Es la ópera de Strauss, _Salomé_, portentosa obra de arte musical.
Ahora, pensemos en todo lo que ha sido necesario para que pueda serlo.
Primeramente, el gran talento de Strauss, no hay duda; después, un
público que, extrañado ó aburrido, tal vez, en las primeras audiciones,
prefiere desconfiar de su propia impresión á echar por el camino
fácil de la chacota y el desprecio y enterrar la obra entre flores de
ingenio, sin posible apelación. Después, empresas decididas á imponer
la obra; después, una crítica capaz de hacer también obra creadora,
inventando... lo que acaso el autor no puso en ella; formando de este
modo una conciencia de lo inconsciente, que siempre anima en toda obra
de arte. Después... el Ejército alemán con su formidable poderío.
Ya dijo D. Juan Valera, con su inteligente, supremo humorismo, cómo
las flotas de la Gran Bretaña habían podido contribuir á la gloria
de Shakespeare. No hay idea de lo que puede influir el Ejército y la
Marina, lo mismo para vender agua de Colonia en el Paraguay, que para
imponer á la admiración de las más recónditas tierras el nombre de un
poeta.
He aquí por qué vuestra hija es muda, como dice el falso doctor de _El
médico á palos_ al afligido padre. He aquí por qué nuestros músicos no
cantan por el mundo. ¿Se figura nadie á _Salomé_ nacida entre nosotros?
¿Cuál hubiera sido su vida? ¿Quién la hubiera impuesto al respeto?
¿Quién la hubiera salvado de morir á chistes?
Pero nos la envían dos grandes potencias: el genio de su autor... y
Alemania. Los que menos la entienden procuran irse enterando; los que
más se aburren, se aburren con respeto. ¡Ah! ¡Si fuera de alguien de
casa!
Nuestro indisciplinado individualismo no comprenderá nunca que la obra
de arte es obra de todos, y que su inmortalidad más depende de todos
que de la obra misma.
En España, cada uno quisiéramos ser el único grande hombre de un país
de imbéciles; el único honrado entre una caterva de pillos. ¿Qué buena
planta puede arraigar en terreno donde las moléculas de la tierra se
disgregan al recibirla? Ya dice el Evangelio: «¡Ay de la casa desunida!»
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Nunca mejor ocasión de mostrarnos unidos, con solidaridad de la grande,
que en el próximo Centenario de Cervantes. Acabamos de dar lucida fe
de vida en guerra. Nada valen las funciones bélicas, por gloriosas que
sean, si no las consolidan inmediatamente fiestas de paz. En recientes
cuchipandas hispanoamericanas hemos traído y llevado el Verbo y...
¡ay, también el adjetivo de la raza y de la lengua! ¡Vamos á verlo!,
como dicen los taurófilos, mejor dicho, los _torerófilos_, sobre todo
al llegar la hora llamada de la _verdad_. ¿Podrá ser esa hora la del
Centenario de Cervantes?
¡Oh, mi gran D. Mariano, tenéis razón!, inútil es dirigirse á los
políticos, porque en tal solicitud, empezada á redactar en lunes,
habrá que raspar cinco nombres antes de llegar á entregarla el
sábado. Pero si los Gobiernos pasan, otras cosas quedan. El Ejército
y los artistas españoles deben bastarse, y por derecho propio, á
monopolizar para sí toda la gloria de unas fiestas nunca igualadas. Es
preciso borrar el recuerdo de aquellas lastimosas del Centenario del
_Quijote_; es preciso... resignarnos á que nos llamen _lateros_, hasta
conseguir levantar los espíritus. Contad, D. Mariano, con mi humilde
cooperación para organizar funciones teatrales, para lo que de mi
negociado dependa. Tiempo hay sobrado; pero el tiempo español vuela.
Naturalmente: el tiempo nos gobierna y pasa... como nuestros Gobiernos.
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El maestro D. José Serrano solicita opiniones en el pleito entablado
por la Sociedad de Autores sobre el libre aprovechamiento de obras
extranjeras no garantizadas por tratados internacionales. Voto con
el maestro Serrano. Por lo mismo que la ley no las ampara, razón de
más para respetarlas. ¿Con qué razón podremos quejarnos de algunos
empresarios y editores americanos, si nosotros justificamos su conducta
con nuestro ejemplo?
Bien está preocuparse por los intereses materiales y saber de sumar
y multiplicar, y que letras y números no anden divorciados; pero la
Sociedad de Autores, por honor de su nombre, debe comprender que
hay también intereses morales que también tienen su valor en una
suma total. Verdad es que una Sociedad de Autores en donde el dinero
decide de las votaciones... Claro es que el dinero representa trabajo.
¿Representa siempre arte? Pero hay quien prefiere ser considerado como
artista á la hora de estrenar y como negociante á la hora de cobrar...
¡Véase, cómo en estos tiempos del sufragio universal y del voto
obligatorio, adónde demonios ha ido á refugiarse el voto restringido y
el triunfo de la plutocracia!
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El buen gusto del público de París no se avenía con la presentación
escénica de _Chantecler_, ridícula y poco artística, digan lo que
quieran los reclamos. El afán de realidad en la presentación de una
obra poética y fantástica ha llevado, como suele suceder, á falsedades
que una fantasía de artista hubiera evitado. ¡Qué diferencia de esta
_mise en scene_ á la de _El pájaro azul_, de Maeterlink, representado
en Londres! Pero la amable crítica francesa para todo tiene remedio,
hasta para los fracasos menos disimulables. Alguien ha encontrado
el medio de idealizar, mejor dicho, de _realizar_ las falsedades de
presentación en _Chantecler_ y las desproporciones evidentes entre lo
representado y su representación. Mirar al escenario por el revés de
los gemelos. De este modo, empequeñecidos personajes y decoraciones,
todo parece la verdad misma. El gran Guitry parece todo lo más un
gallo cochinchino; Simone, una faisana al natural, y Coquelin hijo, un
perrillo de buen tamaño.
Achicándolo todo por este procedimiento, la obra quizás se agrande.
Lo contrario de lo que nos sucede aquí con nuestros políticos: ellos
nos parecen muy grandes, y la obra cada vez más pequeña.