Nunca ha justificado una Exposición su nombre como la de Bruselas.
¡Vaya si ha sido exposición! Era lo único que necesitaban las
Exposiciones para acabar de desacreditarse. Los que de cualquier suceso
casual deducen rotundas afirmaciones, no dejarán de categorizar toda
Exposición entre los grandes peligros. ¡No más Exposiciones! Siempre
nos sucede lo mismo, ahora que andamos en Madrid preparando una, al
cabo de los años. Los mayores progresos son atrasos cuando llegan á
nosotros. ¡Es mucho sino! Implantamos instituciones, leyes y reformas
cuando están desacreditadas por esos mundos. Venimos á ser las Américas
de Europa--en el mal sentido de la palabra Américas.--Verán ustedes;
ahora que hemos dado en irreligiosos, es cuando la religión está más á
la moda en todas partes. En los Estados Unidos se hace gran consumo;
en algo se ha de conocer el dinero. Con eso y con que el mejor día
empiecen á encargar Comunidades desde el Japón como antes encargaban
acorazados... Y es que no debe desecharse nada; todo debe conservarse,
como los sombreros de copa; las modas vuelven cuando menos se piensa.
¿Creen ustedes que no volveremos á ver miriñaques?
Algo significativo es que el incendio de Bruselas haya respetado la
instalación de España. El fuego no es rencoroso. ¡Buena ocasión para
haberse vengado de las muchas hogueras por nosotros encendidas en
Flandes! Hogueras con las que pretendimos prolongar el ocaso del sol,
que se ocultaba ya para España en aquellos dominios... En Flandes se ha
puesto el sol. ¿No es verdad, amigo Marquina? Pero antes ¡cómo pusimos
nosotros á Flandes!
Ahora ha sido la electricidad el Felipe II. La civilización es también
un gran tirano. Ello es que los buenos flamencos, por no perderlo todo,
se aprestan á reedificar lo destruído; y, si no les fuera posible, ya
ponderan como gran atractivo la contemplación de las ruinas. Acaso
tengan razón. ¡De tantas cosas, lo mejor es las ruinas! Sólo que las
ruinas de los edificios modernos suelen llamarse escombros. Para ser
admirado como ruina hay que haber tenido vida durante mucho tiempo.
Esta consideración es de mucho consuelo para algunas naciones y para
muchas señoras.
* * * * *
Entre los chismes teatrales, precursores de toda temporada cómica,
el más sabroso es, sin duda alguna, el referente á la rescisión del
contrato del teatro Español, solicitada por varios concejales y fundada
en supuesto incumplimiento de algunas bases. Muy loable es el celo del
Municipio en esta ocasión, y no me atrevo á calificarlo de excepcional
porque supongo le aplicará con el mismo rigor á todos sus contratistas.
Pero en este asunto del teatro Español no parece que las raspaduras
al contrato hayan sido de tanta monta en la temporada última como en
otras de mangas y capirotes, con mensaje final de gracias y todo, de
parte del Ayuntamiento complacido. ¿Qué puede decirse? ¿Que las obras
del teatro antiguo no fueron presentadas tal y como se escribieron?
¿Tanta prisa corre desacreditarlas? ¿Que no todas las obras clásicas
representadas fueron precedidas de una conferencia, como se había
ofrecido? Y ¿para qué vamos á engañarnos? Eso de las conferencias es
molestar á los vivos sin honrar gran cosa á los muertos. Lo cierto es
que la temporada, contra los pronósticos de muchos, fué provechosa
y brillante. Téngase en cuenta que el teatro fué adjudicado con
sólo un mes de anticipación á su apertura; cualquier falta sería
muy disculpable en esas condiciones. Fueron estrenadas obras muy
estimables, decorosamente presentadas; entre ellas, _Casandra_, con
la que no se hubiera atrevido ninguna otra empresa de las de abono
aristocrático. Bueno fuera que, después del gran servicio prestado á la
causa democrática con las representaciones de dicha obra, pudiera decir
la empresa, con un Ayuntamiento tan republicano y tan socialista, que
así paga el diablo á quien bien le sirve. Fueron también representadas
obras de autores jóvenes, como López Pinillos y los hermanos Cuevas;
Borras obtuvo grandes triunfos en obras de muy distintos géneros. ¿Qué
más puede pedirse? Mi opinión no puede ser más apasionada. Ni allí
estrené obras, ni he de estrenarlas en esta temporada, ni la compañía
cuenta con muchas obras mías en su repertorio. Pero bien está San
Pedro en Roma--con Merry y todo,--y bien están la Cobeña y Oliver en
el Español mientras más desapasionada. Ni allí estrené obras, ni he
de estrenarlas esta temporada, ni la empresario dispuesto á realizar
maravillas de arte, dígase con franqueza y rómpase el contrato, sin
buscar más pretexto ni fundamento que la municipalísima gana. Pero si
no es así, y cuando apenas falta un mes para comenzar la temporada,
deben moderarse los impacientes y templarse los rigurosos.
Y aunque en algo se hubiera faltado al contrato, recuerde el Municipio,
al tratar con sus contratistas, las sentidas palabras que pronuncian
los reyes en el indulto del Viernes Santo, y digan parafraseándolos:
«¡Los perdono para que Madrid me perdone!»
* * * * *
El correo nuestro de cada día nos trae ruegos y peticiones--diríase el
conde de Casa Valencia en el Senado.--Diga usted esto, hable usted lo
otro, proponga usted lo de más allá... No, mis amables sugeridores;
es muy desagradable el papel de soplón y «acusica», y no es cosa
tampoco de que el cronista ande hecho siempre un guardia de policía
urbana. En España todo se espera y para todo se confía en el Gobierno
y en la Prensa, sin perjuicio de achacar á uno y otra, según sopla
el viento, la culpa de todos los males. Con el sufragio universal
y el voto obligatorio, todos tenemos nuestros diputados y nuestros
ediles á quien dirigir peticiones y quejas. Sin contar con que todos
tenemos en la lengua un rotativo de tirada ilimitada. Esto de servir de
libro de reclamaciones sólo ocasiona disgustos y antipatías. Además,
cuando cree uno haber complacido á la generalidad, haciéndose eco
de sus pretensiones, como estamos en época de espíritus originales y
hay que distinguirse á todo trance, saltan en seguida los ofendidos
en su originalidad. Quéjanse unos vecinos de que en su calle hay un
charco, foco de infecciones; y cuando se consigue llamar la atención á
quien corresponde para que desaparezca el charco, no falta un vecino
que salga protestando; porque, miren ustedes por dónde, aquel charco
era todo su encanto y, como dice la copla, el espejito en que él se
miraba. Y en todo, por este orden. Ya ven ustedes: ahora resulta que
la Biblioteca Nacional era un modelo de organización y es gana de
chinchorrear el proponer mejoras. Por mi parte todo está bien. Así como
así, entre personas, animales y cosas, harán docena y media las que
me interesan particularmente. ¡Y comparándome con la mayoría de las
gentes, me tengo por altruísta!