¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado
de risa con una porción de _vaudevilles_ sin gracia y sin fantasía; nos
hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin novedad y
sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca
musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos...
Todo ello por venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía
continuar. ¿Qué se diría? ¿Qué éramos público para contentarnos con
cualquier cosa? Nada, nada de dejarse sugestionar... A la primera
ocasión... Y la primera ocasión ha sido _Chantecler_. Diríase que,
á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él
la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y
reclamos previos, acabará por conseguirlo la desconsideración de
algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por
fin, á la admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos
cantaran todos los días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos
hemos sentido carabineros del arte... de las pocas veces que no venía
contrabando!
* * * * *
La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en
toda su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer
linda y graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario.
Para admirar una linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de
molestarnos con idioteces? ¿No bastaría con una bien compuesta danza
para mostrarnos la gracia de las actitudes? ¿No bastaría con pasar y
sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer bella enamore? Y, si algo
ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo comprensible como
una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el desentono
de las palabras chabacanas. No es la belleza la que ha de acercarse
á nosotros; somos nosotros los que hemos de acercarnos á ella,
alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la letra de algún
_couplet_ que, sólo se salva de lo canallesco, para caer en lo insulso.
* * * * *
Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves
beneméritas de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y
de alimañas, perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero
¡no somos nadie! Ni los estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los
bolsillos--gran estómago de los racionales civilizados--resisten á
un minucioso examen. Después de registrado el buche de unos cuantos
grajos--los bastantes para dar autoridad á la estadística,--el
implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus
preeminencias y consideración sociales como protectora de la
agricultura. La cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo
no guarda proporción con la gran cantidad de semillas y de granos
que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante,
pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.
Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes
y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas
como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que
protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra?
¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales?
¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal
fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida
de la digestión, para saber á qué atenernos.
* * * * *
Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo
realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los
cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como
festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un
poco.
El problema de la mendicidad--grandes problemas son siempre aquellos
para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la
vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza,
etc...--sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de
poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse
de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan
ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales:
¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en
todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy
comprometido con los socialistas.
¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde
de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos
electorales!