Son las próximas elecciones la mayor preocupación en estos días.
No--esto es lo triste--por el gran interés que inspiren, en cuanto
pudieran influir en los destinos futuros de España, sino por los muchos
pequeños intereses que en ellas se fundan y contra el interés general
conspiran.
Líbrenos la diosa Democracia de hablar mal del sufragio universal, ni
del voto obligatorio, preciadas conquistas suyas. Antes era posible que
un Gobierno regalara, lo que se dice regalar, un distrito á cualquiera
de sus patrocinados; pero, por lo mismo que se trataba de un regalo,
los Gobiernos cuidaban, para no dar que murmurar demasiado, que el
candidato fuera persona de merecimiento. Ahora, como todo el apoyo y la
protección oficiales no bastan á librar al protegido de ciertos gastos
indispensables, es preciso buscar ante todo gente de dinero ó que sepa
sacarlo de donde lo haya. Antes solía decirse: «A Fulano le apoya el
Gobierno», ó «Cuenta con la protección de éste ó del otro, mayores ó
menores caciques.» Ahora, las protecciones no significan nada. La única
probabilidad de triunfo es decir: «Fulano piensa gastarse tanto en la
elección; Menganito se gastará cuanto.»
Las gentes sencillas, tan incapaces de grandes abnegaciones patrióticas
como de ambiciosas vanidades, no hayan compensación en el cargo de
diputado á tan crecidos sacrificios pecuniarios, y con la natural
desconfianza que despiertan siempre las acciones heroicas, cuando
su móvil no tiene equivalente, por lo menos «potencial», en nuestro
espíritu, dan á recelar, con esa suspicacia propia de las gentes
sencillas, que en lo de ser diputado ha de haber algunas ventajillas
más que la de sacrificarse por la patria, la de chupar caramelos, la
franquicia postal y la misma inmunidad parlamentaria.
Esa desconfianza hace que, obligadas al voto, las gentes sencillas
vayan á la votación con la misma indiferencia con que antes se
quedaban en casa. Al «qué más da votar que no votar» ha sustituido
el «qué más da votar á unos que á otros». La consecuencia en uno y
otro caso es la misma: no triunfa el que triunfa por importarle á
muchos, sino por no importarle á nadie. Así podemos vanagloriarnos de
constituir unas Cámaras que no representan la opinión del país, como en
otros países, sino su falta de opinión.
* * * * *
A consecuencia de una polémica entre autores y críticos, se ha
discutido en París, entre autores, críticos y actores, sobre la
eficacia de la crítica, sobre sus derechos y deberes y hasta sobre la
conveniencia de su desaparición. Los autores y los actores artistas han
opinado, como era natural, que la supresión de la crítica literaria
sería tanto como relegar el teatro al terreno puramente industrial de
especulación. Pero ¿es otra cosa el teatro moderno? ¿No es fantasear
á costa de la realidad--fantasía muy cara--considerarle de otro
modo? A no ser en teatros subvencionados con esplendidez, donde los
directores puedan permitirse el lujo de ofrecer verdaderas obras de
arte, ¿qué empresario ni qué autor pueden aceptar la responsabilidad
de comprometer intereses respetables por entregarse á nobles juegos de
arte?
Hoy se le da al teatro una importancia comercial que nunca tuvo.
Exigencias del público, de la crítica, de autores y actores--no
hablemos de los propietarios,--han convertido en negocio
arriesgadísimo, más propio de capitalistas que de verdaderos
aficionados al arte, la explotación de un teatro. En estas condiciones,
¿puede depender del criterio artístico, de la crítica, el éxito de una
obra? Dejémonos de vanidades. El teatro moderno tiene muy poco que ver
con el arte. No se interponga ninguna consideración artística entre el
público y la taquilla, como no se interpone entre el comprador y el
comerciante una crítica del escaparate. ¿Que esto será el fin de la
literatura dramática? No, al contrario; quedarán mejor deslindados los
campos. A un lado el arte y la literatura; al otro lado el teatro. Un
teatro que sólo aspira al dinero no debe tener más sanción penal que la
falta de dinero. La crítica literaria es demasiado honor para él. La
mejor crítica de muchas obras es haber llenado el teatro durante 200
noches, y que el autor, para curarse de toda vanidad, llegara á conocer
personalmente á los 200.000 espectadores que le han aplaudido, ¡Ay del
artista que, cuando más clamoroso oye el aplauso de todos, no sabe
percibir la voz de la propia censura!
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En Berlín se ha fundado una Sociedad, llamada de Calderón, con el
objeto de representar obras de nuestro autor y algunas de otros
autores, no menos admirables, nunca representadas en los teatros
ordinarios. En dicha Sociedad figuran ilustres personajes, y en la
primera función, con el concurso de los mejores actores de los teatros
berlineses, se representará _La devoción de la Cruz_.
Esto en Berlín, donde todos los años se representa mayor número de
obras de Calderón y de Lope de Vega que en nuestros teatros. En cambio,
nosotros no dejaremos de representar opereta alemana, ni austriaca, en
justa correspondencia. Schiller y Goethe y el moderno Hauptman bien
están en su casa. Y que se lleven á Calderón y á Lope. ¡Para lo que
van á divertirse con ellos! Mejor sería proponerles, ya que en tan
buena disposición se hallan, que se encargaran de celebrar en Berlín el
centenario de Cervantes. ¡Fuera cuidados! De aquí les mandaríamos una
lucida Comisión y todos los toreros que hicieran falta para una buena
corrida de toros.