XV

¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado

de risa con una porción de _vaudevilles_ sin gracia y sin fantasía; nos

hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin novedad y

sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca

musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos...

Todo ello por venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía

continuar. ¿Qué se diría? ¿Qué éramos público para contentarnos con

cualquier cosa? Nada, nada de dejarse sugestionar... A la primera

ocasión... Y la primera ocasión ha sido _Chantecler_. Diríase que,

á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él

la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y

reclamos previos, acabará por conseguirlo la desconsideración de

algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por

fin, á la admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos

cantaran todos los días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos

hemos sentido carabineros del arte... de las pocas veces que no venía

contrabando!

* * * * *

La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en

toda su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer

linda y graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario.

Para admirar una linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de

molestarnos con idioteces? ¿No bastaría con una bien compuesta danza

para mostrarnos la gracia de las actitudes? ¿No bastaría con pasar y

sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer bella enamore? Y, si algo

ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo comprensible como

una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el desentono

de las palabras chabacanas. No es la belleza la que ha de acercarse

á nosotros; somos nosotros los que hemos de acercarnos á ella,

alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la letra de algún

_couplet_ que, sólo se salva de lo canallesco, para caer en lo insulso.

* * * * *

Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves

beneméritas de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y

de alimañas, perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero

¡no somos nadie! Ni los estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los

bolsillos--gran estómago de los racionales civilizados--resisten á

un minucioso examen. Después de registrado el buche de unos cuantos

grajos--los bastantes para dar autoridad á la estadística,--el

implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus

preeminencias y consideración sociales como protectora de la

agricultura. La cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo

no guarda proporción con la gran cantidad de semillas y de granos

que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante,

pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.

Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes

y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas

como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que

protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra?

¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales?

¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal

fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida

de la digestión, para saber á qué atenernos.

* * * * *

Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo

realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los

cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como

festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un

poco.

El problema de la mendicidad--grandes problemas son siempre aquellos

para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la

vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza,

etc...--sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de

poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse

de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan

ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales:

¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en

todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy

comprometido con los socialistas.

¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde

de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos

electorales!

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 21 / 52 题