XIV

Son las próximas elecciones la mayor preocupación en estos días.

No--esto es lo triste--por el gran interés que inspiren, en cuanto

pudieran influir en los destinos futuros de España, sino por los muchos

pequeños intereses que en ellas se fundan y contra el interés general

conspiran.

Líbrenos la diosa Democracia de hablar mal del sufragio universal, ni

del voto obligatorio, preciadas conquistas suyas. Antes era posible que

un Gobierno regalara, lo que se dice regalar, un distrito á cualquiera

de sus patrocinados; pero, por lo mismo que se trataba de un regalo,

los Gobiernos cuidaban, para no dar que murmurar demasiado, que el

candidato fuera persona de merecimiento. Ahora, como todo el apoyo y la

protección oficiales no bastan á librar al protegido de ciertos gastos

indispensables, es preciso buscar ante todo gente de dinero ó que sepa

sacarlo de donde lo haya. Antes solía decirse: «A Fulano le apoya el

Gobierno», ó «Cuenta con la protección de éste ó del otro, mayores ó

menores caciques.» Ahora, las protecciones no significan nada. La única

probabilidad de triunfo es decir: «Fulano piensa gastarse tanto en la

elección; Menganito se gastará cuanto.»

Las gentes sencillas, tan incapaces de grandes abnegaciones patrióticas

como de ambiciosas vanidades, no hayan compensación en el cargo de

diputado á tan crecidos sacrificios pecuniarios, y con la natural

desconfianza que despiertan siempre las acciones heroicas, cuando

su móvil no tiene equivalente, por lo menos «potencial», en nuestro

espíritu, dan á recelar, con esa suspicacia propia de las gentes

sencillas, que en lo de ser diputado ha de haber algunas ventajillas

más que la de sacrificarse por la patria, la de chupar caramelos, la

franquicia postal y la misma inmunidad parlamentaria.

Esa desconfianza hace que, obligadas al voto, las gentes sencillas

vayan á la votación con la misma indiferencia con que antes se

quedaban en casa. Al «qué más da votar que no votar» ha sustituido

el «qué más da votar á unos que á otros». La consecuencia en uno y

otro caso es la misma: no triunfa el que triunfa por importarle á

muchos, sino por no importarle á nadie. Así podemos vanagloriarnos de

constituir unas Cámaras que no representan la opinión del país, como en

otros países, sino su falta de opinión.

* * * * *

A consecuencia de una polémica entre autores y críticos, se ha

discutido en París, entre autores, críticos y actores, sobre la

eficacia de la crítica, sobre sus derechos y deberes y hasta sobre la

conveniencia de su desaparición. Los autores y los actores artistas han

opinado, como era natural, que la supresión de la crítica literaria

sería tanto como relegar el teatro al terreno puramente industrial de

especulación. Pero ¿es otra cosa el teatro moderno? ¿No es fantasear

á costa de la realidad--fantasía muy cara--considerarle de otro

modo? A no ser en teatros subvencionados con esplendidez, donde los

directores puedan permitirse el lujo de ofrecer verdaderas obras de

arte, ¿qué empresario ni qué autor pueden aceptar la responsabilidad

de comprometer intereses respetables por entregarse á nobles juegos de

arte?

Hoy se le da al teatro una importancia comercial que nunca tuvo.

Exigencias del público, de la crítica, de autores y actores--no

hablemos de los propietarios,--han convertido en negocio

arriesgadísimo, más propio de capitalistas que de verdaderos

aficionados al arte, la explotación de un teatro. En estas condiciones,

¿puede depender del criterio artístico, de la crítica, el éxito de una

obra? Dejémonos de vanidades. El teatro moderno tiene muy poco que ver

con el arte. No se interponga ninguna consideración artística entre el

público y la taquilla, como no se interpone entre el comprador y el

comerciante una crítica del escaparate. ¿Que esto será el fin de la

literatura dramática? No, al contrario; quedarán mejor deslindados los

campos. A un lado el arte y la literatura; al otro lado el teatro. Un

teatro que sólo aspira al dinero no debe tener más sanción penal que la

falta de dinero. La crítica literaria es demasiado honor para él. La

mejor crítica de muchas obras es haber llenado el teatro durante 200

noches, y que el autor, para curarse de toda vanidad, llegara á conocer

personalmente á los 200.000 espectadores que le han aplaudido, ¡Ay del

artista que, cuando más clamoroso oye el aplauso de todos, no sabe

percibir la voz de la propia censura!

* * * * *

En Berlín se ha fundado una Sociedad, llamada de Calderón, con el

objeto de representar obras de nuestro autor y algunas de otros

autores, no menos admirables, nunca representadas en los teatros

ordinarios. En dicha Sociedad figuran ilustres personajes, y en la

primera función, con el concurso de los mejores actores de los teatros

berlineses, se representará _La devoción de la Cruz_.

Esto en Berlín, donde todos los años se representa mayor número de

obras de Calderón y de Lope de Vega que en nuestros teatros. En cambio,

nosotros no dejaremos de representar opereta alemana, ni austriaca, en

justa correspondencia. Schiller y Goethe y el moderno Hauptman bien

están en su casa. Y que se lleven á Calderón y á Lope. ¡Para lo que

van á divertirse con ellos! Mejor sería proponerles, ya que en tan

buena disposición se hallan, que se encargaran de celebrar en Berlín el

centenario de Cervantes. ¡Fuera cuidados! De aquí les mandaríamos una

lucida Comisión y todos los toreros que hicieran falta para una buena

corrida de toros.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 20 / 52 题