IX

Siempre es peligroso ir contra las corrientes populares. En el programa

del nuevo Gobierno figura, para ser ley muy pronto, el servicio

obligatorio. Indiscutible en teoría, dentro de esa igualdad que las

leyes nos reconocen á todos como ciudadanos, aunque la Naturaleza la

desmienta á cada paso; más atenta que á la igualdad, á la armonía,

que no es lo mismo; pues á ella contribuyen, como en música bien

compuesta, tanto como los acordes, las discordancias; ¿es tan

indiscutible en la práctica? Por acercamos al ideal bruscamente, ¿no

tropezaremos con duras realidades, cuyo choque, no sólo destruye el

ideal, sino realidades positivas que debemos alejar de todo peligro

cuidadosamente? No basta mejorar los cuarteles; no son cuerpos mortales

solamente los que han de alojarse en ellos y han de acomodarse á

su disciplina; son espíritus también, que no se disponen tan pronto

ni tan fielmente como los materiales: alojamientos y provisiones.

La Religión y la Milicia: «Religión de hombres honrados», que dijo

Calderón de la Barca, no pueden existir sin una fe ciega, cuyo más

sólido fundamento sólo puede hallarse en una humilde ignorancia ó en

una superior filosofía, aparte los casos de predestinada vocación.

Pero entre las humildes inteligencias y los entendimientos superiores

capaces de crear objetividades de su propia subjetividad, existen en

gran mayoría esas inteligencias medias que han dejado de ignorar y no

han llegado á saber. Estas serían las dominantes en el Ejército con el

servicio obligatorio; éstas las que llevarían á él todos los fermentos

de una cultura mal reforzada. En ella abunda la moderna generación

intelectual, y de ello se resiente todo el organismo social. ¿Tendría

virtud el servicio obligatorio para disciplinar á esa masa, ó no sería

ella la que llegaría á contaminar el sano organismo del Ejército?

La ejemplar conducta de distinguidos voluntarios en la última guerra

de Melilla ha influído, sin duda, en la opinión y en los gobernantes

para confiar en la virtud del servicio obligatorio. ¡Hermosa es la

fraternidad de todas las clases sociales en defensa de la Patria y

en los peligros de una guerra! Pero no son los tiempos de guerra

norma para presumir las ventajas ó los inconvenientes del servicio

obligatorio. Lleva la guerra en sus peligros y en sus actividades,

virtud moralizadora con la que no puede contarse en tiempos de paz.

No olvidemos tampoco, en el país de las recomendaciones y las

influencias, que la desigualdad, más sensible que palpable de hoy,

sería la desigualdad que salta á la vista á todas horas, y es más

irritante.

¿El ejemplo de otras naciones? ¡Ay, si la voz de algunos sabios

sociólogos lograra sobreponerse á la voz, más clamorosa, de los

halagadores de muchedumbres!

Preguntadles á los primeros, preguntad á las estadísticas las ventajas

comerciales, industriales, sociales, en fin, que ha conseguido

Francia con el servicio obligatorio. Enteraos, ¡oh bien intencionados

legisladores!, cómo leyes tan democráticas, tan generosas, tan

animadas de nobles propósitos, como la del servicio obligatorio y la de

reglamentación del trabajo de los menores, han desatado sobre París y

otras ciudades de Francia esas bandas de _apaches_, que no son signo,

ciertamente, de civilización ni de progreso.

No hay nada más peligroso en la realidad que el noble juego de los

ideales.

Bueno es atender á la opinión popular, para satisfacerla en lo

justo; pero sobresalga sobre ella la opinión de los contempladores

desinteresados. Cuando todos crean llegada la hora, ellos sólo sabrán

decir: «Aun no es tiempo».

* * * * *

Admiremos la dificultad vencida por la señora Bellincioni en su danza

de Salomé. Es todo lo que puede danzarse ante nuestro público, cuando

ese público asiste á nuestro Teatro Real. Admirado el arte de la señora

Bellincioni, convengamos en que si Salomé no danzó de otro modo ante el

Tetrarca, ó éste era hombre de buen contentar, ó tenía más ganas de

perder de vista la cabeza del Precursor que Salomé de conseguir la del

uno y trastornar la del otro.

Me figuro á Pastora Imperio bailando por instinto lo que la señora

Bellincioni baila por arte. ¿No son nuestro vulgarizado tango y nuestro

popular garrotín, más propia evocación de lo que debió ser la danza de

Salomé? ¡Lástima que haya perdido toda nobleza con el roce plebeyo!

Hay que confesar, ¡oh amplitud de los escenarios populares!, que _La

Corte de Faraón_, con su garrotín, está más cerca de la verdad bíblica

que la _Salomé_, de Strauss, con su danza de los siete velos. Y ¡los

«entradones» que se ha perdido la empresa! _Salomé_, con su buen

garrotín hubiera llevado á todo el público de Eslava, sin perder el del

Teatro Real por eso. El pudor de nuestro público está siempre dispuesto

á dejarse violar. Pero, ¡vale la pena tan pocas veces! Y luego, que uno

también tiene su pudor y no tan violable.

X

Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin

ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la

llamada «crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer

ser negocio, va dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos

empresarios sean ó fueren.

Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con

la obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es

preciso la «gran atracción», como en número de circo; la obra que

avive todas las curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran

público», público que pueda llenar durante cien representaciones un

teatro.

¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de

Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una fecundidad sólo

disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible

hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación

comercial del gran número de representaciones, consecuencia de no

reparar en los medios de llamar la atención? Mujer y obra de arte que

andan por el mundo á llamar la atención, ¿no merecen el mismo nombre?

¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No

será obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!...

¿Adónde voy yo con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á

los que vosotros llamáis consagrados! Vosotros, por lo mismo que las

empresas no confían en vosotros, podéis atreveros á todo. Si alguna

obra os admiten, tened por seguro que la empresa ensayará otra al mismo

tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso probable de un fracaso.

No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á París trajes y

sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de sus

papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad

la suya! ¡La obra de las esperanzas, de las ilusiones, la clave

fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte de la

temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para

una empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de

un modisto, la zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas,

acomodadores, etcétera. ¡Legión pavorosa de espectros, presente al

concebir la obra, al planearla, al escribirla!... ¿Esa frase?... no; es

peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese final?... ¡de poco efecto!

¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso! ¡Oh, la

gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario

recibía con displicente desconfianza!...--Tenemos ahí una obra de

un chico que empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos...

Mientras llega la obra de...--aquí un gran nombre.--¡La obra de la

temporada!

¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de

la fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la

temporada? ¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la

temporada es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al

público? ¿Sabéis de la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un

lado ó al otro y todo es cuesta abajo?

¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado

pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero,

nuestro arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien

puede pedirnos cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con

consejo de administración? ¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda

romperse la pluma á lo mejor de la vida, como dirán muchos de los que,

unos por admirar, por envidiar otros, no supieron nunca compadecer al

que vieron en alto?

* * * * *

¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra

tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven

neófito que repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía

seguirle, vió cómo el joven le volvía la espalda, incapaz del

sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes

admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de

vuestra inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos,

malcontentos, murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo

buscaban un elogio, un «bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico;

de vuestro entendimiento, que se hiciera traición para celebrar

sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis al «buen parecer», que

basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú, vendieron su

primogenitura por un plato de lentejas...

¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran

tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo

de ningún valor?

Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un

elogio--algo del momento--. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos

sólo querían una mentira.

* * * * *

Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es

de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España

entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de

esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande.

Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del

maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones

en esta temporada de _Margarita la Tornera_... Es empeño de honra

vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo

el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos

olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa

sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer

á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran

artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es

posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 16 / 52 题