Todo Gobierno, al emitir su respectivo discurso de la Corona, bien
puede disculparse, como el aldeano de Molière:--Si digo siempre lo
mismo, es porque siempre es lo mismo; que si no fuera siempre lo mismo,
no diría siempre lo mismo.
Si los anteriores Gobiernos hubieran realizado todas las bellas y
grandes cosas prometidas en sus sendos discursos, nada quedaría por
realizar, ni siquiera por prometer, y holgaría un nuevo discurso de
discursos (revista de revistas).
Si de la vida dijo Shakespeare que era fastidiosa como un cuento oído
dos veces, ¿qué serán estos discursos tantas veces oídos? Así nos hemos
acostumbrado á oírlos con el más consecuente escepticismo, reflejo tal
vez del escepticismo que suele dictarlos.
En fin, como el escepticismo es puerta entornada, ¿por qué no hemos
de conceder á estos discursos siquiera la confianza que ponemos en la
lotería? Alguna vez puede tocar. No aspiremos al premio gordo.--El
programa ideal. ¿No es eso?--¡Si tocara una aproximación!
En lo que no cabe por esta vez escepticismo es en lo del «vigoroso
llamamiento al crédito». Esa es la eterna subida del vino: que nunca
mejora de calidad, aunque suba de precio.
Por si no bastaba con un discurso, hemos tenido dos: el de la Corona
y el de la coronilla, á cargo del jefe del partido conservador, muy
empeñado en llevar vela en este entierro, que bien puede serlo si no
hay á tiempo un capirotazo enérgico que apague esas velas y cirios que
ya han «deslucido» bastante.
Entre los dos discursos nos quedamos... con el Mensaje de la Asamblea
agrícola; de menor resonancia, pero de más sólida y aplicable doctrina.
* * * * *
Próximas á terminar las representaciones de Novelli en Lara, cerrados
muchos teatros de invierno--algunos más propios de verano por la
frescura de obras y artistas,--no queda en Madrid más espectáculo
atractivo que las sesiones del Congreso y alguna cómica, especial,
del Senado, que cuenta para el género con eminentes y acreditados
característicos.
Las distinguidas aficionadas al Parlamento, en todas sus
manifestaciones, particulares y públicas, ya tienen dónde pasar la
tarde y en dónde distraerse hasta el veraneo, retrasado, como siempre
por los deberes políticos de los maridos, padres, etc.
El elemento femenino ha de interesarse mucho en la actual legislatura.
Hay que evitar la condenación de más de cuatro amigos arriesgados en
alguna votación peligrosa. ¡Sería una lástima no poder encontrarse con
ellos en celestiales moradas, como ahora en las más elegantes casas,
por culpa de un proyecto de ley! Hay liberales muy simpáticos, y hasta
con dinero; el partido conservador no tiene monopolizadas estas dos
bellas cualidades para brillar en sociedad.
Yo sé que á estas horas hay quien eleva plegarias y hace ofrecimientos
por la salvación de algunos ministeriales. No teman las distinguidas
intercesoras; llegado el caso, todos han de salvarse, más que por
vuestra intercesión, por propia iniciativa, al grito dispersador de:
«¡Sálvese el que pueda!» No roguéis por ellos; rogad por vosotras y
por vuestros hijos, diremos parafraseando palabras de Jesús. Porque
si pudierais ver, como El, en lo venidero, veríais lo que mejor os
estaba y les estaba á todos para evitar mayores males. Verdad es que si
vosotras tuvierais inteligencia y cultura para comprender estas cosas,
hace mucho tiempo que estarían resueltos muchos problemas por sí solos.
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El orgullo nacional de los franceses, irreductible, sobre todo
tratándose de su arte, se halla muy resignado con ver su París invadido
por toda clase de espectáculos extranjeros. Opera italiana, comedia
belga, baile ruso; sin contar innumerables artistas, autores y músicos
de diferentes nacionalidades repartidos por diferentes teatros.
A mal tiempo amable sonrisa, y ellos venden por generosa hospitalidad
lo que á regañadientes soportan. Claro es que los comediantes belgas
son una pobre gente sin pizca de _chic_, aunque sean más espontáneos
y naturales que los amaneradísimos actores franceses, apestantes á
Conservatorio y á Comedie Française; que Caruso no puede compararse
con los admirables tenores de la Gran Opera, con sus voces de gato
pisado... Sólo ante los bailarines rusos humillan su superioridad,
y eso porque, según ellos, todo su arte es de la más pura tradición
francesa.
Como espectáculo propio no han ofrecido, autores y actores franceses,
en estos últimos tiempos, nada más interesante que la pelotera entre
Bataille--el nombre obliga, y él se encarga de justificarlo--y la gran
Sarah, sólo comparable á la guardia napoleónica en lo de dar que hablar
hasta sucumbir.
En París, como en todas partes, se perecen por estos chismes teatrales.
Hasta que los Tribunales dieron la razón á Bataille, todo el mundo
estaba de su parte; en cuanto tuvo á la justicia por suya, consideraron
que ya tenía bastante, y todo el mundo se puso de parte de Sarah.
Cuando se atrevió á embargarla sus muebles y los ingresos de su
teatro... ¡no se diga! Los mayores enemigos de la actriz se aprestaron
á defenderla contra el autor. Se llegó á decir que Bataille había
insultado á Francia en la persona de Sarah.
Aquí, por fortuna, no se llevan á punta de embargo estas cosas de
teatro, que no valen la pena. Sólo sabemos de un empresario capaz de
embargar á sus autores; pero con el mayor cariño y sin dejar por eso
de representarles sus obras, para mejor garantía del embargo... Los
demás, todos buenas personas. Nos peleamos, hacemos las paces, nos
odiamos, volvemos á querernos; pero todo con la mayor modestia, sin
indemnizaciones y sin reclamos.