Un distinguido escritor, al patrocinar también el debido homenaje al
maestro Chapí, lleva su escepticismo hasta dudar de la sinceridad de
mi admiración por el insigne músico; todo porque olvidé que en esta
temporada se había representado, por fin, _Margarita la Tornera_ en el
Teatro Real. Cuatro representaciones, después de tantos aplazamientos
y suspensiones, no son muchas, y nada tiene de particular que puedan
pasar inadvertidas para cualquiera, á poco preocupado ó distraído que
ande uno con sus particulares asuntos.
No soy yo tampoco muy amigo de asistir á representaciones de las
obras que admiro. Las representaciones son siempre peligrosas para la
admiración, y si esas representaciones son de óperas españolas y en
nuestro teatro Real, doblemente. Claro es que una obra musical no puede
ser admirada en su integridad, como una obra literaria, sin pasar
por la interpretación, más ó menos edificante. Pero, en este caso, es
preferible admirar y creer... por fe, ó, si la fe nos falta, aceptando
como buena la autoridad de los competentes. Después de todo, por fe ó
por autoridad, creemos en muchas cosas de más importancia: en materias
de Religión, de Ciencia, etc., etc.
Yo no me permitiría jamás dudar de la ciencia de un Ramón y Cajal,
aunque nunca haya asistido á sus experimentos. Me basta con que
personas de gran autoridad científica los den por buenos. ¿Estimaríamos
muchas cosas en el mundo si á cada una hubiéramos de aplicar la propia,
casi siempre ignorante, y muchas veces impertinente, investigación? El
propio juicio ¡es tan falible! y ¡tan variable! Cualquier alteración en
los humores, en la temperatura, en el bolsillo, basta á trastornarle.
¿De qué viven las grandes instituciones sociales más que de este
abandono del criterio individual al criterio social, única suma que
nunca es resultado de los sumandos?
Si la admiración nacional fuera la suma de admiraciones individuales,
¿habría español que fuera admirado? Si el catolicismo dependiera del
número de verdaderos católicos, ¿sería España el país católico por
excelencia? Aunque sea el país en que haya más _excelencias_ por
católicos.
* * * * *
Del criterio y de los gustos artísticos de nuestros empresarios puede
dar idea el que, obras como _Aguila de blasón_ y _Romance de lobos_,
las admirables tragedias bárbaras de Valle-Inclán, no hayan encontrado
todavía escenario en que puedan ser, no más admiradas, pero sí
admiradas por más, como debieran serlo.
Ahora, á fines de temporada--de lo bueno poco,--se nos ofrece _Cuento
de Abril_. Gentil ofrecimiento de la gentil actriz Matilde Moreno, que
nunca empleó mejor su estudio y su talento como en esta buena obra de
purificar el ambiente teatral con aires de poesía.
Es _Cuento de Abril_ todo poesía y arte verdaderos, no de esas
sobredoradas imitaciones que andan por ahí desacreditando el género.
Me aseguran que _Cuento de Abril_ pasó por otros teatros, en donde sólo
halló indiferencia ó extrañeza. Extrañeza lo comprendo, por lo raro
del caso. La indiferencia, ya es menos explicable. No hay razón para
lamentarse de la falta de obras y de autores, cuando se deja marchar
una obra como _Cuento de Abril_ y _Aguila de blasón_ y _Romance de
lobos_, ésta sin representarse.
* * * * *
¡Eterno vaivén de las cosas del mundo! El rompecabezas, el arrinconado
juguete de los tiempos de nuestra infancia, es ahora el juguete á la
moda, y no para niños, sino para mayores, y muy mayores, y en tertulias
de gran señorío y respetabilidad. Verdad es que el juguete viene ahora
de Inglaterra con el nombre de _Puzzles_.
Yo no sé si será muy divertido, ni de qué otra diversión podrá ser
pretexto; porque yo no me fío de estos juegos de sociedad, casi
siempre de carambola y por tabla. Parece que se divierten con una cosa
y es con otra.
Lo que sí sabré decir es que, este juego del rompecabezas, es de un
gran simbolismo. ¿Es otra la tarea de nuestra vida, que ésta de ir
juntando, para componer algo, los pedazos de nuestro corazón, de
nuestra inteligencia?
Los antiguos rompecabezas llevaban el modelo para facilitar la
composición; estos de ahora son imprevistos. Y hasta en eso se ve
cómo procuran simbolizar la vida moderna. Va uno juntando pedazos y
pedazos, sin saber si será una marina ó un paisaje, un apacible cuadro
de familia ó una terrible batalla, lo que al fin resulte. La sorpresa
es el mayor encanto. Así vivimos: juntando pedacitos de nuestra vida,
sin saber lo que será el cuadro de nuestra vida; sin modelo que pueda
orientarnos. Rompecabezas es el juguete: si ponemos en él toda nuestra
ilusión, bien pudiera llamarse ¡rompecorazones!