XXVI

El espíritu público es infantilmente novelero; agradece cuanto le

divierte, le conmueve, le apasiona y hasta le atemoriza por unos días;

pero no conviene pretender usufructuar su atención durante mucho

tiempo. Hay que evitar la frase desdeñosa, muestra inequívoca de su

desvío: «¡Ya es una lata!» Todo esfuerzo para reconquistar después la

atención es en vano. Aun los espíritus que se juzgan más inquietos

tienden á la quietud y, más que los accidentes que alteran la monotonía

de su vida, agradecen esa misma monotonía, que justifica mejor sus

lamentaciones, por verse obligados á soportar una vida sin accidentes y

sin inquietudes.

Los huelguistas de Bilbao no han tenido en cuenta, al ejercitar su

propia resistencia, la escasa resistencia de la atención pública.

¿Es que no se iba á hablar de otra cosa durante el verano? Es mucha

pretensión. Por el pudor de los contrastes, teníamos olvidada á la

mejor sociedad que veranea y luce por esas playas sin otra esperanza de

mejor recompensa que nuestra envidiosa admiración. Dejen, dejen ya los

huelguistas su triste papel de aguafiestas ó acabarán por perder hasta

la simpatía de los más sentimentales. Las bellas y elegantes damas

ya no dirán: «¡Pobre gente!», los gobernantes empezarán á juzgaros

como perturbadores, el honrado comercio os culpará de sus pérdidas,

molestaréis á los buenos aficionados á toros. Recordad la frase de

Shakespeare: «¡Qué hermoso es tener las fuerzas de un coloso y no usar

de ellas!» Vosotros diréis que, por ahora, son los patronos los que

tienen esa fuerza y ellos son los que mejor pueden aplicarse la frase.

* * * * *

El verano es la estación de los milagros financieros más sorprendentes,

por venir después de los milagros del invierno, ya bastante

incomprensibles. No es extraño que viaje mucha gente; pero ¡alguna!,

¡tanta! ¿No podrían hacer el favor de comunicarnos el secreto, como

esos filántropos que ofrecen un remedio maravilloso con sólo enviar un

sello para la contestación? ¿De dónde saca el dinero mucha gente? El

viajar cuesta cada día más caro; los multimillonarios americanos, al

desperdigarse por este viejo mundo, han vuelto locos á los hosteleros,

alquiladores de coches, sastres, modistas, joyeros y toda clase de

comerciantes en frivolidades. Regiones tranquilas, como la pastoral

Suiza, famosa antes por sus razonables precios, se han puesto, con

la invasión de los _dollars_, por las cumbres de sus montañas. De

Francia, de Inglaterra, de Bélgica, no hablemos. En los hoteles todo

es extraordinario; en los trenes, lo mismo; en los espectáculos, no se

diga; en cualquier barraca más ó menos decorada con los sonoros títulos

de _Kursaal_, _Music-Hall_, _Luna-Park_, etcétera, cuesta la entrada

tanto como costaba en otros tiempos oir á la Patti ó la Lind; eso la

entrada, que, después, entre guardarropa, programa, propina por aquí

y socaliñas por todas partes, con sacar dinero durante el espectáculo

no hay tiempo ni manos para aplaudir, por mucho que nos complazca. Y

donde no han llegado los americanos, los presienten. Han llegado los

automovilistas, que es lo mismo para los efectos de ir soltando dinero

con bocina. ¿Dónde están ya aquellas Arcadias veraniegas que hicieron

las delicias de nuestros abuelos y adonde llegaban los aldeanos,

como los pastorcillos de Belén, á ofrecer al forastero toda clase de

caza y pesca, huevos y laticinios, frutas y hortalizas, por lo que

tuvieran voluntad ó algo menos? Verdad es que entonces sólo veraneaban

las gentes en mediana posición. Los ricos se recogían en sus fincas

de campo ó casas solariegas... Pero ahora los que viajan y corretean

por el mundo son los que no tienen mucho dinero y los que no tienen

dos pesetas, que, naturalmente, son los que dan menos importancia al

dinero. Así lo han puesto todo imposible para las personas modestas.

Ya es triste vivir; pero viajar sólo con lo preciso, es verdaderamente

vergonzoso. ¡Eche usted lujo! Menos mal que, si por cada dos familias

hay una que se arruina, por cada tres hay algún miembro dedicado á la

usura, que, después, por combinaciones de herencias ó de matrimonios,

vuelve á hacer la felicidad de dos familias. En el mundo no se pierde

nada. Donde se hunde una casa suele levantarse una manzana. Es toda la

amable filosofía de muchos veraneos incomprensibles.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 32 / 52 题