Ya nos ha salido el susto del cuerpo. Es posible que á muchos, sobre
todo á muchas, de las que más se regocijaran en la noche de la temida
fin del mundo, no les haya salido todavía ó les salga de aquí á unos
meses, á mayor gloria y perpetuidad de este pícaro mundo.
Si es cierto lo que asegura Renán en su _Abadesa de Juarre_, que, ante
la muerte próxima, el amor se envalentona y se deja de miramientos
hasta decir ¡Fuera cuidados!, esperemos que el cometa Halley, en vez de
acabar con el mundo y sus habitantes, nos habrá dado cuerda para mucho
tiempo.
La verdad es que, para lo atrasadillos que andamos, según dicen,
no hemos sido de los que más se han puesto en ridículo por esos
mundos. ¡Estamos tan hechos á pronósticos de nuestro fin! Y siempre
es preferible que el mundo se acabe para todos á acabarse uno para
el mundo. Mundo tenemos en general, y ojalá tuviéramos vida en
particular hasta la llegada de otro cometa, y aun es posible que
hasta la terminación de la Gran Vía, y, exagerando un poco, hasta
el advenimiento de la República. Las revoluciones, lo mismo en las
celestiales que en las terrenales esferas, nunca las traen cometas
andariegos y revoltosos, por mucha cola que aparenten. Es preciso algún
astro de primera magnitud, y por ahora... todo es vía láctea en las
celestiales y en las terrenales esferas.
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Para los que se pagan de nombres--República, Monarquía,--ahí tienen á
la República Argentina y á su Gobierno viéndose obligados, en plena
apoteosis de su engrandecimiento y prosperidad, á declarar el estado
de guerra; medida que, con el interés de los más, acaso baste á
conseguir una tregua de fiestas patrióticas. Pero el problema queda
en pie. Y el problema allí es del mundo entero. Digan unos: Patria;
otros: Humanidad, siempre sientan bien estos nombres sonoros y nobles.
En realidad, riqueza de un lado, miseria de otro. Más peligroso es
el conflicto en esos pueblos jóvenes, adonde llegan todos los días
miles de conquistadores de todas las razas y de todos los pueblos. Y
conquistadores sin bandera, desarraigados de su patria, á luchar por
sí, á enriquecerse, si es posible, en provecho propio... ¿Cómo exigir
á tanto egoísmo humano el sacrificio por una idea nacional? No bastan
los intereses materiales, opuestos de clase á clase, cuando no de
individuo á individuo, á unir voluntades y sentimientos en ese algo
inexplicable que se llama ideal nacional. Es ley fatal humana que, en
las causas de nuestra grandeza, esté el mayor peligro de nuestra ruina.
El talento, el valor, la riqueza, la hermosura tienen en sí mismos su
mayor enemigo. La República Argentina es inmensamente rica y generosa.
Pero si todos quieren ser inmensamente ricos en ella, ¿bastará toda
su generosidad? ¿No tendrá á cada paso un conflicto entro su interés
nacional y tantos intereses de tantos, por desligados de su patria,
más desligados de una patria extranjera? He aquí el peligro y he aquí
el problema de la República Argentina. ¿Lo que hoy es un gran pueblo,
llegará á ser una gran nación? ¿Llegarán á sumarse tantos intereses
egoístas en un solo egoísmo ideal? Gran cosa es que en un pueblo todos
procuren ser ricos, á condición de que todos también estén dispuestos á
morirse de hambre en un día. Con la primera cualidad, dominante en la
República Argentina, y la segunda, dominante en España... ¡gran nación!
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Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la
tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que
hallan sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que
cuesta el sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán
de filosofar ante ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las
floristas ni los floricultores. Y siempre que un señor de esos que,
por alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no
se deposite coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con
la mayor sencillez, pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle
los empresarios de pompas fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya
con el hombre, á qué hora ha ido á acordarse de ser modesto! Yo creo
que la mayor modestia es no disponer nada y dejar á los ricos que
hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su negocio. El que uno
se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me parece muy
bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las
flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no
dedicar flores al muerto; las flores son á los que quedan.
Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa
se llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y
numeroso acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto
es por el sobrino, ¡cuando el señor muera! Pero el señor, al morir,
no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera
dar destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y
los precisos operarios. Señores muertos: nada de consideración con
los vivos; admitan ustedes coronas y flores, y á la familia dejarle
encargado el entierro de primera y con mucho clero: que vivan todos.
Siempre hace bien ver caras alegres en un entierro.