XI

Pasó Marta Regnier con su compañía y su ligero repertorio, por el

escenario de la Comedia, sin dejarnos honda emoción de arte ni de

belleza. Nos sentimos un poco orgullosos, porque ni actores ni autores

españoles podíamos temer la comparación. Sólo envidiamos lo selecto

de la concurrencia y sus manifestaciones de agrado, no tan fáciles de

obtener para los de casa.

Marta Regnier es... un bonito artículo de París; de esos que entre

directores de teatro, autores y críticos suelen fabricar allí para

admiración de provincianos y de extranjeros. Además, en París les

parece joven, y lo es, comparada con Sarah, la Bartet, la Rèjane, la

Hayding y demás grandes estrellas del Teatro francés, admirable museo

de antigüedades.

Los actores franceses tienen el defecto general de ser demasiado

actores. Todo es estudio y composición en ellos. No os sorprenderán

nunca con una incorrección, con un desentono. En las actrices es

también defecto empachoso que siempre han de parecer _cocottes_. Sólo

Mme. Bartet y Mlle. Reichenberg han tenido aires de gran señora y de

señorita en la escena. Algo también la Brandés, y en la extraordinaria

Sarah, el arte supremo lo idealiza todo, dándonos la sensación, como

dijo Lemaitre, de una mujer extranjera en todas partes, una mujer

de raro exotismo, que viene nadie sabe de dónde y vuelve á otra

región que ignoramos. Las demás, la _cocotte_, la eterna _cocotte_,

creación artificial de una literatura dramática que necesita para sus

combinaciones, figuras femeninas convencionales, como lo fueron la

cortesana del teatro latino y la dama de nuestras comedias del teatro

antiguo.

Al mismo género pertenecen la _jeune fille_ de los ingenuos descocos,

la casadita de los peligrosos _flirts_, la divorciada andariega y la

viudita joven y experimentada de casi todas las comedias francesas

modernas. Triste idea darían de una sociedad, si no supiéramos que el

teatro fué siempre, en arte, la última y más irreductible trinchera de

lo falso y lo convencional. Ni Francia, ni París mismo, ni su sociedad,

ni sus mujeres, ni sus maridos, son eso ni pudieran serlo.

Consolémonos, con la imagen falseada que sus escritores nos ofrecen, de

la que suelen presentar de nosotros. No es extraño que se equivoquen al

hablar de lo ajeno, los que se equivocan al hablar de lo propio.

* * * * *

Más que nuestros actores y nuestros autores de los extranjeros,

tendría que aprender nuestro público en cuanto á consideración y

respeto al espectáculo y á los espectadores. En una de las últimas

representaciones de _El oro del Rhin_ era materialmente imposible

enterarse de la obra, salvo en la parte visible. ¡Y habrá quien diga

que la música de Wágner es estruendosa! Sí, sí: ¡ya pueden echar los

compositores trompas, timbales, bombos y platillos á competir con la

graciosa cháchara de los abonados! ¡Y se tendrán por muy distinguidos!

No saben que lo más distinguido es... tener educación y que si entre

todo el numeroso público hubiera un solo espectador, uno sólo, que

hubiera pagado por oir la ópera y no por contribuir á la general

algazara, ese solo espectador merece el silencio de todo el público;

no hablo ya de los artistas y de la obra. Pero ¡sí!, este es el país

de: «Para eso hemos pagado, para estar como nos convenga.» Váyase

la poca educación de los que charlan, por la exagerada de los que,

habiendo pagado para oir la ópera, no protestan ruidosamente y en

cualquier forma de la mala educación de los charladores. A descortesía,

descortesía y media. Nunca estaría más justificada. En ningún teatro

del mundo se toleraría cosa semejante. ¡Y esa es la gente que viaja

por el extranjero! Verdad es que cuando viaja va á los circos, á los

_music-halls_. ¡Lástima de dinero, que estaría tan bien empleado en los

que no se atreven ni á respirar, allá en el paraíso!

* * * * *

En _Juventud de príncipe_, traducción de la comedia alemana _Alte

Heidelberg_, hay algo que desconcierta al espectador y, sobre todo, á

la espectadora, en nuestro público: las relaciones del príncipe y de

Catalina, camarera de una cervecería.

Cuestión de latitud y de razas. Un público latino ¡el latino es pillín!

no comprende ese buen amor que tiene tanto de buena amistad. Aquella

muchacha sencilla quiere y se deja querer sin hablar de matrimonio, ni

de honra... ni siquiera de dinero. ¿Qué especie de mujer es ésta?--se

diría más de una espectadora.--¿Es buena? ¿Es mala? Es tonta, por de

contado. Grave defecto en una mujer. Nuestras mujeres no temen nada

tanto como pasar por tontas. ¡Así es tan raro que las engañe nadie!

A buen seguro que un príncipe latino, ¡qué un príncipe!, cualquier

muchacho de regular posición, no encontraría una ganga como la moza de

Heidelberg. Una muchacha joven, bonita, que ni ama demasiado hasta el

punto de destrozar el corazón al príncipe, ni de estorbarle siquiera

en sus estudios, ni le explota hábilmente, haciéndose señalar una

pensión vitalicia. ¡Un buen camarada de bromas y de excursiones!

Mujer... cuando es preciso y nada más... ¡Lo ideal para todo hombre de

ocupaciones! Con mujeres así, no es extraño que los alemanes progresen

tanto. Los pobres latinos, en cuanto tropiezan con una mujer en su

camino ¡hombres perdidos! Por eso _Juventud de príncipe_ fué más

celebrada en su estreno por los espectadores que por las espectadoras.

Por nuestra vida y por nuestras comedias sólo se comprende el amor

causando estragos. Y sólo así convence á nuestras mujeres.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 17 / 52 题