XIII

Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados.

El que aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el

medio ambiente, fuera de aquí, aun contra las dificultades que á

todo extranjero se oponen en todas partes, logra vencer y afirmar su

personalidad. Por eso fuimos pueblo de conquistadores, y si perdimos

todas nuestras conquistas, no fué por no haber sabido hacer nuestras

las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho demasiado

nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de

pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente

poco de casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos

á ganar el cielo. De nosotros pude decirse, como en aquella antigua

canción tan nuestra:

«Fuí al mar,

vine del mar...

Mis telitas sin hilar.»

Buen ejemplo de este nuestro espíritu conquistador y buena compensación

de otras conquistas materiales, hoy más difíciles de emprender,

tenemos en Pepe Lasalle, quien salió de España, hará unos diez años,

diciendo: «Seré director de orquesta», y ha realizado su propósito

tan cumplidamente que, al saludarle de nuevo por esta su tierra, á su

nombre y su cargo añadimos, por aclamación, todos los adjetivos que su

modestia callaba al despedirse, pero á los que, sin duda, pretendía en

su noble ambición de artista. Gran director de una gran orquesta. No

puede cumplirse mejor el propio vaticinio. Desde los tiempos del Gran

Emperador, no se unieron Alemania y España en más gloriosa empresa.

Ahora bien, ó, ahora mal, mejor dicho: con el mismo talento, con la

misma energía, con todo lo personal, en fin; si entre nosotros se

hubiera propuesto Pepe Lasalle realizar su propósito, ¿hubiera llegado

á conseguirlo? Contesten tantos verdaderos artistas músicos como andan

por ahí desperdigados por cafés y orquestas de teatrillo; responda

nuestro público aristocrático, llenando los palcos del Circo en los

días de moda y dejando poner en la taquilla de billetes para los

conciertos: «Sólo quedan palcos y butacas»; hablen el Cuarteto Francés

y el Cuarteto Vela, luchando contra la indiferencia del público,

sólo sostenidos por el aplauso de algunos inteligentes que ¡ay! son

justamente los que van de gorra, y aun hay que agradecérselo. Por

eso, bien esta que aplaudamos con el mayor entusiasmo á los de fuera,

y mucho más cuando los dirige uno tan nuestro y que tan alto pone el

nombre de España en el mundo del Arte; pero estimemos en cuanto merecen

á los de casa, que, sobre las dificultades de su arte, han de vencer

las del medio, hostil ó indiferente. El Arte, que es todo simpatía,

sólo en ambiente de simpatía florece.

* * * * *

¿Quién se atreverá á poner en duda el desinterés de nuestros

escritores? Cada dos ó tres años, el ministerio de Instrucción pública,

cuidadoso tutor y curador de los menores y pródigos, que son nuestros

literatos, ha de conceder graciosamente ampliación del plazo para

inscribir obras en el Registro de la Propiedad. ¿Es desinterés,

ignorancia de estas formalidades legales ó triste convencimiento de

que, para lo poco que ha de producir, no vale la pena de tomarse

molestia alguna? En los dos últimos casos sería muy triste; en el

primero sería muy laudable, si ese desprendimiento no redundara

siempre en beneficio de algún editor _vivo_, siempre dispuesto á

levantar muertos al amparo de una ley que, por fortuna, no se cumple

con inexorable rigor. Para todos los efectos de responsabilidad, la

condición de escritor debiera equipararse en nuestros Códigos á la de

los menores ó incapacitados. ¿Por qué han de estar tan reñidos números

y letras que, hasta cuando la realidad de los números se impone al

escritor, ha de venir en letras... de cambio, aceptadas por él con la

más divina inconsciencia de números y de fechas?

* * * * *

El descubrimiento del doctor Doyen, prometiéndonos más larga vida,

no dejará de regocijar á cuantos van á gusto en el machito; para

ellos lujoso carruaje ó automóvil. A los de á pie nos es indiferente.

¡Alargar la vida!

¡Como no sea por la ilusioncilla de ver terminadas las obras de la Gran

Vía; ó por ver si los aeroplanos llegan á establecerse con servicio

regular, como los transatlánticos; ó por saber del estreno de una obra

nueva de Rostand; ó por ver las calles de Madrid sin pordioseros!...

Aunque es de temer que la virtud del descubrimiento del doctor Doyen

no alcance á la realización de todas estas esperanzas. Entonces, para

seguir con la misma historia de la vida, «Este cuento de la vida, dos

veces contado», como dijo Shakespeare, ó «contado por un idiota», que

dijo el mismo... El descubrimiento del buen doctor no vale lo que una

botella de buen vino, un poco de morfina, un buen cigarro, una buena

música ó una buena mentira; de esas mentiras dulces, que parecen amor ó

gloria... Todo lo que es olvido de esa implacable verdad, cuyo nombre

más cierto es muerte.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 19 / 52 题