del Himalaya.
No; por mi parte, Cerrillo de los Angeles, y gracias. Nuestra pobre
tierra no consiente mayores alturas; y si alguien pretendiera locamente
levantarse hasta ellas, no tardarían en hacerle polvo; y como, al fin,
en eso hemos de parar todos--_Pulvis eris_, etcétera,--¿qué más da un
poco antes que un poco después?
No tiene en cuenta Cristóbal de Castro que nuestra misma condición
de interesados nos obliga á no parecerlo. Monsieur Clemenceau, que
podrá ser escritor insignificante, pero que tiene gran significación
política--y no todo ha de ser literatura en el mundo,--podía con mayor
desinterés particular entablar esas negociaciones. Además, todos
sabemos, aunque nos pese, que un político goza de mayor prestigio
entre los políticos que un escritor, por grande que sea. Yo de mí
sé decir que ni saludé al presidente de la República, ni traté con
ministros, ni lo procuré tampoco. Fuí de viajero, no todo lo ignorado
que yo hubiera querido para volver ignorando menos. Así y todo, vi lo
bastante para no quedar muy ilusionado con las ventajas de un tratado
de propiedad literaria. No es aquello la mina inexplotada que muchos
creen. Poco se lee en España, pero allí se lee menos. Existe, como en
todas partes, el núcleo intelectual al corriente de lo más «nuevo», no
siempre lo más interesante, que se publica. Hay afán--no es lo mismo
que amor--por la cultura. Una cultura sin agrado, por aquello de «hay
que saber»; no porque gocemos con saber. Pero público, lo que se llama
público de lectores... En primer lugar, hay poca gente desocupada,
desde las señoras y señoritas que leen novelas francesas, inglesas:
las inglesas para imponerse en el idioma; las francesas porque...
¡cómo ha de ser! son más entretenidas para el que lee por distraerse
que ningunas otras. De lo español se lee... lo que debe leerse, ni
más ni menos. Hay que convenir en que libros muy interesantes para
nosotros, á pesar de su mérito no pueden interesar allí en absoluto. No
es culpa de los autores; es culpa del ambiente. En cuanto á ediciones
de libros españoles publicados allí, se ha exagerado mucho. Saldrían
más caros. Con decir que la mayor parte de los autores argentinos
edita sus libros en París ó en Madrid... Algo más podía venderse,
desde luego, con una activa propaganda por parte de nuestros editores;
pero con tratados ó sin ellos, sería lo mismo. Por lo que al teatro
se refiere... ¡ay! tampoco es la tierra de promisión. Alguna obra de
género chico llega á un crecido número de representaciones--nunca
tanto como en Madrid.--En cuanto á las obras grandes, con excepción
de alguna de autor nacional, como las de Laferrere, con su media
docena de representaciones van muy bien servidas. El Odeón, en donde
representan María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, vive del abono
aristocrático en los días de moda. En los días quebrados hay sus
medias entradas y sus vacíos, como en cualquier teatro de por acá.
Los demás teatros están á precios reducidos: tres pesos, dos pesos la
butaca. Y como el peso, aunque suene á duro, representa allí lo que
nuestra peseta, resulta que el teatro es allí más barato que en España.
Todos conocemos á los empresarios y actores que se han hecho ricos
por aquellas tierras. La compañía de Serrador representa todas las
obras extranjeras, sobre todo francesas, estrenadas. Es la compañía de
más extenso repertorio. Las traducciones se pagan á tanto alzado, y,
naturalmente, no se pagan derechos de traducción. Con el tratado con
Francia... no se representarán tantas obras francesas, y eso iremos
ganando... espiritualmente. Bien estaría el tratado... por decoro suyo,
más que para provecho nuestro. A los políticos corresponde negociarlo.
A los escritores nos sienta muy bien el desprendimiento de los bienes
terrenales.
* * * * *
Del veraneo.--En el Casino:
--Oye: ¿tú sabes quien es esa rubia que va todas las noches con ese
extranjero?
--No sé; pero me la encuentro en todas partes. El año pasado, en Niza,
con un ruso; después, en París, con un americano; luego, en Ostende,
con un turco. En Biarritz con un inglés, y aquí con este que parece
alemán... Debe ser mujer de historia.
--Y de Geografía, por lo visto.
* * * * *
En la sala de recreo.--Entre dos amigos:
--Toda la noche estoy perdiendo. No acierto una. (Galante.) Voy á hacer
el juego de esta señorita, que tiene mucha suerte.
El amigo (aparte).--Se va á enfadar el señor de enfrente.
--¿Por qué?
--Porque el verdadero juego de esta señorita es... «timarse» con él
toda la noche.