Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados.
El que aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el
medio ambiente, fuera de aquí, aun contra las dificultades que á
todo extranjero se oponen en todas partes, logra vencer y afirmar su
personalidad. Por eso fuimos pueblo de conquistadores, y si perdimos
todas nuestras conquistas, no fué por no haber sabido hacer nuestras
las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho demasiado
nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de
pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente
poco de casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos
á ganar el cielo. De nosotros pude decirse, como en aquella antigua
canción tan nuestra:
«Fuí al mar,
vine del mar...
Mis telitas sin hilar.»
Buen ejemplo de este nuestro espíritu conquistador y buena compensación
de otras conquistas materiales, hoy más difíciles de emprender,
tenemos en Pepe Lasalle, quien salió de España, hará unos diez años,
diciendo: «Seré director de orquesta», y ha realizado su propósito
tan cumplidamente que, al saludarle de nuevo por esta su tierra, á su
nombre y su cargo añadimos, por aclamación, todos los adjetivos que su
modestia callaba al despedirse, pero á los que, sin duda, pretendía en
su noble ambición de artista. Gran director de una gran orquesta. No
puede cumplirse mejor el propio vaticinio. Desde los tiempos del Gran
Emperador, no se unieron Alemania y España en más gloriosa empresa.
Ahora bien, ó, ahora mal, mejor dicho: con el mismo talento, con la
misma energía, con todo lo personal, en fin; si entre nosotros se
hubiera propuesto Pepe Lasalle realizar su propósito, ¿hubiera llegado
á conseguirlo? Contesten tantos verdaderos artistas músicos como andan
por ahí desperdigados por cafés y orquestas de teatrillo; responda
nuestro público aristocrático, llenando los palcos del Circo en los
días de moda y dejando poner en la taquilla de billetes para los
conciertos: «Sólo quedan palcos y butacas»; hablen el Cuarteto Francés
y el Cuarteto Vela, luchando contra la indiferencia del público,
sólo sostenidos por el aplauso de algunos inteligentes que ¡ay! son
justamente los que van de gorra, y aun hay que agradecérselo. Por
eso, bien esta que aplaudamos con el mayor entusiasmo á los de fuera,
y mucho más cuando los dirige uno tan nuestro y que tan alto pone el
nombre de España en el mundo del Arte; pero estimemos en cuanto merecen
á los de casa, que, sobre las dificultades de su arte, han de vencer
las del medio, hostil ó indiferente. El Arte, que es todo simpatía,
sólo en ambiente de simpatía florece.
* * * * *
¿Quién se atreverá á poner en duda el desinterés de nuestros
escritores? Cada dos ó tres años, el ministerio de Instrucción pública,
cuidadoso tutor y curador de los menores y pródigos, que son nuestros
literatos, ha de conceder graciosamente ampliación del plazo para
inscribir obras en el Registro de la Propiedad. ¿Es desinterés,
ignorancia de estas formalidades legales ó triste convencimiento de
que, para lo poco que ha de producir, no vale la pena de tomarse
molestia alguna? En los dos últimos casos sería muy triste; en el
primero sería muy laudable, si ese desprendimiento no redundara
siempre en beneficio de algún editor _vivo_, siempre dispuesto á
levantar muertos al amparo de una ley que, por fortuna, no se cumple
con inexorable rigor. Para todos los efectos de responsabilidad, la
condición de escritor debiera equipararse en nuestros Códigos á la de
los menores ó incapacitados. ¿Por qué han de estar tan reñidos números
y letras que, hasta cuando la realidad de los números se impone al
escritor, ha de venir en letras... de cambio, aceptadas por él con la
más divina inconsciencia de números y de fechas?
* * * * *
El descubrimiento del doctor Doyen, prometiéndonos más larga vida,
no dejará de regocijar á cuantos van á gusto en el machito; para
ellos lujoso carruaje ó automóvil. A los de á pie nos es indiferente.
¡Alargar la vida!
¡Como no sea por la ilusioncilla de ver terminadas las obras de la Gran
Vía; ó por ver si los aeroplanos llegan á establecerse con servicio
regular, como los transatlánticos; ó por saber del estreno de una obra
nueva de Rostand; ó por ver las calles de Madrid sin pordioseros!...
Aunque es de temer que la virtud del descubrimiento del doctor Doyen
no alcance á la realización de todas estas esperanzas. Entonces, para
seguir con la misma historia de la vida, «Este cuento de la vida, dos
veces contado», como dijo Shakespeare, ó «contado por un idiota», que
dijo el mismo... El descubrimiento del buen doctor no vale lo que una
botella de buen vino, un poco de morfina, un buen cigarro, una buena
música ó una buena mentira; de esas mentiras dulces, que parecen amor ó
gloria... Todo lo que es olvido de esa implacable verdad, cuyo nombre
más cierto es muerte.