Siempre es peligroso ir contra las corrientes populares. En el programa
del nuevo Gobierno figura, para ser ley muy pronto, el servicio
obligatorio. Indiscutible en teoría, dentro de esa igualdad que las
leyes nos reconocen á todos como ciudadanos, aunque la Naturaleza la
desmienta á cada paso; más atenta que á la igualdad, á la armonía,
que no es lo mismo; pues á ella contribuyen, como en música bien
compuesta, tanto como los acordes, las discordancias; ¿es tan
indiscutible en la práctica? Por acercamos al ideal bruscamente, ¿no
tropezaremos con duras realidades, cuyo choque, no sólo destruye el
ideal, sino realidades positivas que debemos alejar de todo peligro
cuidadosamente? No basta mejorar los cuarteles; no son cuerpos mortales
solamente los que han de alojarse en ellos y han de acomodarse á
su disciplina; son espíritus también, que no se disponen tan pronto
ni tan fielmente como los materiales: alojamientos y provisiones.
La Religión y la Milicia: «Religión de hombres honrados», que dijo
Calderón de la Barca, no pueden existir sin una fe ciega, cuyo más
sólido fundamento sólo puede hallarse en una humilde ignorancia ó en
una superior filosofía, aparte los casos de predestinada vocación.
Pero entre las humildes inteligencias y los entendimientos superiores
capaces de crear objetividades de su propia subjetividad, existen en
gran mayoría esas inteligencias medias que han dejado de ignorar y no
han llegado á saber. Estas serían las dominantes en el Ejército con el
servicio obligatorio; éstas las que llevarían á él todos los fermentos
de una cultura mal reforzada. En ella abunda la moderna generación
intelectual, y de ello se resiente todo el organismo social. ¿Tendría
virtud el servicio obligatorio para disciplinar á esa masa, ó no sería
ella la que llegaría á contaminar el sano organismo del Ejército?
La ejemplar conducta de distinguidos voluntarios en la última guerra
de Melilla ha influído, sin duda, en la opinión y en los gobernantes
para confiar en la virtud del servicio obligatorio. ¡Hermosa es la
fraternidad de todas las clases sociales en defensa de la Patria y
en los peligros de una guerra! Pero no son los tiempos de guerra
norma para presumir las ventajas ó los inconvenientes del servicio
obligatorio. Lleva la guerra en sus peligros y en sus actividades,
virtud moralizadora con la que no puede contarse en tiempos de paz.
No olvidemos tampoco, en el país de las recomendaciones y las
influencias, que la desigualdad, más sensible que palpable de hoy,
sería la desigualdad que salta á la vista á todas horas, y es más
irritante.
¿El ejemplo de otras naciones? ¡Ay, si la voz de algunos sabios
sociólogos lograra sobreponerse á la voz, más clamorosa, de los
halagadores de muchedumbres!
Preguntadles á los primeros, preguntad á las estadísticas las ventajas
comerciales, industriales, sociales, en fin, que ha conseguido
Francia con el servicio obligatorio. Enteraos, ¡oh bien intencionados
legisladores!, cómo leyes tan democráticas, tan generosas, tan
animadas de nobles propósitos, como la del servicio obligatorio y la de
reglamentación del trabajo de los menores, han desatado sobre París y
otras ciudades de Francia esas bandas de _apaches_, que no son signo,
ciertamente, de civilización ni de progreso.
No hay nada más peligroso en la realidad que el noble juego de los
ideales.
Bueno es atender á la opinión popular, para satisfacerla en lo
justo; pero sobresalga sobre ella la opinión de los contempladores
desinteresados. Cuando todos crean llegada la hora, ellos sólo sabrán
decir: «Aun no es tiempo».
* * * * *
Admiremos la dificultad vencida por la señora Bellincioni en su danza
de Salomé. Es todo lo que puede danzarse ante nuestro público, cuando
ese público asiste á nuestro Teatro Real. Admirado el arte de la señora
Bellincioni, convengamos en que si Salomé no danzó de otro modo ante el
Tetrarca, ó éste era hombre de buen contentar, ó tenía más ganas de
perder de vista la cabeza del Precursor que Salomé de conseguir la del
uno y trastornar la del otro.
Me figuro á Pastora Imperio bailando por instinto lo que la señora
Bellincioni baila por arte. ¿No son nuestro vulgarizado tango y nuestro
popular garrotín, más propia evocación de lo que debió ser la danza de
Salomé? ¡Lástima que haya perdido toda nobleza con el roce plebeyo!
Hay que confesar, ¡oh amplitud de los escenarios populares!, que _La
Corte de Faraón_, con su garrotín, está más cerca de la verdad bíblica
que la _Salomé_, de Strauss, con su danza de los siete velos. Y ¡los
«entradones» que se ha perdido la empresa! _Salomé_, con su buen
garrotín hubiera llevado á todo el público de Eslava, sin perder el del
Teatro Real por eso. El pudor de nuestro público está siempre dispuesto
á dejarse violar. Pero, ¡vale la pena tan pocas veces! Y luego, que uno
también tiene su pudor y no tan violable.
X
Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin
ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la
llamada «crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer
ser negocio, va dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos
empresarios sean ó fueren.
Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con
la obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es
preciso la «gran atracción», como en número de circo; la obra que
avive todas las curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran
público», público que pueda llenar durante cien representaciones un
teatro.
¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de
Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una fecundidad sólo
disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible
hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación
comercial del gran número de representaciones, consecuencia de no
reparar en los medios de llamar la atención? Mujer y obra de arte que
andan por el mundo á llamar la atención, ¿no merecen el mismo nombre?
¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No
será obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!...
¿Adónde voy yo con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á
los que vosotros llamáis consagrados! Vosotros, por lo mismo que las
empresas no confían en vosotros, podéis atreveros á todo. Si alguna
obra os admiten, tened por seguro que la empresa ensayará otra al mismo
tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso probable de un fracaso.
No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á París trajes y
sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de sus
papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad
la suya! ¡La obra de las esperanzas, de las ilusiones, la clave
fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte de la
temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para
una empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de
un modisto, la zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas,
acomodadores, etcétera. ¡Legión pavorosa de espectros, presente al
concebir la obra, al planearla, al escribirla!... ¿Esa frase?... no; es
peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese final?... ¡de poco efecto!
¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso! ¡Oh, la
gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario
recibía con displicente desconfianza!...--Tenemos ahí una obra de
un chico que empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos...
Mientras llega la obra de...--aquí un gran nombre.--¡La obra de la
temporada!
¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de
la fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la
temporada? ¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la
temporada es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al
público? ¿Sabéis de la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un
lado ó al otro y todo es cuesta abajo?
¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado
pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero,
nuestro arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien
puede pedirnos cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con
consejo de administración? ¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda
romperse la pluma á lo mejor de la vida, como dirán muchos de los que,
unos por admirar, por envidiar otros, no supieron nunca compadecer al
que vieron en alto?
* * * * *
¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra
tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven
neófito que repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía
seguirle, vió cómo el joven le volvía la espalda, incapaz del
sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes
admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de
vuestra inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos,
malcontentos, murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo
buscaban un elogio, un «bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico;
de vuestro entendimiento, que se hiciera traición para celebrar
sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis al «buen parecer», que
basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú, vendieron su
primogenitura por un plato de lentejas...
¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran
tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo
de ningún valor?
Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un
elogio--algo del momento--. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos
sólo querían una mentira.
* * * * *
Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es
de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España
entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de
esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande.
Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del
maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones
en esta temporada de _Margarita la Tornera_... Es empeño de honra
vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo
el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos
olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa
sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer
á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran
artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es
posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.