XXVII

Nunca ha justificado una Exposición su nombre como la de Bruselas.

¡Vaya si ha sido exposición! Era lo único que necesitaban las

Exposiciones para acabar de desacreditarse. Los que de cualquier suceso

casual deducen rotundas afirmaciones, no dejarán de categorizar toda

Exposición entre los grandes peligros. ¡No más Exposiciones! Siempre

nos sucede lo mismo, ahora que andamos en Madrid preparando una, al

cabo de los años. Los mayores progresos son atrasos cuando llegan á

nosotros. ¡Es mucho sino! Implantamos instituciones, leyes y reformas

cuando están desacreditadas por esos mundos. Venimos á ser las Américas

de Europa--en el mal sentido de la palabra Américas.--Verán ustedes;

ahora que hemos dado en irreligiosos, es cuando la religión está más á

la moda en todas partes. En los Estados Unidos se hace gran consumo;

en algo se ha de conocer el dinero. Con eso y con que el mejor día

empiecen á encargar Comunidades desde el Japón como antes encargaban

acorazados... Y es que no debe desecharse nada; todo debe conservarse,

como los sombreros de copa; las modas vuelven cuando menos se piensa.

¿Creen ustedes que no volveremos á ver miriñaques?

Algo significativo es que el incendio de Bruselas haya respetado la

instalación de España. El fuego no es rencoroso. ¡Buena ocasión para

haberse vengado de las muchas hogueras por nosotros encendidas en

Flandes! Hogueras con las que pretendimos prolongar el ocaso del sol,

que se ocultaba ya para España en aquellos dominios... En Flandes se ha

puesto el sol. ¿No es verdad, amigo Marquina? Pero antes ¡cómo pusimos

nosotros á Flandes!

Ahora ha sido la electricidad el Felipe II. La civilización es también

un gran tirano. Ello es que los buenos flamencos, por no perderlo todo,

se aprestan á reedificar lo destruído; y, si no les fuera posible, ya

ponderan como gran atractivo la contemplación de las ruinas. Acaso

tengan razón. ¡De tantas cosas, lo mejor es las ruinas! Sólo que las

ruinas de los edificios modernos suelen llamarse escombros. Para ser

admirado como ruina hay que haber tenido vida durante mucho tiempo.

Esta consideración es de mucho consuelo para algunas naciones y para

muchas señoras.

* * * * *

Entre los chismes teatrales, precursores de toda temporada cómica,

el más sabroso es, sin duda alguna, el referente á la rescisión del

contrato del teatro Español, solicitada por varios concejales y fundada

en supuesto incumplimiento de algunas bases. Muy loable es el celo del

Municipio en esta ocasión, y no me atrevo á calificarlo de excepcional

porque supongo le aplicará con el mismo rigor á todos sus contratistas.

Pero en este asunto del teatro Español no parece que las raspaduras

al contrato hayan sido de tanta monta en la temporada última como en

otras de mangas y capirotes, con mensaje final de gracias y todo, de

parte del Ayuntamiento complacido. ¿Qué puede decirse? ¿Que las obras

del teatro antiguo no fueron presentadas tal y como se escribieron?

¿Tanta prisa corre desacreditarlas? ¿Que no todas las obras clásicas

representadas fueron precedidas de una conferencia, como se había

ofrecido? Y ¿para qué vamos á engañarnos? Eso de las conferencias es

molestar á los vivos sin honrar gran cosa á los muertos. Lo cierto es

que la temporada, contra los pronósticos de muchos, fué provechosa

y brillante. Téngase en cuenta que el teatro fué adjudicado con

sólo un mes de anticipación á su apertura; cualquier falta sería

muy disculpable en esas condiciones. Fueron estrenadas obras muy

estimables, decorosamente presentadas; entre ellas, _Casandra_, con

la que no se hubiera atrevido ninguna otra empresa de las de abono

aristocrático. Bueno fuera que, después del gran servicio prestado á la

causa democrática con las representaciones de dicha obra, pudiera decir

la empresa, con un Ayuntamiento tan republicano y tan socialista, que

así paga el diablo á quien bien le sirve. Fueron también representadas

obras de autores jóvenes, como López Pinillos y los hermanos Cuevas;

Borras obtuvo grandes triunfos en obras de muy distintos géneros. ¿Qué

más puede pedirse? Mi opinión no puede ser más apasionada. Ni allí

estrené obras, ni he de estrenarlas en esta temporada, ni la compañía

cuenta con muchas obras mías en su repertorio. Pero bien está San

Pedro en Roma--con Merry y todo,--y bien están la Cobeña y Oliver en

el Español mientras más desapasionada. Ni allí estrené obras, ni he

de estrenarlas esta temporada, ni la empresario dispuesto á realizar

maravillas de arte, dígase con franqueza y rómpase el contrato, sin

buscar más pretexto ni fundamento que la municipalísima gana. Pero si

no es así, y cuando apenas falta un mes para comenzar la temporada,

deben moderarse los impacientes y templarse los rigurosos.

Y aunque en algo se hubiera faltado al contrato, recuerde el Municipio,

al tratar con sus contratistas, las sentidas palabras que pronuncian

los reyes en el indulto del Viernes Santo, y digan parafraseándolos:

«¡Los perdono para que Madrid me perdone!»

* * * * *

El correo nuestro de cada día nos trae ruegos y peticiones--diríase el

conde de Casa Valencia en el Senado.--Diga usted esto, hable usted lo

otro, proponga usted lo de más allá... No, mis amables sugeridores;

es muy desagradable el papel de soplón y «acusica», y no es cosa

tampoco de que el cronista ande hecho siempre un guardia de policía

urbana. En España todo se espera y para todo se confía en el Gobierno

y en la Prensa, sin perjuicio de achacar á uno y otra, según sopla

el viento, la culpa de todos los males. Con el sufragio universal

y el voto obligatorio, todos tenemos nuestros diputados y nuestros

ediles á quien dirigir peticiones y quejas. Sin contar con que todos

tenemos en la lengua un rotativo de tirada ilimitada. Esto de servir de

libro de reclamaciones sólo ocasiona disgustos y antipatías. Además,

cuando cree uno haber complacido á la generalidad, haciéndose eco

de sus pretensiones, como estamos en época de espíritus originales y

hay que distinguirse á todo trance, saltan en seguida los ofendidos

en su originalidad. Quéjanse unos vecinos de que en su calle hay un

charco, foco de infecciones; y cuando se consigue llamar la atención á

quien corresponde para que desaparezca el charco, no falta un vecino

que salga protestando; porque, miren ustedes por dónde, aquel charco

era todo su encanto y, como dice la copla, el espejito en que él se

miraba. Y en todo, por este orden. Ya ven ustedes: ahora resulta que

la Biblioteca Nacional era un modelo de organización y es gana de

chinchorrear el proponer mejoras. Por mi parte todo está bien. Así como

así, entre personas, animales y cosas, harán docena y media las que

me interesan particularmente. ¡Y comparándome con la mayoría de las

gentes, me tengo por altruísta!

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 33 / 52 题